Dinos cómo sobrevivir a nuestra mediocridad

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Escribrir sobre el proceso de creación puede no interesarle a nadie. Pero, es posible que a alguien que no lo sepa ya todo le interese la opinión de alguien que comparte sus experiencias, por muy básicas que le puedan parecer a alguien que lo sabe ya todo.

Yo siempre parto de la base de que tengo muy poca idea de todo, incluso de aquello a lo que llevo dedicándome muchos años y por lo tanto quiero pensar que la mayoría de las experiencias de los demás me pueden aportar algo, aunque sea la claridad de saber que por ese camino no voy a pasar.

Hay una frase de Nirvana que ha sido para mí una máxima a lo largo de los últimos años, y gracias a la cual he seguido metido en proyectos que cualquiera hubiese abandonado hace tiempo: I’m worse at what I do best and for this gift I feel blessed.

¿Por qué?

Es muy sencillo. El mundo está lleno de mediocres y yo soy uno de ellos. Lo he sabido siempre y nunca ha supuesto un problema para mí, el mundo lo sustentan los mediocres y gracias a ellos, a nosotros, se pueden justificar la existencia de aquellos que no lo son.

Comento esto porque el problema de un mediocre no es ser mediocre, sino no tener constancia, no ser perseverante.

Es verdad, desde mi mediocridad nunca, nunca podré escibir un libro como Las Correcciones o componer un disco como Smile – el ser humano es el único animal capaz de saber que es mediocre y mosquearse mucho por ello-, pero, dentro de los límites que marcan mis capacidades, si soy perserverante, quizás algún día pueda escribir mis propias Correcciones o componer mi propio Smile.

Hace dos semanas, por curiosidad tuve la posibilidad de ir a un gran evento, en la Feria de Muestras de Valencia, en el que se iba llevar a cabo un campeonato europeo de un juego de ordenador. Allí habían unos 2000 mediocres, jugando, aprendiendo, trabajando para empujar un poco más allá los límites de sus capacidades, sustentando a los grandes ases del juego. Gracias a los mediocres, a los eternos aspirantes, existen los héroes y, además, se hace negocio. No nos olvidemos nunca de esto. Sin mediocres no hay héroes, ni negocio.

Jonathan Franzen, en Las Correcciones, se enfrenta al reto de la novela global, al estilo Tolstoi. Su método de trabajo no debe ser muy diferente del de Tolstoi. A grosso modo puedo decir que el libro de Franzen es como una gran demostración de saber.

Franzen, en su libro, sabe de todo.

Sabe de política económica y economía social (hace una broma sobre Veblen), sabe de economía, de historia (la crisis de Lituania le sirve para revisionar conceptos como comunismo y capitalismo, por lo tanto podemos decir que su discurso tiene una vertiente filosófica), pero no solo eso, cada personaje sirve de excusa para mostrarnos su saber: puede hablar con propiedad sobre alta cocina y como llegar a la alta cocina, habla con propiedad y conocimiento de investigación científica y patentes, habla con propiedad de inversión en bolsa, de cómo progresar o no en el sistema bancario, habla de empresas que se fusionan, de especulación, y habla de economía doméstica. Habla de cómo una mujer se enamora de otra mujer, y habla del contexto en el que esto se produce. Habla de todo. Este objetivo de ser minucioso y controlar hasta el mínimo detalle de todo aquello que hacen sus personajes me ha recordado a John Updike, en Parejas, contaba con exactitud extrema el trabajo de jefe de obra: cómo construir una casa,  con qué tipo de materiales etc.

Me imagino a Jonathan y a Updike, preparándose una novela. Me los imagino haciendo una exhaustivo trabajo de campo, me los imagino con una grabadora y con una libreta, me los imagino hablando no con uno, si no con muchos profesionales, todos ellos les darán la clave para conseguir hablar con naturalidad y conocimiento de cada uno de los oficios o aficiones de sus personajes. El trabajo de Franzen, se me antoja monumental, carpetas bien clasificadas con datos y más datos. “Vale, este personaje va a ser una cocinera, me voy a poner en su piel. A quién tengo que conocer, dónde tengo que ir etc.”

Hace unos días, por primera vez en mi vida, tuve que segar el cesped del jardín en la casa donde estamos pasando el verano. Me aconsejaron que antes de pasar el cortacesped utilizase una desbrozadora para los hierbajos laterales donde no podía llegar la máquina. Nada más ponerme en marcha la desbrozadora se quedó sin hilo. No sabía cómo cambiarlo. Tras preguntar, nadie cerca de mí tenía ni idea. Se me ocurrió mirar en you tube, había, no uno, sino varios videos de aficionados explicando como cambiar el hilo de la desbrozadora.

Sería muy interesante que en you tube Franzen nos contase el proceso de creación de sus personajes. La cocina, no ya de la escritura, sino de la creación de literaria (dejemos el estilo de lado en esta entrada, no me matéis por ello).

Hace años me leí un libro de Kenzaburo Oe, Dinos cómo sobrevivir a nuestra Locura. No recuerdo absolutamente nada del libro pero el título se me quedó grabado. Lo he recuperado hoy para escribir esta entrada cambiando locura por mediocridad pero en realidad lo que quería decir era: dinos como convivir con nuestra mediocridad.

La teoría es muy sencilla: conocerse a uno mismo, saber cuales son nuestras limitaciones, y trabajar dentro de ellas. He dicho que también hace falta constancia y perseverancia, pero se me olvidaba algo. También hace falta suerte. La suerte es muy importante para poder convivir con nuestra mediocridad. La suerte a un mediocre le permite abrir una brecha, dar un giro inesperado en su trayectoria. Digamos que alguien mediocre es alguien que no es capaz de crear 10 personajes de ficción, y sus historias, creíbles y entretenidos en unas 650 páginas. Digamos que alguien mediocre es alguien que no es capaz de componer y grabar el Smile. Pero digamos que alguien mediocre como yo tiene un voz y que forjándola, puede darse de frente con algo que meses atrás no era capaz de ver. Todo tiene su escala, todo tiene su justa medida y cuando un mediocre se da cuenta de que ha dado con algo nuevo dentro de su proceso de creación, es feliz.

Esto me ha pasado hace poco, hace ahora, más o menos una semana.

Antes de irme de vaciones, mi profesor de piano (Gilberto Aubán) me recomendó estudiar un preludio de Bach. Una obra que por fin me iba a permitir leer música.

Me descargué parte de la partitura antes de irme de vacaciones con el firme propósito de aprendérmela para el final del verano. Iluso de mí, intenté tocarla con mis conocimientos básicos. Enseguida me di cuenta que aquello iba a ser imposible, que tenía que encontrar la manera de trabajar la obra de manera más parcial.

Me puse a buscar por you tube: aprender a tocar el piano. Di con un software muy interesante que te enseña música como si fuese un juego, solo necesitaba conectar el piano al ordenador. Dar con un cable midi fue toda una odisea. Al final me hice con uno. Conecté el piano al ordenador para empezar a  hacer los ejercicios. Estuve cuatro días seguidos sin parar de hacer ejercicios. Lectura en clave de Sol. Lectura en Clave de Fa. El piano sonaba gracias al Garage (un programa de grabar música que tiene el mac).

Al quinto día, no sé porqué, al abrir el Garage para que sonase el piano, antes de hacer los ejercicios diarios, no pude reprimir el impulso de grabar algo buscando algún instrumento extraño. Di con un sonido de contrabajo y un sonido de xilofón (aquí es donde abordo el tema del proceso de creación). En cuanto grabé esta primera pista no pude parar. Conforme se iba desarrollando la canción pensé en las composiciones entrelazadas de Brian Wilson, -toc, toc, ¿hay alguien? Sí, pasa, pasa..- suerte. Tuve suerte porque al ponerme a escribir esta canción comprendí todo aquello que había dejado atrás en los últimos años. Comprendí porqué había compuesto La Disolución Doméstica. Lo había hecho para poder llegar hasta esta “Suite”.

Y aquí está el proceso de creación de la “Suite Brian Wilson I”, no está acabada, pero siempre puedes volver a este blog para ver si la he terminado ya o no:

1. Borrador 1

2. Borrador 2

3. Borrador 3

4. Versión final

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