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Vivo, de milagro

diciembre 18, 2020


Suelo volver a casa siempre por el mismo camino. Soy una persona de rutinas, cuando salgo del garaje, intento salir de mi plaza sin rascar la columna, el coche de al lado, la barandilla de la primera curva, la pared de la segunda curva, la segunda y la tercera columna, antes de salir a la calle miro bien para no atropellar a ningún peatón o ciclista, y, por fin, incorporarme al tráfico indemne.

Entrar y salir de mi garaje es una de esas costumbres que me atan a la vida, que significan mi vida.

Salí de mi garaje para ir hacia Alicante, quería asistir a la entrega de premios Carles Santos, unos premios a los que Carles Santos nunca hubiese dado su aprobación, eso dicen los que lo conocieron bien, supongo. La verdad es que mucha gente no sabe quién es Carles Santos, mucha más gente aún no sabe que hay unos premios llamados Carles Santos, creo, lo que sí que sé es que hay mucha, mucha, mucha gente interesada en los Talent show musicales, y lo que sí puedo decir es que, de momento, los premios Carles Santos no son un Talent Show. ¿Por qué?, os preguntaréis, pues porque estaba nominado yo.

Mi garaje está cerca de una librería, una librería que abrió hace relativamente poco. Una librería joven. ¿Una librería joven? ¿Puedo hablar de la juventud de las librerías? ¿De la juventud de la cultura, del teatro, de la música? ¿Existe una cultura joven? ¿Existe una cultura adulta?¿Existe un puente entre ambas culturas?

Presentación de mi libro Un Inmenso e infinito continente en la librería Bangarang. Foto de Armand Llàcer.

Siempre que puedo cuento que yo entré en el mundo del teatro de la mano de la narrativa, quería ser escritor, escribir una novela, y, buscando talleres de escritura, un amigo me recomendó que me apuntara a uno de escritura dramática, lo impartía Paco Zarzoso. Fui con las expectativas muy bajas, aún no tenía hijos, podía beber bastante sin preocuparme por mi salud y Paco me acogió a mí y al resto de los alumnos como si fuéramos escritores coetáneos suyos, como si nuestros escritos pudieran compararse a lo que escribía él. La cultura adulta tendiéndole la mano a la cultura joven, sin jerarquías, de tú a tú, puedo aprender tanto de ti como tu de mí. Esto es un intercambio, un quid pro quo, ambos vamos a salir reforzados, solo tenemos que aprender a escuchar, los dos.

Para qué, ¿por qué tender puentes entre la cultura adulta y la joven?

La cultura joven. ¿Qué es la cultura joven? ¿Qué es el arte joven? ¿Quemar un contenedor? ¿Saltar del balcón de un hotel a una piscina? ¿Beber hasta desfallecer? 

¿Beber es cultura? ¿Cuál es el único espectáculo al que puedes asistir, y vale la pena —puedes disfrutarlo igual o incluso más—, yendo hasta las trancas de sustancias legales, alcohol, o ilegales. La cultura convertida en un lugar donde se expenden bebidas espirituosas, es decir, la cultura musical como una rama más del sector de la hostelería. Perdón, la música para jóvenes. La cultura musical para jóvenes. 

Antes de depender de la financiación de la telefonía móvil, la cultura musical “independiente” dependía de la venta de alcohol. Aún pasa.

¿Los Bares culturales deberían vender alcohol? ¿Deberían ser financiados por las instituciones públicas? ¿Y las librerías? Si son agencias culturales independientes, ¿por qué han de estar sometidas a las leyes del mercado y depender únicamente de la venta de libros? ¿Por qué no pueden recibir ayuda económica institucional por el simple hecho de poner en valor su función difusora cultural?

Las librerías, los bares culturales, la red de teatros alternativa. La cultura joven. ¿Dónde se forma y rompe mano la cultura joven? ¿Dónde el escritor consagrado puede reencontrarse con la carne fresca? ¿Qué tipo de cultura queremos para nuestros jóvenes? ¿Qué tipo de cultura demandan ellos?

Yo de joven quería tocar, soy un músico que se formó viendo conciertos en lo que antes llamábamos garitos, creo que hubiese sido feliz, al menos durante un tiempo, tocando todos los fines de semana, yendo de garito en garito, cobrando al menos lo mismo que cobraban los camareros por hacer sus turnos. Nunca lo conseguí. No sé lo que persiguen ahora los jóvenes, no sé si quieren tocar en cuanto más festivales mejor, ganar los premios Carles Santos, los Ovidi, tener un millón de escuchas en Spotify, no lo sé.

Formándome como músico en los garitos de Valencia con 18 años.

Bares culturales, librerías jóvenes, red de teatro alternativa, ¿cineestudios?

En el coche no iba yo solo. De copiloto se puso Jesús Sáez, porque era el más grande, Micalet Landete, Virginia Lorente y Luis Martínez, en el asiento de atrás, un poco apretados. Parecíamos un comando, nuestra misión poner una bomba en Alicante y volvernos antes de que explotara. Un viaje relámpago, nadie percibiría nuestra incursión.

Cuando salgo del garaje y me incorporo a la circulación pongo la radio, últimamente pongo las noticias, el sonido de la palabra hablada me produce placer, poco me importa lo que me cuenten, necesito sentir cómo la voz a través del micro y las ondas llega levemente distorsionada, rasposa, hasta mis oídos. Sí, me da placer, el sonido de la palabra hablada, me da placer, confianza, seguridad, es como mi plaza de garaje, me ata a algo tangible, a algo que existe de verdad, a algo que siempre está y estará ahí. No es verdad que cualquier voz sirva, que cualquier voz me produzca este placer, lo siento, aquí también la peculiaridad del timbre del locutor o locutora es determinante, como en la música, supongo. 

No es lo mismo ir a un sitio a comer y beber que ir a un sitio a beber; no es lo mismo ir a un sitio a comer, beber y escuchar música de ambiente, que ir a beber y a escuchar música en directo, no es lo mismo ir a beber y a escuchar música que ir a beber y a escuchar música en directo. No es lo mismo ir a escuchar música que ir a beber. No es lo mismo ir a beber, doparse y escuchar música en directo que ir a escuchar música en directo a un garito. No es lo mismo ir a escuchar música en directo y bailar que ir a escuchar música en directo, querer hablar y hacerlo. No es lo mismo un bar que un bar cultural. No es lo mismo que lo más importante de tu negocio sea vender comida o bebida –que en caso de cierre por pandemia pidas ayudas junto al gremio de la hosterlería– que vender música, libros o cultura. No es lo mismo recibir ayudas institucionales y garantizarles un ingreso mínimo a los músicos que tocan en tu sala, garito o bar musical que que vengan a tocar a taquilla o alquilando la sala y que esperes, además, que los asistentes acaben con tus existencias de alcohol. No es lo mismo.

Volvemos de Alicante, estoy algo aturdido, hay que asimilar la derrota, Virginia en el asiento de atrás acaricia su premio, yo me he quedado a las puertas… a las puertas de qué. Abro un paquete de pipas para no dormirme durante el trayecto. No paso de noventa, conduzco por la autovía. Estoy en ese momento de transición entre la gala de los premios y la realidad, estoy volviendo a la realidad. Competir. No me gusta competir, como decía Jacobo Pallarés cuando nos comunicó que habíamos recibido las ayudas de Graneros de creación escénica 2017: hemos preferido hablar de conceder ayudas a los proyectos más interesantes que hablar de haber seleccionado los mejores proyectos. No hay proyectos mejores que otros, solo proyectos que se han acoplado mejor a lo que solicitábamos. Me tranquilizó recibir aquella ayuda, no tenía que competir, tenía que coexistir. Cuando te “obligan” a competir, acabas queriendo ganar, y entonces es cuando pierdes. La derrota, el sabor de la derrota. Mastico otra pipa, acelero, cojo la velocidad de crucero, ya puedo volver a comunicarme con los demás, Jesús y Landete están hablando de los discos de Iron & Wine, de sus primeros discos, de las mejores canciones dentro de esos primeros discos, de sus componentes, de sus proyectos paralelos.

Comando VLC en su insursión Express en el teatro principal de Alicante. La chica de la derecha, Virgina Lorente, sí que se llevó el premio al mejor diseño del disco de Llum, de Jesús Sáez, el chico alto de las gafas 3D. Detrás de mí están Micalet Landete en pose de guardaespaldas y Luís Martínez, muy tranquilo (gracias por acompañarme) -foto Eva Mañez.

De joven, me gustaba ir a ver música en directo en garitos. Cultura de cercanía. Cultura de proximidad. Músicos de kilómetro cero. A veces iba solo, a veces con colegas, a veces bebía, lo justo para entonarme, a veces no me daba tiempo a entonarme, no era la llamada del alcohol lo que me llevaba hasta allí, era la llamada de la música, pero era, entonces, en los bares, dónde se podía testar la creación musical juvenil y fue en aquellos bares donde acabé formándome como músico.

Por las mañanas, al ir hacia Valencia a trabajar, la incorporación en la autovía es peligrosa. Están ampliando el número de carriles y han llenado de separadores de hormigón el tramo desde donde yo salgo. Una vez llamé al 112, un coche estaba parado con la doble intermitencia en medio del carril, casi me empotro contra él. Cada mañana pienso en lo peligroso que es este tramo.

Una librería joven. Una librería joven cerca de casa. Un imán cultural. Las librerías ya no pueden, no deberían, ya centrarse únicamente en vender libros, han de empezar a vender cultura, a ser agencias de cultura independiente, y buscar financiación, fuera del mercado, tanto pública como privada.

Soy de los que piensa que un buen circuito de bares culturales es la estructura básica desde la que construir una industria y un público musical. También pienso, que como las librerías, esos bares culturales, no pueden depender únicamente del mercado, necesitan una financiación institucional que les permita, por un lado, tener autonomía frente al mercado del alcohol y de la telefonía móvil, por otro, que para acceder a estas ayudas y apoyo institucional han de ser capaces de ofrecer, además de una contrastada programación cultural, un espacio que, aunque pequeño, reúna las condiciones para poder desarrollar estas actividades con las necesidades técnicas necesarias básicas cubiertas, y finalmente, pero no por ello menos importante, que garanticen siempre unos ingresos mínimos a los músicos que vayan a tocar.

Este año me dieron el premio Ovidi a la mejor letra de canción. Poca broma. Para un músico que entró en este mundo gracias a las letras de Lou Reed o Bob Dylan, es un honor. Estaban nominados junto a mí, ni más ni menos que Xavier Sarrià, más de 4 millones de escuchas en spotify de su canción La flama, Pau Alabajos, un poco más de 1 millón de escuchas de su canción Inventario, y Smoking Soul (los cabrones que me robaron, perdón, me ganaron, el premio al mejor disco Pop en los Carles Santos) casi 2 millones de escuchas de su canción Nit Salvage. El de mejor letra de los premios Ovidi me lo llevé yo. Lo dicho, competir es una mierda.

Recogida por parte de mi otro yo del premio Ovidi a la mejor letra.

La primera y última vez que gané algo fue con 9 años. Desde entonces que no ganaba nada. Aquel verano había crecido más que los demás niños y nadé tan rápido que cuando llegué el primero al otro borde de la piscina, nadie aplaudió, esperaron a que llegaran el segundo, el tercero y los demás para vitorearlos, aquella era la verdadera carrera, había emoción. Subido al podio saboreé por primera y última vez las mieles de la victoria. Hasta el 15 de noviembre del 2020, cuando en Alcoi, mi pareja recogió mi premio (yo no pude asistir, estaba representando en la Sala Ultramar la obra Un Immens i Infinit Continent). En esta ocasión la vida me había puesto en la situación inversa Pau Alabajos, Xavier Xarrià i los Smoking Souls me llevaban una ventaja descomunal, miles y miles de escuchas en spotify por encima de mí, sin embargo, quiero creer que el jurado vió algo excepcional en la letra que escribí, algo que estaba por encima de las consideraciones del mercado y del número de fans que respaldan a una u otra propuesta. Para un músico formado a pie de barra, no está nada mal. Aunque sigo diciendo que competir es una mierda.

Ese mismo verano gané la medalla de oro por llegar el primero en el campeonato de verano de natación del complejo Cinco Mares de la Pobla de Farnals.

Miento, bueno no miento, solo he ganado estos dos premios pero, nunca podría decir: NUNCA ME HAN DADO NADA. Entonces sí que mentiría.

La ayuda más notable que he recibido como creador ha sido siempre desde el mundo del teatro. Desde que recibí en el 2008 la ayuda a la escritura de La Vals de l’abîme (que acabó convirtiéndose en Pensión Morfini) hasta la fecha: Taxis (producción VEO 2010), La batalla Vital (graneros de creación Inestable Rambleta y Ayudas IVC) y, este año, Un Immens i Infinit Continent (Ayudas IVC). También cabe mencionar que he recibido ayudas como bibliotecario independiente: COBDCV (Ayuda GIA 2018), La Marina de Valencia (BED La Marina 2019). Quiero decir, existe un reconocimiento a mi trabajo fuera del mundo de la competición. Eso sí, estas ayudas que me han dado no llegan a representar ni el 20% de lo que ha sido mi producción artística, todo el que de, alguna manera, tiene un trabajo freelance, ya sea de dramaturgo, de diseñador de interiores o ofrezcas talleres de restauración, sabe que de todo lo que ofreces, si logras vender un 20%, ya te puedes dar por satisfecho. Por eso llevamos tantos proyectos a la vez. Solo los privilegiados van a tiro hecho.

Imagen que envié para participar en un laboratorio de escritura de teatro junto al proyecto que rechazaron.

Al llegar al pueblo donde resido provisionalmente en estos momentos, salgo por la salida centro. Han abierto una circunvalación, una “ronda”. No me deja de hacer gracia que un pueblo tenga rondas norte y sur y salidas Este, centro y Oeste. Pueblos tan pequeños, me refiero. La ronda norte es un camino que descubrí hace poco, a causa de las obras de ampliación de la autovía. Es una entrada cómoda por que antes de entrar en el pueblo hay una gasolinera y un supermercado que pertenecen a una cooperativa. A lo largo de un par de meses me he ahorrado 3 euros de gasóleo a la semana, la economía familiar lo ha agradecido.

Después de poner gasóleo paso el cementerio y me encamino al pueblo. Entro en una de sus avenidas exteriores, una donde, a pesar de ser un lugar ideal, los comercios, bares y tiendas, aún no han logrado establecerse para darle a la zona un aire más bullicioso y vivaz. Pero no la recorro en su totalidad, me gusta desviarme por un atajo. Uno que descubrí buscando el trayecto más corto posible para llegar hasta casa de mis padres. Un camino flanqueado , entre otros, por almacenes de cebollas. Sé que son almacenes de cebollas porque en más de una ocasión he tenido que esperar a que los camiones aparcaran sus enormes tráileres para descargar las toneladas y toneladas de cebollas. Tráileres tan grandes que casi caen por el borde de la estrecha carretera, a los campos colindantes.

Ese camino es más corto, y si quieres llegar el primero a casa, has de tomarlo de todas todas, si continúas por la avenida “quiero pero no puedo”, y entras en la urbanización por el Sur en vez de por el norte, pierdes.

Voy por el camino del norte, el atajo que me llevará hasta casa unos minutos antes, no compito con nadie, seguramente, me pasa como con los tres euros de gasóleo semanales, ahorras tanto el tiempo como el dinero sin que después seas consciente de en qué te lo gastas.

Días atrás un camión estuvo maniobrando un buen rato hasta que logró entrar en la zona de descarga del almacén, estuve parado unos minutos que se hicieron eternos, pero en esta ocasión, no sé por qué, decido no esperar, me pongo en el carril de la izquierda y veo que a lo lejos viene un coche, el culo del camión está a unos cuatro metros del campo colindante, sin pensarlo mucho, mientras el camión hace marcha atrás, me dispongo a pasar. Seguramente, tal y como pasó el día anterior, pienso que el camión, para mejorar su maniobra parará, pero, conforme acelero veo que el camión no para, acelero y el camión sigue tirando para atrás, acelero y veo el coche que viene de frente, cada vez más cerca, acelero y empiezo a pensar que el camión no va a parar y que yo no voy a pasar, no me da tiempo a pensar más, no me da tiempo a frenar, solo puedo continuar. Y paso, y miro la cara horrorizada de la conductora que viene de frente antes de incorporarme al carril derecho. Y cómo si nada, sigo adelante, me desvió en la primera salida, a la izquierda, camino de mi casa.

Esa misma noche, sobre las 3h de la madrugada me despierto y me invade una sensación de pánico incontrolable, pienso: vivo, de milagro.

El balcón

abril 16, 2020

El Balcón

En 1997 murió mi abuela. Su final fue duro para toda la familia. El Alzheimer, que en aquel entonces aún no estaba bien diagnosticado, nos pilló a todos con el paso cambiado y fuimos acompañando su degeneración mental todo lo bien que pudimos, acabamos agotados.

Ese acompañamiento fue muy estresante para mi familia y no sé a quién se le ocurrió que para compensar, para buscar cierto reposo, debíamos hacer un largo viaje, algo que no hubiéramos hecho en familia antes. Yo por aquel entonces evaluaba la posibilidad de irme con una ONGD a Latinoamérica y creo que mi madre pensó que antes de irme por mi cuenta sería bueno que conociésemos juntos el continente. Así fue como aquel verano nos fuimos una semana en Cartagena de Indias.

En aquella época fumaba, y aún se podía fumar en los aviones. Recuerdo traerme un paquete de cigarrillos sin filtro con un indio dibujado en la cajetilla blanda.

También recuerdo una jovencita portuguesa que viajaba con nosotros y que vino a nadar conmigo. Mi madre acudió pocos minutos después, tenía novia, tienes novia, me dijo. También se acercó un poeta colombiano que se puso recitarle a mi madre y a la chica portuguesa, sobre todo a ella. Decía que era músico. El agua estaba sucia y templada y me salí ante la imposibilidad de sucumbir al deseo.

En la playa, el vigilante trapicheaba bajo la escalera de la torreta vigía. Le enseñó una pistola a uno de sus clientes, como si quisiera vendérsela. Teníamos barra libre en el hotel, así que fui dentro, a una pequeña piscina privada donde podías beber y fumar sentado en el agua. Los cigarrillos, también los regalaban. Te servías tu mismo, los cogías de un bote, te lo encendías, pegabas una calada y echabas un trago a lo que fuera que bebiera por aquel entonces, seguramente alguna bebida autóctona. No me preguntes cuál, en aquel tiempo aún no tenía criterio sobre el alcohol que consumía. Bebía para embriagarme, no por placer.

Desde que empecé a fumar, siempre quise dejar de fumar. Dejar de fumar era como un pensamiento constante, como una idea que siempre llegaba al final de una secuencia de momentos de placer. Nunca quise fumar pero fumé durante mucho tiempo.

No sé si en Cartagena de Indias quería dejar de fumar, no recuerdo haber hecho la promesa, como otras veces, anteriores y posteriores, de hacerlo. Sí que recuerdo que el paquete de tabaco colombiano con la cara del indio lo conservé durante mucho tiempo como una especie de símbolo, no sé si de la joven portuguesa o del viaje que de alguna manera hicimos para despedirnos de mi abuela.

Al año siguiente, volvimos a viajar en familia. Esta vez encontramos un anuncio que te ofrecía pasar una semana en una cabaña en Finlandia. Una cabaña en medio de una zona de lagos, con sauna y un bosque alrededor donde, a pesar de ser agosto, crecían ya las setas.

La sauna estaba a diez metros del lago y cuando tu cuerpo estaba en plena ebullición salías corriendo para meterte en el agua, que estaba helada.

Cerca de la casa encontramos unas setas que decidimos recoger y que consideramos comestibles. Mi madre y yo, no sé porqué, no comimos mucho, sin embargo mi padre y mi hermana, que sí comieron bastante, tuvieron esa noche una especie de viaje alucinógeno. Al día siguiente cuando le contamos al propietario que habíamos hecho unas tortillas con las setas que rodeaban la casa, nos miró asustado. Un miedo que disimuló con rapidez al ver que estábamos bien, a la vez que decía que no volviéramos a hacerlo, que si queríamos setas que primero lo llamásemos a él.

Llegué a Finlandia fumando, fumaba tabaco de liar, así que seguramente estaba en uno de esos momentos en los que estaba dejando de fumar. Eso suponía que iba a fumar más hachís para compensar. Por que sí, dejar de fumar significaba dejar de fumar tabaco. Dejar de fumar hachís fue algo que no me planteé hasta la entrada del siguiente siglo, cuando tuve que ponerme a estudiar en serio para sacarme la oposición.

Seguramente porque estaba dejando de fumar, no recuerdo hacerlo durante el viaje en avión, lo que sí recuerdo es que nos dieron un bote de Bloody Mary para calmar los nervios, el Vodka ya iba mezclado con el tomate, solo tenías que añadirle sal y pimienta, al gusto. Creo que fue entonces cuando me aficioné a esta bebida.

Otra de las razones por las que pienso que estaba dejando de fumar es porque recuerdo postergar el hecho de encender el primer cigarrillo del día. Recuerdo convertir el acto de prender el tabaco liado en una ceremonia matinal. El lugar daba para el ritual.

Levantarme, salir de la cama sin lavarme. Salir de la cabaña, sentarme unos pasos más allá, cerca del lago, esperar a que el día se despertara, aunque ya fueran las diez de la mañana, somos valencianos, las diez de la mañana para nosotros es madrugar, y allí sentado, dejar la mente en blanco. Dejarme invadir por la calma, por la quietud, el silencio, la naturaleza, el movimiento del agua en la orilla del lago. Parar, frenar, postergar el hecho de empezar el día, preparar tu cuerpo para enfrentarte a la batalla, al primer cigarrillo. Convertir ese primer cigarrillo en un símbolo. En un ritual de iniciación del día. Un pistoletazo de salida que ordenase bien, después del reseteo nocturno, las ideas en nuestra cabeza y así poder enfrentarnos al día por venir, a nuestra vida.

Estamos en abril de 2020, han pasado casi veintidós años desde que hicimos aquel viaje a Finlandia. En el 2004 dejé de fumar. Desde hace más de diez años vivo en un piso que da a una avenida. Una avenida ruidosa, muy transitada. Tanto es así que la parte de la casa que da a la avenida tiene las ventanas insonorizadas con crimalit. En esa parte de la casa hay un balcón que rara vez hemos utilizado a lo largo de estos años. Un espacio de unos dos metros cuadrados, olvidados a causa del ruido ensordecedor del tráfico diario. De la contaminación.

Desde que vine a vivir a esta casa nunca he dejado de pensar que era una lástima vivir de espaldas a la avenida, obviar la existencia de ese balcón donde, perfectamente, podríamos montar una mesita y salir a desayunar, o a comer, o cenar, incluso tender. Las únicas personas que recuerdo que la han utilizado en este tiempo han sido las que han venido de visita. Amigos o familiares que antes o después de comer o cenar han querido echar un pitillo.

No recuerdo haber experimentado de nuevo la comunión mística con el espacio y el tiempo que alcancé durante los días que estuvimos en aquella cabaña en Finlandia, mientras postergaba el momento de fumarme el primer cigarrillo del día. También es verdad que, como he comentado anteriormente, en el 2004 dejé de fumar.

Sí que he experimentado situaciones sucedáneas en el trabajo, salir de mi despacho, sentarme en medio de la sala y pensar, o no pensar en nada para acabar pensando en algo, porque pensar también es trabajar. Porque vaciar la mente sirve para descongestionarla, para permitirle hacer hueco a las nuevas ideas. A veces es necesario parar para dar con nuevas ideas. Pero ninguna de esas experiencias llegó a la altura de la finlandesa, seguramente porque no es lo mismo luchar contra una adicción que intentar reorganizar un espacio.

Las primeras semanas de la cuarentena fueron de mucha expectación. Empezamos el milenio con el atentado de las Torres Gemelas, poco más tarde llegó el de Atocha, y así, con cuentagotas, la sociedad occidental ha ido encajando, golpe tras golpe, atropellos y matanzas esporádicas a golpe de Kalashnikov, sin que estas acciones consiguieran poner en riesgo, como lo ha conseguido en pocos meses un virus, la maquinaria sobre la que se asienta la economía de mercado. Hasta llegar a este encierro, como un hormiguero bien organizado, una vez pasado el momento de crisis, los humanos, continuábamos con nuestras vidas a pesar de que días antes, por las Ramblas de Catalunya, se hubiese producido un atropello masivo.

Parar la maquinaria, dejar de ir al puesto de trabajo, trabajar desde casa. Salir al balcón. Salir al balcón y postergar el entrar en casa de nuevo.

No sé en qué momento empecé a salir al balcón. Siempre he sido muy crítico con las desigualdades sociales que provoca el funcionamiento de mercado, desde muy joven he reflexionado sobre cuál podría ser la manera de frenar esa maquinaria, o de, al menos, controlarla, para compensar los desequilibrios sociales y medioambientales que provoca, así que supongo que uno de los primeros días de encierro bajé a la calle por la noche a tirar la basura y quedé impactado por la quietud, el silencio, la falta de tráfico, de gente en las aceras. Quizás fuese el domingo que se declaró el estado de alarma.

Bajé a la calle a tirar la basura y saqué el móvil para fotografiar la avenida vacía. Poder cruzar de un lado a otro sin mirar, pararme en el carril central para tener un mejor encuadre.

De camino a casa llamé a mis padres para ver cómo estaban. Tenía la sensación de que mi conversación podía oírse en la distancia, de que, de hecho, personas enclaustradas se asomaban a la ventana para ver quién estaba hablando en la calle. Me cayó una rama de árbol, me asusté, creí que alguien me había lanzado algo para que volviera a mi confinamiento. Apresuré el paso y la conversación. Me despedí de mis padres y subí a casa.

Al día siguiente me levanté pronto. Tenía la intención de sentarme y ponerme a trabajar. Cuando me levanto pronto, sí, los valencianos también podemos levantarnos a las siete de la mañana para trabajar, y trabajo en casa suelo pasar directamente de la cama a la mesa donde tengo el ordenador, sin tomar nada, sin lavarme la cara. Pero cuando salí del cuarto de baño de hacer pipí, en vez de irme al comedor donde estaba mi mesa, fui al cuarto donde está el balcón.

Abrí la puerta y salí. Era un día nublado, como lo están siendo la mayoría de días desde que estamos encerrados, hacía frío. Me había puesto el batín para salir, así que, estaba bien. Me apoyé en la barandilla y contemplé la quietud de la avenida. La falta de tránsito. Un autobús en la lejanía, poco más.

La maquinaria estaba parada. Ni en el más optimista de mis pensamientos pude soñar jamás que algo pudiera llegar a parar la maquinaria. El mundo silencioso, escuchando su propio latir. Las personas quietas dejando de provocar temblores en la tierra a causa de su movimiento. Aviones parados dejando circular a las nubes y a los pájaros, dejándoles recuperar sus trayectos ancestrales.

Apoyado en la barandilla podría haber visto como los animales salvajes volvían a recuperar espacios que perdieron en batallas libradas hace cientos de años.

El autobús rompió esa armonía momentáneamente, aunque su irrupción no fue lo suficientemente brusca o continua como para estropear mi percepción del momento. Su paso, lejos de ser molesto, sonaba más a ronroneo, a murmullo de caudal de río fluyendo con fuerza. El propio autobús, desprovisto de alianzas, convertido en único símbolo de un pasado ruidoso, no podía, por sí solo, convertirse en algo más que una anécdota pasajera, sin capacidad para desbaratar el momento idílico. Su paso, más bien, puso de relieve, en cuanto desapareció, la calma del momento.

Recuerdo que pensé, ahora me gustaría tener un pitillo guardado en el bolsillo de mi batín. Y busqué en el bolsillo pero no encontré nada. Tuve la tentación de dar media vuelta y entrar en casa pero lo que hice fue apoyarme en la barandilla y postergar la entrada. Cada vez que pensaba en entrar me decía: no, quédate, respira, observa, vacía tu mente, espera, disfruta del momento. Simbiotízate con el entorno, conviértete en parte del escenario, intégrate con esta avenida, con los edificios de enfrente, con la gente que vive en esos edificios. La naturaleza, los pájaros, los árboles, las nubes, están agradeciendo este parón. Nuestra sociedad avanzando desbocada hacia el abismo ha de entender que ahora mismo esta pagando el precio de la imprudencia, de cabalgar sobre una máquina del infierno desbocada, la naturaleza ha puesto una barra entre las ruedas para frenarla en seco, por desgracia a costa de nuestros mayores. Es sólo un primer aviso.

Más tarde, cuando entré en casa, con la mente despejada, amueblada mi cabeza con nuevas ideas, escribí en mi libreta: un buen ejercicio sería el de describir, a partir de ahora, esas salidas al balcón. Convertir esa mera acción en un hecho trascendental que explique no solo la situación histórico-político-social crucial que estamos viviendo sino también un viaje al interior de la persona que sale al balcón, a su espiritualidad y a sus convicciones filosóficas. Al mismo tiempo se podría trabajar sobre la materialidad del espacio, su estética y composición material tanto de la que le rodea a corta, media y larga distancia, como de la que va más allá de los edificios que lo encarcelan y el suelo y el cielo que lo contienen.

Salir al balcón para encontrar la paz frente a una avenida en calma. No solo la sociedad debe aprender a frenar, no solo la sociedad deberá acostumbrarse a los parones energéticos si quiere preservar la especie humana, yo mismo tendré que recuperar, aún sin fumar ya, esos momentos en los que postergar toda actividad, todo movimiento, para dedicarme a la mera contemplación. Aunque la verdad, tengo unas ganas horribles de echar un pitillo

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -17-

febrero 16, 2016

La batería, la percusión y el electribe.

A veces pienso que la batería es un instrumento infernal para la música.

No hace tanto tiempo que llegué a esta conclusión. Y no es que piense esto todo el tiempo pero el mero hecho de que esta reflexión haya aparecido en mi mente significa algo.

Digamos que ya intuía algo cuando grabé algunos temas de De l’amour à l’abîme.

En este disco solo hay cuatro canciones que llevan batería (Sans ton regard, Ce coin, Sans futur y Voyage au bout de la nuit), en las restantes la base rítmica se apoya en la percusión: Dans les rues, Route 66, Mogambo le tigre vert, Fin de fête, De l’amour à l’abîme, Le gardien de tes pas, Au revoir les enfants, Paris, Madrid, Barcelonne, Dublin.

Rectifico, no es que en estas canciones no hubiera batería, lo que pasó es que la batería fue tocada como si fuese, no uno solo, sino muchos instrumentos de percusión, cajas, bombo, timbales y platos tocados de forma deconstruida. Es verdad que también utilicé panderetas, cascabeles, maracas y todo tipo de instrumentos de percusión complementarios, pero en ninguno de ellos toqué la batería completa. Para eso tenía que llamar a un baterista. Para la perscusión, por contra, siempre me las he apañado bien.

Mi relación con la percusión se remonta nuevamente a uno de mis primeros grupos, Rocaviva (aclararé en este post que yo pertenecí a esta formación en su primera etapa, antes de irme de Erasmus a Poitiers y de que entrara Paco Luna a sustituirme, fue esa segunda formación la que fue elegida para el Circuit Rock). En aquella primera formación hacíamos muchas versiones, una de ellas de los Ten Years After, una que tenía un solo de unos 10 minutos, yo tocaba la pandereta durante esos 10 minutos de solo, cada vez más rápido, cada vez más rápido. Si crees que es fácil, intenta tocar la pandereta 10 minutos seguidos a toda leche sin perder el ritmo.

Estoy hablando de mi relación con la percusión. Durante estos primeros años, a pesar de saber tocar una pandereta durante más de diez minutos a toda leche, para mí, la batería seguía siendo la reina. Amaba al batería de los Doors y a Charlie Watts porque eran capaces de navegar con las olas, de subir y bajar de intensidad, de interpretar la necesidades de una canción y de acompañarla de la manera más beneficiosa posible. (L.A. woman; Midnight Rambler)

A pesar de que he amado la batería, desde que escuché a los Beach Boys se empezó a instaurar en mí esa idea de que, como he dicho antes, intuía, es un instrumento infernal para la música.

Solo tenéis que oir las cuatro siguientes canciones para daros cuenta de que nunca podrían haber visto la luz si se hubieran tocado con una batería, pero tampoco hubiese podido existir sin esos prodigiosos arreglos de percusión (cito estas cuatro de los Beach Boys pero podrían ser muchas más):

  1. God only knows
  2. Wouldn’t it be nice
  3. Good vibration
  4. Surf’s up

Tomé conciencia de la importancia de la composición musical a partir de los arreglos de la percusión después de publicar La disolución doméstica.

Era verano, tenía por delante de mí más o menos un par de horas o tres casi cada noche durante un par de semanas, no me sentía inspirado para escribir nuevas canciones pero quería probar a aproximarme, en la medida de mis posibilidades, a escribir algo que se acercara a una composición instrumental construida a partir de la idea de trabajar con elementos de percusión.

Ese experimento culminó con la composición de una “suite” que para mí marca un antes y un después de ver mi propia música.

La suite Brian Wilson 05.

Ahí no solo se juntaron los arreglos de percusión, también los de vientos, cuerdas etc. Otra canción que no hubiese visto la luz de haber tenido que pensar en términos de batería…

Y bueno llegamos al ahora. Y podréis pensar, ¿qué tiene que ver la batería y la percusión con el Electribe?

Bueno, pues el electribe es el puente entre la batería y la percusión acústica. El Electribe es el elemento que me va permitir, eso espero, unir estas dos facetas de mi idea de la composición y llevarlo al terreno de la composición de la canción.

Junto a Julia llevamos un par de semanas trabajando con el aparatito. Yo llevo desde navidades creando bases para las nuevas y antiguas canciones. El miércoles pasado vino Santi Serrano al ensayo y al oir la nueva intención de los temas le dije: no te preocupes, tenemos un reto ante nosotros, vamos a ver cómo lo resolvemos, vamos a divertirnos resolviéndolo. Seguramente la resolución estará en ver la batería no ya como un todo sino como un instrumento deconstruido como un instrumento de instrumentos que se puede tocar por partes como si en vez de estar en un grupo de rock estuvieras en una orquesta filarmónica.

electribe

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -15-

febrero 2, 2016

Música y literatura musical.

Antes de escribir La conquista del Oeste, escribí un diario “musical” Tras la pista de Los Suicidas. Una amiga lo leyó y me dijo: no ha me ha quedado muy clara la historia, da la impresión de que hablas en un código secreto que sólo podéis entender los músicos.

No le faltaba parte de razón. La literatura musical, al igual que la música ha formado parte de mi vida: revistas musicales, biografías, letras de canciones y  ficción narrativa musical, sí, ante mis ojos ha pasado de todo.

Recuerdo que hubo un tiempo que sacaron algunas novelas en las que Lennon era el protagonista. Recuerdo haber leído El joven Lennon. Sí, mi amiga tenía razón hay un lenguaje especial que rodea el mundo de la música.

lennon

Cuando escribí La conquista del Oeste tuve la intención de que ese mundo de la música estuviese al servicio de la historia que quería contar, es decir, que cualquiera que no perteneciera al mundo de la música, por ejemplo un experto en fontanería, pudiera pillar el mensaje de fondo de la misma manera que yo pillo el mensaje de fondo cuando el que escribe un libro es un experto en lingüística, en filosofía pre-marxista o en fontanería.

Me he hecho lector de literatura musical pero también es verdad que mis amigos y familiares también se han encargado de confirmar este rasgo en mí. Muchas veces, los regalos que me han hecho han sido o bien sobre música o bien escritos por músicos. Aún me acuerdo cuando David y Almudena me regalaron Corre, rócker de Sabino Méndez, no estoy seguro pero creo que algún día lo acabé de leer. Si no recuerdo mal, cuando Sabino Méndez sacó este libro Loquillo quería pegarle una paliza, algo así leí en algún ruta 66 de aquella época. Enfín, esto os lo podrá contar mejor Rafa Cervera que escribía en el Ruta 66 (y escribe).

Sí, soy capaz de entrar en una tienda de discos y acabar comprando un libro. El año pasado, sin ir más lejos, cuando fuimos a pasar el fin de año a Granada, el día 2 de enero, fuimos primero al Bora Bora y después al Marcapasos, aunque allí compré varios discos, acabé comprándome uno bastante flojete de la serie Discos que marcaron una época: The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de Juan Manuel Escrihuela.

ziggy

Uno que también es un gran lector de literatura musical es Micalet Landete, él me regaló Nuestro grupo podría ser tu vida. Un libro muy interesante para comprender la verdadera esencia del do it yourself. Aunque claro no es lo mismo hacértelo tú mismo en Valencia, España, que en los EE.UU de Norteamérica. Allí tienen un poco más de sitio por donde moverse. Micalet también me ha sugerido que me lea: Bonnie “Prince” Billy por Will Oldham, estoy esperando a que me lo regale.

nuestro_grupo_podria_ser_tu_vida

Creo que en alguna otra entrada comenté los libros de otros músicos que cuentan su vida de músicos en un libro. No hablo aquí de los que intentan convertirse, como yo con La conquista del Oeste, en contadores de historias envueltas en un halo musical que nada tienen que ver con sus batallitas musicales, hablo de los que cuentan, como hago yo en Ser músico hoy, como les influye o ha influido en sus vidas ser músicos a través de sus vivencias. Hablo de Cosas que nuestros nietos deberían saber de Mark Oliver Everett y Rat Girl de Kristin Hersh. Dos libros que no es que te pongan a hervir la sangre por lo que te cuentan pero que si eres fan de sus propuestas te ayudan a comprender mejor el universo creativo en el que viven los autores.

Ningún fan de Neil Young y de toda la época del boom de la contracultura debería dejar de leer Shakey, la biografía de Neil Young escrita por Jimmy McDonough, que ahora odia a Neil Young, estuve en la presentación que hizo Elvira Asensi, la traductora, en Valencia, conectaron con él vía skype y nos contó que Neil Young lo había puteado bastante y después de nosécuántos años de trabajo no sabía si finalmente Neil le daría permiso para publicarla. Al final lo consiguió y ya no se hablan. Jimmy no quiere ver a Neil ni en pintura. Enfín, conocer a la estrella para acabar odiándola.

shakey

Y ahora, pasémonos ya a las cosas serias. Porque ya sabemos que el Rock no es serio, el rock es cachondeo, el rock es como un golpe de tequila y para ponerse sesudo hay que cambiar de tercio y hablar de música y pasamos de hablar de literatura rock a ensayo musical. No, en este apartado tampoco hablaremos de periodismo musical. Este apartado es otra dimensión como algo más especializado dentro de lo especializado, lo cual paradógicamente lo convierte en algo más universal, ya que de alguna manera se acerca más a la filosofía o a la sociología.

El primero está en la frontera entre estos dos mundos. Se llama Bendita Locura y está escrita por José Ángel González Balsa. La verdad es que tiene pinta de tesis doctoral pero a diferencia de muchas tesis el tema es divertido: La tormentosa epopeya de Brian Wilson y los Beach Boys. Me leí este libro en el 2010, en plena reconversión musical. En pleno descubrimiento de Brian Wilson y los chicos de la playa. La lectura del libro durante en aquel verano, no escuché otra cosa que los Beach Boys, fue determinante para que a la vuelta de las vacaciones me pusiera a componer La disolución doméstica. Si componer, grabar y publicar un disco es costoso en todos los sentidos hay que por lo menos intentar pasarlo lo mejor posible en proceso de gestación y producción. Intentar que el proceso nos sirva para aprender algo que de otra manera no habríamos aprendido. Aquel verano hice de aprendiz de brujo e intenté acercarme al genio de Brian, leer aquel libro me dió algunas claves para entender mejor la personalidad y el método compositivo de Brian, no era una mera descripción biográfica, una sucesión de datos, el autor se adentraba brillantemente en la comprensión del hecho de componer. ¿Por qué, cómo, en qué circuntancias, con qué material, con qué objetivo? Aquel fue el motor fundamental para llegar al final del proceso de creación de La disolución doméstica.

brian

En la liga de los campeones están ya dos libros que para mí son dos MUST, y eso que uno no me lo he leído: El ruido eterno (el que no me he leído) y Cómo funciona la música de David Byrne. Lo de David Byrne es alucinante porque parece que todo lo que hace lo hace bien. Es un tío inteligente y transmite una idea del arte que mola. Me hubiese encantado tenerlo de profesor, joder el mundo está ahí, todo lo tienes ahí, solo tienes que estar atento e intentar captarlo. El libro es como un desengrasante para descorsetar la relación de un músico con la industria de la música. Te ayuda a dar pasos para leer por un lado El ruido eterno (que espero leer en breve) y por otro, y con este acabo esta pseudobibliografía musical, Silencio de John Cage.

Sí, hemos llegado a John Cage. Sí, todo esto para hablar de John Cage, del silencio y de algunas cosas intersantísimas que dice en su libro.

Vamos si Bendita Locura fue mi libro de cabecera para La disolución doméstica este lo es para mi próximo disco. Silencio es el libro que convierte la música en ruido. Ruido y silencio. Ruido y música. Música y silencio. Sonido. ¿Qué es la música? ¿Qué es la composición? ¿Qué es el sonido? ¿Qué son lo ruidos? Evidentemente, de momento, no voy a hacer un disco de ruidos, pero relaja, y mucho, ver como las cosas pueden expandirse aún más. ¿Qué es una partitura de ruidos? ¿Dónde me encuentro en relación con el sonido del mundo? ¿Qué es una canción para el sonido del mundo?

cage

Voy a poner a continuación un extracto de lo que cuenta en el libro. Como voy a ir leyéndomelo a lo largo del proceso de creación de mi nuevo disco seguramente volveré a hacer una entrada, esta vez centrándome solo en este libro, con citas, interpretación de las citas y tal, en plan profesional, o quizás no, ya veremos.

Que transcriba esta conversación no significa ni que la entienda ni que esté de acuerdo con ella. Ni tan si quiera sé si estoy más cerca del que hace la pregunta que de la respuesta de John Cage. El caso es que me ha hecho pensar. Ahí va:

PREGUNTA: ¿La dinámica?

RESPUESTA: Es resultado de lo que sucede activamente (físicamente, mecánicamente, electrónicamente) al producirse un sonido. No la encontramos en los libros. Tome nota. En cuanto a lo demasiado fuerte: “siga las líneas generales de la vida cristiana”.

PREGUNTA: Le he preguntado sobre las distintas características de un sonido; ¿cómo es posible producir una continuidad, como creo que es su intención, sin intención? No memoria, psicología–

RESPUESTA: “–nunca más”.

PREGUNTA: ¿Cómo?

RESPUESTA: Christian Wolff introdujo acciones espaciales en su proceso compositivo en discrepancia con las acciones temporales consecuentemente interpretadas. Earle Brown concibió un procedimiento compositivo en el cual los acontecimientos, siguiendo tablas de números aleatorios, están escritos fuera de secuencia, posiblemente en cualquier lugar dentro de un tiempo total ahora y posiblemente en cualquier otro lugar dentro del mismo tiempo total después. Yo mismo utilizo operaciones aleatorias, algunas derivadas del I-Ching, otra de la observación de las imperfecciones en el papel sobre el cual escribo en ese momento. Su respuesta: no pensándolo.

PREGUNTA: ¿Es esto atemático?

RESPUESTA: ¿Quién ha hablado de temas? No es cuestión de tener algo que decir.

PREGUNTA: ¿Cuál es el propósito de esta musica “experimental”?

RESPUESTA: No hay propósitos, hay sonidos.

PREGUNTA: ¿Por qué preocuparse si, como ha señalado, los sonidos ocurren continuamente, tanto si los producimos como si no?

RESPUESTA: ¿Que ha dicho? Aún estoy–

PREGUNTA: Quiero decir– Pero ¿es esto música?

RESPUESTA: ¡Ah!, después de todo le gustan los sonidos cuando están hechos de vocales y consonantes. Es usted corto de entendederas, pues nunca ha utilizado el cerebro. ¿Necesita que yo o que alguien le ayude?¿Por qué no se da cuenta como yo de que no se logra nada ecribiendo, nunca será capaz de oír nada, ni siquiera lo que está al alcance del oído.

PREGUNTA: Pero, en serio, si esto es música, yo podría tan bien como usted.

RESPUESTA: ¿He dicho algo que pueda hacerle pensar que considero que sea usted estúpido?

Sí, al leer esto muchos tendrán el impulso de escuchar esa magnifica canción de los Rolling: It’s only R’N’R but I like it. Aunque tengo la ligera sensación de que John Cage y los Rolling en realidad están hablando de lo mismo.

 

 

Vengo a hablar de mi libro

diciembre 18, 2015

vengo a habar de mi libro

 

Ayer tuve el placer de participar en esta iniciativa para la visualización de l@s narrador@s valencian@s.

Ahí va el texto que leí para la ocasión antes de ser pulido para que durase dos minutos y medio.

Premisa: leer como con sensación de realización personal total, con sentimiento triunfalista, como si todo hubiese salida de puta madre.

 

Voy a hablar de mi libro:

 

Hola soy Néstor Mir y vengo a hablaros de mi libro: La conquista del Oeste.

 

Pero antes de hablaros de La conquista del Oeste quisiera contaros mi experiencia como futbolista.

 

A los 9 años después de dejar el judo y el solfeo me volví loco con el fútbol.

Seguramente esta locura tenga que ver con el Mundial 82. En aquel año vivía en Villajoyosa. A lado de Alicante, y al equipo de Argentina que jugaba en el campo del Hércules le tocó concentrarse en un hotel cercano a Villajoyosa, el Montíboli.

La suerte quiso que mi padre conociera al dueño del hotel y que este nos invitara a pasar a saludar a la selección. Tengo fotos con Maradona, con Kempes, con Menotti, con Pasarela, con Tarantini. A partir de ese día me volví loco. Yo quería ser Maradona, tener el movimiento de cintura de Maradona.

maradona_nestor

Así empezó mi carrera en el fútbol.

Me obsesioné, jugaba en el cole, después del cole, mientras mis padres hacían la siesta, con niños, con las paredes, todo el tiempo.

Donde mejor me lo pasaba era en el patio del cole, muy pocos me podían quitar el balón.

 

Cuando volvimos a Valencia, mi padre, al ver mi afición consiguió que me hicieran unas pruebas en el Valencia. Me cogieron para jugar en el equipo de alevines.

Tenía unos 11 años, aquel fue una año maravilloso, quizás por ser un poco más grande, que no más alto, que los demás me hinché a meter goles. El fútbol tanto en el cole como en el Valencia estaba ligado a la diversión y me lo estaba pasando pipa y cuando me divertía era el mejor.

 

Al año siguiente las cosas se pusieron más serias. Empezamos a competir. El entrenador quería que ganásemos, quería enseñarnos a jugar a fútbol, a que hiciésemos tal y tal cosa en el campo.

Ahí empezó el declive de mi carrera.

Ahí empezó mi vida en el banquillo.

 

A los 13 años me echaron del Valencia. Me cedieron a un equipo filial: El Rumbo.

En un partido de pretemporada hice el mejor partido de mi vida. En El Rumbo pensaron que al Valencia se le había escapado una estrella… Era verano, estaba contento, tenía trece años, ese día quería pasármelo bien, y cuando me lo pasaba bien era el mejor.

Después empezó la liga y al segundo partido ya estaba en el banquillo.

 

Al cumplir los 18 años tuvimos que dejar El Rumbo. Mi padre me volvió a conseguir una prueba en el Alboraya, en 3ª división. Dos semanas de entrenamiento intensivo, 4 días a la semana, dos de ellos en gimnasio y partido el fin de semana. Me dijeron que no contaban conmigo.

Estaban por allí unos ojeadores del Rafelbunyol y se nos llevaron a unos cuantos. En el Rafelbunyol estuve dos o tres años. No recuerdo haber jugado ningún partido de titular. De preferente pasamos a primera regional, y de primera regional a segunda regional. La última categoría. Al final de ese año me fui de Erasmus a Francia.

 

En Francia intenté meterme en el equipo universitario pero no me cogieron. Ese mismo año me fui con unos amigos franceses a esquiar a los Pirineos, en un salto, al caer me rompí el ala de una vértebra. Mis amigos me llevaron a un hospital, en Lourdes. Sí, en un hospital de  Lourdes me hicieron unas radiografías y me dijeron que tenía que estar dos semanas tumbado.

 

Mal que bien me recuperé y cuando volví a Valencia, a pesar de que me dolía la espalda, me inscribí en el típico campeonato de futbito de la Eliana.

 

Fui a correr detrás del balón pero  mis piernas ya no me respondían, había perdido mi movimiento de cintura. Había dejado de ser Maradona. El fútbol se había acabado para mí, después de 12 años de obsesión, el fútbol se había acabado para mí.

 

 

Últimamente voy a hacer bicicleta por el río, paso por delante de las nuevas y modernas instalaciones de El Rumbo. A las 16h suelen jugar partidos los veteranos, una vez a las semana, los jueves. Me paro y me apoyo en la reja para verlos. Los envidio, y mira que juegan mal. ¡Dios! Cómo los envidio… Cómo los envidio. Los envidio muchísimo, muchísimo, con toda mi alma. Como los envidio. Los envidio. [Aquí es cuando suena el pitido del final de los dos minutos y medio y vuelves a tu butaca diciendo: los envidio, Dios, cómo los envidio.]

 

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -11-

diciembre 15, 2015

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo?

Talleres.
Una de las cosas que podemos hacer y por las que podemos seguir existiendo como músicos son los talleres.
Hasta hace bien poco ser músico sólo estaba vinculado con las clases particulares para mejorar y aprender a tocar un instrumento pero desde un tiempo a esta parte, supongo que vinculado con el boom de la inversión en formación personal, con el negocio de la formación, se han multiplicado los talleres y las master class. De hecho, hace un año, le comenté a Remi Carreres que podría hacer un taller o una master class con sus conocimientos sobre cacharros y construcción de ruidos. Me explicó que no se veía con las fuerzas para ello, sin embargo me invitó a que quedaramos un día para explicarme alguno de los trucos que sabía.

Como he explicado en anteriores entradas lo que me explicó me ha servido tanto para hacer la banda sonora de La conquista del Oeste como para indagar en cómo meter efectos en la voz.

Hace aún más tiempo le comenté a Caballero Reynaldo que debería hacer un taller sobre como revisar un tema y pasarlo al folk pop que tanto le gusta a él. Reynaldo, directamente, se rió de mí.

Todos tenemos derecho a hacer lo que nos de la gana con nuestro conocimiento, también es verdad que en la música estamos poco acostumbrados a encontrar vías de trasvase, es solo cuestión de tiempo que encontremos la manera y que no resulte tan extraño que empiecen a existir talleres como este que me he creado para la ocasión y que por supuesto pondría en marcha sin duda en cuanto alguna plataforma de difusión y promoción musical estuviera interesada en potenciar:

CONSTRUIR UNA CANCIÓN

La importancia de las letras (y el sonido)

[pincha en la imagen para navegar]

construir una cancion-1

Este tipo de talleres son muy comunes en el mundo del teatro, en el mundo de la narrativa, de la poesía o del cine, pero, extrañamente, en el mundo de la música se limitan a mejorar la técnica para tocar un instrumento, como si para hacer una canción bastase con saber tocar.

Sin pretender parecer pedante, espero que las anteriores entradas hayan dejado claro por el universo musical por el que me muevo, mi taller, como he anunciado más arriba trataría sobre las letras en las canciones. Es un primer boceto de taller, en él también he querido darle importancia al sonido, y quizás pensándolo ahora un poco más tendría que añadir una tercera parte dedicada a la reflexión sobre la estructura de una canción.

Creo que estaría bien que en el mundo de la música dejásemos de pensar en los músicos como personas que solo se realizan en el escenario. El escenario es sin duda una parte fundamental de nuestra vida pero existen otros mundos, mundos que crean sinergias, que crean afición, que crean cantera, que transmiten de forma directa una forma de vivir la música, una forma de sentir la música. Métodos que destrozan la idea deíca del músico y lo convierten en algo más terrenal, cercano. Músicos cerca de las personas que comparten sus conocimientos. Y músicos que a través de los talleres encuentran otra manera de ganarse la vida. ¿Por qué no?

Ser músico hoy (Mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -10-

diciembre 10, 2015

La definición del sonido. La invocación del acorde.

Ayer me fui a ensayar a Alcoi. Estela está allí (la bajista) y no voy a hacerle venir cada vez que ensayamos a Valencia. Hay que cuidar a los músicos que queremos. Me llevé unos cuantos discos para el viaje. El lunes por la noche había visto Love & Mercy, una porción de la vida de Brian Wilson. Él ya no quería tocar en directo, se quería quedar grabando, hacer un disco como el Rubber Soul de los Beatles. No sé por qué el disco estaba en al aparador de la entrada de mi casa, así que lo cogí para el viaje. En el coche además tenía el último disco de Francisco Nixon, y de la biblioteca llevaba el último de Destroyer y el de Sufjan Stevens, Carrie & Lowell.

Salí de Valencia escuchando el Rubber Soul, ajusté los bajos ya que en comparación con la voz no los escuchaba bien, a pesar de estar balanceados a mi izquierda; la voz, la guitarra y la percusión, que no la batería, a la derecha; y así surgieron mejor definidos los arreglos de piano, bajo y batería.

Cuando acabó puse el disco de Sufjan, que ya había escuchado bastante este verano. Pensé en la diferente manera de enfrentarse a la composición, el disco de Sufjan es magnífico pero uniforme. En los Beatles, a pesar de que como decía Brian Wilson hay un pretensión de contar una historia global, cada canción es un universo, cada canción parece ser concebida para contrarestar, sin perder la intención global, la intención de la canción anterior.

Son otros tiempos, todo está más parcelado, acotado y todo parece uniforme, y hay que buscar la diversidad dentro de una especialidad global, cosa que para mí, a pesar de ser maravilloso, no me parece sublime. En esta línea, aunque arriesgando un poco más, anda Destroyer, a pesar de que él sí que consigue que tres o cuatro temas de su disco alcancen esa etiqueta de estridencia dentro de la totalidad sigue existiendo una especie de plomo que arrastra toda la sonoridad global hacia un mismo lugar, una misma atmósfera que lo vuelve a convertir todo en uniforme. Extrañamente, o quizás no, Francisco Nixon es el que ha hecho el disco más arriesgado y Beatleiano de los tres, quizás por no tener un mercado demasiado amplio, por poder hacer lo que le da la gana o simplemente por inquietud personal. Eso sí, se nota, aunque no sé si también está buscado, una producción más low-fi, en comparación a esos dos mastodontes de la producción independiente mundial.

Bien, estaba llegando a Alcoi, a 70 kilómetros una neblina invadió la calzada, iba escuchando el disco de Sufjan Stevens, pensando en la deuda que tiene con Elliot Smith,  me estaba quedando sin gasolina, así que paré justo antes de entrar a la ciudad, estaba dentro de una nube.

Era un autoservicio. Puse la cantidad, metí la tarjeta, dejé la cartera encima del servidor,  y enchufé la manguera al depósito. Me fijé en el marcador, los litros iban más rápidos que los euros. Volví a mirar. ¡Sí! Los litros iban más rápido que los euros. No, no estaba soñando. No daba crédito, desde el 2009 que los litros no iban más rápido que los euros. La leche, que no me cabe todo el gasoil en el depósito, al mismo tiempo desde la pantalla del autoservicio iban lanzando anuncios para comprar lubricante, ponerse el casco cuando vas en moto etc. Acabo de poner el gasoil, el depósito a reventar, le regalo un euro a la gasolinera, no me cabía, no me cabía, y me voy a l’Escenari que es donde había quedado con Estela.

La recojo, vamos al local de ensayo, aparcamos y le digo que me quiero pillar un café largo para llevar. Entramos en el bareto de al lado de los locales, le digo al camarero: un americano, tres latas de cerveza y dos paquetes de papas. Busco mi cartera en el bolsillo del pantalón. No estaba. La busco en el bolsillo de la chaqueta. Tampoco. Ostia, pienso, me la he dejado en la gasolinera. Me la he dejado en la gasolinera, le digo a Estela, salgo al coche, miro dentro, vuelvo, me la he dejado en la gasolinera. Volvemos pitando a la gasolinera. Conforme vamos llegando veo que hay dos coches, les hago luces, freno, bajo del coche y digo habéis… Un mujer me tiende la tarjeta, la cartera y me dice, la acabamos de ver. Miro en su interior, está todo el dinero. En media hora nadie había tocado la cartera.

 

¿Por qué ser músico hoy? ¿Para qué? ¿Hasta cuando?

Hace un año, no sé muy bien porqué, quizás por culpa de Marcelo Camelo y Rodrigo Amarante, por consiguiente podría decir que por culpa de Micalet, empecé a sacar algunos temas de Marcelo y Rodrigo. Empecé a buscar acordes de bossa. Fue en ese momento cuando empecé a revisar dos de mis temas en forma de bossa: Veronal & Crucifixión y La rutina del Knock out. Fue el verano del 2014. Cuando todo empezó. La invocación del acorde llevó a la regeneración de la canción y en definitiva del marco de composición.

Al mismo tiempo pasaron otras cosas a nivel sónico. Por un lado tuve el privilegio de que Remi Carreres accediese a enseñarme algunos trucos para hacer ruidos con pedales de guitarra desde una mesa de sonido, más tarde los utilicé para hacer la banda sonora del medioetraje La conquista del Oeste.

Después, yo llevaba tiempo preocupado con el sonido y la potencia de mi voz en directo. Estaba buscando registros más graves e íntimos y estaba perdiendo presencia en directo. Así que empecé a fijarme en la producción en las voces en los conciertos en directo. Descubrí cosas muy interesantes. Hoy en día gracias al avance tecnológico las voces llevan una producción en directo impresionante. Me di cuento en especial en el concierto de Mujeres el año pasado en el DELESTE, estaba tan impresionado con el sonido de la voz que fui a la mesa y pregunté, oye, qué efectos lleva la voz. El técnico me dijo, un delay, reverb, un echo, un compresor y no sé qué más… Pensé, joder, eso sí que es ir respaldado. Me pareció bien, todo aquello me pareció lógico y bien. La voz sonaba cojonuda para el tipo de música que estaban haciendo así que tomé nota.

 

Por aquella época le había dejado mi bajo Fretless a Miguel Matallín para que lo pusiese a punto. Cuando fui a recogerlo le dije a Matallín, aquel día estaba Nerea Serrano en su taller, que si me podía aconsejar algún efecto para voz que se pudiera lanzar desde un pedal. Les pregunté que qué pensaban del Vox pero ambos me dijeron que no, que el Vox, no. Me había fijado en él en un concierto de los valencianos We used to pray. También me acerqué a final del concierto para ver el pedal de voz que llevaba ya que durante el concierto había percibido que aquella voz no podía ser la voz propia del cantante, allí también había algo más. Tanto Miguel como Nere me recomendaron el Helicon. Tomé nota.

 

Me compré el Helicon para mi cumpleaños. Y empecé a hacer pruebas. No sabía muy bien lo que buscaba, así que tuve que hacer bastantes pruebas y estudiarme el maldito manual de instrucciones. Lo dejé por un tiempo. Al mismo tiempo recuperando lo que me había enseñado Remi Carreres para meter efectos desde la mesa, utilicé mi pedal de flanger, un wha wha y un RAT para meter efectos en un segundo micro. Esta forma de conseguir un sonido raruno en un segundo micro me dio muchos problemas y tuve que abandonar ese camino. Finalmente, para el segundo micro opté por utilizar el IPAD como pedal de voz. Me compré un IRIG y me descargué la aplicación VOICE LIVE.

Retomé el estudio del manual del Helicon, finalmente conseguí crear unos tres sonidos que se acoplaban a lo que iba buscando. Por fín lo tenía. Dos micros con efectos bien diferenciados para lanzarlos desde pedales distintos.

 

Ahora la guitarra, pensé, esto fue durante el verano, Miguel Matallín había puesto a punto mi Stratocaster noventera y tuneada. Recuperé un pedal Delay/Echo/loop que hasta entonces solo había utilizado como loop pero que después de los directos de La conquista del Oeste empecé a utilizar como delay. Et voilà. Se produjo el milagro.

 

Durante el verano estuve ensayando con esos nuevos sonidos. Asentando la idea con la que iba a hacer el concierto del MUV, en noviembre. Los acordes bossa para revisar algunas de las antiguas canciones y los efectos en la voz y en la guitarra para crear un nuevo camino sónico.

 

Ahí estaba hasta ayer, digo ayer porque ayer di otro paso más en la investigación del sonido de mi próximo disco. Sabía que además de lo que me atañía directamente a mí, voz y guitarra, habían más cosas que iban a determinar el sonido del disco. De hecho la primera vez que hablé con Estela para que se metiese en este proyecto no fue para que tocara el bajo sino para que se ocupara de la programación de la caja de ruidos y de los ruidos. Finalmente ha tenido que ocuparse de los bajos pero por suerte su compañera de Julia, Lidia, estaba ayer en el ensayo. Allí en Alcoi en su local de ensayo Lidia tiene montado un especie de púlpito que parece el del alto de los Pet shop boys. Rodeado de aparatos, teclados y pedales.

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Ayer después de recuperar milagrosamente mi cartera intacta de la gasolinera Estela y yo estuvimos charlando un rato, una especie de reunión Malatesta Records, ella se ocupa de la difusión en nuestra discográfica, hasta que llegó Lidia. ¿No estáis ensayando? nos preguntó Lidia cuando llegó. No, le dijimos, he perdido la cartera, hemos tenido que ir a por ella… No me conoce aún mucho y estaba flipando.

 

Todo fue muy natural, se puso detrás del púlpito con todos sus aparatos y le expliqué lo que creía que buscaba ya que ni yo mismo hasta ayer tenía muy claro qué buscaba. Le estuve preguntando cómo funcionaba cada aparato y qué hacía cada uno de ellos. Un vez tuve más o menos claro el funcionamiento empezamos a tocar. Creó una base inicial y partir de ella le pedí cosas que pudiesen arropar la canción. Estela también iba opinando sobre qué podíamos meter o cómo lo podíamos meter. Probamos un par de temas. Aquello tenía muy buena pinta. Me comentó que si quería trabajar con ritmos más claros que podíamos utilizar el garage de IPAD. Que se los podía enviar y ella los construiría. Le dije que ok.

 

Ellas se quedaron ensayando, tenían hoy un concierto como Julia.

Salí del local de ensayo, me subí al coche. Recorrí la gran avenida de Alcoi, pasé por delante de la gasolinera donde me había dejado la cartera. Seguía habiendo neblina, lloviznaba un poco, intenté ponerme el disco de Destroyer pero estaba demasiado cansado. Intenté ponerme el disco de Francisco Nixon pero tampoco estaba para su música de la Costa Fleming. Necesitaba que me hablara alguien para despejarme. Estuve a punto de llamarte pero finalmente puse Radio 3, sonó la voz de Juan de Pablos y lo escuché hasta que llegué a Valencia.

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -8-

noviembre 24, 2015

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Las Canciones y sus letras.

¿Por qué ser músico? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo? ¿Cómo?

El otro día fui al local de ensayo. Por allí andaban Landete y Rafa arreglandolo y sacando trastos. Como para un parto, están dejando el local preparado para empezar a componer los temas del próximo disco.

Rafa dijo algo bastante interesante mientras sacaba una carpeta llena folios. “¿Son tuyos estos folios?”, le decía a Landete. “Mira que poner acordes lo puede hacer cualquiera pero hacer buenas letras de canciones…”

Parecía que no había dicho nada, pero, Rafa, había dicho ahí mucho. ¿Por qué ser músico? ¿Para qué? ¿Hasta cuándo?

Cada uno pone un peso específico a su adicción musical. Cada uno busca el motor específico que le va a permitir sustentarse en el tiempo, afrontar los vaivenes, resucitar.

Para mí, como músico, hay dos cosas fundamentales, dos cosas por la cuales estoy aún hoy en día enganchado.

Antes podría decir unas cuantas por las cuales me lo habría dejado hace mucho tiempo: hacer un punteo a 120, tener un superchorro de voz, ser espídico y espasmódico en el escenario, tocar un bajo de cinco cuerdas etc.

Hace algunos años también habría incluido la teoría musical ya que pensaba que todo lo que tenía que aprender tenía que venir de escuchar hasta el infinito a Bob Dylan y Neil Young, pero por suerte se me pasó el calentón y me puse a buscar nuevas construcciones de acordes, y consecuentemente nuevas formas de hacer canciones.

Lo cierto es que desde que empecé a “estudiar música” mi camino como compositor ha sido un calvario. Eso que le decía a Rafa en el local a Landete de que todos sabemos poner acordes es cierto, pero, ¿cómo, por qué, para qué, en qué dirección? Con lo fácil que era hacer canciones con Lam, Do y Sol (Eso sí, con fingerpicking)

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Alguna vez alguna persona ha comentado que bien, está muy bien todo esa justificación filosófica que acompaña mi música pero que al final lo que queda es la música y la música o bien te llega o bien no, o bien es buena o bien no. Bien pues por esto escribo este blog. No es tan sencillo, no es tan sencillo encontrar el camino. No es tan sencillo encontrar la veta de la que vamos a extraer el oro con el que asentar nuestra carrera como músico. No es tan sencillo decidir pasarte el resto de tu vida haciendo canciones con Lam, Do y Sol (con fingerpicking) y estar contento y convencido de ello.

Porque lo realmente complicado es encontrar respuestas cuando uno solito se enfrenta al abismo, le pregunta y no recibe respuesta. Entonces antes de saltar tenemos que pensarlo muy, muy bien. ¿Por qué y para qué hacer una nueva canción? ¿Por qué y para qué? Y, ¿hasta cuándo?

Ya he dicho antes que tengo 43 años, ¿no?, sino lo repito, tengo 43 años, ya no puedo ir a las bravas por ahí como si el tiempo fuese infinito, así que lo que voy a hacer, volver a sacar un disco, (¡Volver a sacar un disco!, ¿de verdad?, ¿por qué, para qué?) tiene que ver con las dos razones por las que aún me mantengo en la música y esencialmente tienen que ver con un reto personal: escribir mejores letras de canciones en cada disco y hacer canciones que me planteen un reto personal, o bien porque soy capaz de componerlas y no de tocarlas, o bien porque al componerlas me doy cuenta de que nunca hasta entonces habia hecho algo así y que el resultado, al escucharlo, me sorprende y me gusta, me tiene que gustar mucho, mucho, mucho, tanto como para dar un paso hacia el abismo y saltar.

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En este momento, como muestran las fotos que he puesto en esta entrada estoy escuchando los borradores de las canciones que me han hecho saltar al abismo. Aún me puedo pegar un hostión porque esta vez he saltado sin tener claras la letras. Quiero decir, que aún es posible que entre dentro de un bucle infinito del que no vaya a salir jamás. Aunque teniendo el armazón es menos probable. Teniendo la textura estética de las canciones es menos probable. Teniendo la dirección sónica de asunto es menos probable.

No ha sido una batalla sencilla crear ese armazón, no solo por la consistencia musical sino también por el calentamiento de cabeza que me ha supuesto encontrar el revestimiento de la música. Encontrar una evolución de mi disco anterior que me aproximase a un estilo de música más concreto y definido. En otra entrada hablaré de cómo he conseguido ese revestimiento. De esa otra pata que quizás he obviado y que me ha ayudado a saltar una vez más al abismo de la composición musical. Efectos para la voz y la guitarra que me han permitido encontrar un nuevo sonido.

Pero ahora estoy ante ese gran, gran, reto que ,para mí, son las letras. Por eso ando todo el día escuchando los borradores de mis canciones, no hago más que pensar a dónde quiero llegar textualmente con todo esto. Qué es lo que voy a contar con mis letras, ¿por qué? ¿para qué? y ¿para quién?

¿Volveré a intentar una historia global narrada por diferentes voces en cada una de las canciones? ¿Un tema global? O tendrán cada una de las canciones una identitad independiente. ¿Evitaré, como en La disolución doméstica, la rima; o buscaré la rima como eje de la narración? Lo que sí que sé es que al igual que este disco no será un disco de Lam, Do, Sol (con fingerpicking), las letras tampoco serán ni poesía abstracta, ni sonidos guturales, ni palabras muy bonitas o muy feas conectadas sin sentido para ser propulsadas por una garganta profunda, no hablarán de nada. Hablarán de algo, seguramente de amor y desamor, seguramente de cosas bastante cotidianas, me gustaría poder volver a contar alguna historia cotidianda como las de La disolución doméstica, aunque no sé si seré capaz. Quizás en vez de crear personajes me tenga que centrar en mí mismo como personaje. Aún no sé, empieza el reto de escribir las letras de las canciones, comprendo perfectamente que quien tiene una supervoz, o toca un instrumento como Dios, se dedique a ser intérprete, yo, seguramente, si fuese buen instrumentista no haría nada de todo esto.

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Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -6-

noviembre 10, 2015

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De lo vertical y lo horizontal.

Durante mis estudios universitarios me decanté por la economía. Ya desde el principio todo lo que olía a verticalidad (política económica, historia económica etc.) me atraía mucho más que todo aquello que se orientaba hacia la horizontalidad (economía de la empresa, contabilidad etc.).

Se puede decir que me pasé toda la carrera huyendo de la gestión económica en pro de la política económica. Lo último que deseaba en aquellos días era estudiar para trabajar en una empresa, estudiar algo que tuviera que ver con el mundo empresarial. En ese marco lo que se estudiaba, el contenido de lo que se estudiaba no tenía vida, no explicaba la vida, que era lo que en aquellos momentos necesitaba, temas que me explicasen el funcionamiento de la vida.

Bueno, como digo giré hacia la política económica, en busca de la verticalidad de la profundidad de las cosas, de la comprensión del sistema, del porqué del sistema.

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Por este camino me topé con el Pensamiento económico. Todas esas teorías económicas que explican desde un punto de visto economicista pero también, algunas de ellas, sociológico, el mundo en el que vivimos. Y me topé con el marxismo. El centro periferia. Me encantó. Era una explicación muy interesante y correcta del mundo, me parecía que todo aquello que me rodeaba y que no había entendido hasta entonces por fin tenía una explicación que me resultaba coherente.

Supongo que hoy en día en la facultad de económicas ya no se debe estudiar el marxismo y la economía planificada tan alegremente como se hacía en mi época. La victoria del neoliberalismo debe haber cerrado algunos departamentos de las antiguas líneas de estudios económicos.

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Bien, y qué tiene que ver ser músico, por qué y para qué, con todo esto.

Pues en realidad todo. A la vez que huía de la economía de empresa y me deslizaba por la vertientes de la verticalidad de la política económica me iba convirtiendo en músico. Por un lado tenía el marco filosófico, que me lo daba mis estudios de política económica, y por el otro el estilo de vida bohemio musical, totalmente incompatible, por lo menos para mí en aquella época, con estudiar economía de la empresa.

Cuando acabé la carrera dirigí mi “carrera” profesional hacia la cooperación al desarrollo que era la rama que más se acoplaba con la “lucha” que me había planteado llevar para cambiar el mundo.

Fue el inicio de camino trufado de decepciones. Y durante ese camino perdí la fé en la visión romántica y combativa que tenía de la vida. Pero aprendí una cosa muy impotante, es una regla fundamental en la cooperación al desarrollo: la proyectos deben surgir de la contraparte local que pide la ayuda.

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Este es otro link con el por qué ser músico, para qué y por qué, y aquí es donde vuelvo a mencionar al MUV, y quiero destacar y poner de relieve dos cosas; por un lado que la propuesta fue un éxito, y por otra; por qué fue un éxito.

Me centraré en la segunda. Que tiene que ver con la horizontalidad y con la verticalidad. Estoy totalmente convencido de que el mayor éxito del MUV ha sido que ha sabido satisfacer el deseo y las necesidades de una parte de la sociedad civil valenciana (para lo que sería un proyecto de cooperación al desarrollo: la contraparte local). Muchos proyectos de dinamización musical fracasan porque no nacen desde la sociedad civil sino que nacen en un despacho, de la mano de teóricos que piensan como deben ser las cosas y no como son las cosas (pienso en proyectos como Girando por salas, que siembran expectativas para recolectar decepciones). Pero a diferencia de esos proyectos, por lo menos la edición actual, el MUV ha sabido darle verticalidad al proyecto, ha sabido implicar a la sociedad civil y ha logrado esa profundadid que necesitan los proyectos para que tengan autenticidad, para que tengan calado social real. Esto ha sido un éxito por parte de los organizadores y hay que ponerlo de relieve.

Pero, ahora tenemos que hablar de la horizontalidad, esa de la que huí durante toda mi larga juventud, que duró más o menos desde los 14 años hasta los 36 (que fue cuando tuve mi primer hijo). La otra vertiente del éxito del proyecto ha tenido que ver con la gestión. Todo aquello que no quise aprender en la carrera de económicas y que he tenido que aprender en estos últimos años, como llevar una empresa, como montar un proyecto con parámetros de eficiencia y planificación, sin sentimentalismos, sino con rendimiento. Como armar un proyecto pensando en un público amplio, en un público diverso, en un mercado diverso, como somos las personas, diversas y con muchos gustos diferentes. Este ha sido otro de los logros de la organización: se ha llevado el festival con una profesionalidad en la gestión impecable.

Entonces, ¿dónde ha estado el éxito? Desde mi punto de vista en el equilibrio. Una visión demasiado vertical del proyecto hubiese dado al traste con él, como nos pasó en Malatesta Records en algunos de nuestros proyectos como el Circuit Vermut.

Pero también hubiera sido un fracaso que la balanza se hubiera cargado demasiado de horizontalidad, ya que de proyectos de animación cultural vacíos de contenido y trazados con tiralíneas por los dueños del mercado el mundo está lleno.

Solo quedaría recordar otra de las premisas fundamentales de la cooperación al desarrollo: los proyectos se han de poner en marcha para que se mantengan en el tiempo. Que el año que viene no hubiese MUV sería un fracaso del proyecto de este año. Por lo tanto ahora queda asentar los mecanismos para consolidar el MUV en los próximos años y para que en las próximas ediciones la ambiciosa horizontalidad no engulla la esencia vertical que lo ha hecho realmente hermoso.

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(Para esta entrada he cogido algunas de las fotos que se han colgado en diversos facebooks, si sus autores no quieren que cuelguen sus imágenes que me envíen un privado a esta entrada).

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -4-

octubre 29, 2015

 

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¿Por qué soy músico hoy? ¿Qué es ser músico hoy para mí?

En 1994 estuve de Erasmus en Poitiers. Si habéis leído mi libro La conquista del Oeste lo sabréis. De allí me traje una gran cantidad de sueños por realizar y de experiencias vividas.

Algunas de ellas tuvieron que ver con qué iba a significar ser músico para mí y por qué.

En particular recuerdo dos. Hay más. Para lo que quiero contar estas dos valen. En esta entrada contaré solo una.
Por un lado estaban los conciertos del domingo por la tarde en Chez Dominique.

Vivía en una residencia de estudiantes y cerca de allí estaba Chez Dominique, lo que podría ser aquí un bar normal y corriente, como La Peseta, por ejemplo. No sé cómo me enteré de que los domingos por la tarde hacían conciertos, quizás pasase alguna tarde por allí y viese que estaban tocando.

El caso es que ir los domingos por la tarde a ver un concierto a Chez Dominique, tocara quien tocara, insisto en esta particularidad, tocara quien tocara, se convirtió en un ritual para mí.

A veces había más gente, otras menos, a veces el concierto me gustaba más, otras menos. Me tomaba unas cuantas cervezas disfrutaba con la música en directo y me volvía a la residencia. Así discurrieron muchos de mis domingo ese año en Poitiers. Ahí di con un primer camino por el cual me apeteció adentrarme para ser músico. Dar conciertos dominicales en locales populares con canciones propias.

Desde que volví a Valencia, esa idea de ser músico fue la que siempre me rondó la cabeza, alguien libre que buscaba conciertos en locales pequeños donde poder mostrarse. Digamos que desde 1994 hasta el 2000 intenté crearme un circuito de locales a lo largo y ancho de la Comunidad Valenciana, incluyendo Madrid y Barcelona en mis rutas de conciertos, donde poder tocar.

En el 2000 paré ya que no logré encontrar ese circuito que año tras año me permitiese tener un mínimo de 30 o 40 conciertos. Conseguí bastantes, quizás 15 o 25 por temporada, pero conseguirlos era toda una azaña para la poca contrapartida económica que recibía. Teniendo en cuenta que quería vivir de ello. Y teniendo en cuenta que quería vivir de ello haciendo mis canciones, no un grupo de versiones.

Seguí un camino peculiar. No es que no pensase en que alguna discográfica pudiera editar mis trabajos, es que aunque no me los editaran yo no iba a parar de grabar mi música y de buscar conciertos.

Creo que entre el año 1994 hasta el año 2000 fue la época en la que más he tocado en mi vida. Tenía el sueño de querer dedicarme por completo a la música, de querer vivir de la música, de mi música. Y no seguí el camino de la industria, seguí el camino de los conciertos en directo en locales pequeños. Evidentemente fracasé en el intento y en el 2000 estaba dispuesto a trabajar de cualquier cosa. Aunque no tuviera que ver con la música. Y así fue. En el 2000 vivir de la música pasó a un segundo plano.

Continué haciendo conciertos pero ya no estaba la variable económica sojuzgando cada uno de mis actos y por lo tanto, después de muchos años, volvía a tener los fines de semana libres. Por supuesto volví a reencontrarme con muchos amigos.

Con mi nuevo trabajo con lo que ganaba en un mes podía pagarme la grabación de mis canciones, con lo que ganaba en dos la fabricación de los cds y con lo que ganaba en medio año podía montarme mi propia discográfica. Y eso es lo que hice. En el 2000 creé Malatesta Records para automáticamente sumirla en el coma hasta el 2006 (seguramente más adelante hablaré de esto).

El 6 de noviembre toco en el Hat Gallery. Un local con piano. Allí volveré a poner en práctica mi filosofía de lo que es ser músico hoy, por qué y para qué. Espero que las personas que vengan acudan con curiosidad, que acudan por amor a la música en directo, que acudan sin tener una idea preconcebida de lo que van a escuchar. Espero que en Valencia poco a poco y gracias a iniciativas como el MUV se vaya creando una masa de espectadores que vayan a conciertos porque sí, sin cuestionarse nada, sin pensar en nada más que en tomarse una cerveza mientras escuchan la propuesta de un músico de su ciudad. Y luego puedan volver a casa comentando lo que han visto, si era bueno o malo, si el estilo les gustaba más o menos. Nuevos espectadores. Nuevo público, para eso debería servir un festival como el MUV.

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