El pasado es hoy

Estas Navidades mi hermana me regaló un par de discos. Ella suele regalarme discos, más que libros. Sí, sí, sí, estamos a punto de empezar el mes de mayo, lo sé. No sé cómo será vuestra vida, la mía es abrirse paso a través de la jungla a base de machetazos.

Me doy cuenta de que casi nunca hablo de música en este blog, no sé por qué. O sí que hablo, pero de manera bastante tangencial, nunca central. Hoy va a ser diferente. La culpa la tiene uno de los discos que mi hermana me regaló en Navidad.

Sé que no tengo perdón. Que un regalo así debería haberlo abierto el mismo día que me lo dió, pero es que yo, para escuchar discos soy muy especial. Odio la saturación y odio la escucha obligada, y odio tener que abrir un regalo en el momento que me dan el regalo.

Además me gustan los objetos sin abrir, sobre todo los discos o cds sin abrir. Todos sabemos que hoy en día no tenemos tiempo para oir como es debido lo que cae en nuestras manos. Gracias a Dani Cardona ha vuelto a caer entre mis manos el disco de Petit Mal, Finlandia y, entre sus canciones he encontrado una joya que en aquella escucha del 2005 pasó desapercibida para mí: la canción número 8. No sé su nombre. Es otro de mis defectos: no recuerdo los nombres de las canciones, ni los títulos de los discos, ni los nombres de los miembros de las bandas etc.

Podría justificar por qué no saber, en este caso, fue una decisión voluntaria. Me vienen a la cabeza dos momentos; el primero en el colegio, cuando los burros de la clase (entre los cuales estaba), pasaron de rechazar aprender lo que los profesores les enseñaban en clase, a competir por recitar de memoria los componentes de los Jam, los Who, Led Zeppelin, etc. La formalización de la formación informal.

El otro momento fue mucho más protofilosófico. Durante mi estancia en Poitiers, en 1994, mi amigo Jêrome y su compañero de piso acogieron a un vagabundo en su casa. Dormía en el recibidor. Pasabas por allí y preguntabas, qué hace aquí: no tiene donde dormir, estará aquí un tiempo. Jêrome contaba que ese  hombre había aprendido a olvidar, llevaba mucho tiempo entrenándose para olvidar, para no recordar…

La semana pasada pasé una tarde en casa de mis padres, subí un momento a mi antigua habitación y buscando un libro para leer durante un rato de pausa me topé con los dos discos que me había regalado mi hermana en navidades. Me había olvidado completamente de ellos. Joder, pensé, cómo puedo haberme olvidado estos discos aquí.

Y bueno, ahora contando todo esto me doy cuenta de que esta es la única manera de que los actos mundanos se conviertan en actos maravillosos, y que, de alguna manera, una escucha pase de ser algo rutinario a algo excepcional.

El pasado es hoy. El próximo día. Comprendo vuestra angustia por llegar a todo, yo también me desvivo por llegar a todo. Pero… Pausa, P-A-U-S-A.

No voy a ponerme a buscar qué es lo que se dijo sobre The Next Day en los medios. Sí diré que como buen descerebrado voluntario, no tengo ni la menor idea de cuál fue su disco anterior. Mi hermana me regaló el del lifting, y antes de ese recuerdo el que iba vestido con la bandera británica, a partir de ahí todo lo que he escuchado de David Bowie es un revoltijo del pasado que vivió en aquel presente y que hoy también es pasado.

Me doy cuenta de que es difícil hacer una crítica musical sin memoria, sin citar discos anteriores, creadores coetáneos (Neil Young, Bob Dylan, Lou Reed, Los Rolling etc.) a Bowie. Solo diré que David Bowie, junto a Neil Young; le van a la zaga Lour Reed y Dylan -a los Rolling más vale no mencionarlos-; es  aquel que sigue haciendo canciones impresionantes sin despeinarse.

The Next Day es una nueva biblia sónica. La primera escucha es rara. Con la segunda ya detectas que algo está pasando: Boss of me y sobre todo How Does the grass Grow? que es el himno del siglo XXI,  te dejan con la cabeza retumbando y pensando: este cabrón, que tiene la edad de mi padre, cómo puede hacer esta puta canción, hijo de perra. El ñañañañañañaña, que es una especie de estribillo interrumpido como quien no quiere la cosa de manera magistral por la frase How does the grass grow Blood blood blood es para no parar de escucharlo jamás.

Luego vienen la tercera y la cuarta escucha y entonces ya cogen fuerza The Next day, Love is lost (del que hay una remezcla en el bonus track), Valentine’s day, Where are we now, I’d rather be high y poco a poco todas las demás.

Aún saltándome la premisa antes expuesta de que he crecido olvidando, diré que hay dos cosas que me han hecho mirar quién cojones había grabado este puto disco con david Bowie: 1. el batería (que me hacía pensar todo el tiempo en Santi Serrano), un tal Zachary Alford, impresionante lo que es capaz de hacer en favor de la canción con todos esos detalles rítmicos. 2. La producción del bajo. El bajo es impresionante en todos los temas, pero lo mejor de todo es su producción, y sin tener ni puta idea, me atrevo a decir que el productor del disco Tony Visconti, sigue produciendo a la antigua usanza es decir, bajos magistrales ajustados en su preciso lugar dejando que en la canción quepan guitarras distorsionadas, arreglos vocales, rítmicos etc.

Muchas veces me pregunto cómo es posible que en ciertos grupos sea tan complicado oir la composición global de la canción y detectar el conjunto, en este disco está la respuesta. Si me preguntas algún día como debería estar producido y mezclado un disco te diré: escucha The Next Day, no te lo vas a acabar nunca.

P.D.:

Señores de Sony, me debéis un par de birras.

 

 

 

 

 

 

 

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