Wallace, Bernhard y papini (6)

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Wallace está al acecho. Esta vez ha sido él quien ha quedado relegado, a la espera de que se completen los otros recorridos de mi lectura. Aún así su sombra es muy alargada. Su estilo literario es enérgico, incisivo, reclama aún desde el olvido su parte de notoriedad. Reclama a gritos un sitio. En realidad su estilo es violento, su estilo es audaz y por ello, en algunos momentos, roza la agresión. Sí, te puedes sentir agredido cuando lees a Wallace, esto es debido a que en ocasiones destila suficiencia, da la impresión de que está por encima de todo y que desde allí emite sus juicios de valor sobre el bien y el mal. Él, por supuesto, está por encima del bien y del mal, el bien y el mal es algo que no va con él. El es como un documentalista puro, y aunque esté presenciando una violación, nunca intervendrá para la impedirla. Wallace no está aquí ni para salvar, ni para juzgar el mundo, Wallace está aquí para mostrarnos como es ese mundo al que no queremos enfrentarnos cara a cara. ¿Esconder la suciedad bajo de la alfombra? No, ese no es el estilo de Wallace. 

Wallace estira sus brazos desde la sombra y reclama el espacio que por un tiempo ha cedido a Papini y a Bernhard. Pero, recuperar el lugar perdido no es sencillo. Hay que equilibrar los contenedores, poner más allí donde antes habíamos puesto poco, y poner menos allí donde antes habíamos puesto demasiado. 

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Los relatos de El piloto ciego que voy leyendo, van confirmando una segunda oleada de pensamientos que fueron tomando fuerza a partir del cuarto relato: hay autores que no pueden evitar utilizar sus relatos como una excusa para exponer sus teorías sobre el mundo. Teorías que por otra parte bien podrían haber sido expuestas directamente como ensayos, sin utilizar el falso relato. Porque sí, los dos últimos relatos de El piloto ciego de Papini que me he leído, no son más que falsos relatos, excusas para que los lectores tengamos que leer teorías que en el fondo ni nos van ni nos vienen y que en definitiva el viento se ha llevado sin dejar rastro de ellas. Esto es lo que sucede cuando un relatista pasa de la introspección a la teorización sobre el comportamiento colectivo de las personas. No me interesa en absoluto esta vertiente de Papini. Los cuentos han dejado de ser esferas perfectas. Se han convertido en reflexiones inconsistentes que se desvanecen a medida que va avanzando el texto. Cuando lo acabas, te das cuenta de que no ha quedado ningún poso. Sólo paja que ha sido arrastrada a otro lugar sin oponer la más mínima resistencia. Sí, los últimos relatos que me he leído del libro de Papini me han recordado a El libro Negro. Aún me quedan unos cuantos relatos antes de llegar hasta el final del libro. 

Acabar de leer los libros que me he propuesto leer, cuando, en ocasiones como esta, me enfrento a historias que me transmiten muy pocas sensaciones me hace pensar que a lo mejor el reto que me he propuesto cumplir no es más que una tontería. Que quizás debería dejarme llevar y volver a mis lecturas caóticas. Mis lecturas guiadas por la ley de la selección natural: cuando de un libro no pasas de la página 50 es porque, para ti, no lo merece; cuando lees un libro hasta el final, es porque has encontrado en él lo que andabas buscando… ¿O no?

Vuelvo a enfrentarme a esa duda primordial. Mantenerse o dejarse guiar por el instinto. Espíritu de sacrificio o espíritu de trabajo eficiente. ¿Vagancia o criterio? ¿Qué es el criterio? ¿De dónde surge? ¿Por qué nace y por qué se necesita?

Se necesitan fuentes de información amplias para conseguir un aprendizaje completo, para consolidar un gusto por las cosas, sí, por qué no, un criterio. pero, ¿tener un criterio propio no das el aval para tener un criterio universal? Todo se reduce a una cuestión de tener información privilegiada. Se comete el error de pensar que quien más información tiene es quien con mejor criterio emite sus juicios, pero, la práctica nos demuestra que quien más información tiene, en muchas ocasiones, es quien menos sabe sobre lo que está hablando, y que quien más citas utiliza para argumentar sus elucubraciones, en la mayoría de los casos, no hace más que satisfacer un ego infinito que se alimenta de datos y no de hechos.

Volvemos al dilema de Wallace: el fondo y la forma del lenguaje, su utilización; el fondo y la forma de la acumulación de conocimientos. ¿Quien nos dice que es incorrecto pensar que con 3 ó 4 buenos discos, libros o películas estudiadas a fondo se puede aprender mucho más que con cientos de discos, libros y películas estudiadas supérfluamente? ¿Quién?

¿Si convertimos el mundo en minimundos no nos enfrentamos acaso de nuevo con el infinito?

Gracias a esta reflexión recupero la idea inicial y esencial del reto que me planteé: acabar de leer los tres libros que me había planteado leer como medio para focalizar, como medio para centrar mis esfuerzos, como medio para reflexionar de forma concisa, evitando las dispersión, como medio para encontrar un modo ordenado de trabajo, como medio para controlar el estilo caótico de aprendizaje.

Puedes coger un hacha e intentar tallar en la madera una pieza, pero, quizás sea necesario que además de un hacha tengas al alcance una navaja de punta fina, una lima etc. Mis pensamientos hacen que me deslice hacia Bernhard.

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Bernhard tiene a su alcance todos los instrumentos que necesita. Bernhard no es ni agresivo ni proselitista ni necesita explicar explícitamente el mundo a sus lectores. Bernhard talla a sus personajes como si fuesen trozos de madera, y lo hace cuidadosamente, con paciencia, sin pensar en cómo repercutirá su estilo en el lector, sabiendo que lo que realmente le importa es como repercutirá su estilo en su propia lectura. Bernhard no está en deuda con nadie excepto consigo mismo y este es su reto al ponerse a escribir. Que los lectores al leerlo hayamos encontrado en él a un profesor o a un profeta no es más que algo anecdótico. Algo que él para nada se había planteado a la hora de empezar a escribir. Y esto sólo puede suceder así. Se puede escribir de muchas formas diferentes, pero, si me preguntan a mí, si me preguntan qué es lo que pienso que es escritura, si me preguntan que es lo que me llena, diré que lo que me llena es aquello que me toca sin haber sido creado para pretender tocarme. Cualquiera que conozca mínimamente la historia de la humanidad es consciente de que estamos aquí de la misma manera que podríamos no haberlo estado. Así como que por mucho que se hayan empeñado en demostrarnos lo contrario, hasta el más grande de los genios es totalmente prescindible para la existencia de la humanidad.En el fondo no somos más que ceros y unos. Nada distingue un tornado de otro. Nada distingue una persona de otra.  Esencialmente somos lo mismo. Esencialmente somos totalmente sustituibles. Bernhard también.

 

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