Wallace, Bernhard y Papini (4)

papinipapini

 

Papini persigue esferas y consigue plasmarlas sobre el papel con sus relatos (las esferas atravesadas me recuerdan a la nota DO en el pentagrama, atravesada por una línea y convirtiéndose en Plutón, en la escala de Sol, claro). Un línea transversal parece atravesar -¿la misma que atraviesa la nota DO?- cada uno de los que he leído hasta ahora. Papini ahonda en los tres primeros relatos de El Piloto ciego en una idea global que da la impresión que reina en su subconsciente. Es una idea difusa, abstracta, por eso sus relatos son un tanto surrealistas, cercanos a esa idea que subyace  en el Retrato de Dorian Gray. Un análisis del mundo sin uno mismo, sin parte de uno mismo, sin que los otros nos reconozcan, un mundo en el que nunca hemos existido y al que volvemos pidiéndonos explicaciones a nosotros mismos por habernos olvidado.

Papini escala posiciones, vuelve a entrar en el ciclo de lectura del que había sido desbancado -A saber si utilizo las palabras rindiendo respeto a su completo sentido, si construyo las frases, los párrafos… Wallace es el culpable. Una vez tomas conciencia de la importancia del lenguaje, no puedes dejar de pensar en que escribir bien no es sólo una cuestión de práctica, sino también de conocer bien las reglas. Dormir con un diccionario, gramatical, de expresiones, de vocabulario. ¿Un diccionario como almohada? Varios-. Quien ha perdido fuelle en esta carrera es Bernhard. Sus elucubraciones sobre las herencias, las sucesiones, me han hecho perder la concentración en su idea de ahondar en los diferentes caminos que llevan a la locura. Quizás la complejidad del texto me obligue a realizar una segunda lectura. Qué digo, estoy obligado a ello. Es cierto que lograr acabar de leer los libros que me propongo leer, va a suponer una cierta castración y una cierta disciplina. Sí, hay lugares por los que no me importaría pasar, pero, ¿Vale la pena volver a tomar un camino por el que sabes que no has obtenido ningún provecho? ¿Dónde está el provecho? Vuelvo al punto de partida. ¿Dónde está la calidad literaria? En lo que nos gusta, en lo que nos distrae, en lo que nos enseña, pero, ¿podemos decir que la calidad literaria está también en aquello a lo que nos cuesta un gran esfuerzo llegar? Recuerdo que la primera vez que leí a Updike dejé el libro en la estantería un par de veces antes de sentirme enganchado por su forma de escribir, por su prosa. Su capacidad descriptiva era tan milimétrica que sólo la primera página te obligaba a prestar una atención suplementaria, y eso que estaba describiendo la copistería donde trabajaba Conejo. Pero, es extraño, una vez superada esta barrera, una vez captado el tipo específico de lenguaje, leer a Updike se convirtió en una de las lecturas más apacibles y sencillas. Como lector es importante superar las trabas que puede plantear el estilo personal de un escritor, pero esta superación, me da la sensación, de que es algo bastante subjetivo y aleatorio. Quiero decir, ¿dónde está el criterio si al adentrarnos en el estilo de un autor logramos transformar lo difícil en fácil? Entonces, conectar con un autor, ¿es también cuestión de esfuerzo, de perseverancia?

Decía un conocido mío que cualquier libro merece que sean leídas sus primeras 50 ó 60 páginas, y que, a partir de ahí, si el libro no ha logrado engancharte, más valdría dejarlo de lado, ¿puedo hacer algo así con un libro como el de José Lezama Lima, o con uno de Matin Amis? ¿Puedo hacer algo así con uno de los cuentos del libro de Bernhard que me estoy leyendo? He de confesar que antes de proponerme acabar de leer los libros que me quiero leer, me salté el primer artículo del libro de Wallace, me lo salté porque estaba cansado de que me hablase de pornografía con el estilo que otros como Thompson, Palahniuk o Tom Wolfe, habían hablado de drogas, enfermos terminales, o experiencias con coches tuneados -ese artículo me hizo pensar por un momento que todo gran escritor norteamericano que quiera dejar una impronta de verdadero autor norteamericano ha de, por lo menos, en uno de sus libros, hacer de periodista bonzo- No, si sigo a rajatabla el reto que me he planteado, no puedo dejar de lado ni uno solo de los cuentos o artículos de los libros que me he propuesto leer. Por lo tanto, no sólo tendré que acabarme el relato de Bernhard sobre la herencia, sino que también tendré que volver sobre mis pasos y volver a leer el de Wallace, o quizás lo haga cuando empiece la segunda vuelta. La segunda vuelta puede servir para esto, para leer todo aquello que desechamos en la primera. 

La constancia y la perseverancia, ¿están reñidas con el conocimiento global de las cosas? Podemos decir que si encontramos un obstáculo ante nosotros podemos vadearlo en lugar de levantarlo y apartarlo de nuestro camino. Y, ¿si vadeamos el obstáculo querrá decir que hemos dejado de comprender algo?

 

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Wallace en su artículo sobre el correcto uso del lenguaje nos advierte, como he mencionado en los anteriores post, de que el lenguaje nos determina frente al resto, pero, el control del lenguaje, ¿tiene algo que ver con la voluntad de una persona? Si una persona se propusiese escribir realmente bien, respetando cada una de las reglas que gobiernan el lenguaje, ¿podría conseguirlo? Qué porcentaje pertenecerá a una cuestión de trabajo y de voluntad, de determinación personal, y qué porcentaje corresponderá a haber nacido con el don de poder comprender y asimilar las reglas de forma innata. Y una cosa más, no es cierto que aquella persona que únicamente tenga la voluntad, y no tenga la capacidad, seguirá sin poder aplicar las reglas como es debido, o lo que es peor las aplicará como un papagayo sin saber por qué las utiliza. O las utilizará sabiendo que respetar las reglas le reportará un sentimiento de pertenencia a un grupo social dominante, cuando en realidad, lo único que ha captado es la forma y no el fondo. Porque, ¿podemos considerar que todos aquellos políticos que dominan el lenguaje correcto en la forma, lo cual no sé hasta que punto es cierto, son conscientes de lo que se esconde realmente en el fondo? O dicho de otra manera, Bernhard, como aspirante a dominador del lenguaje, como máximo exponente del respeto por las construcciones gramaticales, podrá ser un referente para todos aquellos que quieran hablar y escribir con propiedad, y seguramente, algunos de ellos podrán copiar la forma, pero, ¿quién estará capacitado, excepto Bernhard, para asimilar el fondo?   

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Por supuesto, es sencillo convencerse de que leer a Bernhard, aunque sea un relato que se nos hace pesado, siempre nos reportará algo: un ritmo, un mensaje subliminal, una melodía que está por encima de las palabras, la sugerencia de un escenario sombrío, de una época en la que ver la televisión no formaba parte de una de las obligaciones vitales de las personas (hoy en día la televisión y todos sus sucedáneos, para mí es todo lo mismo, internet o TV, la cuestión es tener los ojos y nuestra mente raptados por una pantalla).

Bernhard ha perdido unos cuantos puestos. Es verdad que Papini ha ganado otros tantos y que Wallace se ha mantenido donde estaba en un principio. De momento, el mayor logro ha sido ahuyentar la tentación de abrir otros libros, de pensar en otros libros. He ido al cine, es cierto, he visionado los capítulos semanales de la serie a la que ahora estoy enganchado, también es cierto, pero, no he abierto ni un solo libro que no fuesen los libros que me he propuesto acabar de leer. Ni uno solo. Focalizar, renunciar, centrar esfuerzos, aplazar con el objetivo de más tarde volver a reemprender una ruta, encontrar un freno y un límite frente al conocimiento infinito. Que el conocimiento infinito no nos convierta en meros acumuladores, coleccionistas de lo inalcanzable. Un camino, trazar un camino por el que discurrir con coherencia, centrar, cerrar el abanico de posibilidades hasta quedarnos con unas pocas, no convertirnos en meros consumidores, convertir un libro en un libro infinito, en el libro. La biblia, convertir el libro en una biblia y convertir la lectura en rezos, llegar a la nada. Se lee para llegar a la nada, para no pensar, para pensar en no pensar. Para distraer el subconsciente. Se lee para olvidar.

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