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Un inmenso y infinito continente #04

octubre 20, 2021

Montréal#04

Esta es la familia de César Castells en Valencia, su lugar habitual de residencia. La presenta porque no hay que olvidar nunca que hay una familia detrás esperando (falta su mujer, claro).

Aún así, César Castells, aquí, ahora, en Montreal, sigue siendo un hombre solitario. Un hombre solitario que recorre en bicicleta la ciudad de Montréal. Sí, es un hombre solitario, no cabe duda, y se está haciendo mayor. Se ha convertido en un ser humano frente a su propia nadedad. Una persona que habla con mucha gente pero que cuando llega a casa està solo. No se queja, para él, esto, ahora, está bien.

Sin embargo en esta aventura no todo está siendo un paseo en barca, no es sencillo, uno solo, producir una investigación de esta dimensión, tan ambiciosa. Este lunes pasado, por ejemplo, tuvo un momento de verdadera crisis y a duras penas logró mantener la calma y evitar el ataque de pánico. César Castells supone que esto es lo que les pasa a las personas que hacen frente a situaciones de extremada complejidad. En su caso la situación no iba más allá de llegar tarde a una cita que tenía concertada a las 13h. Castells piensa que somos nosotros mismos los que determinamos la importancia de los asuntos que llevamos entre manos y para él llegar a tiempo a la biblioteca intercultural de Laval el día 18 de octubre a las 13h era lo más importante del mundo. Por eso, ese día, lo pasó realmente mal. Otras personas, con actividades de vital importancia real, como una operación de corazón, o transportar mercancías en buques cagueros a través de los océanos, verán las azañas de César Castells como ridículas, pero eso no impide que para él, salvar el sistema bibliotecario de su ciudad, sea tan importante como arreglar un corazón a tiempo.

César Castells es un hombre solitario que pedalea en dirección a la biblioteca intercultural de Laval, a unos 17 km de su casa. Ha salido, como el resto de días con el equipo preparado. Ha pasado por el baño, ha mirado el tiempo antes de salir, el cargador extra para el móvil, paraguas, chubasquero de cuerpo entero (por si llueve mucho) etc. Hace relativamente poco, descubrió que puede coger bicicletas públicas eléctricas. En la parada que hay al lado de casa no quedaba nunguna, tuvo que contentarse con una normal y hacer camino. Recorridos 5 km encontró otra estación de servicio donde divisó una bicicleta eléctrica. Sin pensarlo dos veces paró para hacer el cambio. Tenía que hacerlo porque con 11km por delante, sin bicicleta eléctrica, no iba a llegar a tiempo. En cuanto intercambió las bicicletas y se subió en la eléctrica, algo pasó con el flujo de datos en su móvil, de repente, no había forma de saber cómo llegar a su destino. El google maps no se cargaba, y sin datos y sin el google maps no había manera de moverse. Una vez más César Castells, no era la primera vez que le pasaba en su vida, estaba perdido en el espacio tiempo.

Estuvo unos diez minutos, quizás quince, delante de la estafeta de bicicletas esperando recuperar la señal, cuando porfin se dió por vencido eran ya sobre las 12h30, en bicicleta ya no llegaba, dejó la bici y se puso a caminar hacia donde se suponía que estaba la biblioteca intercultural de Laval, llegó a una avenida, no muy lejana, y pensó que podría coger un taxi, pero Montréal es un ciudad extensiva, a saber cuál es el ritual de recogida de pasajeros de los taxis allí. Una mujer con un chiquillo al brazo que había sido más o menos testigo de la crisis en la que empezaba a estar sumido César Castells, se paró en un semáfoto en rojo, César Castells, desde el otro lado de la acera le preguntó, sin apenas poder evitar que la mujer se asustara: ¿sabes si por aquí pasan taxis?. Ella respondió, sorprendida, no suelo coger taxis pero se supone que por esta avenida deberían pasar. Vale, eran las 12h45. Llamó a su cita para decirle que no llegaba pero saltó el contestador. Iba a cruzar en la dirección que iba la chica con el niño pero la reputación de los hombres hoy en día es tan baja que decidió girar a la derecha para que la chica no pensara que la perseguía. Por allí no pasaba ningún taxi. Se le ocurrió descargarse la aplicación de UBER pero, claro, no tenía datos, siguió caminando, no muchos pasos, y alzó la cabeza, hostia, pensó, pero si esto es una biblioteca, todas las biliotecas de Montreal tienen wifi gratuita. César Castells no podía creer en su suerte, aunque más tarde, pensando en ello, no todas, pero muchas de las estafetas de bici están al lado de una biblioteca. En este caso la biblioteca pública Le Prevost, en la avenida Cristoph Colomb, la del exterminador, la del otro día. Descargó la aplicación de UBER, se registró, pidió un coche, y una vez dentro y en dirección a Laval, llamó a su cita para decirle que llegaba tarde.

A continuación dejo algunas fotos de la biblioteca de Laval.

En la biblioteca Intercultural de Laval habló de bastantes cosas interesantes con su interlocutor. Volvieron a surgir conceptos como lazos comunitarios, pasión por las personas, actividades de mediación, actividades dentro de la comunidad, participación de impacto, relación entre estudios universitarios y bibliotecas públicas para crear empleo y un equilibrio entre la oferta y la demanda (los estudios de biblioteconomía tienen una alta tasa de ocupación laboral al final de la carrera aquí en Montréal), el reto de la interculturalidad, la existencia de un presupuesto para la población vulnerable o la restructuración de la biblioteca por necesidades.

César Castells salió sobre las 15h45 de la entrevista. Antes de salir hizo unas cuantas fotos. Una de ellas conmemorando la visita que realizó en el verano del 2018 y que ha sido su tarjeta de presentación bibliotecaria durante los últimos años. El tiempo no ha pasado en balde, pero, en estos momentos, en la puerta de la biblioteca intercultural de Laval, a César Castells no le importa el paso del tiempo, lo que realmente le importa es cómo diablos va a volver al centro de Montréal, y si llegará a tiempo para su siguiente cita, en el café La Brassée, en la rue Beaubien. Así que, aprovechando la wifi gratis de la biblioteca, César Castells prepara el trayecto de vuelta. El google maps con su destino predeterminado y la aplicación para desenganchar la bici a punto. Todo iba bien hasta que se puso a llover. Hasta esa tarde el tiempo, aunque a veces lluvioso, había sido relativamente suave, la lluvia ahora, aunque fina, caía helada, y el viento, cortante. César Castells, no tenía más alternativa que seguir pedaleando. Se había propuesto no parar a no ser que arreciera la lluvia con más fuerza. Trabajar por el método de prueba y error tiene un coste. Esta vez, además de no llevar guantes, se dejó en casa los que había comprado en su anterior crisis climática y no ir suficientemente abrigado, no pensó en coger los cascos para oir las indicaciones del google maps sin tener que parar, cada dos por tres, para mirar la pantalla, mientras llovía.

César Castells, en su bicicleta eléctrica tenía la sensación de que nunca llegaría a la isla de Montreal. Tenía que cruzar un puente para volver. También tenía la sensación, la tendría en los días venideros, de que estaba recorriendo con su bicicleta eléctrica pública, trayectos que nunca antes habían sido transitados por los habitantes de aquellas casas y pueblos que veía pasar. Cruzó finalmente el río y pedaleó durante un tiempo por su orilla. Había dejado de llover hacía un rato. De no haber hecho tanto frío se habría parado, sentado sobre alguna de las tumbonas de madera que habían allí dispuestas como elementos de mobiliario casual que invitaban a tomarse una pausa. César Castells, continuó pedaleando, no quería jugar con su suerte, milagrosamente, sus datos se habían desbloqueado. El google maps se cargaba con normalidad. Más tarde comprobaría que no había pasado nada especial con los datos, los tenía suficientes para todo el mes, eso sí, contratado el suministro en modo pausado, lento. Llegó por fin a la Avenida Cristoph Colomb, tierra conocida.

La avenida Cristoph-Colomb es larga y para llegar hasta el café la Brassée, César Castells aún tiene que pedalear 6,6 km. Tiene tiempo por delante para pensar, ya no necesita estar pendiente del google maps, empieza a conocer el territorio. Conocer un territorio, hacerse un mapa del lugar en el que uno empieza a habitar, desde cero. Tener la oportunidad de construir ese mapa, un nuevo mapa.

El sábado pasado, César Castells, cogió por primera vez el metro en la ciudad de Montreál. Volvió a quedar con su amiga bibliotecaria. Ella tiene un proyecto muy interesante de biblioteca tercer espacio y educación para el medioabiente. Mientras caminaban por las callejuelas verdes, comentando la iniciativa ciudadana del barrio de Ville Marie, donde además de haber instalado un invernadero y un espacio para dar charlas y talleres –ella se preguntaba por qué aquellas actividades no formaban parte de las actividades propuestas por la biblioteca, por qué existían en paralelo en lugar de ir cogidas de la mano–, tenían un proyecto de recuparción de los riachuelos sepultados por la construcción de las calles, ella le explicaba los entresijos y la base filosófica de su proyecto.

El plan era ir andando hasta las BAnQ, donde ella tenía que recoger un libro que había reservado. Llegaron tarde y habían andado en dirección contrario a casa de César Castells. Llovía y no era plan de volver andando, casi 8 km. Elle le dijo, ¿cogemos el metro, no?, él asintió y le explicó que no tenía billete y que le ayudase a sacarse uno de diez viajes.

El metro resultó dejar a César Castells relativamente cerca de su casa. A unos 3 km. Cuando llego a la parada Pie IX, a pesar de la fina lluvia que caía, cogió una bici eléctrica, pedaleó hasta un puesto de sushi que había localizado en una caminata el fin de semana pasado y se compró la cena de esa noche. Antes de que la tuvieran preparada tuvo tiempo para entrar en una especie de ultramanarinos que había al lado, aquí suelen haber muchos establecimiento de este tipo, donde puedes comprar comida y bebida. Preguntó si podía comprar una cerveza y bebérsela fuera. El dependiente le dijo que no había problema. Así que esperó bajo la lluvia, protegido por su paraguas, a que le avisaran, cuando estuviera listo su pedido de sushi, mientras se bebía la primera cerveza del día. El primer trago fue como un milagro.

César Castells le pega el primer trago a esa cerveza que le va a hacer compañía durante los próximos 15 minutos. Desde que ha llegado a Montreal tiene una sensación extraña, una sensación que no experimentaba desde hacía mucho tiempo, cuando de joven, a los 18 años, empezó a visitar a un amigo en París. Se estaba enamorando de esta ciudad. ¿Te puede enamorar de una ciudad?, sí, pensó César Castells, te puedes enamorar de una ciudad.

París, para César Castells, fue su gran amor de juventud. Año tras año durante los años 90s y hasta aproximadamente el 2005, no dejó de visitarla. París era su ciudad. Intentó irse a estudiar allí pero no hubo manera de encontrar el puente. Se tuvo que conformar con esos viajes de estancias cortas, principalmente en verano, para recorrer una ciudad en la que se sentía como pez en el agua: librerías, música en directo, teatro, cine y amistad. Mientras apuraba la cerveza, César Castells pensó que quizás, sin quererlo, hubiese llegado el momento de enamorarse de una nueva ciudad: Montréal.

Pero ahora mismo, César Castells está pedaleando por la avenida Cristph-Colomb, el exterminador, y hay varias ideas que le están dando vueltas por la cabeza desde que llegó, ideas que se entremezclan, como la de recordar París estando en Montréal, que vienen, que van, pero que César Castells sabe que no cesarán de demandar atención hasta que las plasme por escrito. Una de estas ideas es el magma sobre el que reposa todo este viaje de investigación: la necesidad de un respaldo filosófico-político-social anclado en la participación ciudadana para darle sentido a los contenidos, actividades, usos, espacio y mobiliario de una biblioteca. Lazos con la comunidad de los que deben surgir las programaciones y la cobertura de sus necesidades. Y estos es así ya que con presupuesto se puede programar para la comunidad sin contar con su participación, pero en el siglo XXI, un siglo saturado de propuestas para la comunidad sin contar con la comunidad –queremos consumidores, no ciudadanos–, la sociedad civil, y la legitimación de la existencia de las bibliotecas en particular y de los servicios público-sociales de las administraciones públicas en general, están pidiendo, si queremos que las iniciativas perduren en el tiempo, se arraiguen en nuestro comportamiento ciudadano, y construyan capital social, algo más: que la relación jerárquica entre administración y sociedad civil pase de ser de arriba a abajo, a ser de tú a tú. Y la comunidad, hoy en día, mediante acciones propias, está lanzando un mensaje muy concreto: si vosotros no os movéis, nos moveremos nosotras.

César Castells llega por fin al café La Brasée y aparca la bicicleta. Cuando mañana por la mañana compruebe los recorridos tomará concienca de que cada trayeco en bicicleta eléctrica les cuesta al menos 4 dolares. A partir de ese momento solo la cogerá en situaciones de larguísimo trayecto, o cansancio insostenible.

Ha llegado con unos 45 minutos de adelante. Tiempo que César Castells aprovecha para reponerse, entar en calor, tomar un capuchino y cerrar las visitas que realizará el resto de la semana.

Esa noche César Castells cenará en el restaurante italiano que hay justo al lado del café, cenará pronto, como es costumbre aquí, sobre las 19h, se comerá unos entrantes, que compartirá con Ismaël y con la bibliotecaria que acaba de entrevistar y con quien tenía cita en el café, una pizza del día y se tomará un café que a pesar de que en Valencia no le afectan para dormir, aquí en Montréal, multiplicará el efecto del jet lag impidiéndoles dormirse en toda la noche.

La bibliotecaria a la que César Castells ha entrevistado antes de cenar trabaja en la Direction des bibliothèques. No será la única persona que entreviste, que trabaje en esta dirección dependiente de la alcaldía de la ciudad de Montreal.

Ella trabaja en el programa, atención al nombre, Programa de inclusión social y mediación del libro. Ella se encarga especialmente del “Dossier”autochtone, mediante el cual pone en marcha toda una serie de actividades, que ofrece a las bibliotecas de la ciudad de Montréal, para la defensa y el respeto hacia los primeros pobladores de estas tierras. Y, atención, es bibliotecaria, eso sí, dentro de un sistema bibliotecario con una acepción amplia de sus funciones y definición.

Cesar Catells cenó muy bien, y muy bien acompañado, aunque no pudiera dormir en toda la noche. Al día siguiente…

Un inmenso y infinito continente #03

octubre 15, 2021

Montréal #03

Un hombre de 49 años va en bicicleta de arriba a abajo por las calles de la ciudad de Montréal, esta no es una entrada profesional, aunque hablo de la profesión del bibliotecario de a pie. Del bibliotecario que vive a pie de calle. En este caso, la experiencia de un bibliotecario en bicicleta.

¿Qué hace una persona de 49 años en una ciudad que no es la suya, buscando respuestas a cuestiones que quizás habría de haber resuelto hace ya tiempo?

Así podría empezar una novela, un relato corto, pongamos que ese bibliotecario se llama Eric Castells, Denis Castells, un habitante de la ciudad de Montréal con ascendencia valenciana, así podría empezar la novela, o así podría empezar una nueva vida, porque conozco mucha gente que sería feliz en Montréal, conozco otros tantos que no.

Yo soy de los que sí que podría vivir aquí.

Os contaré por qué. (Esta entrada va a ser larga, bastante larga, comprendo que no tengas tiempo, ni ganas de leerla, no sé si va a ser tan graciosa como otras veces, seguramente tendrá algún toque de humor, ácido, alguna visión cáustica que me cueste algún disgutillo en la vida real, exponerse siempre da información a nuestros coetáneos y, nosotros nunca sabemos qué van a hacer éstos con ella).

Una persona que, dadas las circunstancias, es bibliotecario, pongamos que se llama Eric Castells o Denis Castells, o César Castells, por su ascendencia valenciana, qué nombres más bonitos, qué adecuados nombres para un potencial exiliado voluntario. César Castells es un tipo que entiende la biblioteca como algo cercano a la comunidad, podría esperar a que alguna institución le pagara el viaje, el alojamiento, tener gastos para las dietas, dormir en algún hotel, como en los congresos, como las grandes estrellas del rock bibliotecario, pero, no, él prefiere hacer las cosas a su manera, a su ritmo, con sus tempos, aunque le cueste dinero de su bolsillo, tiempo de sus vacaciones, pedirse un permiso sin sueldo, él es un héroe del siglo XXI.

No pasa nada, hay un hombre en bicicleta de arriba a abajo por las calles de Montréal, de biblioteca en biblioteca, buscando la biblioteca del siglo XXI, buscando herramientas, instrumentos, procedimientos para mejorar. Personas que hablen su idioma, personas que no tengan miedo a hablar de la pregunta fundamental, ¿qué es ser bibliotecaria?, ¿qué es ser bibliotecaria en el siglo XXI? ¿Tan extraño es que un ser humano quiera mejorar? ¿Tan inmóviles nos hemos quedado que toda construcción ajena a nosotros nos supone en lugar de un aprendizaje, una amenaza?

En esta ciudad hay 45 bibliotecas municipales, para 19 arrondissement, lo que aquí llamaríamos barrio, cada arrondissement tiene al menos dos bibliotecas, cada arrondissement tiene una jefa de división, bibliotecaria, (son sobre todo mujeres las que realizan estos trabajos), por debajo de cada jefa de división, hay una jefa de sección, normalmente es una bibliotecaria que trabaja en las dos bibliotecas que hay en su arrondissement, otra bibliotecaria le da soporte, debajo de ellas está el resto del equipo. ¿Queremos una nueva ley de bibliotecas en la Comunidad Valenciana?, venga, por favor, tomemos el modelo de la ciudad de Montreal y copiémoslo de cabo a rabo. No tiene nada que ver con el modelo anglosajón, es un modelo administrativo europeo (aunque también pretende aprender del modelo de participación comunitaria anglosajón, sin complejos, o sí, pero sin tantos miedos, y sin poner en la balanza la pérdida del poder de la defensa del patrimonio, todo lo contrario, caminos paralelos que se refuerzan, o al menos eso parece).

Lo sé, lo siento, está siendo una entrada aburrida para los que no entienden de biblioteconomía.

Venga, volvamos a César Castells, en cuanto llegue a Valencia me cambio el nombre. César Castells, desde que está en Montréal ha hecho ya 100 km en bicicleta y unos 60 andando. Llegó el viernes pasado, viernes 7 de octubre, podríais pensar que se está preparando para una triatlón pero no, sigue teniendo algo de pancha cervecera, problemas con la próstata y algún que otra contratiempo con otro de sus esfínteres.

César Castells es un antihéroe del siglo XXI, alguien que debería saber permanecer callado pero que no puede, simplemente no puede callar porque sabe que si calla la realidad deja de ser realidad y pasa a ser un mundo de fantasía, un cuento de hadas al que él nunca ha querido aspirar.

En 12 de los 19 arrondissements hay 19 proyectos de fab labs en las bibliotecas, fab labs entendidos en la acepción extendida es decir, no solo son espacios maker en el sentido tecnológico, son espacios de creación también analógico, por eso ellos les han puesto el nombre de FABRICATECAS… ¿cómo te quedas, Javier Molinero?, aquí han inventado el nombre de fabricatecas en las bibliotecas, sin complejos, Javier, sin complejos y simplificando los procesos administrativos. Qué culpa tenemos nosotros de que antes de que llegáramos nosotros, nuestros antecesores confundieran el hecho de trabajar para los contribuyentes con el de ROBAR, qué maldita culpa tenemos nosotros. Me pregunto yo.

Otra de los procedimientos que ha simplificado la adminitración pública del la ciudad de Montreal ha sido la contratación del personal bibliotecario, supongo que funcionará así en otros departamentos, pero estamos en lo que estamos, de verdad, CAMBIAD los procesos de acceso a la administración pública, por lo menos los que son de la administración específica, necesitamos un personal activo, preparado, valiente, curioso y atrevido, que salgan a demostrar por las calles a la sociedad civil que las bibliotecas y los bibliotecarios son fundamentales para el funcionamiento de nuestra sociedad.

Va César Castells andando por las calles de Montréal, va hasta la biblioteca de Benny, que está una hora y media en bicicleta, toma unas fotos, habla con Thomas Poulin, que es el encargado del médialab. Son parte de las fotos que acompañan este blog.

César Castells además de visitar bibliotecas también aprovecha para conocer la iniciativa ciudadana de la ciudad, una asociación sin ánimo de lucro, Solon, va a rehabilitar un edificio (antes era una escuela profesional regentada por monjas, a su muerte pusieron como condición que el edificio fuera cedido a asociaciones con fines sociales y benéficos, ¿existe algo así en Valencia?). Una de sus amigas bibliotecarias en la ciudad forma parte de este proyecto y tiene pensado montar una biblioteca tercer lugar en este espacio.

Son las 15h, César Castells sale de la Universidad de Montréal, ha tenido un reunión muy productiva con su codirectora de tesis. Antes ha asistido a una conferencia dada por un representante de los primeros pueblos de este inmenso e infinito continente. Ha tomado nota de una poeta: Natasha Kanapé Fontaine y ha aprendido que llamar a los habitantes originarios de esta tierra indígenas es incorrecto y tiene un connotación despectiva y de falta de respeto.

Mientras César Castells camina por la calle Lauriers intenta poner en orden sus ideas, sus ideas son confusas ya que son muchas y en algunos aspectos contradictorias, es difícil compaginar la realidad con lo que esperamos que sea la realidad, hay una peligrosidad de ampararse en lo políticamente correcto para entender una sociedad que en el fondo es tan políticamente incorrecta. Hay un peligro de no estar entendiendo la amplitud del problema.

César Castells también piensa en el libro Un verdor terrible del gran, grandísimo, grandisísimo, Benjamin Labatut. Piensa en ese matemático loco que a los 45 años lo deja todo para convertirse en una especie de vagabundo perdido en un pueblito de pronvincias, en Francia. Piensa en él y sabe por qué acabó así, lo comprende perfectamente, desde hace tiempo. Esa la razón por la que César Castells es capaz de subirse, con casi cincuenta años, a una bicicleta y hacer casi 30 kilómetros en un día. Tantos kilómetros como si se estuviese preparando para un triatlón.

Después de andar más o menos 45 minutos, en la rue Sant Denis, César Castells decide coger una bici, aún le queda una hora por delante para su cita en la casa de la transición, el edificio que acoge la anteriormente mencionada asociación sin ánimo de lucro Solon.

En cuanto sube a la bici empieza a llover. El cielo ha aguantado más de lo que pensaba César Castells que iba a aguantar cuando salió de casa por la mañana, pero al final, la lluvia ha acabo por caer.

Evidentemente César Castells no va preparado para este contratiempo y muy a su pesar tiene que buscar una estación para dejar la bici y llegar antes de lo previsto al lugar donde había quedado para encontrarse con su amiga para refugiarse. La mala suerte, o un despiste o el cansancio hace que César Castells se equivoque de dirección y que tenga ahora, en medio de la lluvia y ya bastante empapado, que volver atrás unos dos mil números, del portal 9300 al 6450 de la calle Christophe Colomb que ahora está empezando a ser más conocido como el genocida que como el descubridor.

Cuando llega al número 6450 su amiga aún no ha llegado porque falta media hora para la cita y en vez de meterse en el local de la asociación, entra en una cadena comercial que hay por toda la ciudad, Jean Coutu, ahí se vende de todo, y desesperado compra un chubasquero, un paraguas, muy bonito, 23 dólares, unos guantes, una bufanda y unas zapatillas de ir por casa para hacer frente al frío que está por venir pero que parece aún no acabar de llegar.

Cuando César Castells sale de la cadena comercial Jean Coutu, ve a su amiga que sale de la panadería artesanal que hay enfrente del Local de la Transición, le dice que se espere, que cruza, que tiene hambre. Y así es como sentado en la puerta de la tienda de pan artesanal César Castells se come un bocadillo frío, muy frío, incluso, de jamón York con mantequilla mientras escucha a su amiga hablar de su increíblemente interesante proyecto de biblioteca tercer lugar en ese espacio comunitario y autónomo que tienen justo enfrente.

Cuando acaban de comer César Castells se está meando y aunque su amiga hubiese preferido dar una vuelta por el barrio han de entrar en el local de la Transición para que César mee.

Una vez visitado el baño, César Castells sigue a su amiga y a Mathilde Sénécal para visitar el antiguo edificio. Mathilde es la poeta que va dar el taller de poesía para crear un desplegable (muchas hojas impresas y bien dobladas) con las poesías que crearán y que se distribuirán por el barrio, esta asociación pretende poner en marcha el tejido asociativo del barrio,

Estos son los libros que nos trajo Mathilde para encontrar inspiración.

Su participación poética es la siguiente:

Un poema bastante grandilocuente (lo siento):

La poésie / écrire un poème / être un poète / c’est pour moi / quelque chose de sacré / c’est comme être ici / maintenant / Dans le lieu et le moment précis / c’est comme engendrer un enfant / par ce qu’un poème / a le pouvoir de transformer / les flammes de l’enfer / en énergie nucléaire / pour l’éclairage vital / de citoyens et citoyennes / qui partagent un quartier / une ville dans un ville / une vie dans une vie / Une danse qui transforme / les choses normales / en exceptionnelles.

Traducción: La poesía, / Escribir un poema, / Ser un poeta, / Es para mí, / Algo sagrado /Como estar aquí, / Ahora, / En el momento y el instante justo, / Es como engendrar un niño. /Un poema, / Tiene el poder / De transformar las llamas del infierno / En energía nuclear / Para el alumbramiento vital / De los ciudadanos y ciudadanas / Que comparten un barrio, / Una ciudad dentro de una ciudad, / Una vida dentro de una vida, / Una danza que transforma / las cosas normales / En excepcionales.

El otro poema que escribió César Castells le quedó más próximo al HAÏKU y creo que gustó más:

Les balles roulent / et on s’assied sur le mobilier informel / dans les ruelles protectrices / tapient de feuilles bordeaux / et de végétation sauvage.

Traducción: Las pelotas ruedan / y nos sentamos sobre el mobiliario casual / en las callejuelas protectoras / cubiertas de hojas burdeos / y de vegetación salvaje.

César Castells no tiene fuerzas para quedarse a presenciar el proceso de impresión de los desplegables (aparecen en las fotos, igual que las recomendaciones lectoras que dio Mathilde, muy interesantes todas, así como los proyectos poéticos en los que participa en la ciudad, uno de ellos llamado Poésie Par Tout (poesía por todos lados).

César Castells llega todos los días más o menos a las 19h a casa, se pega un baño relajante, cena, normalmente una ensalada de cangrejo con salsa César, ve unos cuantos capítulos de Seinfield (ha empezado a ver El método Kominski por culpa del comentario de alguien en facebook o en Instagram pero solo puede ver uno cada noche intercalándolo con dos de Seingfield porque cada vez que ve uno se pone a llorar como una magdalena, y tan lejos de casa no es muy bueno llorar tanto, o quizás sí, aún no lo tiene claro) y se va a la cama, A las dos de la mañana se despierta debido al jet lag y se pasa una hora leyendo o corrigiendo/ampliando hasta el infinito la novela que ya lleva más de un año escribiendo. Se vuelve a dormir a las 3h y se levanta sobre las 6h de la mañana, suele mear entre dos y tres veces por la noche.

Pero para César Castells, no todo ha sido trabajo de investigación, también ha tenido tiempo para visitar el jardín botánico, que no pudo visitar junto a sus hijos cuando vinieron todos juntos en el 2018, ya que estaba trabajando, buscando información bibliotecaria en Répentigny, junto a su amigo Ismaël Bellil, cuando pasa por la zona de talleres infantiles se acuerda mucho de ellos y se da cuenta que aún sin ellos sigue haciendo cosas cosas eminentemente familiares.

Pero este año sí que ha podido ir a visitar el jardín botánico y ha hecho un reportaje fotográfico que presentará a continuación mientras reflexiona sobre su pasado. Porque sí, a César Castells, esta visita a Montreal durante el mes de otoño le ha traído recuerdos olvidados de su infancia en Suiza.

El olor de las hojas caídas y húmedas, de los castaños y las castañas en el suelo. Esos colores y aromas le han transportado a Lausanne, al año 1976, perdido por los parques embarrados mientras aprendía a ir en bicicleta.

César Castells rememoraba estas sensaciones ante un grupo de señoras con las que ha compartido una visita guiada y exterior al Musée des Beaux Arts de Montreal.

Esta visita ha sido hoy. Hoy César Castells se ha levantado cansado, seguramente debido a las 3 latas de cerveza que se hincó ayer antes de ir a dormir, a veces te encuentras con problemas inesperados y no siempre puedes gestionarlos sobriamente, eso es al menos lo que piensa César Castells. Pero aunque cansado César Castells ha salido de casa, y ha salido porque tenía una bici a la que subirse, eso sí, ha descubierto las bicis eléctricas públicas y ahora todo parece un poco más sencillo, las pedaleadas, aunque igual de fuertes, le llevan más lejos con la ayuda de la energía eléctrica (como queréis que César Castells se oponga al progreso, limpio, eso sí).

La visita guiada a la que ha asistido César Castells ha sido gracias a la invitación que le ha hecho otro amigo bibliotecario, uno que está especializado en trabajo social y que ha tenido problemas con su equipo porque él no llamaba a la policía cuando entraba alguien a dormir en la biblioteca, o alguien que había bebido de más, o alguien que tenía problemas mentales y gritaba, él es un bibliotecario que cree que la biblioteca ha de atender a las personas más allá del mero préstamo de libros. También le ha hablado a César Castells de una iniciativa que sin duda hará las delicias de Javier Molinero, pero esta actividad, César Castells la quiere contar conociéndola en persona y lo hará después de visitar la biblioteca de su amigo.

Mientras tanto César Castells colgará en este post las fotos de la biblioteca Webster de la Universidad La Concordia cuyo proyecto de renovación y totalmente basado en la creación de un tercer lugar, ha llevado a cabo la directora Guylaine Beaudry, quien en su día optó a la dirección del BANq y cuyo puesto le arrebató una conocida tertuliana de TV especialista en ciencias de la comunicación.

Bien, a César Castells no le ha dado tiempo para mucho más, a ver si mañana puede descansar, o quizás no, quizás se suba a un bicicleta pública y recorra 20 o 30 kilómetros, cuando uno se acostumbra al mambo, es difícil dejarlo.

Un Inmenso e infinito continente #02

octubre 10, 2021

montréal #02

#uninmensoeinfinitocontinente

Me despierto a las 5h (en Valencia son las 11h). Aprovecho para hablar con la familia. Ayer no pude hacer la compra, así que no tengo para desayunar más que las cuatro salchichas que compré en la charcutería del barrio judío.

Me como una y todo va más o menos bien pero cuando empiezo con la segunda pienso que mejor dejar el estómago tranquilo y esperar a hacer la compra para comer algo más saludable de buena mañana.

A las 9h salgo de casa en busca de un supermercado, el Google maps me indica que hay uno a cinco kilómetros pero mi casera me dijo que había un centro comercial no muy lejos de aquí, así que me dejo guiar por mi instinto y camino hacia el centro comercial. Poco después de salir de casa veo a una mujer mayor con un carrito de la compra, la sigo, como un investigador secreto, y llego a un supermercado que no está a más de diez minutos de mi casa.

En el supermercado; conocer un supermercado es como conocer a una persona, a veces te das cuenta demasiado tarde de que vas a tener que hacer un gran esfuerzo para decodificar cada uno de sus detalles y funcionamiento para finalmente pensar que no te conviene; hago el esfuerzo de adentrarme en él, de familiarizarme con su distribución y oferta, antes de salir ya sé que es muy poco probable que visite otro supermercado, está cerca de casa, tiene productos frescos y ostras a 1,29 dólares americanos la unidad. Cuando paso por delante de las cervezas cojo solo dos latas de Budweiser, aquí vuelve a ser exótico beber Budweiser, sabiendo que si cojo alguna más será imposible que meta toda la compra en las tres bolsas de tela con las que he salido de casa. También he tenido que renunciar a un paquete de cruasanes y todo el rato he tenido que repetirme: estás haciendo una compra para el findesemana, no hace falta que compres de todo.

Y, efectivamente, todo lo que he comprado ha cabido en las tres bolsas que llevaba. Si hay algo que se me da bien en la vida es saber cuánta comida cabe en las bolsas que llevo o cuántas bolsas voy a necesitar para meter la compra: dame tres bolsas grandes y una pequeña. La mayoría de las veces acierto.

Pretendo atravesar el jardín botánico pero la puerta por la que debía entrar está cerrada. Tengo que bordearlo, me siento enérgico, tengo por delante una buena caminata pero no hay problema, a buen ritmo, llegaré a tiempo. Me fijo en las hojas caídas en el suelo, algunas ya secas, otras aún conservan el color rojo vino, púrpura, tomo algunas fotos, también de los campos de béisbol que bordean el parque.

A las 15h he quedado. Mi segunda reunión. Un reencuentro muy especial con la persona que en el 2018 me abrió las puertas de esta aventura canadiense. Cuando nos veamos me recibirá efusivamente, dándome un abrazo, como si el tiempo no hubiese pasado entre nosotros, como si hubiésemos siempre sido amigos y mantenido la amistad. Pero de momento salgo de casa, tengo por delante 1h30 de trayecto andando. A pesar de la distancia, ir andando es lo mejor que puedo haber hecho, hasta que me saque la tarjeta de la bici pública, ya que de nuevo, había un gran embotellamiento en la dirección en la que iba. En bus no hubiera llegado a tiempo.

También me fijo en las casas que flanquean el otro lado de la calle, los primeros pisos están casi a ras de suelo, aquí se aprovechan los subsuelos como vivienda o como espacios donde montar negocios. No hay ni una verja para protegerse de las posibles agresiones externas.

Todo va bien hasta que sufro un Paco Inclán en la biblioteca de la calle hospital. Esto no estaba previsto. Había pasado por el cuarto de baño antes de salir de casa. No pensaba que mi interior tuviera algo más que decir. Quizás haya sido la manzana que me comido mientras comenzaba a caminar, la primera manzana en tres días, pero lo cierto es que mis tripas han empezado a darme señales de evacuación inminente, por delante de mí una cita ineludible y 1h20 de camino, imposible volver atrás.

No he podido más que pensar que a mi edad la aventura puede ser tan sencilla como esta: apretar el esfínter para conseguir que todo lo planificado no se vaya a la mierda. Nunca mejor dicho. Por mi cabeza ha pasado la idea de: bibliotecario español detenido por hacer sus necesidades bajo un gran árbol del jardín botánico. Declaraciones: era un árbol muy grande, sus ramas me protegían, la zona estaba desierta, no pensé molestar a nadie, ni que nadie me vería. Los retortijones de estómago son buenos para no olvidar que estamos siempre cerca del abismo. Pasar de ser un héroe a un patán es solo cuestión de esfínter.

Bien, una vez “solucionado” el problema llego a mi cita con una carga interior que va a ser inevitable que me acompañe toda la tarde, como un runrunrun que te hace pensar: cuánto tiempo tardaré en llegar a casa o en su defecto, encontraré el momento para desaparecer en un baño un momento (para mí largo).

Como he comentado, mi cita me recibió con efusividad y como el bar dónde habíamos quedado estaba lleno me dijo: vamos caminando a otro a bar que está un poco más allá. Luego he quedado con mi pareja para tomar algo a las 18h (eran las 15h). Vale, esfínter, de acuerdo, tenemos que hacer un trato, voy a ser sincero contigo, NO SÉ CUÁNDO te voy a poder dar lo que quieres, haz sitio por ahí dentro, hazme el favor.

Y, como el ser humano, a veces es prodigioso, pues una de nuestras pulsaciones primigenias me dio una tregua y esa necesidad acuciante dejó de preocuparme y pude centrarme en lo demás, lo realmente importante, de lo que de verdad quiero hablar en esta entrada, porque la verdad, fue una tarde de lo más instructiva y reveladora.

Tal y como he dicho la cafetería donde habíamos quedado estaba llena así que empezamos a andar. La zona por la nos movíamos no debía estar muy lejos de la Avenue Zotique (la que que ayer recorrí de arriba a abajo: 1:30 para arriba, 1:30 para abajo). Pero, a diferencia de ayer, en vez de caminar por la calles y avenidas principales, empezamos a andar por la callejuelas traseras. Bien, para nosotros es peculiar entender esto. Nuestras casas no tienen “callejuelas traseras” tienen patios de luna, normalmente inaccesibles para los habitantes de las fincas que los circundan, y la mayoría de las veces techados y utilizados con fines comerciales. También hay que especificar que aquí las construcciones son extensivas, dos o tres pisos, cuatro como máximo, y en Valencia, la edificación es intensiva. Mucha gente vivimos en muy poco espacio.

El recorrido por las callejuelas traseras, dio lugar a la conversación de la acción vecinal. El tejido vecinal había tomado (ya era suyo) ese espacio público/privado y en vez de utilizarlo únicamente como parking había empezado a poner en marcha proyectos de diferente tipo. Uno de ellos era el de crear de manera “improvisada” espacios para estar y para jugar. Banquetas, sillas, mesas o canastas puestas de manera informal que invitan a lo vecinos a compartir espacios públicos y gratuitos. Al mismo tiempo se habían puesta en marcha iniciativas llamadas Calles verdes. Esta iniciativa podía surgir de los vecinos pero también del ayuntamiento, y supone reconvertir parte de las callejuelas asfaltadas en espacios verdes. Calles ajardinadas con un aspecto algo salvaje, campestre, en la ciudad. Y ahora viene la noticia bomba: los vecinos orgullosos de esta intervención espacial que habían realizado en su entorno habían creado un proyecto (solo por esta idea ya vale la pena el viaje…jejeje): un mochila llena de información para visitar su barrio, con detalles, recomendaciones, indicaciones e historias que solo pueden ser contadas por los vecinos y que, atención: su elaboración se realizaba con el apoyo de la biblioteca de barrio. La mochila, evidentemente se presta en la biblioteca. Es decir, vas a la biblioteca y te prestan una mochila con la que vas a vivir una aventura y conocer las historias y los lugares secretos de las callejuelas traseras del barrio en cuestión. Un vez vivida la experiencia, devuelves la mochila en la biblioteca para que otra persona o grupo de personas pueda vivir la experiencia.

Bien, os estaréis diciendo que todo esto de la biblioteca del siglo XXI es muy interesante pero que qué pasó con lo OTRO. Hacer Hatha Yoga estos últimos años me ha ayudado mucho a reforzar mi suelo pélvico y después de visitar las callejuelas traseras acudimos a la cita con la pareja de mi amiga. Eran las seis de la tarde. Entramos en un bar a tomarnos una cerveza pero en un momento dado me di cuenta de que íbamos a cenar. Les pregunté: ¿Estamos cenando?, me dijeron, sí, sí, es la hora de cenar. Vale, de acuerdo, cenemos. Pedí algo que en la carta tenía un nombre exótico y que resultaron ser una especie de pimientos de padrón. No está mal hacer 6000 km para cenar unos pimientos de padrón con un salsa de yogur. A la segunda cerveza, que esta vez acompañé con una patatas fritas y mayonesa, sentí una llamada, algo en mi interior estaba reclamando mi atención, ¡eo!, estoy aquí, tenemos un trato, ¿qué haces bebiendo cerveza y comiendo pimientos y patatas fritas? Me levanté, y dije: me disculpáis un momento, tengo que ir al baño. Ahora vuelvo.

Vamos a necesitar mucho amor

septiembre 27, 2021

Vamos a necesitar mucho amor para volver a ser nosotros mismos.

Suena el despertador a las 6h40, no recuerdo haberme despertado tan temprano tantas semanas seguidas en mi vida. Mi hijo ha empezado el instituto y ha de estar a las 7h40 en València para ir andando con sus amigos hasta allí.

La rutina es siempre la misma, me levanto, bajo, preparo la cafetera, saco el pan para que se descongele, me tomo los probióticos, me meto en el baño, despierto al “niño” (o al niño y la niña), preparo los bocatas, nos metemos en el coche, pongo Radio3, arranco el coche y conduzco hasta la autovía.

(no sé cuánto tiempo dejarán que esté aquí colgado el vídeo de Sufjan & Angelo, pero, por si desaparece, aquí va el título de la canción que han compuesto juntos: Back to Oz)

Nadie, hoy en día, se sorprenderá si digo que mantener una relación de pareja (sea cual sea el género de las partes) es una actividad de alto riesgo, donde entran en juego las dotes que cada cual tenga como malabarista, equilibrista y encajador/a de bolillos y/o de golpes (saber perder, saber ganar). Una vez más, si estamos vivos es de puro milagro, a las parejas, también les pasa. A las costuras de un relación de pareja se las pone a prueba cada día. Vamos a necesitar mucho amor para volver a ser nosotros mismos.

Vale ya de rodeos, este libro va de una crisis de pareja (entre otras muchas cosas)

Desde que vivimos en las afueras de Valencia, mi percepción del mundo ha cambiado. Esto se ha producido porque abandonar el centro de la ciudad ha ampliado mi perspectiva con respecto al modo de vida de esta sociedad.

Muchas personas vivimos con cierta coherencia gracias a un truco que en economía se llama Ceteris Paribus, es decir, crear un modelo a partir de la selección predeterminada de una serie de variables (espero haber recordado bien la definición, hace mucho tiempo que estudié la carrera). En nuestra vida coherente el truco consiste en no contemplar algunas variables, que a la postre serían determinantes para entender nuestra impotencia y/o frustración ante situaciones que creemos que deberían funcionar de otra manera, en el caso de que seas de esas personas que buscan explicaciones a todo, claro. Según mi hija, yo soy de ese tipo de personas: Papá, ¿por qué inventas historias de todo? Me decía subida a la bici, protegida por un impermeable amarillo que le había dado mi madre. La lluvia nos pilló durante el camino de vuelta a casa, solo admitió volver en bici cuando mi madre sacó el chubasquero. No quería mojarse. Sin movimiento no hay aventuras, le dije, y sin aventuras ni hay historias ni entendemos el mundo en el que vivimos, le dije. El paseo no acabó del todo bien, es difícil coordinar los deseos de lo que los padres queremos para nuestros hijos con lo que los hijos realmente desean, pero esta, es otra historia.

Aquí va la foto de la peli Historia de un matrimonio. En esta peli todo va de mal en peor hasta que al final parece que todo va bien, o por lo menos mejor, porque ella logra hacerse oír y encontrar su lugar (con otra persona) logrando deshacerse del COMPROMISO y del amor para ser libre y ella misma.

Nunca he sido de esas personas que creen en el amor romántico, las relaciones de juventud que apuntaban hacia ese fin se chocaron estrepitosamente contra el muro de los finales de verano y nunca tuve la oportunidad de construir mi vida de pareja sobre una utopía. Desde muy pronto tuve presente la complejidad de este tipo de relaciones, por eso, creo, no tomé una decisión determinante hasta pasados los 35 años. Un decisión determinante no significa únicamente estar enamorado, significa fundamentalmente estar preparado para EL COMPROMISO.

EL COMPROMISO es lo que en el pasado se llamaba pasar por el altar. Ahora no hace falta firmar nada físico, pero para construir cualquier pareja, EL COMPROMISO debe existir.

El COMPROMISO es el enemigo a batir si te quieres separar de alguien, lo tienes que bombardear, hay muchas maneras. Desde acciones muy pequeñas, casi invisibles que lo destrozan sin darte cuenta (o sí) hasta que solo queda la carcasa de lo que fue una relación de pareja, hasta los ataques con armas de destrucción masiva.

Lo sé, esta foto es horrible, pero algo así es lo que veo cada mañana antes de dejar al “niño” en el semáforo para que vaya andando con sus amigos hasta el instituto.

Vivir en las afueras, para un urbanita como yo, como comento más arriba, ha sido revelador. Si vives en el centro de Valencia, no entiendes por qué los teatros, los conciertos, las actividades culturales, no están llenos de gente, no entiendes por qué razón es tan difícil vender el vinilo que acabas de sacar (sí acabo de reeditar mi disco Un Immens i Infinit Continent en Vinilo porque el lanzamiento me pilló en plena pandemia…), no entiendes por qué la cultura no es uno de los grandes motores de nuestra economía. Ceteris Paribus, no lo entendemos porque no queremos. Solo queremos ver lo que nos interesa, queremos construir el modelo a partir de las variables que son cómodas, si no, no llegaríamos a las conclusiones que nos permitirían vivir con coherencia.

Esta es la portada del vinilo del disco Un immens i infinit continent, lo he reeditado porque la pandemia me pilló en pleno lanzamiento, aún os podéis hacer con una copia, si ticas sobre las imagen vas al bandcamp, donde puedes comprarlo, !ah¡, el diseño es de Virginia Lorente.

Acuerdos, compromisos, negociaciones, muchas negociaciones, las obligaciones como plazas fortificadas desde donde defender los límites de nuestra vida privada dentro de la familia, si esto es posible, de nuestra soledad, de nuestra individualidad, de nuestra carrera profesional, en definitiva del yo individuo.

EL COMPROMISO. Joder, qué palabrota más grande, pesada, heavy, cualquiera tendría la tentación de huir ante tremendo palabro. Si no fuera así, separarse no sería un proceso tan complejo, doloroso y tortuoso. Las raíces del compromiso son mucho más profundas que las erupciones volcánicas que surgen de una disputa, desencuentro o riña. Para arrancar esas raíces se necesita un pequeño cataclismo que dejará un enorme cráter en nuestras vidas. Y, ¿quién quiere pequeños cataclismos en su vida cuando la rutina doméstica de por sí ya nos tiene contra las cuerdas?

EL COMPROMISO & LA RESIGNACIÓN en el siglo XXI. (Todo auto impuesto, lo cual es una novedad).

La rutina, la administración doméstica, la resolución constante, continua, diaria e infinita de problemas cotidianos de baja, media, alta e incontrolable intensidad. Crear un equipo. Ser un equipo de dos. Tener suerte en la elección de tu compañero/a de equipo. Vivir en libertad comprometida, entender la complementariedad y necesidad del resto para fortalecer el equipo. Ser un equipo de muchas personas con un núcleo de dos (no sé lo que digo).

Vamos a necesitar mucho amor par volver a ser nosotros mismos.

Aquí va la foto de la peli de Cesc Gay, sentimental, en ella también se habla de una pareja en crisis (“clásica” y desesperada) y otra del siglo XXI (muy feliz).

Volvamos al principio. Al amor. A Sufjan & Angelo y su canción: Back To OZ (cuando la busqué en Google al llegar al trabajo creí haber oído Back to us, de ahí el subtítulo de esta entrada). Entramos en el coche, mi hijo se sienta en el asiento del copiloto. La radio encendida, es aún de noche, claro, son las 7:10 de la mañana, el locutor habla, Ángel Carmona, aunque podría ser Gustavo Iglesias, siempre los confundo, las ochooooooooo, pero, no, hoy es Ángel Carmona quien pincha, antes de entrar en la autovía, una canción que desde el primer acorde me atrapa, nos atrapa. Entramos en la autovía, mi hijo está callado, yo también, la canción es tan bonita que subo el volumen, y aquello se convierte en un videoclip musical, en un trozo de una película que marcará el resto de mi vida. Adelantamos vehículos de todo tamaño y dimensión, la luz por el horizonte empieza a nacer, los coches ponen intermitentes al sobrepasarnos, la música nos acompaña, nos guía, nos hará mejores y nos mostrará el camino del amor.

La canción acaba. El subidón es máximo. Más tarde, cuando esté en el curro le enviaré unos cuantos mensajes a Sanschess para contarle que por fin he encontrado la canción de Sufjan hecha a mi medida. Pero ahora, en el coche, voy flotando, vamos flotando. Si digo que este viaje sucedió dos veces, a la misma hora, y que produjo el mismo efecto, no os lo creeríais, pero fue así, Ángel Carmona puso la misma canción dos veces a la misma hora con dos semanas de diferencia, y yo viví, vivimos, la experiencia por segunda vez con idéntico efecto: volver a ser nosotros mismos cabalgando a lomos del AMOR.

(Voy a poner otra vez el vídeo porque vale la pena que volváis a escuchar la canción para que podáis rememorar como yo ese momento místico mágico filial)

Vamos a necesitar mucho amor para volver a ser nosotros mismos. Y para aterrizar de tan tremendo subidón. Porque lo que sigue a continuación no es tan bonito, es tan feo como la imagen fea que hay más arriba. Pero eso es otra historia, aunque como dice mi hija (¿Papá, por qué siempre te estás inventando historias?), seguro que acabo contándola. De hecho ya estoy pensando en ella: Sal del coche y ves a pie / Vacía las autovías / Comparte tu vehículo / Un carril más no es la solución (Acciones humanas comunitarias de salvación de La Tierra). Vamos a necesitar mucho amor, mucho, mucho amor; mucho, mucho, mucho amor; mucho, mucho, mucho, mucho amor para salvar La Tierra y dejarles un lugar donde poder vivir a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos, y a los hijos de los hijos de nuestros hijos…

Vivo, de milagro

diciembre 18, 2020


Suelo volver a casa siempre por el mismo camino. Soy una persona de rutinas, cuando salgo del garaje, intento salir de mi plaza sin rascar la columna, el coche de al lado, la barandilla de la primera curva, la pared de la segunda curva, la segunda y la tercera columna, antes de salir a la calle miro bien para no atropellar a ningún peatón o ciclista, y, por fin, incorporarme al tráfico indemne.

Entrar y salir de mi garaje es una de esas costumbres que me atan a la vida, que significan mi vida.

Salí de mi garaje para ir hacia Alicante, quería asistir a la entrega de premios Carles Santos, unos premios a los que Carles Santos nunca hubiese dado su aprobación, eso dicen los que lo conocieron bien, supongo. La verdad es que mucha gente no sabe quién es Carles Santos, mucha más gente aún no sabe que hay unos premios llamados Carles Santos, creo, lo que sí que sé es que hay mucha, mucha, mucha gente interesada en los Talent show musicales, y lo que sí puedo decir es que, de momento, los premios Carles Santos no son un Talent Show. ¿Por qué?, os preguntaréis, pues porque estaba nominado yo.

Mi garaje está cerca de una librería, una librería que abrió hace relativamente poco. Una librería joven. ¿Una librería joven? ¿Puedo hablar de la juventud de las librerías? ¿De la juventud de la cultura, del teatro, de la música? ¿Existe una cultura joven? ¿Existe una cultura adulta?¿Existe un puente entre ambas culturas?

Presentación de mi libro Un Inmenso e infinito continente en la librería Bangarang. Foto de Armand Llàcer.

Siempre que puedo cuento que yo entré en el mundo del teatro de la mano de la narrativa, quería ser escritor, escribir una novela, y, buscando talleres de escritura, un amigo me recomendó que me apuntara a uno de escritura dramática, lo impartía Paco Zarzoso. Fui con las expectativas muy bajas, aún no tenía hijos, podía beber bastante sin preocuparme por mi salud y Paco me acogió a mí y al resto de los alumnos como si fuéramos escritores coetáneos suyos, como si nuestros escritos pudieran compararse a lo que escribía él. La cultura adulta tendiéndole la mano a la cultura joven, sin jerarquías, de tú a tú, puedo aprender tanto de ti como tu de mí. Esto es un intercambio, un quid pro quo, ambos vamos a salir reforzados, solo tenemos que aprender a escuchar, los dos.

Para qué, ¿por qué tender puentes entre la cultura adulta y la joven?

La cultura joven. ¿Qué es la cultura joven? ¿Qué es el arte joven? ¿Quemar un contenedor? ¿Saltar del balcón de un hotel a una piscina? ¿Beber hasta desfallecer? 

¿Beber es cultura? ¿Cuál es el único espectáculo al que puedes asistir, y vale la pena —puedes disfrutarlo igual o incluso más—, yendo hasta las trancas de sustancias legales, alcohol, o ilegales. La cultura convertida en un lugar donde se expenden bebidas espirituosas, es decir, la cultura musical como una rama más del sector de la hostelería. Perdón, la música para jóvenes. La cultura musical para jóvenes. 

Antes de depender de la financiación de la telefonía móvil, la cultura musical “independiente” dependía de la venta de alcohol. Aún pasa.

¿Los Bares culturales deberían vender alcohol? ¿Deberían ser financiados por las instituciones públicas? ¿Y las librerías? Si son agencias culturales independientes, ¿por qué han de estar sometidas a las leyes del mercado y depender únicamente de la venta de libros? ¿Por qué no pueden recibir ayuda económica institucional por el simple hecho de poner en valor su función difusora cultural?

Las librerías, los bares culturales, la red de teatros alternativa. La cultura joven. ¿Dónde se forma y rompe mano la cultura joven? ¿Dónde el escritor consagrado puede reencontrarse con la carne fresca? ¿Qué tipo de cultura queremos para nuestros jóvenes? ¿Qué tipo de cultura demandan ellos?

Yo de joven quería tocar, soy un músico que se formó viendo conciertos en lo que antes llamábamos garitos, creo que hubiese sido feliz, al menos durante un tiempo, tocando todos los fines de semana, yendo de garito en garito, cobrando al menos lo mismo que cobraban los camareros por hacer sus turnos. Nunca lo conseguí. No sé lo que persiguen ahora los jóvenes, no sé si quieren tocar en cuanto más festivales mejor, ganar los premios Carles Santos, los Ovidi, tener un millón de escuchas en Spotify, no lo sé.

Formándome como músico en los garitos de Valencia con 18 años.

Bares culturales, librerías jóvenes, red de teatro alternativa, ¿cineestudios?

En el coche no iba yo solo. De copiloto se puso Jesús Sáez, porque era el más grande, Micalet Landete, Virginia Lorente y Luis Martínez, en el asiento de atrás, un poco apretados. Parecíamos un comando, nuestra misión poner una bomba en Alicante y volvernos antes de que explotara. Un viaje relámpago, nadie percibiría nuestra incursión.

Cuando salgo del garaje y me incorporo a la circulación pongo la radio, últimamente pongo las noticias, el sonido de la palabra hablada me produce placer, poco me importa lo que me cuenten, necesito sentir cómo la voz a través del micro y las ondas llega levemente distorsionada, rasposa, hasta mis oídos. Sí, me da placer, el sonido de la palabra hablada, me da placer, confianza, seguridad, es como mi plaza de garaje, me ata a algo tangible, a algo que existe de verdad, a algo que siempre está y estará ahí. No es verdad que cualquier voz sirva, que cualquier voz me produzca este placer, lo siento, aquí también la peculiaridad del timbre del locutor o locutora es determinante, como en la música, supongo. 

No es lo mismo ir a un sitio a comer y beber que ir a un sitio a beber; no es lo mismo ir a un sitio a comer, beber y escuchar música de ambiente, que ir a beber y a escuchar música en directo, no es lo mismo ir a beber y a escuchar música que ir a beber y a escuchar música en directo. No es lo mismo ir a escuchar música que ir a beber. No es lo mismo ir a beber, doparse y escuchar música en directo que ir a escuchar música en directo a un garito. No es lo mismo ir a escuchar música en directo y bailar que ir a escuchar música en directo, querer hablar y hacerlo. No es lo mismo un bar que un bar cultural. No es lo mismo que lo más importante de tu negocio sea vender comida o bebida –que en caso de cierre por pandemia pidas ayudas junto al gremio de la hosterlería– que vender música, libros o cultura. No es lo mismo recibir ayudas institucionales y garantizarles un ingreso mínimo a los músicos que tocan en tu sala, garito o bar musical que que vengan a tocar a taquilla o alquilando la sala y que esperes, además, que los asistentes acaben con tus existencias de alcohol. No es lo mismo.

Volvemos de Alicante, estoy algo aturdido, hay que asimilar la derrota, Virginia en el asiento de atrás acaricia su premio, yo me he quedado a las puertas… a las puertas de qué. Abro un paquete de pipas para no dormirme durante el trayecto. No paso de noventa, conduzco por la autovía. Estoy en ese momento de transición entre la gala de los premios y la realidad, estoy volviendo a la realidad. Competir. No me gusta competir, como decía Jacobo Pallarés cuando nos comunicó que habíamos recibido las ayudas de Graneros de creación escénica 2017: hemos preferido hablar de conceder ayudas a los proyectos más interesantes que hablar de haber seleccionado los mejores proyectos. No hay proyectos mejores que otros, solo proyectos que se han acoplado mejor a lo que solicitábamos. Me tranquilizó recibir aquella ayuda, no tenía que competir, tenía que coexistir. Cuando te “obligan” a competir, acabas queriendo ganar, y entonces es cuando pierdes. La derrota, el sabor de la derrota. Mastico otra pipa, acelero, cojo la velocidad de crucero, ya puedo volver a comunicarme con los demás, Jesús y Landete están hablando de los discos de Iron & Wine, de sus primeros discos, de las mejores canciones dentro de esos primeros discos, de sus componentes, de sus proyectos paralelos.

Comando VLC en su insursión Express en el teatro principal de Alicante. La chica de la derecha, Virgina Lorente, sí que se llevó el premio al mejor diseño del disco de Llum, de Jesús Sáez, el chico alto de las gafas 3D. Detrás de mí están Micalet Landete en pose de guardaespaldas y Luís Martínez, muy tranquilo (gracias por acompañarme) -foto Eva Mañez.

De joven, me gustaba ir a ver música en directo en garitos. Cultura de cercanía. Cultura de proximidad. Músicos de kilómetro cero. A veces iba solo, a veces con colegas, a veces bebía, lo justo para entonarme, a veces no me daba tiempo a entonarme, no era la llamada del alcohol lo que me llevaba hasta allí, era la llamada de la música, pero era, entonces, en los bares, dónde se podía testar la creación musical juvenil y fue en aquellos bares donde acabé formándome como músico.

Por las mañanas, al ir hacia Valencia a trabajar, la incorporación en la autovía es peligrosa. Están ampliando el número de carriles y han llenado de separadores de hormigón el tramo desde donde yo salgo. Una vez llamé al 112, un coche estaba parado con la doble intermitencia en medio del carril, casi me empotro contra él. Cada mañana pienso en lo peligroso que es este tramo.

Una librería joven. Una librería joven cerca de casa. Un imán cultural. Las librerías ya no pueden, no deberían, ya centrarse únicamente en vender libros, han de empezar a vender cultura, a ser agencias de cultura independiente, y buscar financiación, fuera del mercado, tanto pública como privada.

Soy de los que piensa que un buen circuito de bares culturales es la estructura básica desde la que construir una industria y un público musical. También pienso, que como las librerías, esos bares culturales, no pueden depender únicamente del mercado, necesitan una financiación institucional que les permita, por un lado, tener autonomía frente al mercado del alcohol y de la telefonía móvil, por otro, que para acceder a estas ayudas y apoyo institucional han de ser capaces de ofrecer, además de una contrastada programación cultural, un espacio que, aunque pequeño, reúna las condiciones para poder desarrollar estas actividades con las necesidades técnicas necesarias básicas cubiertas, y finalmente, pero no por ello menos importante, que garanticen siempre unos ingresos mínimos a los músicos que vayan a tocar.

Este año me dieron el premio Ovidi a la mejor letra de canción. Poca broma. Para un músico que entró en este mundo gracias a las letras de Lou Reed o Bob Dylan, es un honor. Estaban nominados junto a mí, ni más ni menos que Xavier Sarrià, más de 4 millones de escuchas en spotify de su canción La flama, Pau Alabajos, un poco más de 1 millón de escuchas de su canción Inventario, y Smoking Soul (los cabrones que me robaron, perdón, me ganaron, el premio al mejor disco Pop en los Carles Santos) casi 2 millones de escuchas de su canción Nit Salvage. El de mejor letra de los premios Ovidi me lo llevé yo. Lo dicho, competir es una mierda.

Recogida por parte de mi otro yo del premio Ovidi a la mejor letra.

La primera y última vez que gané algo fue con 9 años. Desde entonces que no ganaba nada. Aquel verano había crecido más que los demás niños y nadé tan rápido que cuando llegué el primero al otro borde de la piscina, nadie aplaudió, esperaron a que llegaran el segundo, el tercero y los demás para vitorearlos, aquella era la verdadera carrera, había emoción. Subido al podio saboreé por primera y última vez las mieles de la victoria. Hasta el 15 de noviembre del 2020, cuando en Alcoi, mi pareja recogió mi premio (yo no pude asistir, estaba representando en la Sala Ultramar la obra Un Immens i Infinit Continent). En esta ocasión la vida me había puesto en la situación inversa Pau Alabajos, Xavier Xarrià i los Smoking Souls me llevaban una ventaja descomunal, miles y miles de escuchas en spotify por encima de mí, sin embargo, quiero creer que el jurado vió algo excepcional en la letra que escribí, algo que estaba por encima de las consideraciones del mercado y del número de fans que respaldan a una u otra propuesta. Para un músico formado a pie de barra, no está nada mal. Aunque sigo diciendo que competir es una mierda.

Ese mismo verano gané la medalla de oro por llegar el primero en el campeonato de verano de natación del complejo Cinco Mares de la Pobla de Farnals.

Miento, bueno no miento, solo he ganado estos dos premios pero, nunca podría decir: NUNCA ME HAN DADO NADA. Entonces sí que mentiría.

La ayuda más notable que he recibido como creador ha sido siempre desde el mundo del teatro. Desde que recibí en el 2008 la ayuda a la escritura de La Vals de l’abîme (que acabó convirtiéndose en Pensión Morfini) hasta la fecha: Taxis (producción VEO 2010), La batalla Vital (graneros de creación Inestable Rambleta y Ayudas IVC) y, este año, Un Immens i Infinit Continent (Ayudas IVC). También cabe mencionar que he recibido ayudas como bibliotecario independiente: COBDCV (Ayuda GIA 2018), La Marina de Valencia (BED La Marina 2019). Quiero decir, existe un reconocimiento a mi trabajo fuera del mundo de la competición. Eso sí, estas ayudas que me han dado no llegan a representar ni el 20% de lo que ha sido mi producción artística, todo el que de, alguna manera, tiene un trabajo freelance, ya sea de dramaturgo, de diseñador de interiores o ofrezcas talleres de restauración, sabe que de todo lo que ofreces, si logras vender un 20%, ya te puedes dar por satisfecho. Por eso llevamos tantos proyectos a la vez. Solo los privilegiados van a tiro hecho.

Imagen que envié para participar en un laboratorio de escritura de teatro junto al proyecto que rechazaron.

Al llegar al pueblo donde resido provisionalmente en estos momentos, salgo por la salida centro. Han abierto una circunvalación, una “ronda”. No me deja de hacer gracia que un pueblo tenga rondas norte y sur y salidas Este, centro y Oeste. Pueblos tan pequeños, me refiero. La ronda norte es un camino que descubrí hace poco, a causa de las obras de ampliación de la autovía. Es una entrada cómoda por que antes de entrar en el pueblo hay una gasolinera y un supermercado que pertenecen a una cooperativa. A lo largo de un par de meses me he ahorrado 3 euros de gasóleo a la semana, la economía familiar lo ha agradecido.

Después de poner gasóleo paso el cementerio y me encamino al pueblo. Entro en una de sus avenidas exteriores, una donde, a pesar de ser un lugar ideal, los comercios, bares y tiendas, aún no han logrado establecerse para darle a la zona un aire más bullicioso y vivaz. Pero no la recorro en su totalidad, me gusta desviarme por un atajo. Uno que descubrí buscando el trayecto más corto posible para llegar hasta casa de mis padres. Un camino flanqueado , entre otros, por almacenes de cebollas. Sé que son almacenes de cebollas porque en más de una ocasión he tenido que esperar a que los camiones aparcaran sus enormes tráileres para descargar las toneladas y toneladas de cebollas. Tráileres tan grandes que casi caen por el borde de la estrecha carretera, a los campos colindantes.

Ese camino es más corto, y si quieres llegar el primero a casa, has de tomarlo de todas todas, si continúas por la avenida “quiero pero no puedo”, y entras en la urbanización por el Sur en vez de por el norte, pierdes.

Voy por el camino del norte, el atajo que me llevará hasta casa unos minutos antes, no compito con nadie, seguramente, me pasa como con los tres euros de gasóleo semanales, ahorras tanto el tiempo como el dinero sin que después seas consciente de en qué te lo gastas.

Días atrás un camión estuvo maniobrando un buen rato hasta que logró entrar en la zona de descarga del almacén, estuve parado unos minutos que se hicieron eternos, pero en esta ocasión, no sé por qué, decido no esperar, me pongo en el carril de la izquierda y veo que a lo lejos viene un coche, el culo del camión está a unos cuatro metros del campo colindante, sin pensarlo mucho, mientras el camión hace marcha atrás, me dispongo a pasar. Seguramente, tal y como pasó el día anterior, pienso que el camión, para mejorar su maniobra parará, pero, conforme acelero veo que el camión no para, acelero y el camión sigue tirando para atrás, acelero y veo el coche que viene de frente, cada vez más cerca, acelero y empiezo a pensar que el camión no va a parar y que yo no voy a pasar, no me da tiempo a pensar más, no me da tiempo a frenar, solo puedo continuar. Y paso, y miro la cara horrorizada de la conductora que viene de frente antes de incorporarme al carril derecho. Y cómo si nada, sigo adelante, me desvió en la primera salida, a la izquierda, camino de mi casa.

Esa misma noche, sobre las 3h de la madrugada me despierto y me invade una sensación de pánico incontrolable, pienso: vivo, de milagro.

Torment@ de verano

julio 31, 2020
[Padres modernos tomando cerveza en la terraza por Mitxel Cotarelo]

Siempre me ha faltado algo: unos centímetros para llegar al 1,85, un poquito más de mano izquierda para perpetuar mis amistades, algo más de inteligencia para ser considerado como interlocutor válido por según qué pensadores, una pizca más de saber estar para ser interpelado por el politburó político valenciano, una actitud, estética y pose algo más cercana y personal para conquistar los corazones de la escena musical valenciana, un patrimonio familiar que me proveyera cada fin de semana de varios billetes de cien euros, un hígado que aguantara con mayor fortaleza las embestidas del alcohol destilado, más paciencia y saber estar con mis hijos.

Para más inri; este mes de julio hemos emprendido ese maravilloso camino de las reformas, una reforma de nada, solo una parte de la casa, lo justo para prepararnos a recibir la adolescencia de nuestros hijos; mientras desmontaba muebles y empaquetaba ropa, juguetes y libros, con TVE2 todo el tiempo de ruido de fondo en el IPAD, escuché en un programa de ciencia que la voluntad se almacena en un “recipiente”, en nuestro cerebro, y que la voluntad no es inagotable, todo lo contrario, es limitada y se acaba. Se acaba y hay que esperar para que se vuelva llenar. La fuerza de voluntad que era algo que nunca me había faltado, se acaba.

No sé qué mosca nos ha picado a los padres de mi generación con querer estar tanto tiempo con nuestros hijos. Buscamos compartir con ellos tiempo de calidad…

No sé quién se inventó eso del tiempo de calidad. Por mucho que intento buscarlo, no logro encontrarlo. He intentado que toquen el piano, que pinten, escriban, lean, hagan deporte pero la verdad es que lo que ellos quieren es jugar, y a ser posible, al Fortnite, todo el tiempo.

Estamos, estoy muy preocupado con crear vínculos afectivos con ellos. Vínculos que nos permitan tener un hilo de comunicación durante su adolescencia.

[Niños jugando al Fortnite por la calle]

Almorzaba el otro día con Paco Inclán y comentábamos de pasada la peculiar relación que habíamos tenido ambos con nuestros respectivos padres, esa relación de hacer lo opuesto a lo que se esperaba de nosotros y acabar cerrando el círculo al lado de ellos, comprendiendo por fin lo que querían y no les podíamos dar. ¿Tan difícil era cumplir las expectativas que nuestros padres habían depositado en nosotros?, le decía yo a Paco, ¿tan difícil era? ¿Tan difícil era obedecer, bajar las cabeza, cortarse el pelo, quitarse los pendientes, ponerse un traje y dedicarse a, por ejemplo, vender seguros? No es que fuera difícil, es que era imposible.

Tiempo de calidad con nuestros hijos, y tiempo de calidad con nuestros padres. A ver si vamos a acabar por ser la generación que ni lograron conectar con sus padres ni lograrán conectar con sus hijos. No es del todo cierto lo que digo. Yo, este peculiar mes de julio, he construido con mi padre una caseta en su jardín.

[Caseta = Tiempo calidad padre & hijo]

Ha sido un mes de julio particular, imprevisible, como decía, la pandemia nos ha llevado a tele trabajar para poder supervisar a nuestros hijos. En mi caso, los jueves no solo me quedaba con los míos, algunos hijos de algunos amigos se venían también a casa. No estaba solo, siempre se quedaba conmigo uno o dos padres más. Padres modernos, como yo, que tuvieron dificultades para comunicarse con sus padres, que tienen dificultades para comunicarse con sus hijos pero que, sin embargo, siempre están ahí, acompañándolos a pasear para que no esté todo el día encerrados en casa y de cara a la tablet, vigilándolos para que no se ahoguen en el río, haciéndoles la comida y el almuerzo y dando esos últimos e imprescindibles consejos que esperan que sus hijos recuerden cuando se sumerjan en la adolescencia y empiecen a vivir de espaldas a ellos, fuera de su campo de visión.

[Padre moderno comprobando la corriente del río para que no se ahoguen los niños que están a su cargo]

[Niños comiendo rancho de verano y supervisados por padres modernos]

Ahora llega el momento de explicar el equívoco al que puede inducir el título de esta entrada, ese juego con la letra a/o que puede dar lugar a una mala interpretación de lo que intento explicar. Tormenta de verano o tormento de verano. Este verano, este mes de julio, he tenido que desmontar una casa para poder reformarla en septiembre, montar una caseta en el jardín de mis padres y dedicar un tiempo mucho más amplio del habitual a cuidar de mis hijos. Y cuidar niños, igual que ser amo de casa, es un trabajo, un trabajo duro, agotador y, muchas veces poco agradecido, ya que no se trata de que los niños hagan todo el rato lo que les venga en gana, muchas veces se trata de que, aunque ellos no sean conscientes de ello, entre gansada y gansada hagan algo productivo, algo para lo cual, muchos de nosotros, no estamos preparados.

[Hijo de padre moderno retando a su padre con manguera en mano por Mitxel Colatero]

Podría acabar el post aquí pero como decía antes no haría honor al origen real del título, la segunda interpretación queda más abierta ya que para describir este mes de julio, más que la palabra tormento, podría haber utilizado, el adjetivo peculiar o imprevisto. Pero en realidad el origen de este post nace realmente de la idea de tormenta de verano.

Desde que nacieron mis hijos, lo meses de julio los pasamos en una urbanización a las afueras de Valencia. Desde bien pequeños siempre me ha gustado salir a pasear con ellos, a veces por la mañana, a veces hacia el final de la tarde y otras después de cenar. Estos paseos siempre han sido algo emocionante. Tanto para ellos como para mí. Hacemos una especie de vuelta circular que sale de la urbanización, nos lleva por un camino que bordea campos de naranjos y que finalmente nos vuelve meter dentro de la urbanización. La recompensa suele ser un baño en la piscina de casa para refrescarnos y masajear nuestros músculos.

A mitad camino había una pequeña balsa de riego donde siempre nos parábamos a ver como renacuajos y ranas convertían esporádicamente aquel momento de bonanza climática en su hábitat. Ya el año pasado, al estar abandonado el campo colindante, la balsa quedó seca, y cuando llegamos intuimos que una pequeña luz se había apagado.

Este mes de julio, llevábamos ya más de quince días en la casa y aún no habíamos tenido oportunidad de recorrer el circuito. Los niños lo habían pedido un par de veces pero demasiado tarde así que, como mucho habíamos salido a dar una vuelta a la manzana.

Buscar tiempo de calidad con nuestros hijos. Qué difícil es a veces conseguirlo. Qué difícil es evitar que se hagan mayores y se vayan alejando de ti y de tus directrices. Qué difícil es aceptar que vas a ser una imagen de autoridad a la cual se van a enfrentar, de la cual se van a esconder, a la cual van a retar para definirse en oposición a ella. Imponerse a ellos para que hagan cosas que crees que deben hacer a pesar de que no les guste. Encontrar lugares comunes donde hacer cosas que a padres e hijos les guste hacer juntos (esto mi padre no se lo planteó en la vida). Encontrar la manera de que estas a cosas perduren en el tiempo y no se escurran irremediablemente entre nuestras manos. Dar una vuelta por el camino de las ranas aunque el cielo esté encapotado y parece que vaya a llover.

Era un poco antes de la hora de cenar, quizás ya fuese la hora de cenar, habían caído unas gotas de lluvia, cuatro goterones bien grandes, pero no había “estado” con mis hijos en todo el día y les dije: ¿Nos ponemos los chubasqueros y vamos a dar una vuelta por el camino de las ranas? Me hacía más ilusión a mí que a ellos pero finalmente accedieron.

Cuando salimos de casa el cielo estaba realmente gris. Pero aún así empezamos a caminar. Una de las cosas positivas que tiene insistir en algo con los niños es que una vez lo has conseguido, en la mayoría de los casos, pasa menos conforme se van haciendo mayores, se olvidan de porqué no les apetecía tanto venir, se olvidan y se centran en el ahora. Normalmente cuando esto pasa, mis hijos se ponen hablar, compiten por hablar, intento orientar la conversación hacia temas que no solo sean las skins del Fornite.

Iba escuchando a mis hijos mientras andábamos, antes de emprender la subida que va a los campos de naranjos tuvimos que decirle a una señora que atase a su mastín, nos daba miedo. La señora respondió que aunque era grande, enorme para nosotros, era un bebé. Sí, un bebé señora, pero ate al mastín.

Ya en la subida pasaron dos cosas que quizás deberíamos haber interpretado como señales para dar media vuelta y dejar la intentona para un día más apacible: a nuestra derecha el cielo estaba negro, a lo lejos unos nubarrones grises oscuro avanzaban hacia nosotros; solo nos cruzábamos a gente en dirección contraria a la nuestra.

Les pregunté a mis hijo: ¿seguimos? Mis hijos dubitativos dijeron: vale.

Al llegar al camino de los campos de naranjos empezó a llover, no mucho, solo un poco, les dije sigamos, para eso hemos traído los chubasqueros. El camino este año está en obras, así que tuvimos que atravesar una valla que cortaba el paso.

Estábamos a menos de un kilómetro de la balsa de las ranas cuando empezó a llover con más fuerza y no solo eso, no muy lejos de nosotros empezaron a tronar los truenos y los rayos a dibujar zigzags ante nuestros ojos asustados.

Si seguíamos un poco más, si seguíamos hasta la balsa de las ranas ya no íbamos a poder volver, íbamos a tener que ir hacia la tormenta.

Un trueno, un rayo y los goterones fríos que empezaron a caer nos hicieron tomar la única decisión posible: ¡Corred! Les dije.

Nos pusimos a correr con la tormenta pisándonos los talones, rayos y truenos incluidos. Pasamos la valla, subimos la pendiente y cuando nos dispusimos a bajarla ya íbamos completamente calados. A la altura del sitio donde habíamos visto el mastín mi hija no podía más y la tuve que subir a caballito. Más rayos, más truenos, más lluvia torrencial. Cariño, no puedo más, ahora ya estamos cerca de casa, puedes andar sola. Tengo las zapatillas llenas de agua. No pasa nada, lo bueno es que ya no tienes que esquivar los charcos, estamos calados, no hay nada en nosotros secos, solo tenemos que preocuparnos por llegar a casa.

Y volvimos a hacer un último esfuerzo. Ahora era mi hijo el que no podía más, ya está demasiado mayor como para llevarlo a caballito así que redujimos la marcha y llegamos a casa andando bajo la lluvia, bastante tranquilos, los rayos y los truenos alejados de nosotros, cuando llegamos, mi pareja apostada al porche de la casa: os ha pillado la tormenta. Y tanto, le dije, y hemos aprovechado para entrenar para la maratón. Seguía lloviendo. Nos quitamos la ropa y nos metimos en la piscina. Solo un momentito, antes de que un rayo cayera no muy lejos de donde estábamos y saliéramos escopetados de la piscina para ponernos a cubierto dentro de casa.

[Niños de padre moderno a punto de entrar en la adolescencia]

El balcón

abril 16, 2020

El Balcón

En 1997 murió mi abuela. Su final fue duro para toda la familia. El Alzheimer, que en aquel entonces aún no estaba bien diagnosticado, nos pilló a todos con el paso cambiado y fuimos acompañando su degeneración mental todo lo bien que pudimos, acabamos agotados.

Ese acompañamiento fue muy estresante para mi familia y no sé a quién se le ocurrió que para compensar, para buscar cierto reposo, debíamos hacer un largo viaje, algo que no hubiéramos hecho en familia antes. Yo por aquel entonces evaluaba la posibilidad de irme con una ONGD a Latinoamérica y creo que mi madre pensó que antes de irme por mi cuenta sería bueno que conociésemos juntos el continente. Así fue como aquel verano nos fuimos una semana en Cartagena de Indias.

En aquella época fumaba, y aún se podía fumar en los aviones. Recuerdo traerme un paquete de cigarrillos sin filtro con un indio dibujado en la cajetilla blanda.

También recuerdo una jovencita portuguesa que viajaba con nosotros y que vino a nadar conmigo. Mi madre acudió pocos minutos después, tenía novia, tienes novia, me dijo. También se acercó un poeta colombiano que se puso recitarle a mi madre y a la chica portuguesa, sobre todo a ella. Decía que era músico. El agua estaba sucia y templada y me salí ante la imposibilidad de sucumbir al deseo.

En la playa, el vigilante trapicheaba bajo la escalera de la torreta vigía. Le enseñó una pistola a uno de sus clientes, como si quisiera vendérsela. Teníamos barra libre en el hotel, así que fui dentro, a una pequeña piscina privada donde podías beber y fumar sentado en el agua. Los cigarrillos, también los regalaban. Te servías tu mismo, los cogías de un bote, te lo encendías, pegabas una calada y echabas un trago a lo que fuera que bebiera por aquel entonces, seguramente alguna bebida autóctona. No me preguntes cuál, en aquel tiempo aún no tenía criterio sobre el alcohol que consumía. Bebía para embriagarme, no por placer.

Desde que empecé a fumar, siempre quise dejar de fumar. Dejar de fumar era como un pensamiento constante, como una idea que siempre llegaba al final de una secuencia de momentos de placer. Nunca quise fumar pero fumé durante mucho tiempo.

No sé si en Cartagena de Indias quería dejar de fumar, no recuerdo haber hecho la promesa, como otras veces, anteriores y posteriores, de hacerlo. Sí que recuerdo que el paquete de tabaco colombiano con la cara del indio lo conservé durante mucho tiempo como una especie de símbolo, no sé si de la joven portuguesa o del viaje que de alguna manera hicimos para despedirnos de mi abuela.

Al año siguiente, volvimos a viajar en familia. Esta vez encontramos un anuncio que te ofrecía pasar una semana en una cabaña en Finlandia. Una cabaña en medio de una zona de lagos, con sauna y un bosque alrededor donde, a pesar de ser agosto, crecían ya las setas.

La sauna estaba a diez metros del lago y cuando tu cuerpo estaba en plena ebullición salías corriendo para meterte en el agua, que estaba helada.

Cerca de la casa encontramos unas setas que decidimos recoger y que consideramos comestibles. Mi madre y yo, no sé porqué, no comimos mucho, sin embargo mi padre y mi hermana, que sí comieron bastante, tuvieron esa noche una especie de viaje alucinógeno. Al día siguiente cuando le contamos al propietario que habíamos hecho unas tortillas con las setas que rodeaban la casa, nos miró asustado. Un miedo que disimuló con rapidez al ver que estábamos bien, a la vez que decía que no volviéramos a hacerlo, que si queríamos setas que primero lo llamásemos a él.

Llegué a Finlandia fumando, fumaba tabaco de liar, así que seguramente estaba en uno de esos momentos en los que estaba dejando de fumar. Eso suponía que iba a fumar más hachís para compensar. Por que sí, dejar de fumar significaba dejar de fumar tabaco. Dejar de fumar hachís fue algo que no me planteé hasta la entrada del siguiente siglo, cuando tuve que ponerme a estudiar en serio para sacarme la oposición.

Seguramente porque estaba dejando de fumar, no recuerdo hacerlo durante el viaje en avión, lo que sí recuerdo es que nos dieron un bote de Bloody Mary para calmar los nervios, el Vodka ya iba mezclado con el tomate, solo tenías que añadirle sal y pimienta, al gusto. Creo que fue entonces cuando me aficioné a esta bebida.

Otra de las razones por las que pienso que estaba dejando de fumar es porque recuerdo postergar el hecho de encender el primer cigarrillo del día. Recuerdo convertir el acto de prender el tabaco liado en una ceremonia matinal. El lugar daba para el ritual.

Levantarme, salir de la cama sin lavarme. Salir de la cabaña, sentarme unos pasos más allá, cerca del lago, esperar a que el día se despertara, aunque ya fueran las diez de la mañana, somos valencianos, las diez de la mañana para nosotros es madrugar, y allí sentado, dejar la mente en blanco. Dejarme invadir por la calma, por la quietud, el silencio, la naturaleza, el movimiento del agua en la orilla del lago. Parar, frenar, postergar el hecho de empezar el día, preparar tu cuerpo para enfrentarte a la batalla, al primer cigarrillo. Convertir ese primer cigarrillo en un símbolo. En un ritual de iniciación del día. Un pistoletazo de salida que ordenase bien, después del reseteo nocturno, las ideas en nuestra cabeza y así poder enfrentarnos al día por venir, a nuestra vida.

Estamos en abril de 2020, han pasado casi veintidós años desde que hicimos aquel viaje a Finlandia. En el 2004 dejé de fumar. Desde hace más de diez años vivo en un piso que da a una avenida. Una avenida ruidosa, muy transitada. Tanto es así que la parte de la casa que da a la avenida tiene las ventanas insonorizadas con crimalit. En esa parte de la casa hay un balcón que rara vez hemos utilizado a lo largo de estos años. Un espacio de unos dos metros cuadrados, olvidados a causa del ruido ensordecedor del tráfico diario. De la contaminación.

Desde que vine a vivir a esta casa nunca he dejado de pensar que era una lástima vivir de espaldas a la avenida, obviar la existencia de ese balcón donde, perfectamente, podríamos montar una mesita y salir a desayunar, o a comer, o cenar, incluso tender. Las únicas personas que recuerdo que la han utilizado en este tiempo han sido las que han venido de visita. Amigos o familiares que antes o después de comer o cenar han querido echar un pitillo.

No recuerdo haber experimentado de nuevo la comunión mística con el espacio y el tiempo que alcancé durante los días que estuvimos en aquella cabaña en Finlandia, mientras postergaba el momento de fumarme el primer cigarrillo del día. También es verdad que, como he comentado anteriormente, en el 2004 dejé de fumar.

Sí que he experimentado situaciones sucedáneas en el trabajo, salir de mi despacho, sentarme en medio de la sala y pensar, o no pensar en nada para acabar pensando en algo, porque pensar también es trabajar. Porque vaciar la mente sirve para descongestionarla, para permitirle hacer hueco a las nuevas ideas. A veces es necesario parar para dar con nuevas ideas. Pero ninguna de esas experiencias llegó a la altura de la finlandesa, seguramente porque no es lo mismo luchar contra una adicción que intentar reorganizar un espacio.

Las primeras semanas de la cuarentena fueron de mucha expectación. Empezamos el milenio con el atentado de las Torres Gemelas, poco más tarde llegó el de Atocha, y así, con cuentagotas, la sociedad occidental ha ido encajando, golpe tras golpe, atropellos y matanzas esporádicas a golpe de Kalashnikov, sin que estas acciones consiguieran poner en riesgo, como lo ha conseguido en pocos meses un virus, la maquinaria sobre la que se asienta la economía de mercado. Hasta llegar a este encierro, como un hormiguero bien organizado, una vez pasado el momento de crisis, los humanos, continuábamos con nuestras vidas a pesar de que días antes, por las Ramblas de Catalunya, se hubiese producido un atropello masivo.

Parar la maquinaria, dejar de ir al puesto de trabajo, trabajar desde casa. Salir al balcón. Salir al balcón y postergar el entrar en casa de nuevo.

No sé en qué momento empecé a salir al balcón. Siempre he sido muy crítico con las desigualdades sociales que provoca el funcionamiento de mercado, desde muy joven he reflexionado sobre cuál podría ser la manera de frenar esa maquinaria, o de, al menos, controlarla, para compensar los desequilibrios sociales y medioambientales que provoca, así que supongo que uno de los primeros días de encierro bajé a la calle por la noche a tirar la basura y quedé impactado por la quietud, el silencio, la falta de tráfico, de gente en las aceras. Quizás fuese el domingo que se declaró el estado de alarma.

Bajé a la calle a tirar la basura y saqué el móvil para fotografiar la avenida vacía. Poder cruzar de un lado a otro sin mirar, pararme en el carril central para tener un mejor encuadre.

De camino a casa llamé a mis padres para ver cómo estaban. Tenía la sensación de que mi conversación podía oírse en la distancia, de que, de hecho, personas enclaustradas se asomaban a la ventana para ver quién estaba hablando en la calle. Me cayó una rama de árbol, me asusté, creí que alguien me había lanzado algo para que volviera a mi confinamiento. Apresuré el paso y la conversación. Me despedí de mis padres y subí a casa.

Al día siguiente me levanté pronto. Tenía la intención de sentarme y ponerme a trabajar. Cuando me levanto pronto, sí, los valencianos también podemos levantarnos a las siete de la mañana para trabajar, y trabajo en casa suelo pasar directamente de la cama a la mesa donde tengo el ordenador, sin tomar nada, sin lavarme la cara. Pero cuando salí del cuarto de baño de hacer pipí, en vez de irme al comedor donde estaba mi mesa, fui al cuarto donde está el balcón.

Abrí la puerta y salí. Era un día nublado, como lo están siendo la mayoría de días desde que estamos encerrados, hacía frío. Me había puesto el batín para salir, así que, estaba bien. Me apoyé en la barandilla y contemplé la quietud de la avenida. La falta de tránsito. Un autobús en la lejanía, poco más.

La maquinaria estaba parada. Ni en el más optimista de mis pensamientos pude soñar jamás que algo pudiera llegar a parar la maquinaria. El mundo silencioso, escuchando su propio latir. Las personas quietas dejando de provocar temblores en la tierra a causa de su movimiento. Aviones parados dejando circular a las nubes y a los pájaros, dejándoles recuperar sus trayectos ancestrales.

Apoyado en la barandilla podría haber visto como los animales salvajes volvían a recuperar espacios que perdieron en batallas libradas hace cientos de años.

El autobús rompió esa armonía momentáneamente, aunque su irrupción no fue lo suficientemente brusca o continua como para estropear mi percepción del momento. Su paso, lejos de ser molesto, sonaba más a ronroneo, a murmullo de caudal de río fluyendo con fuerza. El propio autobús, desprovisto de alianzas, convertido en único símbolo de un pasado ruidoso, no podía, por sí solo, convertirse en algo más que una anécdota pasajera, sin capacidad para desbaratar el momento idílico. Su paso, más bien, puso de relieve, en cuanto desapareció, la calma del momento.

Recuerdo que pensé, ahora me gustaría tener un pitillo guardado en el bolsillo de mi batín. Y busqué en el bolsillo pero no encontré nada. Tuve la tentación de dar media vuelta y entrar en casa pero lo que hice fue apoyarme en la barandilla y postergar la entrada. Cada vez que pensaba en entrar me decía: no, quédate, respira, observa, vacía tu mente, espera, disfruta del momento. Simbiotízate con el entorno, conviértete en parte del escenario, intégrate con esta avenida, con los edificios de enfrente, con la gente que vive en esos edificios. La naturaleza, los pájaros, los árboles, las nubes, están agradeciendo este parón. Nuestra sociedad avanzando desbocada hacia el abismo ha de entender que ahora mismo esta pagando el precio de la imprudencia, de cabalgar sobre una máquina del infierno desbocada, la naturaleza ha puesto una barra entre las ruedas para frenarla en seco, por desgracia a costa de nuestros mayores. Es sólo un primer aviso.

Más tarde, cuando entré en casa, con la mente despejada, amueblada mi cabeza con nuevas ideas, escribí en mi libreta: un buen ejercicio sería el de describir, a partir de ahora, esas salidas al balcón. Convertir esa mera acción en un hecho trascendental que explique no solo la situación histórico-político-social crucial que estamos viviendo sino también un viaje al interior de la persona que sale al balcón, a su espiritualidad y a sus convicciones filosóficas. Al mismo tiempo se podría trabajar sobre la materialidad del espacio, su estética y composición material tanto de la que le rodea a corta, media y larga distancia, como de la que va más allá de los edificios que lo encarcelan y el suelo y el cielo que lo contienen.

Salir al balcón para encontrar la paz frente a una avenida en calma. No solo la sociedad debe aprender a frenar, no solo la sociedad deberá acostumbrarse a los parones energéticos si quiere preservar la especie humana, yo mismo tendré que recuperar, aún sin fumar ya, esos momentos en los que postergar toda actividad, todo movimiento, para dedicarme a la mera contemplación. Aunque la verdad, tengo unas ganas horribles de echar un pitillo