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Vivo, de milagro

diciembre 18, 2020


Suelo volver a casa siempre por el mismo camino. Soy una persona de rutinas, cuando salgo del garaje, intento salir de mi plaza sin rascar la columna, el coche de al lado, la barandilla de la primera curva, la pared de la segunda curva, la segunda y la tercera columna, antes de salir a la calle miro bien para no atropellar a ningún peatón o ciclista, y, por fin, incorporarme al tráfico indemne.

Entrar y salir de mi garaje es una de esas costumbres que me atan a la vida, que significan mi vida.

Salí de mi garaje para ir hacia Alicante, quería asistir a la entrega de premios Carles Santos, unos premios a los que Carles Santos nunca hubiese dado su aprobación, eso dicen los que lo conocieron bien, supongo. La verdad es que mucha gente no sabe quién es Carles Santos, mucha más gente aún no sabe que hay unos premios llamados Carles Santos, creo, lo que sí que sé es que hay mucha, mucha, mucha gente interesada en los Talent show musicales, y lo que sí puedo decir es que, de momento, los premios Carles Santos no son un Talent Show. ¿Por qué?, os preguntaréis, pues porque estaba nominado yo.

Mi garaje está cerca de una librería, una librería que abrió hace relativamente poco. Una librería joven. ¿Una librería joven? ¿Puedo hablar de la juventud de las librerías? ¿De la juventud de la cultura, del teatro, de la música? ¿Existe una cultura joven? ¿Existe una cultura adulta?¿Existe un puente entre ambas culturas?

Presentación de mi libro Un Inmenso e infinito continente en la librería Bangarang. Foto de Armand Llàcer.

Siempre que puedo cuento que yo entré en el mundo del teatro de la mano de la narrativa, quería ser escritor, escribir una novela, y, buscando talleres de escritura, un amigo me recomendó que me apuntara a uno de escritura dramática, lo impartía Paco Zarzoso. Fui con las expectativas muy bajas, aún no tenía hijos, podía beber bastante sin preocuparme por mi salud y Paco me acogió a mí y al resto de los alumnos como si fuéramos escritores coetáneos suyos, como si nuestros escritos pudieran compararse a lo que escribía él. La cultura adulta tendiéndole la mano a la cultura joven, sin jerarquías, de tú a tú, puedo aprender tanto de ti como tu de mí. Esto es un intercambio, un quid pro quo, ambos vamos a salir reforzados, solo tenemos que aprender a escuchar, los dos.

Para qué, ¿por qué tender puentes entre la cultura adulta y la joven?

La cultura joven. ¿Qué es la cultura joven? ¿Qué es el arte joven? ¿Quemar un contenedor? ¿Saltar del balcón de un hotel a una piscina? ¿Beber hasta desfallecer? 

¿Beber es cultura? ¿Cuál es el único espectáculo al que puedes asistir, y vale la pena —puedes disfrutarlo igual o incluso más—, yendo hasta las trancas de sustancias legales, alcohol, o ilegales. La cultura convertida en un lugar donde se expenden bebidas espirituosas, es decir, la cultura musical como una rama más del sector de la hostelería. Perdón, la música para jóvenes. La cultura musical para jóvenes. 

Antes de depender de la financiación de la telefonía móvil, la cultura musical “independiente” dependía de la venta de alcohol. Aún pasa.

¿Los Bares culturales deberían vender alcohol? ¿Deberían ser financiados por las instituciones públicas? ¿Y las librerías? Si son agencias culturales independientes, ¿por qué han de estar sometidas a las leyes del mercado y depender únicamente de la venta de libros? ¿Por qué no pueden recibir ayuda económica institucional por el simple hecho de poner en valor su función difusora cultural?

Las librerías, los bares culturales, la red de teatros alternativa. La cultura joven. ¿Dónde se forma y rompe mano la cultura joven? ¿Dónde el escritor consagrado puede reencontrarse con la carne fresca? ¿Qué tipo de cultura queremos para nuestros jóvenes? ¿Qué tipo de cultura demandan ellos?

Yo de joven quería tocar, soy un músico que se formó viendo conciertos en lo que antes llamábamos garitos, creo que hubiese sido feliz, al menos durante un tiempo, tocando todos los fines de semana, yendo de garito en garito, cobrando al menos lo mismo que cobraban los camareros por hacer sus turnos. Nunca lo conseguí. No sé lo que persiguen ahora los jóvenes, no sé si quieren tocar en cuanto más festivales mejor, ganar los premios Carles Santos, los Ovidi, tener un millón de escuchas en Spotify, no lo sé.

Formándome como músico en los garitos de Valencia con 18 años.

Bares culturales, librerías jóvenes, red de teatro alternativa, ¿cineestudios?

En el coche no iba yo solo. De copiloto se puso Jesús Sáez, porque era el más grande, Micalet Landete, Virginia Lorente y Luis Martínez, en el asiento de atrás, un poco apretados. Parecíamos un comando, nuestra misión poner una bomba en Alicante y volvernos antes de que explotara. Un viaje relámpago, nadie percibiría nuestra incursión.

Cuando salgo del garaje y me incorporo a la circulación pongo la radio, últimamente pongo las noticias, el sonido de la palabra hablada me produce placer, poco me importa lo que me cuenten, necesito sentir cómo la voz a través del micro y las ondas llega levemente distorsionada, rasposa, hasta mis oídos. Sí, me da placer, el sonido de la palabra hablada, me da placer, confianza, seguridad, es como mi plaza de garaje, me ata a algo tangible, a algo que existe de verdad, a algo que siempre está y estará ahí. No es verdad que cualquier voz sirva, que cualquier voz me produzca este placer, lo siento, aquí también la peculiaridad del timbre del locutor o locutora es determinante, como en la música, supongo. 

No es lo mismo ir a un sitio a comer y beber que ir a un sitio a beber; no es lo mismo ir a un sitio a comer, beber y escuchar música de ambiente, que ir a beber y a escuchar música en directo, no es lo mismo ir a beber y a escuchar música que ir a beber y a escuchar música en directo. No es lo mismo ir a escuchar música que ir a beber. No es lo mismo ir a beber, doparse y escuchar música en directo que ir a escuchar música en directo a un garito. No es lo mismo ir a escuchar música en directo y bailar que ir a escuchar música en directo, querer hablar y hacerlo. No es lo mismo un bar que un bar cultural. No es lo mismo que lo más importante de tu negocio sea vender comida o bebida –que en caso de cierre por pandemia pidas ayudas junto al gremio de la hosterlería– que vender música, libros o cultura. No es lo mismo recibir ayudas institucionales y garantizarles un ingreso mínimo a los músicos que tocan en tu sala, garito o bar musical que que vengan a tocar a taquilla o alquilando la sala y que esperes, además, que los asistentes acaben con tus existencias de alcohol. No es lo mismo.

Volvemos de Alicante, estoy algo aturdido, hay que asimilar la derrota, Virginia en el asiento de atrás acaricia su premio, yo me he quedado a las puertas… a las puertas de qué. Abro un paquete de pipas para no dormirme durante el trayecto. No paso de noventa, conduzco por la autovía. Estoy en ese momento de transición entre la gala de los premios y la realidad, estoy volviendo a la realidad. Competir. No me gusta competir, como decía Jacobo Pallarés cuando nos comunicó que habíamos recibido las ayudas de Graneros de creación escénica 2017: hemos preferido hablar de conceder ayudas a los proyectos más interesantes que hablar de haber seleccionado los mejores proyectos. No hay proyectos mejores que otros, solo proyectos que se han acoplado mejor a lo que solicitábamos. Me tranquilizó recibir aquella ayuda, no tenía que competir, tenía que coexistir. Cuando te “obligan” a competir, acabas queriendo ganar, y entonces es cuando pierdes. La derrota, el sabor de la derrota. Mastico otra pipa, acelero, cojo la velocidad de crucero, ya puedo volver a comunicarme con los demás, Jesús y Landete están hablando de los discos de Iron & Wine, de sus primeros discos, de las mejores canciones dentro de esos primeros discos, de sus componentes, de sus proyectos paralelos.

Comando VLC en su insursión Express en el teatro principal de Alicante. La chica de la derecha, Virgina Lorente, sí que se llevó el premio al mejor diseño del disco de Llum, de Jesús Sáez, el chico alto de las gafas 3D. Detrás de mí están Micalet Landete en pose de guardaespaldas y Luís Martínez, muy tranquilo (gracias por acompañarme) -foto Eva Mañez.

De joven, me gustaba ir a ver música en directo en garitos. Cultura de cercanía. Cultura de proximidad. Músicos de kilómetro cero. A veces iba solo, a veces con colegas, a veces bebía, lo justo para entonarme, a veces no me daba tiempo a entonarme, no era la llamada del alcohol lo que me llevaba hasta allí, era la llamada de la música, pero era, entonces, en los bares, dónde se podía testar la creación musical juvenil y fue en aquellos bares donde acabé formándome como músico.

Por las mañanas, al ir hacia Valencia a trabajar, la incorporación en la autovía es peligrosa. Están ampliando el número de carriles y han llenado de separadores de hormigón el tramo desde donde yo salgo. Una vez llamé al 112, un coche estaba parado con la doble intermitencia en medio del carril, casi me empotro contra él. Cada mañana pienso en lo peligroso que es este tramo.

Una librería joven. Una librería joven cerca de casa. Un imán cultural. Las librerías ya no pueden, no deberían, ya centrarse únicamente en vender libros, han de empezar a vender cultura, a ser agencias de cultura independiente, y buscar financiación, fuera del mercado, tanto pública como privada.

Soy de los que piensa que un buen circuito de bares culturales es la estructura básica desde la que construir una industria y un público musical. También pienso, que como las librerías, esos bares culturales, no pueden depender únicamente del mercado, necesitan una financiación institucional que les permita, por un lado, tener autonomía frente al mercado del alcohol y de la telefonía móvil, por otro, que para acceder a estas ayudas y apoyo institucional han de ser capaces de ofrecer, además de una contrastada programación cultural, un espacio que, aunque pequeño, reúna las condiciones para poder desarrollar estas actividades con las necesidades técnicas necesarias básicas cubiertas, y finalmente, pero no por ello menos importante, que garanticen siempre unos ingresos mínimos a los músicos que vayan a tocar.

Este año me dieron el premio Ovidi a la mejor letra de canción. Poca broma. Para un músico que entró en este mundo gracias a las letras de Lou Reed o Bob Dylan, es un honor. Estaban nominados junto a mí, ni más ni menos que Xavier Sarrià, más de 4 millones de escuchas en spotify de su canción La flama, Pau Alabajos, un poco más de 1 millón de escuchas de su canción Inventario, y Smoking Soul (los cabrones que me robaron, perdón, me ganaron, el premio al mejor disco Pop en los Carles Santos) casi 2 millones de escuchas de su canción Nit Salvage. El de mejor letra de los premios Ovidi me lo llevé yo. Lo dicho, competir es una mierda.

Recogida por parte de mi otro yo del premio Ovidi a la mejor letra.

La primera y última vez que gané algo fue con 9 años. Desde entonces que no ganaba nada. Aquel verano había crecido más que los demás niños y nadé tan rápido que cuando llegué el primero al otro borde de la piscina, nadie aplaudió, esperaron a que llegaran el segundo, el tercero y los demás para vitorearlos, aquella era la verdadera carrera, había emoción. Subido al podio saboreé por primera y última vez las mieles de la victoria. Hasta el 15 de noviembre del 2020, cuando en Alcoi, mi pareja recogió mi premio (yo no pude asistir, estaba representando en la Sala Ultramar la obra Un Immens i Infinit Continent). En esta ocasión la vida me había puesto en la situación inversa Pau Alabajos, Xavier Xarrià i los Smoking Souls me llevaban una ventaja descomunal, miles y miles de escuchas en spotify por encima de mí, sin embargo, quiero creer que el jurado vió algo excepcional en la letra que escribí, algo que estaba por encima de las consideraciones del mercado y del número de fans que respaldan a una u otra propuesta. Para un músico formado a pie de barra, no está nada mal. Aunque sigo diciendo que competir es una mierda.

Ese mismo verano gané la medalla de oro por llegar el primero en el campeonato de verano de natación del complejo Cinco Mares de la Pobla de Farnals.

Miento, bueno no miento, solo he ganado estos dos premios pero, nunca podría decir: NUNCA ME HAN DADO NADA. Entonces sí que mentiría.

La ayuda más notable que he recibido como creador ha sido siempre desde el mundo del teatro. Desde que recibí en el 2008 la ayuda a la escritura de La Vals de l’abîme (que acabó convirtiéndose en Pensión Morfini) hasta la fecha: Taxis (producción VEO 2010), La batalla Vital (graneros de creación Inestable Rambleta y Ayudas IVC) y, este año, Un Immens i Infinit Continent (Ayudas IVC). También cabe mencionar que he recibido ayudas como bibliotecario independiente: COBDCV (Ayuda GIA 2018), La Marina de Valencia (BED La Marina 2019). Quiero decir, existe un reconocimiento a mi trabajo fuera del mundo de la competición. Eso sí, estas ayudas que me han dado no llegan a representar ni el 20% de lo que ha sido mi producción artística, todo el que de, alguna manera, tiene un trabajo freelance, ya sea de dramaturgo, de diseñador de interiores o ofrezcas talleres de restauración, sabe que de todo lo que ofreces, si logras vender un 20%, ya te puedes dar por satisfecho. Por eso llevamos tantos proyectos a la vez. Solo los privilegiados van a tiro hecho.

Imagen que envié para participar en un laboratorio de escritura de teatro junto al proyecto que rechazaron.

Al llegar al pueblo donde resido provisionalmente en estos momentos, salgo por la salida centro. Han abierto una circunvalación, una “ronda”. No me deja de hacer gracia que un pueblo tenga rondas norte y sur y salidas Este, centro y Oeste. Pueblos tan pequeños, me refiero. La ronda norte es un camino que descubrí hace poco, a causa de las obras de ampliación de la autovía. Es una entrada cómoda por que antes de entrar en el pueblo hay una gasolinera y un supermercado que pertenecen a una cooperativa. A lo largo de un par de meses me he ahorrado 3 euros de gasóleo a la semana, la economía familiar lo ha agradecido.

Después de poner gasóleo paso el cementerio y me encamino al pueblo. Entro en una de sus avenidas exteriores, una donde, a pesar de ser un lugar ideal, los comercios, bares y tiendas, aún no han logrado establecerse para darle a la zona un aire más bullicioso y vivaz. Pero no la recorro en su totalidad, me gusta desviarme por un atajo. Uno que descubrí buscando el trayecto más corto posible para llegar hasta casa de mis padres. Un camino flanqueado , entre otros, por almacenes de cebollas. Sé que son almacenes de cebollas porque en más de una ocasión he tenido que esperar a que los camiones aparcaran sus enormes tráileres para descargar las toneladas y toneladas de cebollas. Tráileres tan grandes que casi caen por el borde de la estrecha carretera, a los campos colindantes.

Ese camino es más corto, y si quieres llegar el primero a casa, has de tomarlo de todas todas, si continúas por la avenida “quiero pero no puedo”, y entras en la urbanización por el Sur en vez de por el norte, pierdes.

Voy por el camino del norte, el atajo que me llevará hasta casa unos minutos antes, no compito con nadie, seguramente, me pasa como con los tres euros de gasóleo semanales, ahorras tanto el tiempo como el dinero sin que después seas consciente de en qué te lo gastas.

Días atrás un camión estuvo maniobrando un buen rato hasta que logró entrar en la zona de descarga del almacén, estuve parado unos minutos que se hicieron eternos, pero en esta ocasión, no sé por qué, decido no esperar, me pongo en el carril de la izquierda y veo que a lo lejos viene un coche, el culo del camión está a unos cuatro metros del campo colindante, sin pensarlo mucho, mientras el camión hace marcha atrás, me dispongo a pasar. Seguramente, tal y como pasó el día anterior, pienso que el camión, para mejorar su maniobra parará, pero, conforme acelero veo que el camión no para, acelero y el camión sigue tirando para atrás, acelero y veo el coche que viene de frente, cada vez más cerca, acelero y empiezo a pensar que el camión no va a parar y que yo no voy a pasar, no me da tiempo a pensar más, no me da tiempo a frenar, solo puedo continuar. Y paso, y miro la cara horrorizada de la conductora que viene de frente antes de incorporarme al carril derecho. Y cómo si nada, sigo adelante, me desvió en la primera salida, a la izquierda, camino de mi casa.

Esa misma noche, sobre las 3h de la madrugada me despierto y me invade una sensación de pánico incontrolable, pienso: vivo, de milagro.