Archive for the ‘Wallace/Bernhard/Papini’ Category

Wallace, Bernhard y Papini (Fin)

junio 3, 2009

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Fin. Sí, fin.

No, no he podido acabar de leerme los tres libros que me había propuesto acabar de leer. Ni el de David Foster Wallace. Ni el de Giovanni Papini. Ni el de Thomas Bernhard. No me siento mal por ello, qué va, todo lo contrario. A veces nos planteamos retos y no sabemos muy bien porqué lo hacemos, pero, lo que está claro es que llegó un día en el que pensé: se acabó, no voy a continuar con esta historia, no tiene sentido. Reflexioné sobre el porqué del nacimiento de una idea así. Automáticamente pensé en la educación académica que desde niño tuve que seguir obligatoriamente.

Decía Fermín Muguruza, cuando aún estaba en Kortatu, que la cultura es una tortura. Pienso que no es cierto, lo que es una tortura es la cultura obligatoria. Peor aún es la cultura autoimpuesta. Ser nuestros propios carceleros. Seguir pensando, inconscientemente, que ese método de enseñamiento que nunca logró sacar nada de provecho de nosotros es bueno para nosotros.

Se quedaron los libros por acabar. A algunos les quedaban algunas hojas, a otros más, sobre todo al de David Foster Wallace, era el más largo. Sus divagaciones sobre langostas, elecciones presidenciales etc., no lograron, finalmente, convencerme de que valía la pena llegar hasta el final, o acabarlo antes del final del plazo, sacrificando para lograr este objetivo, tantos y tantos otros deseos y objetivos. Se ha quedado ahí, esperando una nueva oportunidad que quizás nunca llegue.

Recuerdo el último año de carrera, me quedaban sólo tres asignaturas, tenía tantas ganas de no presentarme y de desaparecer. Así, sin más, en aquel momento, justo antes de llegar al objetivo que tantos años de sacrificio me había costado. Convertirnos en aires, agua, convertirnos en un contenedor vacío, vaciarnos de responsabilidad. De responsabilidades ficticias, desprendernos de nuestra resignación, deshacernos de la culpa, del aprender a través del sacrificio. ¿Quién inventaría aquello de que para aprender hay que sufrir? Sufriendo no se aprende nada, sólo disfrutando se aprende. La religión cristiana cae como una losa sobre nosotros. Atravesamos praderas desiertas para llegar ¿dónde? ¿Dónde hemos de llegar? A ningún sitio.

Leeré, por supuesto, más libros de Wallace, incuestionable es, desde mi punto de vista, su valía como escritor, pero, la temática periodística, sinceramente, no es lo mío, y eso que he aprendido un par de cosas interesantes. Algunas comentadas en anteriores post, y otra, comentada aquí, a continuación: los políticos, en su carrera por los votos, cuando tienen garantizada un cuota mínima de fanáticos, en vez de preocuparse por hablar de política, acaban hablando de los trapos sucios de los políticos, esto supone que aquellos que no suelen votar porque piensan que los políticos son unos corruptos, siguen sin votar, ya que, los propios políticos no necesitan más que a sus fanáticos y a unos pocos más para gobernar. Para algunos el problema es de los gobernantes, pero, para mí, el problema es de los votantes.

Comprendo que esta última reflexión no es todo lo clara que desearía, pero, si hay alguna duda no hay más que leerse el libro de Wallace Hablemos de langostas.

En definitiva, y para cerrar, volví a leer otros libros, rescaté algunos de la estantería y otros los tomé prestados de la biblioteca, seguí leyendo, no era un único libro, eran varios, a veces pienso que leer libros quizás sea un tontería, quizás estemos siempre leyendo y no necesitemos soporte alguno para considerar que sí, que continuamos leyendo. Muchos libros leídos a medias harán un gran libro al final de nuestras vidas.

Pinceladas por aquí, y pinceladas por allá, podrán sin duda darnos finalmente una satisfacción, mientras que la respuesta a lo global tendrá que ser un deseo que extirpemos de nuestro subconsciente por ser inviable y fuente de todos nuestros males.

Nuevos pasos por un mismo camino.

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Wallace, Bernhard y Papini (8)

mayo 13, 2009

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Watten (Un legado) por Thomas Bernhard.

Hace tiempo, un par de años quizás, buscando alcanzar en un plazo limitado de tiempo algo inalcanzable en un plazo limitado de tiempo, tomé la costumbre de subrayar en los libros que me estaba leyendo aquellos pasajes que me parecían dignos de ser resaltados. Los libros, por supuesto, eran míos, no habría hecho nunca algo así con libros de la biblioteca. Uno de los momentos culminantes en mi obsesión por subrayar los pasajes interesantes de los libros que me leía lo alcancé mientras leía Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami). Ese libro, todo un símbolo en mi proceso de aprendizaje literario, un tesoro para mí -en él había hecho una especie de índice temático a partir del cual había ensalzado desde pasajes que mostraban un conflicto filosófico, hasta pasajes de sexo, pasando por pasajes destacables por la calidad de las descripciones o de las construcciones gramaticales; en definitiva, toda una guía para el análisis en profundidad de una obra-, se convirtió en uno de los regalos más importantes que he hecho en mi vida. Tras aquella culminación obsesiva por el aprendizaje, tras aquella ofrenda al tesón por destripar un libro, por comprender su construcción, por alcanzar su alma, su funcionamiento interno, tras este tiempo, como digo, obsesivo, volví casi sin darme cuenta a no subrayar ni un solo libro. Todos aquellos lápices que me había comprado quedaron sepultados entre los papeles de mi mesa, casi olvidados. Volví a leer los libros, como lo había hecho hasta entonces, simplemente leyéndolos.

Entre los pocos libros que me he leído en voz alta se encuentra Rayuela. No creo que haya otra manera de leer rayuela que no sea en voz alta. No creo que exista otro libro tan melodioso como Rayuela, sobre todo en la parte que se desarrolla en Francia, en la parte que habla de Rocamadour. Rocamadour, mon amour.

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Subrayar libros y leerlos en voz alta. Destripar libros. El destripador de libros. Watten (Un legado). Destripar Watten. Leyendo este relato de Bernhard me he sorprendido con el traje de destripador de libros puesto. Primero, como un resorte, me he levantado del sofá y he cogido un lápiz. Poco después, sin apenas percibirlo, he abierto la boca y he comenzado a leer en voz alta. Este ha sido sin duda el momento glorioso del reto que me he planteado alcanzar. Lo que típicamente se puede considerar como un regalo. Watten es un relato que, desde mi humilde opinión, raya la perfección. Y sí, podemos afirmar que es un relato, un relato largo o una novela corto, pero, sobre todo es un historia contada sobre pilares narrativos de un fortaleza inexpugnable. ¿Por qué soy consciente de ello? No lo sé, es todo mera intuición. Ese reflujo que te va metiendo progresivamente en la historia, presentando a las personajes por capas. Capas y capas que poco a poco, reiterativamente -qué bien domina Bernhard la reiteración, la pincelada sobre la pincelada, hasta conseguir el color que dará sentido al conjunto- van dando pistas sobre la historia que un principio, difusa se intuye y que sólo la insistencia del autor nos va desvelando. Las oleadas de información ínfima van posando la información necesaria, la muestran de forma dosificada. Avanzas por un bosque de la mano del autor, caminas por diferentes caminos, por algunos vuelves a pasar varias veces, por otros pasas por primera vez, pero son caminos conectados con algunos por los que habías pasado con anterioridad y que explican aquello que tiempo antes habías considerado poco comprensible. Y después está la proyección hacia el cielo y hacia el centro de la tierra, la reflexión sobre el propio ser, sobre el ser y su entorno, la definición del perfil psicológico del protagonista de la historia, del protagonista y de los coprotagonistas, pinceladas dejadas caer al azar… ¿al azar? Nada está dejado al azar. El vaivén de las olas sigue un ritmo, se oye como va marcando las pautas de la historia, porque tras todo esto hay una historia, no un mero ejercicio de masturbación mental, el autor nos quiere contar una historia, nos está contando una historia, el fino hilo conductor está ahí, eres consciente del origen, del motivo que llevó a Bernhard a escribir esta historia. ¿Estoy seguro de esto? No, no tengo ni la menor idea, pero, no hace falta, no hace falta saber cuál fue el motivo que llevó a Bernhard a escribir esta historia porque en realidad tiene bien poca importancia. Lo único importante es que de repente me he levantado del sofá, he cogido un lápiz y he subrayado algunos pasajes -Wallace dice que nuestro lenguaje, nuestra forma de expresarnos dice mucho sobre nosotros mismos. Creo que es esta la razón por la que muchas veces las personas utilizan citas de grandes personajes de la historia, es una manera de no evidenciar que somos un poco estúpidos. Pero, no es tan sencillo citar pasajes de otros, ya que a través de estas citaciones, aunque nos garanticemos una calidad a nivel expresivo, seguimos ofreciendo al resto (¿qué le importará al resto lo que podamos pensar?) parte de nuestras reflexiones más íntimas-. Otra de las cosas importantes y por las cuales no hace falta saber cuáles fueron las razones que llevaron a Bernhard a escribir este relato es porque de repente me he visto leyendo en voz alta. ¿Hay algún placer comparable al de leer unas 40 páginas en voz alta en una habitación tranquila y solitaria, en una mañana soleada y templada? Si alguien lo conoce que me mande un mail. No, no hay ningún placer comparable. Agua, tragos y tragos de agua fresca de la que alimentarme durante los largos periodos de sequía. Un torrente. Mi voz como un torrente onírico, rítmico, recibiendo la hostia consagrada de la comprensión del mundo por el irrisorio precio del peso de un libro. Engullendo grandes pedazos de la explicación de todo aquello que no debería poder ser explicable, porque es intangible, porque sólo se nos permite una cierta aproximación, un campo de aproximación a la comprensión de la verdad. Y la respiración, la respiración que como acompañante de la lectura nos abre las puertas hacia el éxtasis, convirtiendo nuestros pulmones en generadores del eterno movimiento y alcanzando a través de ellos la perfecta simbiosis entre cuerpo, mente y texto.

dante-en-el-bosque-oscuro--Gustave-Dore

No, no debe ser algo casual el que el día que decidí empezar con este reto hubiese elegido, precisamente, tres libros que, en realidad, no eran novelas, tres libros que en realidad eran recopilaciones de textos cortos. Relatos o artículos. Pero lo cierto es que la elección de estos tres libros ha sido totalmente casual. Pero ahora, al avanzar en este juego, me doy cuenta de que este juego no hubiese podido ser de otra manera. Por lo menos no hubiese podido ser de otra manera el despegue y el asentamiento de este juego. Diferentes habitaciones, en algunos casos inconexas, sobre todo en el caso de Wallace, me permiten tener diferentes percepciones sobre un mismo autor.

Por último, por ahora, volver a destacar la idea con la que he iniciado este post: el subrayado y la lectura en voz alta.

El subrayado y la lectura en voz alta, ¿han llegado debido a la decisión de tomarme el reto en serio? ¿Ha sido cuestión de encontrar un obra de arte dentro un libro -algo así como levantarse y reverenciar una pasaje de genialidad-? Es decir, centrar, focalizar mis esfuerzos, ¿están llevándome a que mi lectura esté dando el paso que separa la distracción del trabajo crítico? ¿Estoy fortaleciendo mi criterio al realizar una lectura más profunda y elaborada? ¿Está todo, pues, detrás del nivel de lectura que queramos imponernos? O lo que es lo mimo, ¿qué es lo que se necesita para leer realmente un libro? Tiempo, un lápiz, una libreta, una constancia diaria y la posibilidad de, si queremos, poder leer ese mismo texto otra vez en voz alta.

dante-en-el-bosque-oscuro--Gustave-Dore

“Una persona como yo es una persona llena de números de habilidad y aguarda ininterrumpidamente a otra persona que destruya sus números de habilidad, destruyendo su cabeza, estimado señor.”(Watten. Thomas Bernhard. p. 215)

“Durante toda mi vida he aborrecido la ligereza, como he aborrecido la facilidad, durante toda mi vida nada me ha resultado tan odioso como la falta de esfuerzo. Me quitaron el consultorio, pero el cerebro no me lo pueden quitar. El cerebro no. Vocación científica, estimado señor, se acostumbra uno a los conceptos más aborrecibles.”(Watten. Thomas Bernhard. p. 201)

“Si estoy solo, quiero estar con la gente, si estoy con la gente, quiero estar solo, este estado ha durado decenios. Tan pronto la aborrezco como me aborrezco a mí mismo.” (Watten. Thomas Bernhard. p.196)

Wallace, Bernhard y Papini (7)

mayo 12, 2009

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La frontera entre el placer y la tortura es delgada (¿se puede decir que una frontera es delgada? ¿Y una línea roja?). Todo reto conlleva su contrapunto de sacrificio, pero, ¿cuánto sacrificio somos capaces de soportar para conseguir alcanzar el reto que  nos hemos propuesto? Y sobre todo, ¿qué sentido tiene obligarse a un reto ficticio que no nos reporta nada; o por lo menos nada que pueda ser tangible, evaluable, en el corto plazo?

Todo es cuestión de fé. Leer los libros que me he propuesto leer se está convirtiendo en una cuestión de fé. Hace algunos días que pienso que no tiene ninguna utilidad inmediata conseguir alcanzar este reto. Sólo me queda contemplar la cuestión de fé.

Papini ha dejado de batir círculos perfectos con sus relatos para seguir ahondando en sus reflexiones proxelitistas. Pretende seguramente con ellas adoctrinar el mundo. Prevenir los comportamientos vácuos. No sé lo que pretende, pero, su pura lectura me transporta a una visita que hice no hace mucho tiempo a una casa vacía en L.A. La casa vacía transmitía un estado de depresión y de desorientación total. Cuando salí concluí que hay personas cuya existencia depende de encontrar luz en el camino. Alguien que les oriente. Alguien que los amedrante. Alguien que les explique que alguien reflexiona por ellos, que ellos no tienen por qué reflexionar. Papini reflexiona por nosotros. Lleva varios relatos insistiendo en ello. El piloto ciego se va desvaneciendo en mi mente a medida que Papini se adentra en reflexiones pseudofilosóficas. A medida que sus relatos avanzan en el mundo de lo panfletario intelectual. Echo de menos esos tres primeros relatos que plantean de distinta manera una cierta crisis existencial. No guardo muchas esperanzas con las páginas que me quedan por leer.

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En toda competición hay siempre un ganador y un perdedor. Obligarme a leer los libros que me he propuesto leerme no me está convirtiendo necesariamente en un vencedor. Ni mucho menos. Ya no hay garantías de nada. Nadie nos puede garantizar encontrar, allí donde nos han dicho buscar, una cierta calidad.

Wallace es un amigo que me cuenta historias. Wallace podría ser cualquiera de mis amigos contándome sus historias. La única diferencia es que Wallace sabe escribir, supongo.

¿Cuánto tiempo deberé continuar con este reto, con este juego? Y, ¿por qué continuar con él? ¿Es esto tener criterio? Avanzar por un camino que nos resulta difícil para darnos cuenta de que la dificultad no es necesariamente el camino que queríamos emprender. Es tan difícil entender que las personas tomamos decisiones que se acoplan de forma instintiva a nuestras supuestas limitaciones -hemos de entender en este contexto las limitaciones de cada cual en el sentido amplio de la palabra, es decir que cualquier ser humano, por muy capacitado que crea estar frente al resto, es un ser limitado-.

Si Wallace toma un camino a la hora de escribir sus artículos no es porque deje de amar o contemplar o apreciar otro tipo de expresión, lo que Wallace escribe es lo que Wallace puede escribir. Es decir, el lugar donde se encuentra a gusto escribiendo. ¿Podría haber redactado un estudio pormenorizado sobre la teoría de Kant? No lo sé, pero, el caso es que no lo ha hecho. Y si no lo ha hecho es porque posiblemente nunca sintió la necesidad de hacerlo. Es decir, transportándolo todo a términos musicales, podríamos decir que Wallace quizás podría haber hecho música clásica, o jazz, pero, en el fondo, lo que a Wallace le gustaba tocar era Rock. Wallace es un rockero. Seguramente podría haber seguido otro camino, pero, lo que le gustaba era el Rock, y eso es lo que desprenden sus escritos. Podríamos, o podría, pensar que el rock es algo elemental con respecto a la música clásica o al jazz, pero, por supuesto, pensar esto me transformaría en alguien pretencioso. Ser un artesano del Rock puede alcanzar niveles de complejidad similares a los de cualquier otra disciplina musical, pero, seamos sinceros, hay personas a las que les importa bien poco la complejidad, no sólo porque quizás no puedan enfrentarse a ella, sino, porque seguramente, no les importa lo más mínimo iniciarse en este tipo de escalada beligerante sobre el bien y el mal.

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Wallace escribe como un Rockero.

Bernhard escribe como un profeta de lo infrahumano de lo cotidiano.

Papini escribe como un político populista.

Si cumplo con el reto que me he propuesto. El de leer los libros que me he propuesto leer. Si alcanzo este reto, lo sobrepaso y lo vuelvo a conseguir, tal y como he comentado en anteriores posts, podría leerme unas cuantas veces esto libros, quizás un par. Pero, vuelvo a hacer la pregunta que llevo haciéndome desde que empecé con este juego, ¿vale la pena ir más allá de donde nos hemos propuesto llegar? ¿Hay alguna recompensa oculta que nos esté esperando?

Sí, hay que focalizar, hay que centrarse, hay que buscar el libro por el cual pensemos que, mientras lo leemos, no estamos perdiendo el tiempo. El tiempo, ¿qué es el tiempo?

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Wallace, Bernhard y Papini en un cuadrilatero. Deberán enfrentarse los unos a los otros en un combate a muerte, ¿quién sería el vencedor?

Sin duda Papini, en última instancia Wallace, si tuviese un golpe de suerte, nunca Bernhard. Bernhard estaría muerto antes de subir al cuadrilátero. Bernhard no sabría hacer otra cosa que no fuese escribir. Escribir. Por eso su prosa a veces nos resulta tan distante, porque nos transporta a un tiempo en el que alguien vivía en una casa, en medio de la nada, sin comunicación con el exterior, y que pasaba sus horas incomunicado, escribiendo, hasta que de repente, sin ser consciente de cuál era la razón, volvía a la realidad.

Wallace hablaba del control del lenguaje, del conocimiento de las reglas para su utilización, de las consecuencias de saber hablar, o escribir, tal y como marcan las normas. Bernhard las conocía, pero, nadie podría afirmar que Bernhard forma parte de esa clase que domina el mundo, más bien todo lo contrario, Bernhard, pertenece a la estirpe de los sinlugar, de los desarraigados, de los excluidos, no, el lenguaje nos puede otorgar notoriedad, pero, nunca, nunca, nos otorgará normalidad, no si nos adentramos en el fondo y no nos quedamos en la forma de las construcciones narrativas (una reflexión contraria a esta no haría más que forzarnos a aceptar que es una falacia pensar que la revolución tecnológica y los avances en la biotecnología podrían ser una amenaza para la libertad de la humanidad, la humanidad ya vive hoy en día estratificada, y por mucho que día tras día los medios de comunicación se empeñen en querer convencernos, todos sabemos que los que más saben no son, ni lo serán nunca, los que ostentan los cargos de mayor responsabilidad en nuestras sociedades. Aquellos que lo ostentan son los dóciles y conformistas… Aunque fuésemos capaces de crear a un ser superior, no seríamos lo suficientemente valientes como para dejarnos asesorar por él. Lo exiliaríamos al más oscuro de los ostracismos, tal y como lo hemos ido haciendo durante miles de años con todos aquellos que han intentando esparcir una voz nueva y disonante. No sé si era Tolstoi o Dostoieski quien en una de sus novelas hablaba de que si Cristo renaciese los primeros que lo matarían serían los gobernantes de la propia Iglesia; de la misma manera Wallace acaba matando a Bernhard en el ring. Lo mata porque no tiene otra alternativa. Lo mata porque hasta el más intelectual entre los ignorantes ha de creer en su propio camino, y a nadie le gusta que le indiquen por dónde ha de andar… Antes matar a Bernhard que reconocer que deberíamos haber centrado nuestros esfuerzos literarios hacia un punto, precisamente, más literario.

Pero, volvamos a la idea inicial de este post, ¿qué hacer ante el reto que me he propuesto llevar a cabo? ¿cumplir o no cumplir la lectura de los tres libros que me he acabo leer?

Llegado a este punto de la reflexión no valdría la pena buscar la inspiración y el placer en otros libros, seguir buscando, regresar al caos de los libros amontonados y reclamando mi atención. ¿qué es de todo esto lo que va a convertirme en…? ¿Mejor persona? ¿Mejor escritor…? Mejor nada. Nada va a poder evitar que nos convirtamos en lo que estamos condenados a convertinos.

Ni tan siquiera Céline pudo escapar  de su propia condena, ¿por qué habría de conseguirlo yo? Lo héroes son productos fabricados por la suerte y la confluencia entre el entorno y lo interno. Sigo pensando que Viaje al final de la noche es ante todo un escrito antibelicista y que transmite como ninguno la estupidez de la especie humana. ¿Quién está hoy en día en disposición de decir que la especie humano no es más que una especie estúpida? Nadie escapa. Desde el genio mundial y marginado, hasta el marginado analfabeto, todos somos un muestra de la estupidez de nuestra especie. Por ello no me queda alternativa que seguir leyendo los libros que me he propuesto leer, hasta el final.

Wallace, Bernhard y papini (6)

mayo 8, 2009

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Wallace está al acecho. Esta vez ha sido él quien ha quedado relegado, a la espera de que se completen los otros recorridos de mi lectura. Aún así su sombra es muy alargada. Su estilo literario es enérgico, incisivo, reclama aún desde el olvido su parte de notoriedad. Reclama a gritos un sitio. En realidad su estilo es violento, su estilo es audaz y por ello, en algunos momentos, roza la agresión. Sí, te puedes sentir agredido cuando lees a Wallace, esto es debido a que en ocasiones destila suficiencia, da la impresión de que está por encima de todo y que desde allí emite sus juicios de valor sobre el bien y el mal. Él, por supuesto, está por encima del bien y del mal, el bien y el mal es algo que no va con él. El es como un documentalista puro, y aunque esté presenciando una violación, nunca intervendrá para la impedirla. Wallace no está aquí ni para salvar, ni para juzgar el mundo, Wallace está aquí para mostrarnos como es ese mundo al que no queremos enfrentarnos cara a cara. ¿Esconder la suciedad bajo de la alfombra? No, ese no es el estilo de Wallace. 

Wallace estira sus brazos desde la sombra y reclama el espacio que por un tiempo ha cedido a Papini y a Bernhard. Pero, recuperar el lugar perdido no es sencillo. Hay que equilibrar los contenedores, poner más allí donde antes habíamos puesto poco, y poner menos allí donde antes habíamos puesto demasiado. 

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Los relatos de El piloto ciego que voy leyendo, van confirmando una segunda oleada de pensamientos que fueron tomando fuerza a partir del cuarto relato: hay autores que no pueden evitar utilizar sus relatos como una excusa para exponer sus teorías sobre el mundo. Teorías que por otra parte bien podrían haber sido expuestas directamente como ensayos, sin utilizar el falso relato. Porque sí, los dos últimos relatos de El piloto ciego de Papini que me he leído, no son más que falsos relatos, excusas para que los lectores tengamos que leer teorías que en el fondo ni nos van ni nos vienen y que en definitiva el viento se ha llevado sin dejar rastro de ellas. Esto es lo que sucede cuando un relatista pasa de la introspección a la teorización sobre el comportamiento colectivo de las personas. No me interesa en absoluto esta vertiente de Papini. Los cuentos han dejado de ser esferas perfectas. Se han convertido en reflexiones inconsistentes que se desvanecen a medida que va avanzando el texto. Cuando lo acabas, te das cuenta de que no ha quedado ningún poso. Sólo paja que ha sido arrastrada a otro lugar sin oponer la más mínima resistencia. Sí, los últimos relatos que me he leído del libro de Papini me han recordado a El libro Negro. Aún me quedan unos cuantos relatos antes de llegar hasta el final del libro. 

Acabar de leer los libros que me he propuesto leer, cuando, en ocasiones como esta, me enfrento a historias que me transmiten muy pocas sensaciones me hace pensar que a lo mejor el reto que me he propuesto cumplir no es más que una tontería. Que quizás debería dejarme llevar y volver a mis lecturas caóticas. Mis lecturas guiadas por la ley de la selección natural: cuando de un libro no pasas de la página 50 es porque, para ti, no lo merece; cuando lees un libro hasta el final, es porque has encontrado en él lo que andabas buscando… ¿O no?

Vuelvo a enfrentarme a esa duda primordial. Mantenerse o dejarse guiar por el instinto. Espíritu de sacrificio o espíritu de trabajo eficiente. ¿Vagancia o criterio? ¿Qué es el criterio? ¿De dónde surge? ¿Por qué nace y por qué se necesita?

Se necesitan fuentes de información amplias para conseguir un aprendizaje completo, para consolidar un gusto por las cosas, sí, por qué no, un criterio. pero, ¿tener un criterio propio no das el aval para tener un criterio universal? Todo se reduce a una cuestión de tener información privilegiada. Se comete el error de pensar que quien más información tiene es quien con mejor criterio emite sus juicios, pero, la práctica nos demuestra que quien más información tiene, en muchas ocasiones, es quien menos sabe sobre lo que está hablando, y que quien más citas utiliza para argumentar sus elucubraciones, en la mayoría de los casos, no hace más que satisfacer un ego infinito que se alimenta de datos y no de hechos.

Volvemos al dilema de Wallace: el fondo y la forma del lenguaje, su utilización; el fondo y la forma de la acumulación de conocimientos. ¿Quien nos dice que es incorrecto pensar que con 3 ó 4 buenos discos, libros o películas estudiadas a fondo se puede aprender mucho más que con cientos de discos, libros y películas estudiadas supérfluamente? ¿Quién?

¿Si convertimos el mundo en minimundos no nos enfrentamos acaso de nuevo con el infinito?

Gracias a esta reflexión recupero la idea inicial y esencial del reto que me planteé: acabar de leer los tres libros que me había planteado leer como medio para focalizar, como medio para centrar mis esfuerzos, como medio para reflexionar de forma concisa, evitando las dispersión, como medio para encontrar un modo ordenado de trabajo, como medio para controlar el estilo caótico de aprendizaje.

Puedes coger un hacha e intentar tallar en la madera una pieza, pero, quizás sea necesario que además de un hacha tengas al alcance una navaja de punta fina, una lima etc. Mis pensamientos hacen que me deslice hacia Bernhard.

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Bernhard tiene a su alcance todos los instrumentos que necesita. Bernhard no es ni agresivo ni proselitista ni necesita explicar explícitamente el mundo a sus lectores. Bernhard talla a sus personajes como si fuesen trozos de madera, y lo hace cuidadosamente, con paciencia, sin pensar en cómo repercutirá su estilo en el lector, sabiendo que lo que realmente le importa es como repercutirá su estilo en su propia lectura. Bernhard no está en deuda con nadie excepto consigo mismo y este es su reto al ponerse a escribir. Que los lectores al leerlo hayamos encontrado en él a un profesor o a un profeta no es más que algo anecdótico. Algo que él para nada se había planteado a la hora de empezar a escribir. Y esto sólo puede suceder así. Se puede escribir de muchas formas diferentes, pero, si me preguntan a mí, si me preguntan qué es lo que pienso que es escritura, si me preguntan que es lo que me llena, diré que lo que me llena es aquello que me toca sin haber sido creado para pretender tocarme. Cualquiera que conozca mínimamente la historia de la humanidad es consciente de que estamos aquí de la misma manera que podríamos no haberlo estado. Así como que por mucho que se hayan empeñado en demostrarnos lo contrario, hasta el más grande de los genios es totalmente prescindible para la existencia de la humanidad.En el fondo no somos más que ceros y unos. Nada distingue un tornado de otro. Nada distingue una persona de otra.  Esencialmente somos lo mismo. Esencialmente somos totalmente sustituibles. Bernhard también.

 

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Wallace, Bernhard y Papini (5)

mayo 5, 2009

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Trabajar con bases de datos de libros puede ser para una persona como yo, como para un yonki trabajar con jeringuillas. Sobre todo después de que me propusiese no leer ningún otro libro hasta que me acabara de leer los tres libros que me he propuesto acabar de leer. A saber uno de David Foster Wallace, uno de Papini y otro de Bernhard.

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Pero, trabajar con una base de datos de libros, como digo, es una tentación. Una tentación irresistible: a ver, ¿cuantos libros hay de Wallace en la biblioteca? ¿Y en la red de bibliotecas? Qué títulos tan sugerentes. ¿Tomo nota de alguna signatura? No, no puedo, no puedo, no debo, para qué crearme falsas expectativas con nuevos libros que no voy a poder leer si quiero cumplir el reto que me he propuesto cumplir. Pero, ¿y de Papini? ¿Cuántos libros hay en la biblioteca de Papini? Muchos más, hay muchos más. De hecho al repasar el listado de libros me doy cuenta de que hace tiempo empecé a leer uno: El Libro Negro. Nunca lo acabé de leer. Lo tenía mi padre en casa y me llamó la atención el libro. Leí unas cien páginas. La primera impresión que tuve sobre Papini, a raíz de esa lectura, no fue muy positiva, pensé que por un lado el autor debía creer que los lectores éramos idiotas y en segundo lugar que parecía un repaso de la historia reciente de la primera parte del siglo XX para estudiantes de educación básica. Por supuesto, ahí está, en la estantería -muchas personas se preguntarán para qué sirven las bibliotecas, pero, la respuesta es bien sencilla; las bibliotecas sirven para ahorrar dinero, a una biblioteca vas, te llevas a casa El libro Negro, te lo quedas por dos semanas, te das cuenta en la página 100 que lo consideras prescindible, lo devuelves y te has ahorrado, al menos, algo de dinero; la desilusión de encontrarte frente a frente con un libro que no te gusta no te la quita nadie. Ahora bien, si el libro te gusta, pongamos por caso que en tu biblioteca está Meridiano de sangre y te encanta, pues, vas corriendo a tu librería más querida y te lo compras, para poder subrayarlo, tomar notas etc. Por favor no hagas esto en los libros de la biblioteca, cómpratelo si no vas a poder evitar hacer esto. Ah, y si te ha gustado mucho Meridiano de Sangre no caigas en la tentación de comprarte tres o cuatro libros más del autor del que te has prendado, inicia el proceso desde el principio, vuelve a la biblioteca, no todos los libros de los buenos autores son buenos-.

 

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Volvamos a la tentación. La tentación para una persona como yo, que se ha planteado leer los tres libros que ha empezado a leerse, y no sólo esto, sino que además durante tres meses no voy a leer nada que no sean estos tres libros, para un persona en mi situación, para una persona que asume un reto de estas características, la vida se puede convertir en una verdadera odisea, porque, ya no es sólo que tenga que trabajar con una base de datos llena de información sobre libros que me encantaría leer, no es sólo que cuando llego a casa he de cerrar los ojos para no fijarme en los libros que deambulan por mesitas, estanterías y camas sin hacer, no, no es sólo esto, es todo un entramado vital del que me tengo que proteger para no caer en la tentación. Como un yonki, diréis, y es cierto, como un Yonki soy. Tengo a los camellos llamando a mi puerta, tengo localizados los rincones donde escondo la droga en caso de que mi camello me falle, pero, a diferencia de la droga, la literatura no es ilegal, y te la encuentras por todas partes. Abres el periódico y encontrarás literatura, abres tu correo electrónico y recibes la noticia de que abren una nueva librería en Russafa, una especializada en Novela negra, ni más ni menos -hasta aquí han llegado ya las librerías especializadas; recuerdo mi último viaje a Lyon, fue allí, hace un par de años cuando entré en una librería totalmente especializada en novela negra, por supuesto, me compré tres libros, me he leído dos, uno de los cuales me había leído ya, me di cuenta cuando me estaba acabando el libro; y ese libro, el restante que nunca me leí, por ahí deambula, de estantería en estantería, de casa en casa, de viaje en viaje; no, no podré ir a la inauguración de esa nueva librería de novela negra, no puedo permitírmelo-, y buscas un concierto y consigues uno en la Feria del Libro, y no sólo esto, cuando acabas de tocar, se acerca a ti un representante que dice que tiene un catálogo de libros y discos para vender en librerías y que está interesado en tu música. Ahí comprendes que el reto que te has planteado llevar a cabo no es ninguna tontería, no va a ser ninguna tontería conseguir leerme estos tres libros sin caer en la tentación de leer algún otro más, de hecho cuando crees que la jornada laboral ha acabado y, antes de irte a casa te dejas caer por el local por el que pasas siempre para tomarte una cervecita y unas papas, o unas aceitunas, das un sorbo a esa cerveza que sabe a gloria, y comes una o dos papas, e inconscientemente te das la vuelta y te sorprendes mirando los libros que hay en una de las repisas, y cuando te quieres dar cuenta ya llevas 20 páginas de Carne Trémula, el guión de Almodovar, y piensas, he recaído, he recaído y ahora voy a tener que empezar de cero. Sabes que esto te pasa porque has salido de casa sin el libro de Bernhard en el bolsillo, pero, también te das cuenta de que si no has salido con el libro de Bernhard en el bolsillo es porque esa historia que Bernhard está intentando contarte sobre dos hermanastros que abandonan sus propiedades para ir a América y a África, no acaba de cuajar en tu interior. La construcción críptica y coral y epistolar, escrita también en algunos pasajes a modo de diario, no acaba de echar raices en el centro neurálgico de tu interés, y para sacar un libro de casa, para sacarlo y pasearlo y abrirlo mientras sentado en un banco te comes las merienda, algo tiene que enraizarse en tu interior.

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Es culpa de Bernhard entonces que hoy, por primera vez desde que me propuse leer los libros que me he propuesto leer, haya caído, haya abierto ese libro que tenía tan buena pinta. Ese guión, Carne Trémula, escrito por Almodovar. Ha sido culpa de Bernhard, mi camello hoy me ha fallado, pero, había otro a la espera para ocupar su lugar y la jeringuilla siempre está preparada para meterme la dosis.

Wallace, Bernhard y Papini (4)

mayo 5, 2009

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Papini persigue esferas y consigue plasmarlas sobre el papel con sus relatos (las esferas atravesadas me recuerdan a la nota DO en el pentagrama, atravesada por una línea y convirtiéndose en Plutón, en la escala de Sol, claro). Un línea transversal parece atravesar -¿la misma que atraviesa la nota DO?- cada uno de los que he leído hasta ahora. Papini ahonda en los tres primeros relatos de El Piloto ciego en una idea global que da la impresión que reina en su subconsciente. Es una idea difusa, abstracta, por eso sus relatos son un tanto surrealistas, cercanos a esa idea que subyace  en el Retrato de Dorian Gray. Un análisis del mundo sin uno mismo, sin parte de uno mismo, sin que los otros nos reconozcan, un mundo en el que nunca hemos existido y al que volvemos pidiéndonos explicaciones a nosotros mismos por habernos olvidado.

Papini escala posiciones, vuelve a entrar en el ciclo de lectura del que había sido desbancado -A saber si utilizo las palabras rindiendo respeto a su completo sentido, si construyo las frases, los párrafos… Wallace es el culpable. Una vez tomas conciencia de la importancia del lenguaje, no puedes dejar de pensar en que escribir bien no es sólo una cuestión de práctica, sino también de conocer bien las reglas. Dormir con un diccionario, gramatical, de expresiones, de vocabulario. ¿Un diccionario como almohada? Varios-. Quien ha perdido fuelle en esta carrera es Bernhard. Sus elucubraciones sobre las herencias, las sucesiones, me han hecho perder la concentración en su idea de ahondar en los diferentes caminos que llevan a la locura. Quizás la complejidad del texto me obligue a realizar una segunda lectura. Qué digo, estoy obligado a ello. Es cierto que lograr acabar de leer los libros que me propongo leer, va a suponer una cierta castración y una cierta disciplina. Sí, hay lugares por los que no me importaría pasar, pero, ¿Vale la pena volver a tomar un camino por el que sabes que no has obtenido ningún provecho? ¿Dónde está el provecho? Vuelvo al punto de partida. ¿Dónde está la calidad literaria? En lo que nos gusta, en lo que nos distrae, en lo que nos enseña, pero, ¿podemos decir que la calidad literaria está también en aquello a lo que nos cuesta un gran esfuerzo llegar? Recuerdo que la primera vez que leí a Updike dejé el libro en la estantería un par de veces antes de sentirme enganchado por su forma de escribir, por su prosa. Su capacidad descriptiva era tan milimétrica que sólo la primera página te obligaba a prestar una atención suplementaria, y eso que estaba describiendo la copistería donde trabajaba Conejo. Pero, es extraño, una vez superada esta barrera, una vez captado el tipo específico de lenguaje, leer a Updike se convirtió en una de las lecturas más apacibles y sencillas. Como lector es importante superar las trabas que puede plantear el estilo personal de un escritor, pero esta superación, me da la sensación, de que es algo bastante subjetivo y aleatorio. Quiero decir, ¿dónde está el criterio si al adentrarnos en el estilo de un autor logramos transformar lo difícil en fácil? Entonces, conectar con un autor, ¿es también cuestión de esfuerzo, de perseverancia?

Decía un conocido mío que cualquier libro merece que sean leídas sus primeras 50 ó 60 páginas, y que, a partir de ahí, si el libro no ha logrado engancharte, más valdría dejarlo de lado, ¿puedo hacer algo así con un libro como el de José Lezama Lima, o con uno de Matin Amis? ¿Puedo hacer algo así con uno de los cuentos del libro de Bernhard que me estoy leyendo? He de confesar que antes de proponerme acabar de leer los libros que me quiero leer, me salté el primer artículo del libro de Wallace, me lo salté porque estaba cansado de que me hablase de pornografía con el estilo que otros como Thompson, Palahniuk o Tom Wolfe, habían hablado de drogas, enfermos terminales, o experiencias con coches tuneados -ese artículo me hizo pensar por un momento que todo gran escritor norteamericano que quiera dejar una impronta de verdadero autor norteamericano ha de, por lo menos, en uno de sus libros, hacer de periodista bonzo- No, si sigo a rajatabla el reto que me he planteado, no puedo dejar de lado ni uno solo de los cuentos o artículos de los libros que me he propuesto leer. Por lo tanto, no sólo tendré que acabarme el relato de Bernhard sobre la herencia, sino que también tendré que volver sobre mis pasos y volver a leer el de Wallace, o quizás lo haga cuando empiece la segunda vuelta. La segunda vuelta puede servir para esto, para leer todo aquello que desechamos en la primera. 

La constancia y la perseverancia, ¿están reñidas con el conocimiento global de las cosas? Podemos decir que si encontramos un obstáculo ante nosotros podemos vadearlo en lugar de levantarlo y apartarlo de nuestro camino. Y, ¿si vadeamos el obstáculo querrá decir que hemos dejado de comprender algo?

 

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Wallace en su artículo sobre el correcto uso del lenguaje nos advierte, como he mencionado en los anteriores post, de que el lenguaje nos determina frente al resto, pero, el control del lenguaje, ¿tiene algo que ver con la voluntad de una persona? Si una persona se propusiese escribir realmente bien, respetando cada una de las reglas que gobiernan el lenguaje, ¿podría conseguirlo? Qué porcentaje pertenecerá a una cuestión de trabajo y de voluntad, de determinación personal, y qué porcentaje corresponderá a haber nacido con el don de poder comprender y asimilar las reglas de forma innata. Y una cosa más, no es cierto que aquella persona que únicamente tenga la voluntad, y no tenga la capacidad, seguirá sin poder aplicar las reglas como es debido, o lo que es peor las aplicará como un papagayo sin saber por qué las utiliza. O las utilizará sabiendo que respetar las reglas le reportará un sentimiento de pertenencia a un grupo social dominante, cuando en realidad, lo único que ha captado es la forma y no el fondo. Porque, ¿podemos considerar que todos aquellos políticos que dominan el lenguaje correcto en la forma, lo cual no sé hasta que punto es cierto, son conscientes de lo que se esconde realmente en el fondo? O dicho de otra manera, Bernhard, como aspirante a dominador del lenguaje, como máximo exponente del respeto por las construcciones gramaticales, podrá ser un referente para todos aquellos que quieran hablar y escribir con propiedad, y seguramente, algunos de ellos podrán copiar la forma, pero, ¿quién estará capacitado, excepto Bernhard, para asimilar el fondo?   

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Por supuesto, es sencillo convencerse de que leer a Bernhard, aunque sea un relato que se nos hace pesado, siempre nos reportará algo: un ritmo, un mensaje subliminal, una melodía que está por encima de las palabras, la sugerencia de un escenario sombrío, de una época en la que ver la televisión no formaba parte de una de las obligaciones vitales de las personas (hoy en día la televisión y todos sus sucedáneos, para mí es todo lo mismo, internet o TV, la cuestión es tener los ojos y nuestra mente raptados por una pantalla).

Bernhard ha perdido unos cuantos puestos. Es verdad que Papini ha ganado otros tantos y que Wallace se ha mantenido donde estaba en un principio. De momento, el mayor logro ha sido ahuyentar la tentación de abrir otros libros, de pensar en otros libros. He ido al cine, es cierto, he visionado los capítulos semanales de la serie a la que ahora estoy enganchado, también es cierto, pero, no he abierto ni un solo libro que no fuesen los libros que me he propuesto acabar de leer. Ni uno solo. Focalizar, renunciar, centrar esfuerzos, aplazar con el objetivo de más tarde volver a reemprender una ruta, encontrar un freno y un límite frente al conocimiento infinito. Que el conocimiento infinito no nos convierta en meros acumuladores, coleccionistas de lo inalcanzable. Un camino, trazar un camino por el que discurrir con coherencia, centrar, cerrar el abanico de posibilidades hasta quedarnos con unas pocas, no convertirnos en meros consumidores, convertir un libro en un libro infinito, en el libro. La biblia, convertir el libro en una biblia y convertir la lectura en rezos, llegar a la nada. Se lee para llegar a la nada, para no pensar, para pensar en no pensar. Para distraer el subconsciente. Se lee para olvidar.

Wallace, Bernhard y Papini (3)

abril 30, 2009

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No resulta tan sencillo como pensé en un principio llevar a cabo el ejercicio que me he propuesto.

Me he encontrado con diversos problemas.

Uno de ellos es la competición que se ha impuesto entre los libros que he decidido acabar de leer. Cada uno de ellos intenta llamar mi atención con mayor intensidad que el anterior. Se está produciendo una batalla por acaparar todo mi tiempo de lectura por parte de los libros. Wallace está conquistando el territorio del cuarto de baño, Bernhard el de la cama y Papini a duras penas logra aparecer por una rendija que le queda a la hora de la merienda cuando me siento en el banco del parque.

Pero, no es este el único frente abierto. Luego están las tentaciones. Los libros que he decidido no leer pero que me muestran sus encantos para que cambie de opinión. Una antología poética de T.S. Eliot y La Vida del poeta de Robert Walser son tentaciones que a duras penas puedo controlar. Dejo de mirar las tapas, las portadas sugerentes que me invitan a dedicarles, aunque sea un momentito, a leer una frase… ¿qué me puede pasar por leer una frase?

Pero, no, he de ser fuerte, debo acabar los libros que me he propuesto leer, miro a otro lado, pienso en otra cosa, en fútbol, algo en lo que no me gusta pensar, pero, vuelve a mí la tentación, esta vez en forma de cómic. Oigo a Sergio Bleda hablar de su obra, de cómo escribió El baile del vampiro, comenta unos cuantos cómics que le han influenciado, tomo nota, voy corriendo al ordenador para ver si están en la biblioteca, pero antes de iniciar la búsqueda me digo: no, para, no busques más, lo tienes todo, por ahora lo tienes todo, no hace falta que te leas ahora, La ascensión del gran mal, de David B, no hace falta, puedes hacerlo. Debes hacerlo si quieres acabar de leer los libros que te has propuesto leer.

Pero, no estoy convencido, ya que pensar en La ascensión del gran mal me recuerda que tengo La Casta de los metabarones a mitad. Eso sí, me he prohibido comprar otro cómic hasta nueva orden, hasta que acabe de leer los libros que me he propuesto leer… Pero tengo serias dudas.

Wallace es interesante, insiste en establecer un mapa bien definido del significado del lenguaje, de aquello que transmitimos al utilizar un lenguaje u otro, un lenguaje académico  o un subdialécto. Habla de la importancia del lenguaje en la construcción social de los niños, de los adolescentes, de las etnias, como el lenguaje unifica un postura comunal frente a otra, y sobre todo dice que hay un lenguaje de las clases altas, y que cualquiera que quiera aspirar a llegar a las clases altas por mucho que pertenezca a una etnia discrimanada tendrá que aprender este lenguaje si quiere ser escuchado. GRAN REVELACIÓN.  Con Wallace se aprende, aprende mucho. Wallace es un genio de la comunicación dentro de un mundo incomunicado, sin embargo Bernhard es un artesano de la palabra y un narrador profundo como un lago negro…

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Seguramente Wallace habrá leído a Bernhard, da la sensación de que Wallace lo leyó todo, y me pregunto en qué categoría pondría Wallace a Bernhard. ¿Está escribiendo Bernhard para las minorías? ¿Para las minorías intelectuales? Alguien que empezó leyendo a Bukowski y a los Ramones, ¿tiene la capacidad para acabar leyendo a Bernhard sin que se le caigan los anillos? Quiero decir, ¿qué quiere decir esto de que el ser humano tiene un único lenguaje? ¿No sería esto limitar la capacidad del ser humano? ¿Podríamos pensar que un ser humano habla muchos lenguajes dentro de un mismo lenguaje según con quién se relacione e incluso dependiendo de su estado de ánimo? ¿Puede ir un hombre todo el día empalmado? Creo que no, creo que a veces ha de relajarse y dejar de pensar que está por arriba. Arriba no existe, sólo es una construcción social…

Sí, Bernhard y Wallace le están ganando la partida a Papini, pero, Papini, su primer cuento del libro El piloto ciego, es tan redondo que me da miedo empezar uno nuevo y romper ese círculo perfecto con el que me he quedado. Un círculo perfecto hay que conservarlo durante un tiempo, por los menos unos días, para que se asiente, para que se imprima en el tejido cerebral, algo así merece permanecer.

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Wallace, Bernhard, Papini (2)

abril 29, 2009

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Ante la imposibilidad de acabar de leer los libros que me propongo leer, he he optado por plantearme un juego, o un reto, o una estrategia, que me permita ser eficaz y cumplir con aquello que proyecto hacer, en este caso leer.

El juego o el reto o la estrategia es bien sencilla. A la vez que me ayudará a acabar la lectura de los libros de Wallace, Bernhard y Papini (Hablemos de Langostas, Recopilación de cuentos realizada por Miguel Saénz y El piloto ciego) me permitirá, me está ya, ahora, permitiendo dilucidar (dice Wallace que cuando hablamos y escribimos, la utilización que hacemos del vocabulario o de la gramática está hablando por nosotros, y es cierto) por qué no me acabo los libros que quiero leer.

¿Por qué dejamos libros leídos a mitad?

Algunos, es cierto, podemos decir que nos defraudan, que no cubren las expectativas que nos habíamos o nos habían creado sobre él. Y esto, que podría ser una consideración de lo más objetiva frente a uno mismo, no es más que una muestra más de que la lectura no es sólo una cuestión de voluntad sino también un estado y un estadio.

No es lo mismo leer El Tercer Policía hoy, este año -es uno de los libros que casi acabo pero que no he podido acabarme, por mucho que Cabrera Infante haya prologado el libro; por cierto, ¿qué importancia tienen los prólogos en los libros? Hace unas semanas, antes de dejar definitivamente mi anterior casa, para despedirme de ella, acabé de leerme en el water; lugar donde realizo el 30% de mis lecturas, el otro 30% de mis lecturas son sobre la cama; El Desierto de los Tártaros, prologado por Borges (¿tendrá esta última lectura una analogía con lo que aquella casa, en los últimos tiempos, significó para mí?); de todo lo que decía se me quedó grabado lo siguiente: es más sencillo reconocer la genialidad de los clásicos que la de nuestros contemporáneos- que leer El Tercer Policía a los 20 años, a los 25 quizás. Esto es lo que he concluido, sin demasiada convicción, ya que como he dicho antes la lectura es una cuestión de estado y de estadio, al ver como mi lectura ha pasado por encima de El Tercer Policía sin poder cautivar mi atención profunda, ni disparar mi entusiasmo como lector; o por encima de Locus Solus, dejándome esa misma sensación; o por encima de: Rapsodia en Nueva York (libro entretenido a la vez que inconsistente y prescindible… -¿acaso me he convertido en una persona con criterio literario o soy simplemente una persona que lee y que sencillamente transmite lo que le gusta y lo que no? ¿Por qué me gusta Meridiano de sangre y me lo leo como si fuese mi alma en ello, buscando espacio donde no lo hay, lo acabo y tengo la sensación de haber hecho lo correcto, llegar hasta el final del libro? ¿Por qué me pasa lo mismo con un libro que se ha convertido en un Best Seller: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina? o, ¿Por qué me pasa con El Desierto de los Tártaros, de Pino Buzzati? ¿El criterio que se desprende de mis lecturas me permite hablar de la creación literaria con propiedad o no soy más que un simple aficionado? ¿Puedo llegar, por este camino, a ser capaz de distinguir lo que es la buena de la mala literatura? Y lo que es más importante ¿tiene esto algún sentido? porque ¿Existe realmente la mala y la buena literatura o simplemente estoy rodeado de un mercado saturado donde hay tanto donde elegir que todo empieza a ser sustituible o prescindible? El tiempo es limitado y tengo que elegir-) etc.

Desde comienzo de año he comprado unos cuantos libros, el año pasado también compré otros tantos. Me he leído unos cuantos, no sé cuántos. Bastantes para mí, pocos para Nabokov. Pero, tengo que elegir. Y aquí vuelvo a recordar la razón por la que empecé a escribir este post. Decía Palahniuk (más o menos y no con las mismas palabras), en uno de sus libros de relatos periodísticos, que hemos llegado a un punto en el que cualquier persona interesada mínimamente por la cultura general puede haberse leído cientos de libros, puede haber vistos miles de películas, puede haber escuchado miles de discos, ido a ver decenas de museos etc. y que este bagaje de las personas frente a la cultura hace que sea muy difícil captar su atención. Es difícil sorprender a las personas en una sociedad como la nuestra, y es difícil porque es difícil focalizar el esfuerzo en un solo punto. Un solo punto, ahí está la cuestión. Ante la imposibilidad de acabar de leer los libros que me propongo leer voy a plantearme el reto de focalizar mi objetivo de lectura en un solo punto, en este caso en tres puntos. Ese va a ser el juego, el reto, la estrategia. No es que no tenga la estantería llena de libros por leer, todo lo contrario. Me esperan unos cuantos, pero, he de focalizar, centrarme, acabar lo que empiezo. He de acabar de leer el libro de Wallace, el de Bernhard, el de Papini. Eso es lo que voy a hacer leer estos tres libros, pero, no sólo una vez, varias veces, la veces que me de tiempo leerlos hasta verano. Los leeré y no me plantearé ni por un segundo leerme ningún otro libro, por mucho que lo anote en mis libretas, por mucho que me lo recomienden en los talleres a los que asisto, por mucho que entre en una librería y me gaste parte del sueldo en libros que me han recomendado o que he anotado en mis libretas. Por un tiempo se ha acabado. En esta sección hablaré de los tres libros que he mencionado reiteradamente desde el anterior post: el de Wallace, el de Papini y el de Bernhard.

Pero, no hay que pensar que esta decisión ha sido aleatoria. En realidad, he leído de los tres libros algunos cuentos y artículos durante estos días, y me he dado cuenta de que hay libros escritos de tal forma que vale la pena entrar en ellos y quedarse un tiempo, sin salir, sin pensar en nada más, por mucho que sepamos que una visión global y diversa es la mejor de las maneras de formarnos. Hay veces que el conocimiento horizontal debe dejar paso, aunque sea por un periodo de tiempo limitado, al conocimiento vertical. Hay que bajar al pozo a buscar petróleo, y estos pueden ser tres fantásticos acompañantes para hacerlo. Al fin y al cabo  no soy ni un crítico ni un periodista, y las lecturas que hago, las hago porque yo quiero.

Wallace, Bernhard y Papini

abril 24, 2009

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No, no me podido acabar ninguno de los tres libros que estoy leyéndome. Ni el de David Foster Wallace (Hablemos de Langostas), ni el de Papini (El piloto ciego), ni el Thomas Bernhard (una selección de relatos realizada por Miguel Saénz). Entonces, si no me acabo los libros, ¿para qué los empiezo?

El parque se llena de Emos que bailan y yo me pregunto si vale la pena escribir la vida o  vivirla.

Cuando fuimos a ver Control, me di cuenta de que algo había pasado en mi vida desde que la vi por primera vez: he cumplido un año más, y este año de más es definitivo, he atravesado una frontera. Veo a los Emos desde una montaña, no sé si es más alta, lo único que sé es que es más vieja.

Foster Wallace, con su libro, ha disparado un par de proyectiles contra mi recién creado armazón literario y, en uno de sus artículos ha puesto de manifiesto, con una inteligencia exquisita y salvaje, las deficiencias de mi adorado Updike.

La tortura de ver más allá, y me pongo en la situación que debe experimentar una persona con los conocimientos de Wallace, debe sufrir mucho. Una persona que es capaz de detectar dentro de una novela, de forma casi involuntaria, las debilidades estilísticas de una contrucción narrativa, debe sufrir mucho.

El fondo y la forma. El eterno combate. El trabajo de artesanía gramatical, léxica… La correcta utilización del lenguaje. El custionamiento sobre qué es el lenguaje. ¿es un lingüista un escritor? ¿es un escritor un lingüista?

Hablar, todos podemos hablar, todos podemos escribir, igualmente, pero, ¿escribimos y hablamos bien? Y, hacerlo bien o mal, ¿debe ser un freno para que podamos contar historias?

¿Qué Quijote es el bueno? El escrito por Cervantes o el que leemos hoy en día. ¿No es lo que leemos hoy una traducción de aquello que escribió Cervantes? ¿Podemos decir que Cervantes no sabía escribir porque no escribía como nosotros?

Las reglas, pueden permitir que nos comuniquemos, pero, las reglas son el poder, y hay gente a la que le encanta ejercitar su poder.

Wallace tiene un estilete en su forma de escribir.  Se entiende, ¿no? Aunque quizás no esté bien expresado. Se entiende que Wallace desmenuza con sabiduría e ingenio e ironía cuestiones que escritas de otra manera, una persona como yo, no les prestaría, hoy en día, la menor atención. ¿Es esto un don? Yo así lo creo. Wallace es un lingüista, seguramente uno de los más aventajados discípulos, pero, ante todo Wallace es, era, un escritor. ¿Por qué? Porque con su lenguaje era capaz de comunicar con aquellos que no estaban o están a su mismo nivel.