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Vivo, de milagro

diciembre 18, 2020


Suelo volver a casa siempre por el mismo camino. Soy una persona de rutinas, cuando salgo del garaje, intento salir de mi plaza sin rascar la columna, el coche de al lado, la barandilla de la primera curva, la pared de la segunda curva, la segunda y la tercera columna, antes de salir a la calle miro bien para no atropellar a ningún peatón o ciclista, y, por fin, incorporarme al tráfico indemne.

Entrar y salir de mi garaje es una de esas costumbres que me atan a la vida, que significan mi vida.

Salí de mi garaje para ir hacia Alicante, quería asistir a la entrega de premios Carles Santos, unos premios a los que Carles Santos nunca hubiese dado su aprobación, eso dicen los que lo conocieron bien, supongo. La verdad es que mucha gente no sabe quién es Carles Santos, mucha más gente aún no sabe que hay unos premios llamados Carles Santos, creo, lo que sí que sé es que hay mucha, mucha, mucha gente interesada en los Talent show musicales, y lo que sí puedo decir es que, de momento, los premios Carles Santos no son un Talent Show. ¿Por qué?, os preguntaréis, pues porque estaba nominado yo.

Mi garaje está cerca de una librería, una librería que abrió hace relativamente poco. Una librería joven. ¿Una librería joven? ¿Puedo hablar de la juventud de las librerías? ¿De la juventud de la cultura, del teatro, de la música? ¿Existe una cultura joven? ¿Existe una cultura adulta?¿Existe un puente entre ambas culturas?

Presentación de mi libro Un Inmenso e infinito continente en la librería Bangarang. Foto de Armand Llàcer.

Siempre que puedo cuento que yo entré en el mundo del teatro de la mano de la narrativa, quería ser escritor, escribir una novela, y, buscando talleres de escritura, un amigo me recomendó que me apuntara a uno de escritura dramática, lo impartía Paco Zarzoso. Fui con las expectativas muy bajas, aún no tenía hijos, podía beber bastante sin preocuparme por mi salud y Paco me acogió a mí y al resto de los alumnos como si fuéramos escritores coetáneos suyos, como si nuestros escritos pudieran compararse a lo que escribía él. La cultura adulta tendiéndole la mano a la cultura joven, sin jerarquías, de tú a tú, puedo aprender tanto de ti como tu de mí. Esto es un intercambio, un quid pro quo, ambos vamos a salir reforzados, solo tenemos que aprender a escuchar, los dos.

Para qué, ¿por qué tender puentes entre la cultura adulta y la joven?

La cultura joven. ¿Qué es la cultura joven? ¿Qué es el arte joven? ¿Quemar un contenedor? ¿Saltar del balcón de un hotel a una piscina? ¿Beber hasta desfallecer? 

¿Beber es cultura? ¿Cuál es el único espectáculo al que puedes asistir, y vale la pena —puedes disfrutarlo igual o incluso más—, yendo hasta las trancas de sustancias legales, alcohol, o ilegales. La cultura convertida en un lugar donde se expenden bebidas espirituosas, es decir, la cultura musical como una rama más del sector de la hostelería. Perdón, la música para jóvenes. La cultura musical para jóvenes. 

Antes de depender de la financiación de la telefonía móvil, la cultura musical “independiente” dependía de la venta de alcohol. Aún pasa.

¿Los Bares culturales deberían vender alcohol? ¿Deberían ser financiados por las instituciones públicas? ¿Y las librerías? Si son agencias culturales independientes, ¿por qué han de estar sometidas a las leyes del mercado y depender únicamente de la venta de libros? ¿Por qué no pueden recibir ayuda económica institucional por el simple hecho de poner en valor su función difusora cultural?

Las librerías, los bares culturales, la red de teatros alternativa. La cultura joven. ¿Dónde se forma y rompe mano la cultura joven? ¿Dónde el escritor consagrado puede reencontrarse con la carne fresca? ¿Qué tipo de cultura queremos para nuestros jóvenes? ¿Qué tipo de cultura demandan ellos?

Yo de joven quería tocar, soy un músico que se formó viendo conciertos en lo que antes llamábamos garitos, creo que hubiese sido feliz, al menos durante un tiempo, tocando todos los fines de semana, yendo de garito en garito, cobrando al menos lo mismo que cobraban los camareros por hacer sus turnos. Nunca lo conseguí. No sé lo que persiguen ahora los jóvenes, no sé si quieren tocar en cuanto más festivales mejor, ganar los premios Carles Santos, los Ovidi, tener un millón de escuchas en Spotify, no lo sé.

Formándome como músico en los garitos de Valencia con 18 años.

Bares culturales, librerías jóvenes, red de teatro alternativa, ¿cineestudios?

En el coche no iba yo solo. De copiloto se puso Jesús Sáez, porque era el más grande, Micalet Landete, Virginia Lorente y Luis Martínez, en el asiento de atrás, un poco apretados. Parecíamos un comando, nuestra misión poner una bomba en Alicante y volvernos antes de que explotara. Un viaje relámpago, nadie percibiría nuestra incursión.

Cuando salgo del garaje y me incorporo a la circulación pongo la radio, últimamente pongo las noticias, el sonido de la palabra hablada me produce placer, poco me importa lo que me cuenten, necesito sentir cómo la voz a través del micro y las ondas llega levemente distorsionada, rasposa, hasta mis oídos. Sí, me da placer, el sonido de la palabra hablada, me da placer, confianza, seguridad, es como mi plaza de garaje, me ata a algo tangible, a algo que existe de verdad, a algo que siempre está y estará ahí. No es verdad que cualquier voz sirva, que cualquier voz me produzca este placer, lo siento, aquí también la peculiaridad del timbre del locutor o locutora es determinante, como en la música, supongo. 

No es lo mismo ir a un sitio a comer y beber que ir a un sitio a beber; no es lo mismo ir a un sitio a comer, beber y escuchar música de ambiente, que ir a beber y a escuchar música en directo, no es lo mismo ir a beber y a escuchar música que ir a beber y a escuchar música en directo. No es lo mismo ir a escuchar música que ir a beber. No es lo mismo ir a beber, doparse y escuchar música en directo que ir a escuchar música en directo a un garito. No es lo mismo ir a escuchar música en directo y bailar que ir a escuchar música en directo, querer hablar y hacerlo. No es lo mismo un bar que un bar cultural. No es lo mismo que lo más importante de tu negocio sea vender comida o bebida –que en caso de cierre por pandemia pidas ayudas junto al gremio de la hosterlería– que vender música, libros o cultura. No es lo mismo recibir ayudas institucionales y garantizarles un ingreso mínimo a los músicos que tocan en tu sala, garito o bar musical que que vengan a tocar a taquilla o alquilando la sala y que esperes, además, que los asistentes acaben con tus existencias de alcohol. No es lo mismo.

Volvemos de Alicante, estoy algo aturdido, hay que asimilar la derrota, Virginia en el asiento de atrás acaricia su premio, yo me he quedado a las puertas… a las puertas de qué. Abro un paquete de pipas para no dormirme durante el trayecto. No paso de noventa, conduzco por la autovía. Estoy en ese momento de transición entre la gala de los premios y la realidad, estoy volviendo a la realidad. Competir. No me gusta competir, como decía Jacobo Pallarés cuando nos comunicó que habíamos recibido las ayudas de Graneros de creación escénica 2017: hemos preferido hablar de conceder ayudas a los proyectos más interesantes que hablar de haber seleccionado los mejores proyectos. No hay proyectos mejores que otros, solo proyectos que se han acoplado mejor a lo que solicitábamos. Me tranquilizó recibir aquella ayuda, no tenía que competir, tenía que coexistir. Cuando te “obligan” a competir, acabas queriendo ganar, y entonces es cuando pierdes. La derrota, el sabor de la derrota. Mastico otra pipa, acelero, cojo la velocidad de crucero, ya puedo volver a comunicarme con los demás, Jesús y Landete están hablando de los discos de Iron & Wine, de sus primeros discos, de las mejores canciones dentro de esos primeros discos, de sus componentes, de sus proyectos paralelos.

Comando VLC en su insursión Express en el teatro principal de Alicante. La chica de la derecha, Virgina Lorente, sí que se llevó el premio al mejor diseño del disco de Llum, de Jesús Sáez, el chico alto de las gafas 3D. Detrás de mí están Micalet Landete en pose de guardaespaldas y Luís Martínez, muy tranquilo (gracias por acompañarme) -foto Eva Mañez.

De joven, me gustaba ir a ver música en directo en garitos. Cultura de cercanía. Cultura de proximidad. Músicos de kilómetro cero. A veces iba solo, a veces con colegas, a veces bebía, lo justo para entonarme, a veces no me daba tiempo a entonarme, no era la llamada del alcohol lo que me llevaba hasta allí, era la llamada de la música, pero era, entonces, en los bares, dónde se podía testar la creación musical juvenil y fue en aquellos bares donde acabé formándome como músico.

Por las mañanas, al ir hacia Valencia a trabajar, la incorporación en la autovía es peligrosa. Están ampliando el número de carriles y han llenado de separadores de hormigón el tramo desde donde yo salgo. Una vez llamé al 112, un coche estaba parado con la doble intermitencia en medio del carril, casi me empotro contra él. Cada mañana pienso en lo peligroso que es este tramo.

Una librería joven. Una librería joven cerca de casa. Un imán cultural. Las librerías ya no pueden, no deberían, ya centrarse únicamente en vender libros, han de empezar a vender cultura, a ser agencias de cultura independiente, y buscar financiación, fuera del mercado, tanto pública como privada.

Soy de los que piensa que un buen circuito de bares culturales es la estructura básica desde la que construir una industria y un público musical. También pienso, que como las librerías, esos bares culturales, no pueden depender únicamente del mercado, necesitan una financiación institucional que les permita, por un lado, tener autonomía frente al mercado del alcohol y de la telefonía móvil, por otro, que para acceder a estas ayudas y apoyo institucional han de ser capaces de ofrecer, además de una contrastada programación cultural, un espacio que, aunque pequeño, reúna las condiciones para poder desarrollar estas actividades con las necesidades técnicas necesarias básicas cubiertas, y finalmente, pero no por ello menos importante, que garanticen siempre unos ingresos mínimos a los músicos que vayan a tocar.

Este año me dieron el premio Ovidi a la mejor letra de canción. Poca broma. Para un músico que entró en este mundo gracias a las letras de Lou Reed o Bob Dylan, es un honor. Estaban nominados junto a mí, ni más ni menos que Xavier Sarrià, más de 4 millones de escuchas en spotify de su canción La flama, Pau Alabajos, un poco más de 1 millón de escuchas de su canción Inventario, y Smoking Soul (los cabrones que me robaron, perdón, me ganaron, el premio al mejor disco Pop en los Carles Santos) casi 2 millones de escuchas de su canción Nit Salvage. El de mejor letra de los premios Ovidi me lo llevé yo. Lo dicho, competir es una mierda.

Recogida por parte de mi otro yo del premio Ovidi a la mejor letra.

La primera y última vez que gané algo fue con 9 años. Desde entonces que no ganaba nada. Aquel verano había crecido más que los demás niños y nadé tan rápido que cuando llegué el primero al otro borde de la piscina, nadie aplaudió, esperaron a que llegaran el segundo, el tercero y los demás para vitorearlos, aquella era la verdadera carrera, había emoción. Subido al podio saboreé por primera y última vez las mieles de la victoria. Hasta el 15 de noviembre del 2020, cuando en Alcoi, mi pareja recogió mi premio (yo no pude asistir, estaba representando en la Sala Ultramar la obra Un Immens i Infinit Continent). En esta ocasión la vida me había puesto en la situación inversa Pau Alabajos, Xavier Xarrià i los Smoking Souls me llevaban una ventaja descomunal, miles y miles de escuchas en spotify por encima de mí, sin embargo, quiero creer que el jurado vió algo excepcional en la letra que escribí, algo que estaba por encima de las consideraciones del mercado y del número de fans que respaldan a una u otra propuesta. Para un músico formado a pie de barra, no está nada mal. Aunque sigo diciendo que competir es una mierda.

Ese mismo verano gané la medalla de oro por llegar el primero en el campeonato de verano de natación del complejo Cinco Mares de la Pobla de Farnals.

Miento, bueno no miento, solo he ganado estos dos premios pero, nunca podría decir: NUNCA ME HAN DADO NADA. Entonces sí que mentiría.

La ayuda más notable que he recibido como creador ha sido siempre desde el mundo del teatro. Desde que recibí en el 2008 la ayuda a la escritura de La Vals de l’abîme (que acabó convirtiéndose en Pensión Morfini) hasta la fecha: Taxis (producción VEO 2010), La batalla Vital (graneros de creación Inestable Rambleta y Ayudas IVC) y, este año, Un Immens i Infinit Continent (Ayudas IVC). También cabe mencionar que he recibido ayudas como bibliotecario independiente: COBDCV (Ayuda GIA 2018), La Marina de Valencia (BED La Marina 2019). Quiero decir, existe un reconocimiento a mi trabajo fuera del mundo de la competición. Eso sí, estas ayudas que me han dado no llegan a representar ni el 20% de lo que ha sido mi producción artística, todo el que de, alguna manera, tiene un trabajo freelance, ya sea de dramaturgo, de diseñador de interiores o ofrezcas talleres de restauración, sabe que de todo lo que ofreces, si logras vender un 20%, ya te puedes dar por satisfecho. Por eso llevamos tantos proyectos a la vez. Solo los privilegiados van a tiro hecho.

Imagen que envié para participar en un laboratorio de escritura de teatro junto al proyecto que rechazaron.

Al llegar al pueblo donde resido provisionalmente en estos momentos, salgo por la salida centro. Han abierto una circunvalación, una “ronda”. No me deja de hacer gracia que un pueblo tenga rondas norte y sur y salidas Este, centro y Oeste. Pueblos tan pequeños, me refiero. La ronda norte es un camino que descubrí hace poco, a causa de las obras de ampliación de la autovía. Es una entrada cómoda por que antes de entrar en el pueblo hay una gasolinera y un supermercado que pertenecen a una cooperativa. A lo largo de un par de meses me he ahorrado 3 euros de gasóleo a la semana, la economía familiar lo ha agradecido.

Después de poner gasóleo paso el cementerio y me encamino al pueblo. Entro en una de sus avenidas exteriores, una donde, a pesar de ser un lugar ideal, los comercios, bares y tiendas, aún no han logrado establecerse para darle a la zona un aire más bullicioso y vivaz. Pero no la recorro en su totalidad, me gusta desviarme por un atajo. Uno que descubrí buscando el trayecto más corto posible para llegar hasta casa de mis padres. Un camino flanqueado , entre otros, por almacenes de cebollas. Sé que son almacenes de cebollas porque en más de una ocasión he tenido que esperar a que los camiones aparcaran sus enormes tráileres para descargar las toneladas y toneladas de cebollas. Tráileres tan grandes que casi caen por el borde de la estrecha carretera, a los campos colindantes.

Ese camino es más corto, y si quieres llegar el primero a casa, has de tomarlo de todas todas, si continúas por la avenida “quiero pero no puedo”, y entras en la urbanización por el Sur en vez de por el norte, pierdes.

Voy por el camino del norte, el atajo que me llevará hasta casa unos minutos antes, no compito con nadie, seguramente, me pasa como con los tres euros de gasóleo semanales, ahorras tanto el tiempo como el dinero sin que después seas consciente de en qué te lo gastas.

Días atrás un camión estuvo maniobrando un buen rato hasta que logró entrar en la zona de descarga del almacén, estuve parado unos minutos que se hicieron eternos, pero en esta ocasión, no sé por qué, decido no esperar, me pongo en el carril de la izquierda y veo que a lo lejos viene un coche, el culo del camión está a unos cuatro metros del campo colindante, sin pensarlo mucho, mientras el camión hace marcha atrás, me dispongo a pasar. Seguramente, tal y como pasó el día anterior, pienso que el camión, para mejorar su maniobra parará, pero, conforme acelero veo que el camión no para, acelero y el camión sigue tirando para atrás, acelero y veo el coche que viene de frente, cada vez más cerca, acelero y empiezo a pensar que el camión no va a parar y que yo no voy a pasar, no me da tiempo a pensar más, no me da tiempo a frenar, solo puedo continuar. Y paso, y miro la cara horrorizada de la conductora que viene de frente antes de incorporarme al carril derecho. Y cómo si nada, sigo adelante, me desvió en la primera salida, a la izquierda, camino de mi casa.

Esa misma noche, sobre las 3h de la madrugada me despierto y me invade una sensación de pánico incontrolable, pienso: vivo, de milagro.

Torment@ de verano

julio 31, 2020
[Padres modernos tomando cerveza en la terraza por Mitxel Cotarelo]

Siempre me ha faltado algo: unos centímetros para llegar al 1,85, un poquito más de mano izquierda para perpetuar mis amistades, algo más de inteligencia para ser considerado como interlocutor válido por según qué pensadores, una pizca más de saber estar para ser interpelado por el politburó político valenciano, una actitud, estética y pose algo más cercana y personal para conquistar los corazones de la escena musical valenciana, un patrimonio familiar que me proveyera cada fin de semana de varios billetes de cien euros, un hígado que aguantara con mayor fortaleza las embestidas del alcohol destilado, más paciencia y saber estar con mis hijos.

Para más inri; este mes de julio hemos emprendido ese maravilloso camino de las reformas, una reforma de nada, solo una parte de la casa, lo justo para prepararnos a recibir la adolescencia de nuestros hijos; mientras desmontaba muebles y empaquetaba ropa, juguetes y libros, con TVE2 todo el tiempo de ruido de fondo en el IPAD, escuché en un programa de ciencia que la voluntad se almacena en un “recipiente”, en nuestro cerebro, y que la voluntad no es inagotable, todo lo contrario, es limitada y se acaba. Se acaba y hay que esperar para que se vuelva llenar. La fuerza de voluntad que era algo que nunca me había faltado, se acaba.

No sé qué mosca nos ha picado a los padres de mi generación con querer estar tanto tiempo con nuestros hijos. Buscamos compartir con ellos tiempo de calidad…

No sé quién se inventó eso del tiempo de calidad. Por mucho que intento buscarlo, no logro encontrarlo. He intentado que toquen el piano, que pinten, escriban, lean, hagan deporte pero la verdad es que lo que ellos quieren es jugar, y a ser posible, al Fortnite, todo el tiempo.

Estamos, estoy muy preocupado con crear vínculos afectivos con ellos. Vínculos que nos permitan tener un hilo de comunicación durante su adolescencia.

[Niños jugando al Fortnite por la calle]

Almorzaba el otro día con Paco Inclán y comentábamos de pasada la peculiar relación que habíamos tenido ambos con nuestros respectivos padres, esa relación de hacer lo opuesto a lo que se esperaba de nosotros y acabar cerrando el círculo al lado de ellos, comprendiendo por fin lo que querían y no les podíamos dar. ¿Tan difícil era cumplir las expectativas que nuestros padres habían depositado en nosotros?, le decía yo a Paco, ¿tan difícil era? ¿Tan difícil era obedecer, bajar las cabeza, cortarse el pelo, quitarse los pendientes, ponerse un traje y dedicarse a, por ejemplo, vender seguros? No es que fuera difícil, es que era imposible.

Tiempo de calidad con nuestros hijos, y tiempo de calidad con nuestros padres. A ver si vamos a acabar por ser la generación que ni lograron conectar con sus padres ni lograrán conectar con sus hijos. No es del todo cierto lo que digo. Yo, este peculiar mes de julio, he construido con mi padre una caseta en su jardín.

[Caseta = Tiempo calidad padre & hijo]

Ha sido un mes de julio particular, imprevisible, como decía, la pandemia nos ha llevado a tele trabajar para poder supervisar a nuestros hijos. En mi caso, los jueves no solo me quedaba con los míos, algunos hijos de algunos amigos se venían también a casa. No estaba solo, siempre se quedaba conmigo uno o dos padres más. Padres modernos, como yo, que tuvieron dificultades para comunicarse con sus padres, que tienen dificultades para comunicarse con sus hijos pero que, sin embargo, siempre están ahí, acompañándolos a pasear para que no esté todo el día encerrados en casa y de cara a la tablet, vigilándolos para que no se ahoguen en el río, haciéndoles la comida y el almuerzo y dando esos últimos e imprescindibles consejos que esperan que sus hijos recuerden cuando se sumerjan en la adolescencia y empiecen a vivir de espaldas a ellos, fuera de su campo de visión.

[Padre moderno comprobando la corriente del río para que no se ahoguen los niños que están a su cargo]

[Niños comiendo rancho de verano y supervisados por padres modernos]

Ahora llega el momento de explicar el equívoco al que puede inducir el título de esta entrada, ese juego con la letra a/o que puede dar lugar a una mala interpretación de lo que intento explicar. Tormenta de verano o tormento de verano. Este verano, este mes de julio, he tenido que desmontar una casa para poder reformarla en septiembre, montar una caseta en el jardín de mis padres y dedicar un tiempo mucho más amplio del habitual a cuidar de mis hijos. Y cuidar niños, igual que ser amo de casa, es un trabajo, un trabajo duro, agotador y, muchas veces poco agradecido, ya que no se trata de que los niños hagan todo el rato lo que les venga en gana, muchas veces se trata de que, aunque ellos no sean conscientes de ello, entre gansada y gansada hagan algo productivo, algo para lo cual, muchos de nosotros, no estamos preparados.

[Hijo de padre moderno retando a su padre con manguera en mano por Mitxel Colatero]

Podría acabar el post aquí pero como decía antes no haría honor al origen real del título, la segunda interpretación queda más abierta ya que para describir este mes de julio, más que la palabra tormento, podría haber utilizado, el adjetivo peculiar o imprevisto. Pero en realidad el origen de este post nace realmente de la idea de tormenta de verano.

Desde que nacieron mis hijos, lo meses de julio los pasamos en una urbanización a las afueras de Valencia. Desde bien pequeños siempre me ha gustado salir a pasear con ellos, a veces por la mañana, a veces hacia el final de la tarde y otras después de cenar. Estos paseos siempre han sido algo emocionante. Tanto para ellos como para mí. Hacemos una especie de vuelta circular que sale de la urbanización, nos lleva por un camino que bordea campos de naranjos y que finalmente nos vuelve meter dentro de la urbanización. La recompensa suele ser un baño en la piscina de casa para refrescarnos y masajear nuestros músculos.

A mitad camino había una pequeña balsa de riego donde siempre nos parábamos a ver como renacuajos y ranas convertían esporádicamente aquel momento de bonanza climática en su hábitat. Ya el año pasado, al estar abandonado el campo colindante, la balsa quedó seca, y cuando llegamos intuimos que una pequeña luz se había apagado.

Este mes de julio, llevábamos ya más de quince días en la casa y aún no habíamos tenido oportunidad de recorrer el circuito. Los niños lo habían pedido un par de veces pero demasiado tarde así que, como mucho habíamos salido a dar una vuelta a la manzana.

Buscar tiempo de calidad con nuestros hijos. Qué difícil es a veces conseguirlo. Qué difícil es evitar que se hagan mayores y se vayan alejando de ti y de tus directrices. Qué difícil es aceptar que vas a ser una imagen de autoridad a la cual se van a enfrentar, de la cual se van a esconder, a la cual van a retar para definirse en oposición a ella. Imponerse a ellos para que hagan cosas que crees que deben hacer a pesar de que no les guste. Encontrar lugares comunes donde hacer cosas que a padres e hijos les guste hacer juntos (esto mi padre no se lo planteó en la vida). Encontrar la manera de que estas a cosas perduren en el tiempo y no se escurran irremediablemente entre nuestras manos. Dar una vuelta por el camino de las ranas aunque el cielo esté encapotado y parece que vaya a llover.

Era un poco antes de la hora de cenar, quizás ya fuese la hora de cenar, habían caído unas gotas de lluvia, cuatro goterones bien grandes, pero no había “estado” con mis hijos en todo el día y les dije: ¿Nos ponemos los chubasqueros y vamos a dar una vuelta por el camino de las ranas? Me hacía más ilusión a mí que a ellos pero finalmente accedieron.

Cuando salimos de casa el cielo estaba realmente gris. Pero aún así empezamos a caminar. Una de las cosas positivas que tiene insistir en algo con los niños es que una vez lo has conseguido, en la mayoría de los casos, pasa menos conforme se van haciendo mayores, se olvidan de porqué no les apetecía tanto venir, se olvidan y se centran en el ahora. Normalmente cuando esto pasa, mis hijos se ponen hablar, compiten por hablar, intento orientar la conversación hacia temas que no solo sean las skins del Fornite.

Iba escuchando a mis hijos mientras andábamos, antes de emprender la subida que va a los campos de naranjos tuvimos que decirle a una señora que atase a su mastín, nos daba miedo. La señora respondió que aunque era grande, enorme para nosotros, era un bebé. Sí, un bebé señora, pero ate al mastín.

Ya en la subida pasaron dos cosas que quizás deberíamos haber interpretado como señales para dar media vuelta y dejar la intentona para un día más apacible: a nuestra derecha el cielo estaba negro, a lo lejos unos nubarrones grises oscuro avanzaban hacia nosotros; solo nos cruzábamos a gente en dirección contraria a la nuestra.

Les pregunté a mis hijo: ¿seguimos? Mis hijos dubitativos dijeron: vale.

Al llegar al camino de los campos de naranjos empezó a llover, no mucho, solo un poco, les dije sigamos, para eso hemos traído los chubasqueros. El camino este año está en obras, así que tuvimos que atravesar una valla que cortaba el paso.

Estábamos a menos de un kilómetro de la balsa de las ranas cuando empezó a llover con más fuerza y no solo eso, no muy lejos de nosotros empezaron a tronar los truenos y los rayos a dibujar zigzags ante nuestros ojos asustados.

Si seguíamos un poco más, si seguíamos hasta la balsa de las ranas ya no íbamos a poder volver, íbamos a tener que ir hacia la tormenta.

Un trueno, un rayo y los goterones fríos que empezaron a caer nos hicieron tomar la única decisión posible: ¡Corred! Les dije.

Nos pusimos a correr con la tormenta pisándonos los talones, rayos y truenos incluidos. Pasamos la valla, subimos la pendiente y cuando nos dispusimos a bajarla ya íbamos completamente calados. A la altura del sitio donde habíamos visto el mastín mi hija no podía más y la tuve que subir a caballito. Más rayos, más truenos, más lluvia torrencial. Cariño, no puedo más, ahora ya estamos cerca de casa, puedes andar sola. Tengo las zapatillas llenas de agua. No pasa nada, lo bueno es que ya no tienes que esquivar los charcos, estamos calados, no hay nada en nosotros secos, solo tenemos que preocuparnos por llegar a casa.

Y volvimos a hacer un último esfuerzo. Ahora era mi hijo el que no podía más, ya está demasiado mayor como para llevarlo a caballito así que redujimos la marcha y llegamos a casa andando bajo la lluvia, bastante tranquilos, los rayos y los truenos alejados de nosotros, cuando llegamos, mi pareja apostada al porche de la casa: os ha pillado la tormenta. Y tanto, le dije, y hemos aprovechado para entrenar para la maratón. Seguía lloviendo. Nos quitamos la ropa y nos metimos en la piscina. Solo un momentito, antes de que un rayo cayera no muy lejos de donde estábamos y saliéramos escopetados de la piscina para ponernos a cubierto dentro de casa.

[Niños de padre moderno a punto de entrar en la adolescencia]

El balcón

abril 16, 2020

El Balcón

En 1997 murió mi abuela. Su final fue duro para toda la familia. El Alzheimer, que en aquel entonces aún no estaba bien diagnosticado, nos pilló a todos con el paso cambiado y fuimos acompañando su degeneración mental todo lo bien que pudimos, acabamos agotados.

Ese acompañamiento fue muy estresante para mi familia y no sé a quién se le ocurrió que para compensar, para buscar cierto reposo, debíamos hacer un largo viaje, algo que no hubiéramos hecho en familia antes. Yo por aquel entonces evaluaba la posibilidad de irme con una ONGD a Latinoamérica y creo que mi madre pensó que antes de irme por mi cuenta sería bueno que conociésemos juntos el continente. Así fue como aquel verano nos fuimos una semana en Cartagena de Indias.

En aquella época fumaba, y aún se podía fumar en los aviones. Recuerdo traerme un paquete de cigarrillos sin filtro con un indio dibujado en la cajetilla blanda.

También recuerdo una jovencita portuguesa que viajaba con nosotros y que vino a nadar conmigo. Mi madre acudió pocos minutos después, tenía novia, tienes novia, me dijo. También se acercó un poeta colombiano que se puso recitarle a mi madre y a la chica portuguesa, sobre todo a ella. Decía que era músico. El agua estaba sucia y templada y me salí ante la imposibilidad de sucumbir al deseo.

En la playa, el vigilante trapicheaba bajo la escalera de la torreta vigía. Le enseñó una pistola a uno de sus clientes, como si quisiera vendérsela. Teníamos barra libre en el hotel, así que fui dentro, a una pequeña piscina privada donde podías beber y fumar sentado en el agua. Los cigarrillos, también los regalaban. Te servías tu mismo, los cogías de un bote, te lo encendías, pegabas una calada y echabas un trago a lo que fuera que bebiera por aquel entonces, seguramente alguna bebida autóctona. No me preguntes cuál, en aquel tiempo aún no tenía criterio sobre el alcohol que consumía. Bebía para embriagarme, no por placer.

Desde que empecé a fumar, siempre quise dejar de fumar. Dejar de fumar era como un pensamiento constante, como una idea que siempre llegaba al final de una secuencia de momentos de placer. Nunca quise fumar pero fumé durante mucho tiempo.

No sé si en Cartagena de Indias quería dejar de fumar, no recuerdo haber hecho la promesa, como otras veces, anteriores y posteriores, de hacerlo. Sí que recuerdo que el paquete de tabaco colombiano con la cara del indio lo conservé durante mucho tiempo como una especie de símbolo, no sé si de la joven portuguesa o del viaje que de alguna manera hicimos para despedirnos de mi abuela.

Al año siguiente, volvimos a viajar en familia. Esta vez encontramos un anuncio que te ofrecía pasar una semana en una cabaña en Finlandia. Una cabaña en medio de una zona de lagos, con sauna y un bosque alrededor donde, a pesar de ser agosto, crecían ya las setas.

La sauna estaba a diez metros del lago y cuando tu cuerpo estaba en plena ebullición salías corriendo para meterte en el agua, que estaba helada.

Cerca de la casa encontramos unas setas que decidimos recoger y que consideramos comestibles. Mi madre y yo, no sé porqué, no comimos mucho, sin embargo mi padre y mi hermana, que sí comieron bastante, tuvieron esa noche una especie de viaje alucinógeno. Al día siguiente cuando le contamos al propietario que habíamos hecho unas tortillas con las setas que rodeaban la casa, nos miró asustado. Un miedo que disimuló con rapidez al ver que estábamos bien, a la vez que decía que no volviéramos a hacerlo, que si queríamos setas que primero lo llamásemos a él.

Llegué a Finlandia fumando, fumaba tabaco de liar, así que seguramente estaba en uno de esos momentos en los que estaba dejando de fumar. Eso suponía que iba a fumar más hachís para compensar. Por que sí, dejar de fumar significaba dejar de fumar tabaco. Dejar de fumar hachís fue algo que no me planteé hasta la entrada del siguiente siglo, cuando tuve que ponerme a estudiar en serio para sacarme la oposición.

Seguramente porque estaba dejando de fumar, no recuerdo hacerlo durante el viaje en avión, lo que sí recuerdo es que nos dieron un bote de Bloody Mary para calmar los nervios, el Vodka ya iba mezclado con el tomate, solo tenías que añadirle sal y pimienta, al gusto. Creo que fue entonces cuando me aficioné a esta bebida.

Otra de las razones por las que pienso que estaba dejando de fumar es porque recuerdo postergar el hecho de encender el primer cigarrillo del día. Recuerdo convertir el acto de prender el tabaco liado en una ceremonia matinal. El lugar daba para el ritual.

Levantarme, salir de la cama sin lavarme. Salir de la cabaña, sentarme unos pasos más allá, cerca del lago, esperar a que el día se despertara, aunque ya fueran las diez de la mañana, somos valencianos, las diez de la mañana para nosotros es madrugar, y allí sentado, dejar la mente en blanco. Dejarme invadir por la calma, por la quietud, el silencio, la naturaleza, el movimiento del agua en la orilla del lago. Parar, frenar, postergar el hecho de empezar el día, preparar tu cuerpo para enfrentarte a la batalla, al primer cigarrillo. Convertir ese primer cigarrillo en un símbolo. En un ritual de iniciación del día. Un pistoletazo de salida que ordenase bien, después del reseteo nocturno, las ideas en nuestra cabeza y así poder enfrentarnos al día por venir, a nuestra vida.

Estamos en abril de 2020, han pasado casi veintidós años desde que hicimos aquel viaje a Finlandia. En el 2004 dejé de fumar. Desde hace más de diez años vivo en un piso que da a una avenida. Una avenida ruidosa, muy transitada. Tanto es así que la parte de la casa que da a la avenida tiene las ventanas insonorizadas con crimalit. En esa parte de la casa hay un balcón que rara vez hemos utilizado a lo largo de estos años. Un espacio de unos dos metros cuadrados, olvidados a causa del ruido ensordecedor del tráfico diario. De la contaminación.

Desde que vine a vivir a esta casa nunca he dejado de pensar que era una lástima vivir de espaldas a la avenida, obviar la existencia de ese balcón donde, perfectamente, podríamos montar una mesita y salir a desayunar, o a comer, o cenar, incluso tender. Las únicas personas que recuerdo que la han utilizado en este tiempo han sido las que han venido de visita. Amigos o familiares que antes o después de comer o cenar han querido echar un pitillo.

No recuerdo haber experimentado de nuevo la comunión mística con el espacio y el tiempo que alcancé durante los días que estuvimos en aquella cabaña en Finlandia, mientras postergaba el momento de fumarme el primer cigarrillo del día. También es verdad que, como he comentado anteriormente, en el 2004 dejé de fumar.

Sí que he experimentado situaciones sucedáneas en el trabajo, salir de mi despacho, sentarme en medio de la sala y pensar, o no pensar en nada para acabar pensando en algo, porque pensar también es trabajar. Porque vaciar la mente sirve para descongestionarla, para permitirle hacer hueco a las nuevas ideas. A veces es necesario parar para dar con nuevas ideas. Pero ninguna de esas experiencias llegó a la altura de la finlandesa, seguramente porque no es lo mismo luchar contra una adicción que intentar reorganizar un espacio.

Las primeras semanas de la cuarentena fueron de mucha expectación. Empezamos el milenio con el atentado de las Torres Gemelas, poco más tarde llegó el de Atocha, y así, con cuentagotas, la sociedad occidental ha ido encajando, golpe tras golpe, atropellos y matanzas esporádicas a golpe de Kalashnikov, sin que estas acciones consiguieran poner en riesgo, como lo ha conseguido en pocos meses un virus, la maquinaria sobre la que se asienta la economía de mercado. Hasta llegar a este encierro, como un hormiguero bien organizado, una vez pasado el momento de crisis, los humanos, continuábamos con nuestras vidas a pesar de que días antes, por las Ramblas de Catalunya, se hubiese producido un atropello masivo.

Parar la maquinaria, dejar de ir al puesto de trabajo, trabajar desde casa. Salir al balcón. Salir al balcón y postergar el entrar en casa de nuevo.

No sé en qué momento empecé a salir al balcón. Siempre he sido muy crítico con las desigualdades sociales que provoca el funcionamiento de mercado, desde muy joven he reflexionado sobre cuál podría ser la manera de frenar esa maquinaria, o de, al menos, controlarla, para compensar los desequilibrios sociales y medioambientales que provoca, así que supongo que uno de los primeros días de encierro bajé a la calle por la noche a tirar la basura y quedé impactado por la quietud, el silencio, la falta de tráfico, de gente en las aceras. Quizás fuese el domingo que se declaró el estado de alarma.

Bajé a la calle a tirar la basura y saqué el móvil para fotografiar la avenida vacía. Poder cruzar de un lado a otro sin mirar, pararme en el carril central para tener un mejor encuadre.

De camino a casa llamé a mis padres para ver cómo estaban. Tenía la sensación de que mi conversación podía oírse en la distancia, de que, de hecho, personas enclaustradas se asomaban a la ventana para ver quién estaba hablando en la calle. Me cayó una rama de árbol, me asusté, creí que alguien me había lanzado algo para que volviera a mi confinamiento. Apresuré el paso y la conversación. Me despedí de mis padres y subí a casa.

Al día siguiente me levanté pronto. Tenía la intención de sentarme y ponerme a trabajar. Cuando me levanto pronto, sí, los valencianos también podemos levantarnos a las siete de la mañana para trabajar, y trabajo en casa suelo pasar directamente de la cama a la mesa donde tengo el ordenador, sin tomar nada, sin lavarme la cara. Pero cuando salí del cuarto de baño de hacer pipí, en vez de irme al comedor donde estaba mi mesa, fui al cuarto donde está el balcón.

Abrí la puerta y salí. Era un día nublado, como lo están siendo la mayoría de días desde que estamos encerrados, hacía frío. Me había puesto el batín para salir, así que, estaba bien. Me apoyé en la barandilla y contemplé la quietud de la avenida. La falta de tránsito. Un autobús en la lejanía, poco más.

La maquinaria estaba parada. Ni en el más optimista de mis pensamientos pude soñar jamás que algo pudiera llegar a parar la maquinaria. El mundo silencioso, escuchando su propio latir. Las personas quietas dejando de provocar temblores en la tierra a causa de su movimiento. Aviones parados dejando circular a las nubes y a los pájaros, dejándoles recuperar sus trayectos ancestrales.

Apoyado en la barandilla podría haber visto como los animales salvajes volvían a recuperar espacios que perdieron en batallas libradas hace cientos de años.

El autobús rompió esa armonía momentáneamente, aunque su irrupción no fue lo suficientemente brusca o continua como para estropear mi percepción del momento. Su paso, lejos de ser molesto, sonaba más a ronroneo, a murmullo de caudal de río fluyendo con fuerza. El propio autobús, desprovisto de alianzas, convertido en único símbolo de un pasado ruidoso, no podía, por sí solo, convertirse en algo más que una anécdota pasajera, sin capacidad para desbaratar el momento idílico. Su paso, más bien, puso de relieve, en cuanto desapareció, la calma del momento.

Recuerdo que pensé, ahora me gustaría tener un pitillo guardado en el bolsillo de mi batín. Y busqué en el bolsillo pero no encontré nada. Tuve la tentación de dar media vuelta y entrar en casa pero lo que hice fue apoyarme en la barandilla y postergar la entrada. Cada vez que pensaba en entrar me decía: no, quédate, respira, observa, vacía tu mente, espera, disfruta del momento. Simbiotízate con el entorno, conviértete en parte del escenario, intégrate con esta avenida, con los edificios de enfrente, con la gente que vive en esos edificios. La naturaleza, los pájaros, los árboles, las nubes, están agradeciendo este parón. Nuestra sociedad avanzando desbocada hacia el abismo ha de entender que ahora mismo esta pagando el precio de la imprudencia, de cabalgar sobre una máquina del infierno desbocada, la naturaleza ha puesto una barra entre las ruedas para frenarla en seco, por desgracia a costa de nuestros mayores. Es sólo un primer aviso.

Más tarde, cuando entré en casa, con la mente despejada, amueblada mi cabeza con nuevas ideas, escribí en mi libreta: un buen ejercicio sería el de describir, a partir de ahora, esas salidas al balcón. Convertir esa mera acción en un hecho trascendental que explique no solo la situación histórico-político-social crucial que estamos viviendo sino también un viaje al interior de la persona que sale al balcón, a su espiritualidad y a sus convicciones filosóficas. Al mismo tiempo se podría trabajar sobre la materialidad del espacio, su estética y composición material tanto de la que le rodea a corta, media y larga distancia, como de la que va más allá de los edificios que lo encarcelan y el suelo y el cielo que lo contienen.

Salir al balcón para encontrar la paz frente a una avenida en calma. No solo la sociedad debe aprender a frenar, no solo la sociedad deberá acostumbrarse a los parones energéticos si quiere preservar la especie humana, yo mismo tendré que recuperar, aún sin fumar ya, esos momentos en los que postergar toda actividad, todo movimiento, para dedicarme a la mera contemplación. Aunque la verdad, tengo unas ganas horribles de echar un pitillo

Instrucciones para elaborar una buena lasaña, o no.

octubre 8, 2019

Elvira Navarro dixit:

“Casi ningún autor me parece imprescindible. Handke sí. Handke nos recuerda en cada frase qué es la literatura, por lo menos como yo la entiendo. No puedo ser más fan, y no puedo estar más contenta. Qué Nobel tan bien dado.”

La imagen es la de estar parapetado tras el montículo de una trinchera, ves pasar los proyectiles, intentas entender la lógica de los disparos, de las bombas que están cayendo, sin orden aparente, con el único objetivo de sembrar el caos.

Esta entrada debió haber sido escrita hace ya unos meses, pero como un nadador, al borde de la piscina, que no se atreve a saltar, ya sea porque el agua está demasiado fría, ya sea porque intenta saltar desde un saliente demasiado alto, no había encontrado el impulso necesario, o el valor, hasta hoy, para dar el salto.

Después de algunos meses más, esta entrada debió ser escrita primero durante el verano, y más tarde a lo largo de octubre de 2019 y hoy, enero de 2020, voy a hacer un nuevo intento.

Si no me he puesto a escribir antes esta entrada es porque para escribir en mi blog he de sentirme iluminado por una idea. Eso, y tener tiempo. Una idea que se convierte en el foco y motor de lo que voy a contar. Es tan potente esa idea que cuando me pongo a escribir, en un par de horas la entrada está resuelta.

Pero esta vez, todo ha estado borroso desde el principio. Nadie se pone a hacer una lasaña sin comprobar que en la alacena, la despensa, haya harina. O sin tener claro cuál es el mejor recipiente para meter una lasaña en el horno.

De la misma manera que uno, yo, no tenía claras, cuando me dispuse a elaborar una lasaña de carne picada, tomate y bechamel, algunas reglas básicas, esta entrada sufría desde el inicio de carencias estructurales, de problemas de foco, de dispersión discursiva.

Ahora, en la distancia, a duras penas recuerdo los elementos disparadores. Elementos que fueron sepultados durante el verano por otras prioridades creativas: maquetar las canciones de mi nuevo disco, perfilar la arquitectura de mi nueva novela.

Cuando acabé las maquetas, antes de enviáserlas a Micalet, me subí al cuarto de arriba de la casa donde veraneamos, me acosté, me puse los cascos y me dispuse a oírlas. Nueve canciones que aún sin producir ya daban la sensación de ser inexpugnables. Me hice una foto (Si os fijáis bien se ven los cables de los auriculares):

Pero antes de llegar a este primer estado de satisfacción creativa, habían pasado algunas cosas bastante importantes en mi vida. Una de ellas fue que un sábado del mes de julio, poseído por algún deseo latente, decidí cocinar una lasaña. Bueno, en realidad quería hacer unos canelones pero en un momento dado mi propósito inicial derivó hacia la Lasaña.

Otra de las cosas importantes que habían sucedido y que aún estaban sucediendo en ese momento, y suceden aún ahora mismo, hoy, es que estaba estaba escribiendo mi segunda novela.

Estaba escribiendo mi segunda novela y me topé con el comentario de Elvira Navarro que abre este blog. Estaba elaborando una lasaña, al principio no lo sabía, al principio quería cocinar unos canelones, y el comentario de Elvira Navarro se cruzó por mi vida.

También fue ese el momento, o quizás no, da igual, llevo demasiados meses pensando en esta entrada y todas las ideas están ya metidas en un saco del cuál van a salir con una vertebración espacio temporal que jugará a favor de la narración y no de la verdad, cuando leí algunos comentarios en las redes sociales sobre la última película de Tarantino. No quise leer mucho porque me gusta llegar virgen a los estrenos, hice bien.

A pesar de lo que pueda parecer, el humor, para mí, es, sino el más, uno de los elementos más importantes de mi vida, por el humor soy capaz de cargarme una amistad, es así porque por hacer una broma soy capaz de utilizar lo más sagrado del que me rodea. La partida va en doble sentido.

La película de Tarantino, además de otras muchas cosas, tiene algunas escenas con las que me partí la caja como hacía tiempo que no lo hacía: la de la pelea entre Brat Pitt y Bruce Lee, o la escena final con Di Caprio en la piscina. Casi me meo. Pero además hay actuaciones sublimes, como la de Di Caprio delante del espejo. Sí, es verdad, tiene un pero, es una historia de “hombres” y me di cuenta hablando con María Cárdenas cuando me recalcó que el papel de la actriz que hacía de Sharon Tate era muy pobre. Quizás sea por ahí por donde se pueda desinflar la película.

Una vez vista la película ya pude leer los comentarios de la gente en la red y mi amigo Mr. Perfumme era uno de los que había salido decepcionado tras el visionado de la peli de Tarantino. No le contesté en público en su momento pero valga ésta como mi valoración al respecto. Ampliable en caso de que veamos necesario enriquecernos discutiendo sobre el tema.

Al mismo tiempo que hablaba de lo floja que le parecía Érase una vez… en Hollywood, Mr. Perfumme comentó lo entrañables que le parecían los personajes de KNOCKEMSTIFF, la novela de Donald Ray Pollock. Yo sabía que me había leído algo de él, pero no sabía si era esa o la otra, El diablo a todas horas, la del hombre tumbado al que le crece una rama de árbol de los genitales. En cualquier caso, recordaba que más que entrañabilidad, leyendo el libro, lo que había sentido era una tristeza infinita. Pero como tengo en alta estima a Mr. Perfumme y su criterio decidí volver a leer a Donald Ray Pollock. No recordaba el libro que me había leído y, no sé porqué, me sonaba haber tenido durante mucho tiempo el del El diablo a todas horas encima de mi escritorio, cogí KNOCKEMSTIFF.

Recordaba que habían dos historias que me habían impactado mucho: una de una pareja y su hijo, y otra de un padre y un hijo culturistas. Empecé a leer el libro y aunque no era capaz de saber si aquellas historias las había leído o no, volví a verme embargado por una infinita sensación de tristeza. Hasta que no llegué a la historia del padre que se caga en medio de la calle no me di cuenta de que, efectivamente, me estaba leyendo por segunda vez el mismo libro.

Elvira, ¿qué buscamos en un libro? ¿Qué buscamos en una película? ¿Qué buscamos cuando nos ponemos a hacer una lasaña que al principio eran unos canelones? Mr. Perfumme y yo no buscamos lo mismo y eso que somos amigos y tenemos un marco creativo bastante cercano.

Bien, estaba en la cocina, y bueno, hubieron varios problemas que fueron apareciendo en este orden: ¿dónde cojones está la harina? Había ido a comprar pasta para hacer canelones, nuez moscada, nata para hacer la bechamel, carne picada, tomate, cebolla pero había dado por hecho que en la casa donde solemos veranear había harina. Y era verdad, quedaba algo de harina pero dentro de la harina unos pequeños seres habían creado una comunidad.

Algunas reflexiones que estoy contando en esta entrada aparecen en el libro que estoy acabando de escribir, claro está aparecen mencionadas en otro contexto y con otros protagonistas, aquí, ahora lo veo claro he venido a hablar de cómo un ser humano cuando toma la decisión de hacer algo acaba por hacerlo a pesar de que cada vez tiene más cosas en su contra. En mi caso, la Lasaña.

Cuando decidí ponerme a escribir mi segunda novela llamé a mi amiga Bárbara Blasco, necesitaba que me ayudara a despegar. Había escrito un intento de obra de teatro, que junto a las canciones de mi nuevo disco, quería que fuesen el propulsor de la novela. Le mandé la obra de teatro y las canciones y tuvimos algunas reuniones que fueron determinantes para que el proceso de escritura empezara a tomar forma.

La calidad de los ingredientes son fundamentales para hacer unos buenos canelones. Bueno, es una teoría, en realidad no tenemos una idea clara de qué es lo que va hacer que les guste o no nuestra comida a nuestros comensales, seguramente lo más importante es que tengan un hambre feroz.

Esta semana, el martes pasado, quedé con Bárbara a comer. Quería hablar con ella de mi novela, del estado en el que estaba. Yo pedí una sopa de ajo, unas manitas de cerdo y vino de la casa. Después tuve que pasear durante dos horas para poder digerirlo. Hablamos también de la película The Jocker, de que yo la había visto dos veces y que era mil veces más terrorífica que Parásitos, que para mí era una especie de boutade coreana, como una fábula precocinada y predecible, por favor, ella deja las bragas en el coche y él las encuentra, ni comparación con la manera de sembrar los objetos en Érase una vez… en Hollywood, intenta meter un lanzallamas en una película y que sea creible, a partir de ahora, la máxima de chejov de la pistola va a pasar a ser la máxima de Tarantino del Lanzallamas, lo más interesante es que Corea del Sur los ricachones tienen refugios nucleares y que a partir de ahí, a partir de la idea, de la idea del refugio, no hay nada peor que construir una proceso narrativo a partir de una idea, tenemos que creernos una historia ligada por los pelos de semitrama en semitrama.

The Jocker, sí que da miedo, y sí que da mal rollo y el sentimiento de decadencia es tan potente y serio y creíble, esto sí que es una fábula, que no puedes más que seguir, hipnotizado, los movimientos de Joaquín Phoenix hasta llegar al caos.

A Bábara no le gustó The Jocker (esta es una licencia narrativa que me permito para crear tensión). Bárbara y yo, somos amigos y también nos enmarcamos dentro unos gustos creativos similares pero, al igual que me pasó con Mr. Perfumme, tenemos opiniones que divergen a la hora de concretar lo que creemos que debe ser un proceso de creación.

Elvira, ¿son los ingredientes lo más importante en una creación literaria? ¿La arquitectura? ¿El estilo? ¿El objetivo perseguido por le autor? ¿La dinámica? ¿La actualidad? ¿La actualidad vital del que escribe?

Cuando detecté que la harina había sido invadida por minúsculos seres que la habían sembrado de huevos microscópicos tuve que tomar una gran decisión. Una de esas decisiones en las que hay que salvar un posible colapso y que sea cual sea la solución, nunca va a ser la correcta.

Los canelones no eran solo los canelones, claro. Con los canelones quería hacer algo de comer que a mi pareja le gustase. Algo que a pesar del curro que supone hacerlo, si quieres hacer unos canelones ya sabes que vas a estar cocinando toda la mañana, fuese una especie de muestra de amor. Hagamos conscientemente algo con nuestras pocas virtudes para salvar nuestra relación de pareja que nuestros defectos ya se encargarán de estropearlo todo desde el inconsciente.

Decidí tirar para adelante. Los bichitos no son, al fin y al cabo, más que proteínas, eso sí, antes tamicé la harina para reducir al máximo la invasión.

Bien una vez salvado este problema hice la bechamel. Tenía dos sartenes, una con la carne y otra con la “salsa”. Mientras se cocían a fuego lento. Puse la placas de pasta en agua tibia para que se fuesen reblandeciendo. En ese momento aún pensaba hacer canelones. Habían unas cuarenta placas de pasta. Cuarenta canelones son más que suficientes, si has calculado bien las proporciones. Pero, no había calculado bien las proporciones.

Al mezclar la bechamel con la carne me di cuenta. Iba a ser muy complicado meter toda aquella mezcla dentro de los tubitos de pasta. Aún así hice un primer intento. No iba a poder ser. Segundo momento crítico, no quería tirar tanta mezcla, quería utilizar todo lo que había cocinado. Fue entonces cuando tuve esa gran revelación que ha dado título a este entrada: haré una lasaña.

Esta idea me pareció, en un principio, genial. ¿Quién se para a pensar que si en un restaurante te sirven la lasaña en una cazuela será por algo? No se me ocurrió, no se me ocurrió utilizar una cazuela y utilicé una de las bandejas del horno.

Me dispuse a construir los pisos de la lasaña sobre la bandeja, puse diez placas de pasta en la base, mezcla, un montón, planta baja, segunda capa de placas de pasta, primer piso, mezcla a saco, el edificio empezaba a hacer aguas, no habían paredes, la pasta empezaba a desparramarse por la bandeja, como pude intenté contener aquello creando la tercera capa de placas de pasta, segundo piso, iba directo al desastre, cerré la parte de arriba a toda prisa, y volqué sobre aquella masa deforme la bechamel que no había mezclado con la carne hasta recubrirla por entero. Le tiré un montón de parmegiano rayado por encima y corriendo y casi sin mirar metí la bandeja con la “lasaña” en el horno.

Mi disco ha salido ya, esa cara de satisfacción que se me puso cuando escuché por primera vez las maquetas y que aparece al principio de esta entrada no ha hecho más que amplificarse con el paso de los meses hasta convertirse en esta imagen de proyecto serio.

Al libro por su parte aún le faltan los últimos retoques, los necesarios para que reflejen exactamente el escritor que hoy en día soy, ni más ni menos. La portada será prácticamente la misma que la del disco ya que ambas creaciones nacen de un mismo universo, de un mismo impulso de supervivencia vital. De una necesidad de tirar hacia adelante a pesar de las adversidades y de las fronteras de conocimiento que como recipientes somos y queremos superar, que yo quiero superar, trascender. Elvira, no todos tenemos tan claro qué es lo que buscamos cuando escribimos, a veces es más importante la búsqueda del sentido de nuestras vidas que el sentido de la palabra o la frase. Los ingredientes sin comensales, no son nada. Y si no, que se lo digan a Juan Benet o mira lo que pasó al final con mi lasaña:

Mi pareja y mis hijos llegaron a casa justo cuando estaba a punto de sacar la “Lasaña” del horno. Cuando mi mujer la vio me dijo: ¿No ibas a hacer canelones? (Le gustan más lo canelones que la lasaña). He cambiado de idea a mitad camino y he preferido hacer una lasaña, poned la mesa y comemos. Nos sentamos en la mesa y nos comimos la Lasaña, nadie comentó nada al respecto de su forma. Está buena: dijeron. Mi pareja también me dijo: te has pasado otra vez con las cantidades, tenemos lasaña para una semana. Y así fue, congelamos lo que no nos acabamos ese día y el resto nos lo acabamos en los días sucesivos.

En el país de los listos el tonto es el rey.

abril 26, 2019

 

Mis hijos se hacen mayores, empiezan a tener gustos personales, gustos musicales personales. Por suerte nunca fueron muy pesados con la temática musical para niños. Hemos oído a Dani Miquel, sí, pero no ha sido para nada algo obsesivo. Durante estos años hemos podido escuchar la música que nos gustaba, a ellos parecía no molestarles, aunque a veces pedían algo más de ritmo, algo más rock. Con batería…

Taylor Swift (Shake it off)

Noto que voy a ser poco creativo con esta entrada. No tengo una idea concreta. Más bien un marasmo de ideas que circulan por mi cabeza. He venido a  hablar de esto pero voy a hablar de aquello.

Me gustan las entradas redondas, en ocasiones me paso meses rumiando una idea. De ese proceso de maceración surgió una de las entradas que más me gustan: la que escribí sobre las manos de mi hijos.

Bruno Mars (Uptown Funk ft.)

Lo que sí que sé es cuál va a ser la banda sonora de esta entrada. Las iré colocándo estratégicamente, entre párrafos, para desengrasar el chuletón que planteo que os comáis leyéndome: TENEMOS QUE VOTAR.

Tenemos que votar. Tenemos que votar. Tenemos que votar. Para frenar a la derecha. En España siempre estamos frenando a la derecha. Es un sinvivir. La derecha nunca nos ha dejado vivir tranquilos, intentamos pisotearla pero acaba renaciendo, ¿con más fuerza? No, con la misma. De igual manera que la derecha no pudo eleminar a catalanes y vascos, lo contrario también es imposible. Nos empeñamos en no querer verlo pero lo cierto es que es un equilibrio. Nunca ganaremos, ni ellos tampoco.

Este se equilibrio se parece al que permite a una estrella brillar, la energía generada hacia afuera compensa la presión de la fuerza de la gravedad hacia adentro. Así es como sobrevive una estrella. Los problemas llegan cuando la fuerza de la gravedad es demasiado fuerte y las particulas de hierro, o las más pesadas, dejan de generar la energía necesaria que compense la fuerza de la gravedad. Es entonces cuando la estrella se colapsa. Explota. Y, ahora lo sabemos, nace un agujero negro.

 

Katy Perry (Swish Swish)

Me parece que el simil es perfecto. La fricción, la existencia del enemigo/adversario/ciudadano, la conquista del territorio mínimo es el objetivo. Existir, batallar, luchar milímetro a milímetro por nuestro espacio. Quien crea que en la batalla vital hay una horizonte de paz, tanquilidad, felicidad y estabilidad es un iluso, un deshinibido.

Supongo que a un creador dotado se le distingue por la capacidad de no repetirse. La fórmula da el éxito, al mismo tiempo esclaviza. El creador puede sentir terror por la repetición, por la reiteración, por acudir siempre a los mismos recursos, a la zona de confort, “mmmm, ya estoy aquí otra vez, tan a gustito.” Pero hay disparadores. Y, después de los disparadores, ¿qué? Pues empieza el trabajo de verdad. Entonces, ¿se escribe escribiendo o se escribe pensando en lo escrito?

Daft Punk & Pharell Williams (Get Lucky)

Hay que votar. Sí hay que votar pero no solo del voto vive la democracia. Es verdad que todos tenemos una opinión. Y es verdad que todos somos muy muy listos e inteligentes. Unos más que otros, es verdad, pero todos muy listos. Quién no tiene un amigo o amiga que nos dice: es que tal persona es un genio, o tal otra una genia, o aquel de más allá es de una inteligencia… A veces tengo la sensación de estar rodeado por multitud de personas que poseen una inteligencia superior, de estar rodeado de genios, y eso que vivo en Valencia, una ciudad pequeña, no quiero ni pensar lo que será vivir en New York…

Pero aún asumiendo que viva en una ciudad copada por genios, la democracia no se defiende solo con palabras, ni con ensayos filosóficos, ni con artículos. Ni con votos. La democracia, esa parcela que la mayoría de los genios que me rodean tienen clara que hay que proteger, se defiende con hechos. Con movimiento, saliendo de casa y poniéndose a trabajar por el bien común: ese deporte tan poco practicado por la sociedad civil española en general y por la valenciana en particular. Y es que a los genios les cuesta moverse en un entorno de participación social. Se suelen parapetar tras sus despachos, tras su trabajo, para justificar su aportación a lo social. Eso de arremangarse, de trabajar mediante el voluntariado social, no es cosa de genios, los listos no hacen eso…

Nos sorprendemos de que la extrema derecha tenga representación, a mí, no, ellos no pecan de soberbia, su tiempo libre lo dedican a defender, de manera altruista, la parte de la democracia que creen que les pertenece.

¿Queremos contenerlos? Arremanguemonos como lo hacen ellos. Pongámonosos a trabajar por el bien común que deseamos defender. Defendamoslo con el cuchillo entre los dientes, con nuestra vida, con nuestro precioso tiempo, con nuestro dinero, el poco que tenemos. Ellos tienen claro lo que quieren, tienen claro que van a votar, tienen claro que van a salir a por todas, saben lo que se están jugando. Nosotros no podemos seguir dudando. Es momento de pasar a la acción. De justificar nuestras opiniones con actos, con movimiento. De seguir exigiendo resultados pero no sentados desde una poltrona, no, llevando a cabo acciones que muestren el camino a seguir, que muestren cómo queremos que sean las cosas. En el país de los listos el tonto es el rey porque es el único que está dispuesto a moverse por lo que cree. ¿Quién es entonces realmente el tonto en esta historia?

Ryan Adams (Shake it off)

 

 

 

 

DON’T FEAR YOUR ENEMY, LOVE HIM

diciembre 28, 2018

cosmoscover

Había empezado a escribir un entrada en mi blog muy profunda, profunda en su reflexión sobre lo político, lo económico y lo social en el ámbito mundial, europeo, nacional, local y vecinal y quería rematarlo con lo que ha sido mi experiencia vital este año pero, desde el primer borrador, muy ambicioso, donde cuestionaba el papel de la izquierda, la antigua y la moderna, la consolidación de los movimientos de extrema derecha populares, el Procès, Trump y Vox, otra vez la extrema derecha popular, me preocupa, la regeneración política y funcionarial (lo que está costando reemplazar a la vieja guardia), el peculiar mercado laboral español (esencialmente compuesto por camareros/as, dependientes/as, obreros/as de la construcción, taxistas y funcionarios/as) y la falta de reconocimiento social hacia las bibliotecas públicas (quizás la composición del mercado laboral tenga algo que ver con esto), se ha cruzado por mi camino Contacto, un libro que escribió Carl Sagan en 1985 y se me ha bajado el nivel de mala leche.

Podría decir que este año ha sido para mí un año en el que he tenido mucho tiempo para leer y que, no teniendo ningún proyecto claro de creación, el cuerpo me pedía lectura. Pero mentiría porque a mí el cuerpo siempre me pide lectura, tenga más o menos tiempo para leer, y además mi cuerpo y mi mente siempre están en alerta, siempre andan buscando algo, conectarse a alguna red wifi de dónde extraer información jugosa.

Este año fui a ver Ready Player One. A mis hijos les encantó, a mi me pareció otra película desaprovechada por el MÉTODO SPIELBERG: situación, situación, situación, desenlace todos juntos en un sitio, final feliz. Normalmente todo pasa en EEUU o en un barrio de EEUU. La volví a ver en verano en una sesión nocturna, esta vez con adultos. A mí me apetecía un segundo visionado, a pesar del Método Spielberg, había algo en ella que me atraía: la narrativa en el entorno virtual. Landete borró la película de su ordenador nada más acabar el visionado.

ready player one

La película está basada en un libro homónimo escrito por Ernest Cline. Me lo compré y, saltándome las partes de diálogos y explicaciones más duras se lo leí, en voz alta, a mis hijos, durante esa media hora que les cuesta dormirse cada noche. Su lectura es sencilla. Tienes más o menos esa misma sensación cuando te lees Los pilares de la tierra, o la Trilogía Millenium de Stieg Larsonn. En cualquier caso la historia en el libro estaba mucho mejor apuntalada que en la película y como llevo ya unos años dándole vueltas al tema de los Videojuegos en la narrativa, o la narrativa en los Videojuegos, me compré la primera novela del autor: Armada. Esta ya no se la leí a los niños, volvimos a la lectura de la saga de Harry Potter.

Armada es un libro narrativamente más flojete aunque, al mismo tiempo, es más ambicioso en su pretensión de unir el mundo de la ciencia ficción con el de los videojuegos. En ese momento no lo sabía pero en Armada el elemento disparador de la historia es el mismo que en el de Sagan, Contacto: el “problema” común exterior. Cuando digo exterior digo extraterrestre.

armada ernest cline

Sin duda el fuerte de Ernest Cline es la información, ambos libros están plagados de referencias, en Armada menciona el libro de Sagan, Contacto.

Contacto es otro de esos libros que te atrapa más por la historia que cuenta que por el estilo o la profundidad narrativa, más en la onda de Harari, que a pesar de su prosa sencilla no deja de plantearte cuestiones complicadas. Libros de divulgación científica, aunque en este caso, Carl Sagan se ampara bajo el manto de la narrativa.

Como decía al principio, cuando escribí el primer borrador de esta entrada en mi blog tenía la ambición de ser un profundo análisis que fuera de lo más global a lo más local para acabar desembocando en lo personal. Y es que el estado de las cosas, tanto mundiales, como nacionales o locales da para disertar sin parar durante un buen rato: BREXIT, PROCÈS, VOX, TRUMP, PROTECCIONISMO, PUTIN, FRONT NATIONAL… Hay un deseo, o una voluntad, que surge de lo más alto (un hombre con tanto dinero que puede pagarse ser presidente de los EEUU) y que se conecta directamente con lo más llano (las personas que con trabajos más o menos precarios sustentan un país) sáltandose todo lo que hay en medio: educación, cultura, democracia: humanismo. La democracia ha sido tan mal utilizada por el capitalismo, especialmente desde la caída del muro, que ahora parece una estructura de la que solo quedan las columnas. Esas columnas se están tambaleando. Me estoy volviendo a poner intenso, profundo, mesiánico… Peligro. Volvamos a Contacto de Carl Sagan.

La protagonista de Contacto es Ellie, una científica en un mundo de hombres. Paul Sagan hace un ejercicio muy interesante al ponerla en ese escenario tan adverso. De una forma sencilla ensalza una reivindicación que hoy en día, por desgracia, en vez de haberse solucionado, parece seguir siendo un lugar común, un campo de batalla en plena ebullición que aún no obtiene los resultados deseados y que aunque para mí es algo obvio hay que seguir recordándo para que la mujer (sea lo que sea lo que se esconda tras esta acepción, incluso yo mismo puedo estar detrás de ella) encuentre el lugar que le corresponde en la postmodernidad: a pesar de que ella es tanto o más inteligente que sus compañeros tiene que levantar la voz para hacerse oír.

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Contacto habla también de trabajar y cooperar transnacionalmente para solucionar un problema global. Un problema exterior. Ernest Cline en Armada enumera películas donde el Armagedón es la excusa para conseguir la unión de la humanidad. A mi me viene a la mente el cómic Watchmen de Alan Moore o la peli La llegada de  Denis Villeneuve. Pero, para desgracia de la humanidad, para esta humanidad real que nos ha tocado vivir, el problema exterior global no llega, y la principal cooperación transnacional que hemos conocido, la que ha servido de excusa para construir puentes entre países y continentes, la económica (va a acabar por ser el mal menor, si las cosas pueden ir a peor, apuesta por ese escenario) igual que el humanismo de salón que la legitimaba, se está quedando en un armazón sin contenido. Un armazón que ya no da respuestas a las necesidades de los nuevos mandatorios de los pueblos antiguos en una nueva era global.

Ante la atomización y la diáspora del pensamiento humanista (todos nos parapetamos tras nuestra microverdad) emerge, se consolida, un humo negro. Un estandarte de VERDAD oscura que apela a tiempos pasados. Filosóficamente es como si estuviéramos volviendo a la era de la máquina a vapor. La necesidad de tener algún lugar donde asirse, la necesidad de protegerse de la amenaza, sea esta cual sea (no sabemos ya cuál es la amenaza), nos estamos convirtiendo en nuestra propia amenaza. La POSTVERDAD acabará por entregarnos a la PREVERDAD. En vez de dar dos pasos hacia la luz hemos retrocedido tres hacia la oscuridad.

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Leer a Carl Sagan es sumergirnos en su entusiasmo, en su fé en el ser humano, en una visión laica, ciéntífica y progresista (en el sentido de que el ser humano aún puede progresar) y, sobretodo, es dejarnos llevar por la certeza de que tarde o temprano encontraremos ese cable que vendrá del exterior para tirar de la humanidad y dirigirla hacia su siguiente estadio.

Porque de esto trata esta entrada, de esto trata el cambio de paradigma del ser humano actual: hemos agotado nuestra capacidad evolutiva en esta etapa, a partir de ahora solo podemos retroceder. Hemos recorrido todos esos caminos que nos iban a llevar más allá. La humanidad necesita urgentemente poder ver más allá para no mirar más acá, hacia dentro, hacia el vecino como enemigo, hacia la amenaza colindante que le ha acompañado desde su nacimiento. Hacia atrás. Hacia el miedo dentro de la oscura caverna.

Y aquí es donde encuentro el puente para  hablar por fin de lo que me interesa. De mí mismo, de mi experiencia personal frente a la amenaza. Me pido disculpas a mí mismo porque no he podido desarrollar tanto como había planteado en mi primer borrador temas como EL PROCÈS (No hay coyuntura internacional, ha sido un buen primer intento, seguid trabajando para que el segundo sea menos improvisado), BREXIT (nadie se creyó nunca que al Reino Unido le interesase lo más mínimo la UE, salvo para hacer negocios, de Gaulle tenía razón: no deberíamos haberlos dejado entrar nunca), Putin (tiene un problema similar al de China, hablan únicamente un lenguaje militar y económico, quieren pero no tienen ni idea de cómo encontrar la legitimidad mundial, la razón es sencilla: en la era que estamos por ver acabar no existe legitimación sin libertad política. Deja que las intenciones políticas se pierdan en el embrollo de la representación parlamentaria y sé aparentemente antiautoritario, el proceso democrático se encargarça de enfriarlo todo) y finalmente nos queda el movimiento #metoo (no he hablado mucho de él porque es un movimiento recién nacido que supone una revisión en profundidad de las relaciones humanas, todo lo que nos parece obvio hoy, hace un año, no lo era hace 20 años, lo importante es haber encontrado una voz común, una clara definición de lo que ya no queremos que pase, a partir de ahí empieza una larga batalla, sin duda estamos mejor que Ellie, la protagonista de Contacto, pero queda un larguísimo y árduo camino por recorrer, sin contar con que la coyuntura tampoco acompaña).

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¡Ah! Se me olvidaba: el medioambiente. Era el elemento transnacional que nos podía unir a todos: la búsqueda de una solución global y limpia al problema de la degradación medioambiental. Desde que empecé a estudiar siempre lo vi como un motivo alrededor del cual se podría articular una acción global multinacional. Una investigación conjunta (volvemos a la unión frente a la amenaza común) que permitiera una solución beneficiosa para todos. Leo esta última frase: una solución beneficiosa para todos.

Me río de mi ingenuidad, y también me río de que me he descuidado y me he vuelto a poner intenso, profundo, justo cuando iba a hablar de mi mismo, de mi experiencia con respecto a la amenaza. Entre risas, me rio de mi mismo y de la caprichosa deriva de la humanidad, reflexiono en UNA SOLUCIÓN BENEFICOSA para todos. Paro de reir en seco. Para conseguir una solución beneficiosa para todos tendríamos que dejar de pensar en términos nacionales y empezar a pensar en términos de humanidad. En realidad ese ha sido el gran fracaso del siglo XX: no haber podido superar el encasquetamiento humano dentro del término nación. Hemos intentado destruirlo, desvirtuarlo, ocultarlo, pero el término nación, la patria, las patrias del mundo han resurgido de las profundidades ante el miedo del qué somos sin nuestra patria, sin nuestras tierras, sin nuestras tradiciones. Volvemos a las cavernas. Preferimos la oscuridad de las cavernas, volver a cometer los errores ya conocidos que caminar hacia la luz exterior, hacia el camino que nos muestra el Cosmos, Carl Sagan y Ellie, la protagonista de su novela, Contacto. El artefacto ESTADO NACIÓN nos ha impedido convertirnos en LA HUMANIDAD. Quizás, como con el PROCÉS, tengamos que replegarnos, guardar a buen recaudo la información para que no la quemen los fanáticos y esperar a que se produzca realmente ese CONTACTO con una vida extraterrestre que nos de significado y que nos permita a la HUMANIDAD definirnos por oposición.

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Sí, me ha quedado una entrada pseudoprofunda, pseudocientífica y pseudo reflexiva, dejemosla en una entrada de OPINIÓN. Ahora sí, voy a dar el paso de explicar mi experiencia con la amenaza. Voy a intentar ser breve. Esa amenaza exterior que no llega para la humanidad llegó a mi vida a principios de este año que acaba en forma de destitución de mi puesto de trabajo. Ahora lo podemos llamar ya por su nombre. No es que me echaran del trabajo, soy funcionario, me destituyeron de mis funciones, de una forma enrevesada y traumática. Se podrían haber buscado otras formas de hacer las cosas pero de haber sido así no hubiese sido nunca demisionado de mi puesto.

Está bien, las cosas son como son y cada vez que recuerdo lo que pasó me tranquilizo pensando en que yo, por lo menos tengo la conciencia tranquila, no soy yo el que ha tenido que socavar la profesionalidad de alguien para justificar un cambio. No soy yo quien ha tenido que medrar para conseguir la legimitación de una acción que a la postre ha resultado vacua y prescindible. Porque, ¿ha mejorado la situación con el cambio? NO. Entonces por qué complicarse la vida. Queda claro que no soy yo quien tendrá que responder a esta preguntas.

En su día busqué una razón y la respuesta fue porque sí, por mis huevos. Fue entonces cuando la amenza se convirtió en un hecho real, fue entonces, cuando vi que YA NO HABÍA NADA QUE HACER, cuando vi que la amenaza de destrucción era tan inminente que mi vida corría peligro (en sentido metafórico, claro está, en este caso era más bien mi salud mental) algo en mi interior se puso a buscar desesperadamente una luz exterior. Un lugar al que asirme para resistir la travesía por la oscuridad que me esperaba.

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No sé cómo se me ocurrió la idea de irme a Québec. No quiero teorizar demasiado sobre el origen de esta decisión. Sin embargo sí que quiero que imaginéis una persona sentada en una playa visionando una ola gigantesta a una distancia suficiente como para tener un mínimo margen de acción, si es lo bastante ingeniosa y creativa. Supongamos que la única manera que tiene de escapar es por el aire y que de alguna manera con el material que tiene allí puede construir una especie de ala delta, un aparato que sin combustible y con la fuerza del viento que levanta la propia ola que lo va a aniquilar va a logra enlairarse y buscar otro trozo de tierra donde ponerse a salvo. ¿Tenéis la imagen? Pues ese fui yo desde enero de este año hasta finales de junio, construyendo sin perder la calma, ese ala delta mientras con el rabillo del ojo veía la ola infernal acercarse. Y fue solo en el último segundo, con las gotas de la ola mojando ya mi cara, que cogí el avión, junto a mi familia, que me llevó hasta Toronto. Una semana después llegué en coche a Montréal y mi vida cambió, a mejor, para siempre.

A diferencia que a La Humanidad, el año empezó mal para ella y ha acabado peor, puedo decir que gracias a la amenaza externa, que estuvo a punto de aniquilarme, para mí, un año que iba a ser de mierda, ha acabado por ser uno de los mejores años de mi vida. Y no solo eso, ha sembrado lo que voy a ser en los próximos 20 años. Antes de que apareciera la amenaza externa iba a ser una cosa, ahora seré alguien totalmente diferente. Así que, aunque parezca mentira, esta es una entrada de agradecimiento a mi GRAN ENEMIGO. Sin su existencia, y sin su decisión parcial de apartarme del que había sido mi puesto de trabajo desde el 2009, no me hubiese convertido jamás en LA PERSONA que ahora sé que voy a ser.

DON’T FEAR YOUR ENEMY, LOVE HIM.

avion antes de la ola

FELIZ 2019

 

 

 

 

 

 

 

#viajandoconNANOS #Cuaderno de #Campo para #niños 10 #rutas #agua #Valencia

noviembre 9, 2018

viajandoconNANOS

#viajandoconNANOS

Es viernes ya y hoy os traemos muy buenas noticias.

El Viernes 21 de Diciembre haremos la Presentación de nuestro Libro:

“Cuaderno de Campo para Niños. 10 Rutas de Agua por Valencia”.

De 18h a 20h en la Cafetería Lidora, en la Calle Palacio nº3 de L’Eliana (Valencia).

Os invitamos a merendar y a pasar la tarde con nosotr@s.

Habrá también una Exposición Fotográfica de algunos de los Viajes que hemos hecho.

Y sortearmos 3 Libros entre todos los asistentes.

Estáis tod@s invitad@s.

¡Os esperamos!

Feliz fin de semana

Autor: viajandoconNANOS

Ilustrador: Iván Alfaro

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