Wallace, Bernhard y Papini (7)

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La frontera entre el placer y la tortura es delgada (¿se puede decir que una frontera es delgada? ¿Y una línea roja?). Todo reto conlleva su contrapunto de sacrificio, pero, ¿cuánto sacrificio somos capaces de soportar para conseguir alcanzar el reto que  nos hemos propuesto? Y sobre todo, ¿qué sentido tiene obligarse a un reto ficticio que no nos reporta nada; o por lo menos nada que pueda ser tangible, evaluable, en el corto plazo?

Todo es cuestión de fé. Leer los libros que me he propuesto leer se está convirtiendo en una cuestión de fé. Hace algunos días que pienso que no tiene ninguna utilidad inmediata conseguir alcanzar este reto. Sólo me queda contemplar la cuestión de fé.

Papini ha dejado de batir círculos perfectos con sus relatos para seguir ahondando en sus reflexiones proxelitistas. Pretende seguramente con ellas adoctrinar el mundo. Prevenir los comportamientos vácuos. No sé lo que pretende, pero, su pura lectura me transporta a una visita que hice no hace mucho tiempo a una casa vacía en L.A. La casa vacía transmitía un estado de depresión y de desorientación total. Cuando salí concluí que hay personas cuya existencia depende de encontrar luz en el camino. Alguien que les oriente. Alguien que los amedrante. Alguien que les explique que alguien reflexiona por ellos, que ellos no tienen por qué reflexionar. Papini reflexiona por nosotros. Lleva varios relatos insistiendo en ello. El piloto ciego se va desvaneciendo en mi mente a medida que Papini se adentra en reflexiones pseudofilosóficas. A medida que sus relatos avanzan en el mundo de lo panfletario intelectual. Echo de menos esos tres primeros relatos que plantean de distinta manera una cierta crisis existencial. No guardo muchas esperanzas con las páginas que me quedan por leer.

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En toda competición hay siempre un ganador y un perdedor. Obligarme a leer los libros que me he propuesto leerme no me está convirtiendo necesariamente en un vencedor. Ni mucho menos. Ya no hay garantías de nada. Nadie nos puede garantizar encontrar, allí donde nos han dicho buscar, una cierta calidad.

Wallace es un amigo que me cuenta historias. Wallace podría ser cualquiera de mis amigos contándome sus historias. La única diferencia es que Wallace sabe escribir, supongo.

¿Cuánto tiempo deberé continuar con este reto, con este juego? Y, ¿por qué continuar con él? ¿Es esto tener criterio? Avanzar por un camino que nos resulta difícil para darnos cuenta de que la dificultad no es necesariamente el camino que queríamos emprender. Es tan difícil entender que las personas tomamos decisiones que se acoplan de forma instintiva a nuestras supuestas limitaciones -hemos de entender en este contexto las limitaciones de cada cual en el sentido amplio de la palabra, es decir que cualquier ser humano, por muy capacitado que crea estar frente al resto, es un ser limitado-.

Si Wallace toma un camino a la hora de escribir sus artículos no es porque deje de amar o contemplar o apreciar otro tipo de expresión, lo que Wallace escribe es lo que Wallace puede escribir. Es decir, el lugar donde se encuentra a gusto escribiendo. ¿Podría haber redactado un estudio pormenorizado sobre la teoría de Kant? No lo sé, pero, el caso es que no lo ha hecho. Y si no lo ha hecho es porque posiblemente nunca sintió la necesidad de hacerlo. Es decir, transportándolo todo a términos musicales, podríamos decir que Wallace quizás podría haber hecho música clásica, o jazz, pero, en el fondo, lo que a Wallace le gustaba tocar era Rock. Wallace es un rockero. Seguramente podría haber seguido otro camino, pero, lo que le gustaba era el Rock, y eso es lo que desprenden sus escritos. Podríamos, o podría, pensar que el rock es algo elemental con respecto a la música clásica o al jazz, pero, por supuesto, pensar esto me transformaría en alguien pretencioso. Ser un artesano del Rock puede alcanzar niveles de complejidad similares a los de cualquier otra disciplina musical, pero, seamos sinceros, hay personas a las que les importa bien poco la complejidad, no sólo porque quizás no puedan enfrentarse a ella, sino, porque seguramente, no les importa lo más mínimo iniciarse en este tipo de escalada beligerante sobre el bien y el mal.

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Wallace escribe como un Rockero.

Bernhard escribe como un profeta de lo infrahumano de lo cotidiano.

Papini escribe como un político populista.

Si cumplo con el reto que me he propuesto. El de leer los libros que me he propuesto leer. Si alcanzo este reto, lo sobrepaso y lo vuelvo a conseguir, tal y como he comentado en anteriores posts, podría leerme unas cuantas veces esto libros, quizás un par. Pero, vuelvo a hacer la pregunta que llevo haciéndome desde que empecé con este juego, ¿vale la pena ir más allá de donde nos hemos propuesto llegar? ¿Hay alguna recompensa oculta que nos esté esperando?

Sí, hay que focalizar, hay que centrarse, hay que buscar el libro por el cual pensemos que, mientras lo leemos, no estamos perdiendo el tiempo. El tiempo, ¿qué es el tiempo?

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Wallace, Bernhard y Papini en un cuadrilatero. Deberán enfrentarse los unos a los otros en un combate a muerte, ¿quién sería el vencedor?

Sin duda Papini, en última instancia Wallace, si tuviese un golpe de suerte, nunca Bernhard. Bernhard estaría muerto antes de subir al cuadrilátero. Bernhard no sabría hacer otra cosa que no fuese escribir. Escribir. Por eso su prosa a veces nos resulta tan distante, porque nos transporta a un tiempo en el que alguien vivía en una casa, en medio de la nada, sin comunicación con el exterior, y que pasaba sus horas incomunicado, escribiendo, hasta que de repente, sin ser consciente de cuál era la razón, volvía a la realidad.

Wallace hablaba del control del lenguaje, del conocimiento de las reglas para su utilización, de las consecuencias de saber hablar, o escribir, tal y como marcan las normas. Bernhard las conocía, pero, nadie podría afirmar que Bernhard forma parte de esa clase que domina el mundo, más bien todo lo contrario, Bernhard, pertenece a la estirpe de los sinlugar, de los desarraigados, de los excluidos, no, el lenguaje nos puede otorgar notoriedad, pero, nunca, nunca, nos otorgará normalidad, no si nos adentramos en el fondo y no nos quedamos en la forma de las construcciones narrativas (una reflexión contraria a esta no haría más que forzarnos a aceptar que es una falacia pensar que la revolución tecnológica y los avances en la biotecnología podrían ser una amenaza para la libertad de la humanidad, la humanidad ya vive hoy en día estratificada, y por mucho que día tras día los medios de comunicación se empeñen en querer convencernos, todos sabemos que los que más saben no son, ni lo serán nunca, los que ostentan los cargos de mayor responsabilidad en nuestras sociedades. Aquellos que lo ostentan son los dóciles y conformistas… Aunque fuésemos capaces de crear a un ser superior, no seríamos lo suficientemente valientes como para dejarnos asesorar por él. Lo exiliaríamos al más oscuro de los ostracismos, tal y como lo hemos ido haciendo durante miles de años con todos aquellos que han intentando esparcir una voz nueva y disonante. No sé si era Tolstoi o Dostoieski quien en una de sus novelas hablaba de que si Cristo renaciese los primeros que lo matarían serían los gobernantes de la propia Iglesia; de la misma manera Wallace acaba matando a Bernhard en el ring. Lo mata porque no tiene otra alternativa. Lo mata porque hasta el más intelectual entre los ignorantes ha de creer en su propio camino, y a nadie le gusta que le indiquen por dónde ha de andar… Antes matar a Bernhard que reconocer que deberíamos haber centrado nuestros esfuerzos literarios hacia un punto, precisamente, más literario.

Pero, volvamos a la idea inicial de este post, ¿qué hacer ante el reto que me he propuesto llevar a cabo? ¿cumplir o no cumplir la lectura de los tres libros que me he acabo leer?

Llegado a este punto de la reflexión no valdría la pena buscar la inspiración y el placer en otros libros, seguir buscando, regresar al caos de los libros amontonados y reclamando mi atención. ¿qué es de todo esto lo que va a convertirme en…? ¿Mejor persona? ¿Mejor escritor…? Mejor nada. Nada va a poder evitar que nos convirtamos en lo que estamos condenados a convertinos.

Ni tan siquiera Céline pudo escapar  de su propia condena, ¿por qué habría de conseguirlo yo? Lo héroes son productos fabricados por la suerte y la confluencia entre el entorno y lo interno. Sigo pensando que Viaje al final de la noche es ante todo un escrito antibelicista y que transmite como ninguno la estupidez de la especie humana. ¿Quién está hoy en día en disposición de decir que la especie humano no es más que una especie estúpida? Nadie escapa. Desde el genio mundial y marginado, hasta el marginado analfabeto, todos somos un muestra de la estupidez de nuestra especie. Por ello no me queda alternativa que seguir leyendo los libros que me he propuesto leer, hasta el final.

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