Wallace, Bernhard y Papini (8)

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Watten (Un legado) por Thomas Bernhard.

Hace tiempo, un par de años quizás, buscando alcanzar en un plazo limitado de tiempo algo inalcanzable en un plazo limitado de tiempo, tomé la costumbre de subrayar en los libros que me estaba leyendo aquellos pasajes que me parecían dignos de ser resaltados. Los libros, por supuesto, eran míos, no habría hecho nunca algo así con libros de la biblioteca. Uno de los momentos culminantes en mi obsesión por subrayar los pasajes interesantes de los libros que me leía lo alcancé mientras leía Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (Haruki Murakami). Ese libro, todo un símbolo en mi proceso de aprendizaje literario, un tesoro para mí -en él había hecho una especie de índice temático a partir del cual había ensalzado desde pasajes que mostraban un conflicto filosófico, hasta pasajes de sexo, pasando por pasajes destacables por la calidad de las descripciones o de las construcciones gramaticales; en definitiva, toda una guía para el análisis en profundidad de una obra-, se convirtió en uno de los regalos más importantes que he hecho en mi vida. Tras aquella culminación obsesiva por el aprendizaje, tras aquella ofrenda al tesón por destripar un libro, por comprender su construcción, por alcanzar su alma, su funcionamiento interno, tras este tiempo, como digo, obsesivo, volví casi sin darme cuenta a no subrayar ni un solo libro. Todos aquellos lápices que me había comprado quedaron sepultados entre los papeles de mi mesa, casi olvidados. Volví a leer los libros, como lo había hecho hasta entonces, simplemente leyéndolos.

Entre los pocos libros que me he leído en voz alta se encuentra Rayuela. No creo que haya otra manera de leer rayuela que no sea en voz alta. No creo que exista otro libro tan melodioso como Rayuela, sobre todo en la parte que se desarrolla en Francia, en la parte que habla de Rocamadour. Rocamadour, mon amour.

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Subrayar libros y leerlos en voz alta. Destripar libros. El destripador de libros. Watten (Un legado). Destripar Watten. Leyendo este relato de Bernhard me he sorprendido con el traje de destripador de libros puesto. Primero, como un resorte, me he levantado del sofá y he cogido un lápiz. Poco después, sin apenas percibirlo, he abierto la boca y he comenzado a leer en voz alta. Este ha sido sin duda el momento glorioso del reto que me he planteado alcanzar. Lo que típicamente se puede considerar como un regalo. Watten es un relato que, desde mi humilde opinión, raya la perfección. Y sí, podemos afirmar que es un relato, un relato largo o una novela corto, pero, sobre todo es un historia contada sobre pilares narrativos de un fortaleza inexpugnable. ¿Por qué soy consciente de ello? No lo sé, es todo mera intuición. Ese reflujo que te va metiendo progresivamente en la historia, presentando a las personajes por capas. Capas y capas que poco a poco, reiterativamente -qué bien domina Bernhard la reiteración, la pincelada sobre la pincelada, hasta conseguir el color que dará sentido al conjunto- van dando pistas sobre la historia que un principio, difusa se intuye y que sólo la insistencia del autor nos va desvelando. Las oleadas de información ínfima van posando la información necesaria, la muestran de forma dosificada. Avanzas por un bosque de la mano del autor, caminas por diferentes caminos, por algunos vuelves a pasar varias veces, por otros pasas por primera vez, pero son caminos conectados con algunos por los que habías pasado con anterioridad y que explican aquello que tiempo antes habías considerado poco comprensible. Y después está la proyección hacia el cielo y hacia el centro de la tierra, la reflexión sobre el propio ser, sobre el ser y su entorno, la definición del perfil psicológico del protagonista de la historia, del protagonista y de los coprotagonistas, pinceladas dejadas caer al azar… ¿al azar? Nada está dejado al azar. El vaivén de las olas sigue un ritmo, se oye como va marcando las pautas de la historia, porque tras todo esto hay una historia, no un mero ejercicio de masturbación mental, el autor nos quiere contar una historia, nos está contando una historia, el fino hilo conductor está ahí, eres consciente del origen, del motivo que llevó a Bernhard a escribir esta historia. ¿Estoy seguro de esto? No, no tengo ni la menor idea, pero, no hace falta, no hace falta saber cuál fue el motivo que llevó a Bernhard a escribir esta historia porque en realidad tiene bien poca importancia. Lo único importante es que de repente me he levantado del sofá, he cogido un lápiz y he subrayado algunos pasajes -Wallace dice que nuestro lenguaje, nuestra forma de expresarnos dice mucho sobre nosotros mismos. Creo que es esta la razón por la que muchas veces las personas utilizan citas de grandes personajes de la historia, es una manera de no evidenciar que somos un poco estúpidos. Pero, no es tan sencillo citar pasajes de otros, ya que a través de estas citaciones, aunque nos garanticemos una calidad a nivel expresivo, seguimos ofreciendo al resto (¿qué le importará al resto lo que podamos pensar?) parte de nuestras reflexiones más íntimas-. Otra de las cosas importantes y por las cuales no hace falta saber cuáles fueron las razones que llevaron a Bernhard a escribir este relato es porque de repente me he visto leyendo en voz alta. ¿Hay algún placer comparable al de leer unas 40 páginas en voz alta en una habitación tranquila y solitaria, en una mañana soleada y templada? Si alguien lo conoce que me mande un mail. No, no hay ningún placer comparable. Agua, tragos y tragos de agua fresca de la que alimentarme durante los largos periodos de sequía. Un torrente. Mi voz como un torrente onírico, rítmico, recibiendo la hostia consagrada de la comprensión del mundo por el irrisorio precio del peso de un libro. Engullendo grandes pedazos de la explicación de todo aquello que no debería poder ser explicable, porque es intangible, porque sólo se nos permite una cierta aproximación, un campo de aproximación a la comprensión de la verdad. Y la respiración, la respiración que como acompañante de la lectura nos abre las puertas hacia el éxtasis, convirtiendo nuestros pulmones en generadores del eterno movimiento y alcanzando a través de ellos la perfecta simbiosis entre cuerpo, mente y texto.

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No, no debe ser algo casual el que el día que decidí empezar con este reto hubiese elegido, precisamente, tres libros que, en realidad, no eran novelas, tres libros que en realidad eran recopilaciones de textos cortos. Relatos o artículos. Pero lo cierto es que la elección de estos tres libros ha sido totalmente casual. Pero ahora, al avanzar en este juego, me doy cuenta de que este juego no hubiese podido ser de otra manera. Por lo menos no hubiese podido ser de otra manera el despegue y el asentamiento de este juego. Diferentes habitaciones, en algunos casos inconexas, sobre todo en el caso de Wallace, me permiten tener diferentes percepciones sobre un mismo autor.

Por último, por ahora, volver a destacar la idea con la que he iniciado este post: el subrayado y la lectura en voz alta.

El subrayado y la lectura en voz alta, ¿han llegado debido a la decisión de tomarme el reto en serio? ¿Ha sido cuestión de encontrar un obra de arte dentro un libro -algo así como levantarse y reverenciar una pasaje de genialidad-? Es decir, centrar, focalizar mis esfuerzos, ¿están llevándome a que mi lectura esté dando el paso que separa la distracción del trabajo crítico? ¿Estoy fortaleciendo mi criterio al realizar una lectura más profunda y elaborada? ¿Está todo, pues, detrás del nivel de lectura que queramos imponernos? O lo que es lo mimo, ¿qué es lo que se necesita para leer realmente un libro? Tiempo, un lápiz, una libreta, una constancia diaria y la posibilidad de, si queremos, poder leer ese mismo texto otra vez en voz alta.

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“Una persona como yo es una persona llena de números de habilidad y aguarda ininterrumpidamente a otra persona que destruya sus números de habilidad, destruyendo su cabeza, estimado señor.”(Watten. Thomas Bernhard. p. 215)

“Durante toda mi vida he aborrecido la ligereza, como he aborrecido la facilidad, durante toda mi vida nada me ha resultado tan odioso como la falta de esfuerzo. Me quitaron el consultorio, pero el cerebro no me lo pueden quitar. El cerebro no. Vocación científica, estimado señor, se acostumbra uno a los conceptos más aborrecibles.”(Watten. Thomas Bernhard. p. 201)

“Si estoy solo, quiero estar con la gente, si estoy con la gente, quiero estar solo, este estado ha durado decenios. Tan pronto la aborrezco como me aborrezco a mí mismo.” (Watten. Thomas Bernhard. p.196)

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