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Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -3-

octubre 26, 2015

nestor_MUV

¿Qué es ser músico?, ¿qué significa ser un músico hoy?. ¿Para qué?, ¿por qué?, ¿hasta cuándo?. ¿Cómo?.

Al echar la mirada atrás me doy cuenta de que sigo luchando por la mayorías de las cosas por las que luchaba cuando empecé: tiempo, espacios donde mostrarme, lugares espaciales y temporales donde trabajar.

Ese concepto global parece, al menos desde la distancia, asemejarse al que hoy día persigo. Han habido vaivenes, dudas. Pero las prioridades se me antojan las mismas que las que sentí aquel día que decidí que quería montar un grupo de música.

Tendría unos 13 o 14 años, veraneaba en la Pobla de Farnals, aquel fue mi último año allí, los siguientes los pasaría en la Eliana, la Eliana de Espiral y Seguridad Social. Pero allí, en la Pobla de Farnals me di de frente con la música en directo. La Última Rosa se llamaban. Algo pasó cuando los vi que me hizo querer ser como ellos. Ahí empezó todo, en un bareto de malamuerte en un edificio de un complejo de la playa de La Pobla de Farnals.

Ese mismo verano me pasaron un cassette de Interterror mezclado con canciones de la Resistencia, quizás fuera al revés.

Tomemos nota de esto: un garito de malamuerte donde tocaba un grupo novel. Una cinta de cassette que sonaba a rayos donde un grupo novel había grabado su primera maqueta.

No, ni mi hermano mayor me pasaba discos de David Bowie ni mi padre me llevaba a conciertos de Bruce Springteen.

Las cosas han cambiado a mejor, sin duda. Los garitos de malamuerte se han convertido, en su mayoría, en locales o espacios bien acondicionados, y los grupos noveles ya no lo son tanto, o más bien nada, y hacen grabaciones que, muchas de ellas, son de calidad pro.

Dicen que un niño queda marcado por aquello que le sucede en los 5 primeros años de su vida. Que su personalidad queda marcada por lo que sucede en estos cinco primeros años. Yo quedé marcado por ese primer concierto, por esa manera de llegar a la música.

Me di cuenta este fin de semana durante los conciertos del Circuit Intercities que monté junto Micalet Landete. Mientras ayudaba a montar y desmontar el equipo para los conciertos de Isaac Ulam y de Gener en el Deluxe, en el Trova’m, en La Casa Cantonera o en L’Escenari, pensaba que el marco global de lo que para mí ha de ser la música y ser músico se quedó grabado aquella noche de aquel verano en aquel garito de mala muerte. La cercanía del músico, de la música, del público.

gener

Y, ¿por qué un músico debería montar conciertos de otros músicos?

Algunos músicos se dedican a grabar a otros músicos, otros a producir las canciones de otros músicos, algunos se especializan en arreglar instrumentos, a algunos les gusta conducir y se hacen Pipas… Muchos no entienden porque habrían de hacer algo diferente a hacer canciones. Muchos de estos últimos sacan tantos discos innecesarios… tantos discos que no son más que un vómito de la inercia de una vida que les empuja a crear cuando lo que de verdad deberían hacer es aprender a estar callados. Estar callados, también es una virtud. 50% para la creación artística, 50% para gestión artística.

Hay muchas razones por las que es positivo no solo dedicarse a “ser músico”. Todas ellas tienen que ver con comprender mejor las diferentes facetas del oficio al que te dedicas, y por lo tanto a comprender mejor por qué las cosas no funcionan como tú creías que iban a funcionar.

ulam

Hay que tener en cuenta que en el ámbito de la música se trabaja con un enorme grado de frustración. Si hiciéramos una encuesta nos daríamos cuenta de que la mayoría de los músicos de música popular están frustrados. La mayoría no han visto satisfechas las espectativas que se crearon cuando llegaron a este mundo. Y esto es porque cometieron el error de querer ser únicamente estrellas del Rock. Sucede en otras ramas artísticas, todas aquellas que tienen que ver con posicionarse por encima de los demás, por aplastar a los demás para desmotrar que estás por encima de ellos, y que tú sí lo has conseguido porque eres mejor y los demás no porque son unos mierdas.

Este sentimiento no aparece por ejemplo en el mundo de la alfarería, o en de la orfebrería, o quizás sí, pero seguro con no son como en la música popular el eje central. Las tradiciones artesanales suelen ser más modestas, pero la creación artística suele ser elitista, y en el caso de la música popular existe un problema añadido, como los deportistas de élite, los músicos “pop” (entendemos músicos Pop aquellos que hacen música popular) tienen fecha de caducidad.

Esa función por la que el R’N’R nació como instrumento de destrucción de las relaciones intergeneracionales tiene hoy en día pocas posibilidades de manternerse sin crear un situación cuanto menos estúpida.

No hace falta más que ver a los Rolling para darse uno cuenta de la gran farsa del R’N’R. La verdadera revolución, hoy en día, los únicos que mueren por algo hoy en día, son los Yihaidistas, y estos no escuchan música. Solo rezan y destruyen.

Pero volvamos a la música popular y a ese problema suplementario que tienen con respecto a las otras artes debido a su nacimiento fuera del ámbito universitario: la falta del trasbase informativo intergeneracional. Quien hace música popular, muchas veces, ha convertido y simplificado su mensaje antisistema en un mensaje projuventud y antienvejecimiento. Con slogan rollo: todos tenemos derecho a ser jóvenes y a cargarnos en nuestros viejos y no vas a ser tú quien va a venir aquí a explicarnos como hacerlo.

Y en esto se ha quedado la pataleta y la gran revolución contracultural de los años 60. Nos convertimos en unos jovencitos enfadados con nuestros padres, ya que el mundo se había convertido en algo tan complejo que era difícil saber contra qué estar enfadado.

He pensado en todo esto durante estos cuatro días acompañando a Gener e Isaac Ulam en el Circuit Intercities. Pensaba en ello para encontrar respuestas y saber qué estaba haciendo allí en vez de estar viendo la liga, o estar preparándome para la maratón de Valencia.

Es difícil explicarle a una persona lo que es tener una pasión por algo a no ser que esta persona también la sienta, no necesariamente por lo mismo que tú. Cuando tienes una pasión por algo haces cosas que no se pueden catalogar como normales, ni se pueden evaluar en términos económicos.

Pero son estas cosas las que mantienen a flote tu pasión, traer a gente de la que puedas aprender, gente que aprende de ti. Gente que te enseña y a la que enseñas. Intercambiar. Compartir. Crecer. Términos tan poco rockanroleros son los que escriben el nuevo R’N’R.

No hubiera escrito todo esto si no fuera para explicar que hay actuaciones poco musicales, es decir, que tienen que ver poco con cantar, tocar la guitarra o escribir canciones, que te empujan también a ser más músico, y a saber por qué y para qué quieres ser músico. Hay actos que aparentemente no tienen nada que ver con escribir una canción pero que finalmente te por alguna razón te ayudan a escribir una canción, a iniciar un nuevo proyecto.

Podría ser de otra forma, pero a veces los disparadores creativos son extraños e imprevisibles. Quiero decir que nunca hay que rechazar un trabajo aparentemente menos musical, puede que te lleve a componer una buena tanda de canciones.

Esto es lo que me pasó a mí antes de verano. Me llamaron del Circuito de Música Urbana para aportar algo de apoyo en la organización desde Malatesta Records, también me ofrecieron un concierto, igual que a algunos otros músicos del sello.

En aquel momento llevaba casi un año y medio sin hacer conciertos de canciones. En cuanto cerré el concierto supe que tenía que ponerme las pilas, que tenía que reconstruir todo aquello que había dejado algo abandonado en los úlimos tiempos, y que ya no podía seguir dudando hacia dónde ir. Había estado investigando, probando, había llegado el momento de decir basta. De plantarse y con lo puesto ponerse el mono de trabajo.

Y eso hice este verano, con algunas ideas difusas en la cabeza me puse a trabajar en sonidos y en canciones con la intención de crear un nuevo repertorio y con la intención de pensar en cómo darle vida, y con quién, a ese nuevo repertorio.

Y en esto estoy ahora, metido hasta el fondo. Y con un primer concierto a la vista el 6 de noviembre. Un concierto que va a ser como un nuevo primer concierto. Si es que reinventarse es posible, esta será una manera de comprobarlo.

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy) -2-

octubre 22, 2015

banda_en_el_campo

¿Por qué hacer música? ¿Para qué hacer música? ¿Cuándo?

Es verdad que para hacer música en tu casa puedes necesitar relativamente poco. Puedes invertir más o menos en material. Pero al no tener un horizonte externo hay muchas cosas a las que no es necesario enfrentarse.

Todo lo que complica la música, y al final cualquier creación artística, sea quizás la razón por la cual realmente nace. La comunicación con el exterior.

La comunicación con el exterior puede llegar incluso sin querer comunicarnos. Para comunicarse con el exterior es necesario tener un proyecto.

Cuando damos el paso de trabajar en un proyecto, de alguna manera, hemos iniciado nuestro deseo de comunicarnos con el exterior, podemos conseguirlo, incluso, una vez muertos.

Acotación: 43 años

Ámbito: música.

Qué tipo de proyecto musical puede motivar a una persona de 43 años, como yo, para hacer música.

Y, qué voy a tener que hacer para poder poner en marcha este proyecto.

Desde que publiqué La disolución doméstica hasta antes del verano del 2015 no había conseguido visualizar cuál iba a ser mi siguiente paso en el mundo de la música. Solo lo he tenido claro el día que en mi cabeza se produjo el click que me permitió volver a escribir canciones. Si hay canciones hay proyecto. Si hay un proyecto hay que ponerse a trabajar.

Hasta el verano pasado no es que hubiese abandonado la música, no, el tema era que todo aquello que hacía no me llevaba a un lugar que me motivase lo suficiente como para ponerme a trabajar de nuevo en un proyecto musical (lo cual, como cualquiera que se dedique a la música, sabemos que cuesta mucho esfuerzo, tanto de tiempo como de dinero. De hecho me ha sucedido en algunas ocasiones que justo cuando ha nacido el proyecto he estado tan agotado que no he podido prestarle la atención suficiente a la parte promocional. Sin ir más lejos, después de sacar La disolución doméstica, pensar en una minigira de promoción me ponía de los nervios y al final acabé por hacer solo dos o tres conciertos).

Pero en verano se produjo el click, ves como van cuajando una sucesión de bocetos que van tendiendo hacia una idea en común. En este caso la idea en común que compartían los bocetos y las revisiones de canciones anteriores era la manera de llegar a un sonido concreto.

aparatos_01

El proceso para determinar ese nuevo sonido también surge de un periodo de investigación, al no dedicarme al 100 por cien de mi tiempo a la música, diseminado. ¿Hubisese llegado antes a esta visualización de la idea musical de haber tenido más tiempo? Cada vez estoy menos convencido de ello. Soy de los que piensan que para cocinar hay que tener paciencia y en la música pasa un poco lo mismo.

Antes de tener un proyecto definido también puedes dedicar mucho tiempo al estudio de la técnica y de la teoría musical. Y por supuesto las antenas las tienes receptivas a todo lo que escuchas alrededor. Pero, nada de todo esto te garantiza que vayas a tener en algún momento el alumbramiento que buscas. Nada. Además en el proceso puedes equivocarte, puedes creer haber tenido una gran visión y sin embargo al ponerte a ejecutarla darte cuenta de que aún no le ha llegado el momento a esa idea (por motivos técnicos, por capacidad personal, por motivos económicos, por ignorancia etc.)

Pero bueno, si estoy escribiendo es porque ese momento llegó y eso significa que la maquinaria se ha puesto en marcha.

Podría haber sido de otra manera pero, finalmente, después del alumbramiento, sentí la necesidad de montar un grupo. El de la foto que hay más arriba. Aún faltan personas, busco trompeta, trombón, chelo y violinista, pero no me quejo, lo mío me ha costado lograr que formen parte del proyecto los que están en la foto, y aún así son libres de desaparecer en cualquier momento. Voy a tener que cuidarlos mucho.

De momento ahí están, nos hemos ido a la montaña a celebrarlo.

Creo que mi próximo entrada hablaré de por qué y para qué  montar una banda.

Con las antenas puestas vuelvo desde hace algunas semanas a casa todos los miércoles después de los ensayos. Ya es la segunda vez que en el programa Coordenadas de Radio 3 descubro propuestas interesantes. Esta vez le ha tocado el turno a Gata Cattana. Lisistrata

Por cierto el programa habla sobre la prostitución, si quieres oirlo, pincha aquí.

Yo no camelo perfumes de Nina Ricci,
soy más de libros de la Silvia Federicci,
será mejor que trates mejor a esas bitches,
no sea que de repente me escuchen y se compinchen.
Os lo tengo dicho,
os lo dejo hecho,
al punto, la teoría King Kon no apunta.
Facilito tronco, deja de poner impedimentos,
deja de ser un experimento.
Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo.
Deja de follarme con los ojos ya de paso cuando paso por la calle sola en todo momento
porque me cago en to.
Que en pleno siglo veintiuno,
que tenga que venir la Ana a rebatir a Froid,
a tradiciones largas desde Nietzsche hasta Unamuno,
de Aristóteles a Darwin,
desde Franco hasta Rajoy.
Aquello es barro, esto es lodo, sé por dónde voy,
que las cosas no han cambiao demasiado a día de hoy.
Haciéndome hit rain a lo hard country,
modus operandi,
rayaos, estampaos rollo punky.

Eres la puerta del demonio,
eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido,
eres la primera desertora de la ley divina.
Eres la que condenó a aquel a quien el diablo no fue suficiente para atacar,
así de fácil destruiste la imagen de Dios y el hombre,
a causa de tu decepción, mujer.
Que venga Dios y lo vea,
como a Gea se la marginó,
ardió en la hoguera con tres brujas durante la inquisición,
vale, que monten sus ministros festivales feministas contra la segregación,
alimentando el tópico con discriminación positiva que es mentira,
no es ninguna solución,
yo hago lo que quiero bajo el “niña no andes sola”,
mujer en toda regla, poetisa con mayúscula.
Descontrola por la ciudad cantando hardcore
con camisa y tacones altos.
Con la moral muy por encima de sus cuentos, como la de otras tantas putas que mueren callando.
Y ando cayendo ya, encallándome en mi propia guerra cívil como Lisístrata.
Sin más que decir, que aportar a la causa
Rosa Luxemburgo, campo amor, guerra amazona, vestal romana, sendero impío hacia la vida humana,
Keny Arkana
yo os invoco hijas de Eva buscando una luz
buscando una luz, buscando una luz
yo os invoco hijas de Eva buscando una luz
buscando una luz, buscando una luz
yo os invoco hijas de Eva.
Desde que Prometeo les mostró el truco del fuego
sometieron nuestro ego deste Atenas a Estambul
Tú y cuántos cómo tú contra estas dos titánides
corre ve y dile a aquel que no vamos a ser tan dóciles
Imbéciles se creen que son la élite y caerán por su propio peso cuando rescate a Eurídice
Lapídame, humíllame, si quieres ponme un burka
arráncame la bolle, el clítoris pa ser más pulcra.
Escóndeme, tápame bien ese escote impuro,
no sea que te pervierta o te transporte al lado oscuro,
no sea que te intoxique con mi psique de cianuro.
La mujer es el diablo eso seguro, ten cuidao.
Y ando cayendo ya, encallándome en mi propia guerra cívil como Lisístrata.
Sin más que decir, que apuntar a la causa un tributo a mis musas que luchan.
Entiendo que la mujer, si no es prostituta es que es tonta,
pero si es que no es ninguna de las dos,
lo que sí es seguro es que es mala.
Las mujeres no somos ni malévolas,
ni malignas,
no enjendramos el demonio,
y tampoco somos santas porque nos santificamos cuando llegamos a ser madres.
Las mujeres somos mujeres.

[Ser músico hoy va a ser una minisección dentro de mi blog en la que iré contando todo aquello que me vaya pasando hasta la publicación de mi próximo disco. No va a tener una periodicidad fija.]

Ser músico hoy (mi visión de la música o por qué estoy donde estoy)-1-

octubre 20, 2015

gilbefest_tulsa_verlanga

(foto tomada por Verlanga durante el Gilberfest en Los Aperitiver del Tulsa/Verlanga)

Permitidme que exprese mi propia visión de lo que es ser músico, de mi relación con la música. Sé y comprendo que en un mundo de nichos de mercado y de target todos creemos tener algo especial que ofrecer, y serguramente así es pero, paradójicamente, el mercado todo lo homogeneiza, hay una tendencia a considerar el ser músico como algo estandarizado, al margen del tipo de música que hagas.

Hay ciertas definiciones que parecen globalmente aceptadas: un músico ha de divertir, ha de entretener, ha de emocionar, ha de empatizar, ha de comunicar, ha de transmitir, ha de dominar su instrumento etc.

Últimamente me vienen a la cabeza una y otra vez las siguientes preguntas: ser músico, ¿para qué? ¿con qué fin? ¿de qué manera? ¿cómo y hasta dónde?

Supongamos que soy un músico con terror escénico, que no puedo o no soy capaz de actuar en directo, ¿dejo por ello de ser músico?

Supongamos que me den miedo las personas, que me da miedo que estén todos ahí mirando lo que hago y lo que digo o lo que dejo de decir, lo que cuento en mis canciones o como cuento mis canciones con los diferentes instrumentos que toco.

Supongamos que hay instrumentos que no domino completamente y que necesito que otros toquen por mi para grabar mis composiciones.

Supongamos que no me llega la idea de hacer música en lugares donde quepan más de 300 personas y que lo ideal para mí son lugares donde caben entre 30 y 150.

Supongamos que a mí mismo como espectador me encanta la idea de entrar en un local pequeño, sentarme, tomarme unas cuantas cervezas mientras veo una actuación y después irme al cine, cenar y volver a casa para, por la mañana, irme con la bicicleta a recoger de arriba a abajo el río.

Pero además supongamos que no comparta la idea del músico como animador, como sanador, como mesías, como profeta, como líder que guía a la manada por los caminos de la redención. Supongamos que esa mera imagen me ponga enfermo. Supongamos que quiero que me dejen tranquilo en mi rinconcito de mi bar, o de mi teatro, o de mi local acondicionado clandestinamente para hacer conciertos, escuchando esa música, que puede ser de cualquier tipo, incluso ruidosa, incluso estridente, incluso caótica, incluso luminosa, y que cuando acabe el concierto me voy a ir, tranquilamente, sin haber descubierto ninguna panacéa, a descansar apaciblemente a mi casa.

Supongamos que mi relación con la música sea como muy intuitiva, muy básica, muy elemental, que tocando mis intrumentos, entonando mis melodías vengan a mí ideas musicales, que mezclando acordes pueda llegar a saber cómo quiero que suenen mis creaciones, que puedo intuir qué tipos de ritmo busco, supongamos que pueda acceder digitalmente a ritmos que yo no puedo ejecutar pero que pienso que acoplan perfectamente a la idea musical que quiero concretar. ¿Soy músico?

¿Qué es ser músico? ¿Para qué quiero ser músico? ¿Dónde quiero llegar? Más de uno debería preguntarse esto antes de lanzarse en el mundo de la música alegremente.

Aquí es donde la palabra diversión toma su peso. Pero no en el sentido externo: hay que divertir a la gente. No, tenemos que hacer música para divertirnos nosotros. Debemos encontrar la manera personal e intransferible que nos permita disfrutar de la música. Luego el mundo está ahí, un enmarañado entramado de personas con visiones particulares y colectivas acosados por el torrente creativo que les (nos) invade cada día.

Luego si pasa algo en tu vida musical, si de repente tienes una conexión con esa corriente que la gente suele llamar éxito o reconocimiento gracias a tu peculiar manera de divertirte haciendo música, recuerda las respuestas que diste más arriba. Recuerda por qué llegaste hasta aquí, y no te sorprenda si hay gente que elude en la medida de lo posible la conexión con ese torrente del éxito. Hay gente a la que no le gusta como está montada la industria, hay gente que aún teniendo claro que no está abocada al éxito, el mero sentimiento de acercarse a él teniendo en cuenta lo que ello significa no le atrae lo más mínimo. Yo me encuentro entre ellos. El sota, caballo, rey de la industria musical me resulta poco motivador para sacrificar mi vida y mi amor por la música por ello. En mi caso el fin no justifica los medios, sobre todo porque un músico no tiene más fin que el de hacer música. Sea como sea.

Curly Teeth

Micachu & The Shapes

Yeah she had straight eyes and curly teeth,
when she smiled at me I got a nose bleed.
She spat me out, said “What’s your business with me?”,
but all I wanted to be was in her company.She had a room with no space to compete.
When I fell at her feet she clapped in time to the beat.
That beat me up inside but I was discrete,
she blew smoke in my eyes and flicked me out on the street.Boom boom dead. (x4)She’s got my money now I’m sinking to deep.
Those curly teeth. That fucking fief.
She’s got my stuff buried into concrete.
Those curly teeth will be the death of me.

Boom boom dead, yeah you thought that it would last. (x4)

Los minutos infernales

julio 12, 2014

Más de una vez he comentado que como espectador de fútbol soy más de mundiales que de liga.

Hay varias razones. Una de ellas tiene que ver con la fotografía que podéis ver a continuación:

maradona_nestor

 

Esta foto pone el contador a cero en lo que significó mi devoción por el fútbol y, por supuesto, por Maradona. Yo soy el segundo por la derecha. También está mi padre y Kempes, aunque el fotógrafo le cortó media cabeza. A Maradona se le ve tan feliz como a mí.

Hasta ese año, acababa de cumplir 10 años, no recuerdo haber jugado a fútbol. Recuerdo haber intentado ir a clases de solfeo (duré un mes) para aprender a tocar el piano, y recuerdo haber ido dos años a judo.

Después de aquel verano del 82 y hasta que cumplí 14 años fui un loco enamorado del fútbol (A los 13 años había empezado a tocar la guitarra). Un enamorado de jugar al fútbol. De jugar, sí, he dicho de jugar, no de mirar. Del mundial 82; creo que fui a un partido con mi abuelo,  creo que fui a ver el partido del Honduras, pero a duras penas recuerdo nada de ese encuentro, solo la sensación de decepción que después tantas veces me acompañó al ver jugar al combinado nacional; recuerdo como un amigo me gritaba desde el balcón de su casa los goles de Brasil contra Argentina: ¡Gol de Zico! Yo estaba en el campo de futbito chuta que te chuta al balón. En realidad, en los mundiales, además de selecciones habían héroes: Zico, Socrates, Rummenigge, Kempes, Maradona, Paolo Rossi, Blokhin…

Jugar, sobre todo me gustaba jugar, ver los partidos de la liga era aburrido, muy aburrido, pero jugar, jugar era maravilloso: conseguir driblar al máximo de jugadores, como Maradona, hacer un gol de chilena, como Pelé, o hacer pasar el balón de talón por encima del contrincante, como hacía Ardiles en Evasión o Victoria (he tenido que buscar el nombre técnico en internet: Reverse Flick Over)

Tengo un recuerdo feliz de esos años, justo antes de empezar a jugar en un equipo de “verdad”, antes de que jugar a fútbol dejase de ser una diversión para que pasase a ser una obligación, y lo realmente importante es que yo entré en esos años de fútbol felices por la puerta de los mundiales. Argentina, Brasil, Alemania, Italia, España etc. Sólo en competiciones como el Mundial se pueden dar los minutos infernales.

¿Por qué? Porque los equipos se la juegan a vida o muerte a un solo partido. Los mundiales no son como la liga donde puedes perder un partido, donde puedes recuperar. En los mundiales no se pueden cometer errores. Y además, errores que solo puedes intentar rectificar después de cuatro años, es decir, cuando muy posiblemente ya no estés en la selección. Máxima presión.

En menor medida sucede lo mismo en la Champions. Digo en menor medida por tres razones: se juega anualmente, siempre hay un par de equipos por país que juegan todos los años, pero, sobre todo, los equipos no representan un entramado nacional.

Aún así, fue precisamente en la Champions donde presencié por primera vez lo que he acabado por calificar como Los Minutos Infernales.

Hacía tiempo que había perdido la afición al fútbol. Habían pasado más de 6 años desde que había dejado de jugar al fútbol por culpa de una lesión de espalda. Sí, seguía viendo las Eurocopas y los Mundiales, pero con el rabillo del ojo.

Aquel año empecé a trabajar en Alicante, era el 2000, estaba solo, y el Valencia se había clasificado para la Champions.  Sí, antes de la segunda época dorada del Barça, el Valencia tuvo una serie de años gloriosos en Europa.

Empecé a ver los partidos de la Champions con un italiano con el que compartía piso. Nos íbamos a un bar Irlandés y bebíamos cerveza.  Como os digo estaba desconectado del fútbol. Era la época de Cúper, creo, hablo de memoria, El Piojo, Pellegrino y sobre todo: Mendieta. El Valencia, igual que la selección española, ha tenido una tradición catastrófica, fuente de todas mis decepciones futbolísticas infantiles, y cuando aquella tarde, en aquel Irlandés vi a un Valencia que jugaba como si fuese una cobra, presionando en todo el campo, como si la vida les fueses en cada pase, como gracias a Los Minutos Infernales le ganó, primero a la Lazio por 5-0 y, después, al Barcelona por 4-1 , comprendí que hay un minutos en un partido de fútbol donde un equipo se rompe y que cuando esto ocurre el adversario se convierte en una apisonadora letal.

Los Minutos Infernales, amigos.

Me acordé de ellos el otro día, al ver el partido de Brasil contra Alemania. Cuando Brasil se convirtió en un colador, me vino a la mente el recuerdo de los minutos infernales que el Valencia le infringió a la Lazio y al Barça en la Champions de 1999-2000. Unos minutos en los que un equipo se ensambla de tal manera, se vertebra de tal manera, que consigue darle un sentido completo a lo que es jugar en equipo. Y no solo esto, sino que además, y esto es lo más importante, pone en evidencia las flaquezas del adversario, esas que ha intentado esconder bajo la alfombra, esas debilidades que podrían no haber aparecido, pero que evidentemente se han multiplicado por mil en Los Minutos Infernales.

Como pasó con Brasil, en los minutos infernales. Ves como el encajador está contra las cuerdas, cae a la lona y no puede más que esperar a que acabe el partido. Algo se ha quebrado en lo más privado del juego colectivo, en lo más sagrado del orgullo colectivo. Ha pasado algo que nunca debería pasado, ese es el punto de partida, cuando 11 jugadores de repente ven que está pasando algo que nunca debería haber pasado, y eso se culmina en un gol de factura aparentemente sencilla, es el inicio de Los Minutos Infernales.

Le pasó a Brasil contra Alemania y le pasó a España contra Holanda. Si esto hubiese pasado durante la liga, hubiese sido el posible inicio de una crisis grave, pero nunca hubiese sido una catástrofe. En los mundiales, padecer Los Minutos Infernales, es una catástrofe, es en estos momentos cuando el fútbol toma su verdadera dimensión social y política, que por otro lado siempre se pretende dejar en segundo plano bajo el manto de lo deportivo. Es en ese momento cuando aparecen términos como los de humillación y vergüenza.

Humillación, vergüenza y derrota nacional por jugar con una pelota. Ese es el marco incomparable de los mundiales de fútbol, un residuo de la guerra de las naciones de principios del siglo XX.

Los Minutos Infernales, en un Mundial cobran su más amplio sentido, su sentido más profundo, es ahí donde el Show se convierte en sangre. Donde el juego se convierte en una pesadilla, donde la competición se convierte en una desgracia, una mancha imborrable que te perseguirá a lo largo de tu vida.

Cuando me hicieron aquella foto junto a Maradona, allá por el año 82, no sabía de la existencia de Los Minutos Infernales, para mí el fútbol era maravilloso. No sé si Maradona los experimentó alguna vez a lo largo de su carrera, al menos en el combinado Albiceleste me consta que no, pero, es posible que alguna vez los experimentase y posiblemente en esos momentos infernales le pasase por la mente aquello que me pasó a mí por la mente el día que el juego se convirtió en obligación: con lo bien que me lo pasaba jugando a la pelota como es posible que esto se haya convertido en una infierno.

Matías Feldman. Apuntes Dispersos (taller dramaturgia Creador.es)

octubre 2, 2013

En esta entrada transcribiré los comentarios, ideas, sugerencias e indicaciones que Matías Feldman fue dándonos a cada entrega del ejercicio de escritura.

También habrán referencias al proceso de escritura de mi propio ejercicio.

– Catástrofe: ¿por qué Hamlet mara a Polonio? No hay porqué pero el efecto que causa es inmenso. Otro ejemplo: Si a Y le conviene que W y Z se vayan y que W abandone a X ==> para qué Y va a decirle a X que W se ha ido con Z.

– Lo que uno cierra, ya está, está olvidado // lo que queda abierto crea espectación ==> si yo no termino de entender el personaje crea espectación, mantiene despierto al espectador.

– CONVENCIÓN: si alguien quiere poner un elemento extrañador, hay que llevarlo a un territorio más posible / si en un diálogo uno habla hacia un lado y otro hacia otro, se nota demasiado el efecto ==> ir a favor del diálogo más posible.

– URGENCIA (texto de Iaia) ella se escapó de la casa de cumpleaños, la gente le está esperando en casa.

Alusión a la construcción de mi ejercicio:

1. Si no viene Luci, cierra el restaurante. Lucrecia quiere que Ramiro cierre el restaurante, y sabe que Luci no va a venir, pero en vez de dejar que los acontecimientos sigan su curso, le dice a Ramiro que Luci no va a venir.

2. Si se rompe la baraja ya no hay juego, ruptura del deseo = FIN

3. Regular las didascalias en el diálogo ==> sintetizar las acciones porque es más importante la historia ==> ya se entendió que es una bar, hay que darle más importancia a lo que ha surgido / Sino se ve el texto supeditado a la acción / Se ver el diálogo de Sordos / Sacar las didascalias encubiertas / Que no hayan didascalias no es para hacer textos didascálicos

4. El rescate es un elemento inverosimil = ocurrencia / rectificar = la mentira del personaje secundario Alberto, hace pensar demasiado al espectador y le distrae.

5. LUCHAR CONTRA LO POLICIAL Y LLEVARLO A LO COTIDIANO.

6. La segunda escena que empiece más arriba la acción.

7. Si el deseo es que no vuelva Luci para que Ramiro venda el Ring, pero ayuda a que Luci vuelva ==> más resonancia / Macbeth es malo y lo padece / Ella puede sufrir por querer que Lucía no vuelva

8. Bucar elementos que provoquen contradicción y paradoja / TRAGEDIA: DOS FUERZAS MORALMENTE CORRECTAS QUE SE ANULAN ENTRE SÍ ==> no es que sea malo, es que no tiene otra salida más que la de ser malo ==> Lucre será mala a su pesar, pero tendrá dudas, no estará feliz por serlo, no está feliz por tener que echar a Lucía de la vida de Ramiro para ser feliz con Ramiro.

9. El peligro es el estereotipo

10. Tener la información y borrar la mitad. ==> la información no es perfecta, siempre quedan dudas, LA PERFECCIÓN NO SIRVE PARA CONTAR.

11. Nunca se ecribe como se habla, aunque sea coloquial. Por eso Ramiro puede hablar con profundidad / LO IMPORTANTE ES LA CREACIÓN DE UN MUNDO, UN MUNDO Y UN LENGUAJE.

12. No evidenciar tanto el diálogo de sordos.

13. Que cada escena sea fascinantes de ver.

14. No ponernos morales = robo si me falta / No, roba porque roba tiene más interés.

15. El rango poético puede ser mejor que el rango causal (me meo en las cenizas del muerto) = No hay nada más real que lo abstracto / No hay nada que explique mejor el mundo que lo poético / Romper la lógica ==> Una nueva poesía / Que algo banal genere la belleza.

16. Historias separadas que están conectadas, hay una onda que va de aquí para allá.

17. Las imágenes no son el fin, son el medio para crear mundo.

18. “No porque el mundo venga girando desde su nacimiento va a seguir rodando mañana” Hume / Cada día empieza como si fuera un día nuevo.

19. El detalle es el elemento generador de que hay un mundo.

20. El problema de la escena es cuando “lo estoy entendiendo más que viviendo”.

21. En la escena final, bajar la ocurrencia de Luci / no puede ser más importante el chiste y la ocurrencia sobre Luci en la parte final.

22. Todo lo que le dice a Alberto, en realidad se lo dice a su hija / Me enojo con Luci puteo al hijo de Alberto.

23. Un posible instrumento: la mentira que Ramiro construye en la priimera escena pasa a ser parte real suya y esa mentira pasa a ser verdad y me enfado por ella y por defenderla.

24. No resolver desde el pensamiento cronológico y que sea más bien lo que le pase a cada uno / al espectador no le importa el pensamiento cronológico

Veronal & Crucifixión

abril 26, 2013

Como son las cosas, como los recuerdos de las palabras se retuercen con el paso del tiempo, como los ídolos se reblandecen con el paso del tiempo.

Recuerdo que la primera vez que oí hablar de Stefan Zweig estaba en Poitiers, la madre de un amigo me prestó La Confusion des sentiments, era 1993-94. En Poitieres me apunté a un coro, donde ensayábamos habían revistas. Cogí una al azar y leí que un tal Stefan Zweig se había suicidado ingiriendo lejía cuando los nazis tomaron el poder en Alemania.

Desde entonces me hice fan. No recuerdo que en aquella época hubiesen traducciones de Stefan al castellano, de hecho la mayoría de libros que tengo suyos son en francés.

Recuerdo que a Poitiers me llevé un libro que me había regalado un amigo: Trilogía de Nueva York, de un desconocido Paul Auster. Casi me vuelvo loco leyéndola. Fue maravilloso.

Años más tarde,  hacia el 2003, estuve viviendo en París cinco semanas, parece poco, pero visto en la distancia, ahora me parece mucho. La última semana que estuve en París, me alojé en casa de un amigo de la época de Poitiers, como siempre que voy a casa de alguien, husmeé en sus estanterías de libros. Di con un título que me llamaba la atención: Aprés le tremblement de terre, de un tal Haruki Murakami.

En el 2001, un amigo me regaló un disco, Actos inexplicables, de Nacho Vegas. Cuando lo oí, casi me da un sincope, ahí estaba yo, de haber logrado ser lo que hubiera querido ser en aquella época. Un espejo.

En el 2003 decidí escribir mi primera novela seria. Me puse a leer como un descosido. Leyendo las entrevistas de Nacho Vegas llegué hasta una revista con la que acabé colaborando: Teína.

Era el año 2004, ese año descubrí a Bolaño, cuando acabé de leerme todos sus libros, en el 2005, me enteré que se había muerto.

Hoy en día, Stefan Zweig, Paul Auster, Haruki Murakami, Roberto Bolaño y Nacho Vegas, muy a mi pesar, se han convertido en lugares comunes. Es decir, se han convertido en Mainstream.

Es paradógico como el tiempo se encarga de meternos dentro de un traje sin que nosotros hayamos tomado partido en ello.

Cuento todo esto porque cuando escribí Veronal & Crucifixión, este no era el título original. Originalmente se llamaba Lejía & Crucifixión. Veinte años pensando que Stefan se había suicidado con Lejía. Escribo una canción sobre ello y la grabo.

Otra de las cosas que pasó tras escribir esta canción tiene que ver con el anteriormente mencionado traje que nos hace el tiempo a medida a pesar de nosotros.

Después de aquel intento de escritura que me llevó a conocer a Bolaño, seguí leyendo e investigando. Un día llegué a una entrevista que le hacían a Agustín Fernández Mayo.  Si no recuerdo mal, se sorprendía, estamos hablando del año 2005, o 2006, o ponía de relieve, el resurgir de Stefan Zweig entre los lectores españoles, supuestamente underground, cuando en vida, Stefan Zweig, había sido un Best Seller, como Paul Auster, Murakami, Bolaño (no sé si incluir aquí a Nacho Vegas), hoy en día. El caso es que Stefan Zweig, con su segundo renacimiento y de vuelta al mainstream, no podía morir en mi canción  de un sobredosis de lejía sin que pegase el cante. Ya al año de grabarla, Santi Serrano, el batería de mi grupo, vino un día y me dijo: Stefan Zweig no se suicidó con lejía, se suicidó con Veronal. Yo le dije: que dices tío, se suicidó con lejía, lo leí en Poitiers, en una revista… Finalmente tuve que cambiar el título de la canción: Veronal & Crucifixión, y tuve que regrabar esa parte donde decía lejía y decir: Veronal.

Aquí podéis escuchar la canción:

Al filo de la navaja: una reflexión sobre por qué leer, para qué leer y cuando hay que parar.

abril 11, 2013

El fin de semana pasado, tras cuatro años de excusas, fui a mi antigua casa para sacar de allí las pertenencias que aún quedaban. Fundamentalmente libros y revistas. También ropa. Aún tengo que volver. A por libros y revistas.

Salí de allí con ocho cajas.

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Vinieron mi mujer y mis hijos y cargamos el maletero. Hasta arriba. Lleno de cajas y ropa.

Llevaba dos días limpiando la casa y tratando de ver la manera de sacar de allí tanto papel.

La noche anterior, entré en mi estudio de mi domicilio actual y, por primera vez en cuatro años, me dispuse a poner un poco de orden en las estanterías. De repente se puso en marcha un engranaje que mi mujer llevaba tiempo pensando que se había quedado encasquillado, que no volvería a funcionar. Pero cada cosa tiene su tiempo, y su ritmo.

Me acosté sobre las 2h de la mañana organizando estanterías, materiales, libros, cómics, revistas, aparatos para hacer música etc.

Algo menos de una semana antes, antes de irnos a Alcoi a pasar la Pascua, cogí de la biblioteca la peli El filo de la navaja, la protagonizada por Bill Murray. No era la primera vez que se cruzaba ante mí. Esta vez la cogí.

Mientras organizaba las estanterías de las dos casas, El filo de la navaja seguía en el aparador del recibidor. Allí donde la dejé el primer día.

El sábado, después de cargar el coche, fuimos a casa de mis padres. Allí aún me queda algo de territorio. Una habitación para dormir llena de estanterías.

También allí tuve que hacer espacio, recolocar libros, carpetas, fotos, revistas y cassettes.

Saqué del coche las ocho cajas e hice dos montones. Uno se quedaría en mi habitación, en casa de mis padres. Otro iría a mi estudio.

Proceso de clasificación y ordenación. Me suena de algo.

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Vale, imaginad. Una mesa de 2,50×1. Llena de libros. Libros y más libros que han formado parte de mi búsqueda. Libros y más libros que han seguido un camino, una búsqueda, una razón de ser. Si tuviera que pensar en la senda que han seguido mis lecturas apostaría por la vía existencial. Por qué y para qué existimos. Buscar en los libros el sosiego de las experiencias vitales de los otros.

Vuelvo a mi casa, a mi actual domicilio con 4 cajas de libros. Los demás libros se han quedado en casa de mis padres. Los coloco en el espacio que les preparé la noche anterior.

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Al día siguiente. Cojo El Filo de la navaja. Enciendo el ordenador y me meto en la cama. La noche anterior dormí poco. Tengo bastante sueño.

Bill Murray empieza a hacer el ganso en una película con un planteamiento bastante serio.

Pienso que como se recreen mucho en esa primera parte introductoria me duermo. Pienso también que esa es solo la parte introductoria, que a Bill Murray le tienen que pasar muchas cosas y que no sé si voy a poder aguantar.

Pero Bill se va rápido a la I Guerra Mundial. Se va alegremente, como quien se va a un campamento de verano.

Se despierta en mí un interés pasado, una luz que ya se encendió hace tiempo cuando por primera vez me leí el libro de Somerset Maugham. Joder, pienso. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿20 años? Sí, más o menos 20 años. Han pasado tantos años como libros voy a empaquetar y trasladar de un sitio a otro.

Todo empezó hace 20, o 22 años, todo empezó con Julien Sorel, y El filo de la navaja desencadenó un efecto multiplicador. Por qué, para qué, más, más, por qué, para qué, más, más, más, más…

Bill Murray vuelve de la guerra y le dice a su prometida que no se quiere casar con ella. Que necesita tiempo para pensar. Pensar en qué, le dice ella, pensar en todo, en mí, en todo. Ella lo odia. Él se va a París. A encontrarse. Se lo lee todo. Trabaja en el mercado. Trabaja de minero. Un minero le dice que si no conoce Los Upanishads, no es tan listo como se cree. El minero le regala Los Upanishads.

Bill se va a la India. Bill sube al himalaya. Un monje le dice que tiene que irse con sus libros a una cabaña en lo más alto de la montaña.
Bill está en medio de la nieve. La cabaña apenas tiene un techo.

Bill lee sus libros. Pasa frío y hambre.

Pasa frío y hambre y Bill coge una cerilla y quema un libro. Luego otro. Luego otro. Cuando los ha quemado todos. Baja al monasterio. Vuelve a la ciudad y vuelve a París. A trabajar en el mercado. Como un ser humano normal y corriente. En paz consigo mismo.

Le doy al pause. Miro la imagen fija de Bill trabajando en un mercado de París. Miro a la pantalla fijamente y veo a un Bill que cada vez se parece más a mí. Soy yo de joven quien está trabajando en una pescadería en un mercado de París y soy feliz.

¿sabes por qué?

Porque una cosa es meterse en la literatura y en la creación para comprenderse a uno mismo y otra muy diferente es meterse en la literatura y la creación para epatar o aleccionar a los demás.


La Disolución Doméstica de Néstor Mir

abril 4, 2013

La Fotonovela de La Disolución Doméstica de Néstor Mir

haz doble clik en la foto para verla
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Por qué no me gustan las barbas

octubre 5, 2012

Supongo que la mayoría de las personas debemos llegar a un punto en el que tocamos fondo. En el que vemos que ya no hay camino,  en el que vemos que obligatoriamente nos tenemos que detener.

No sé por qué sigo pensando y escribiendo refugiado en el nosotros.  Quizás al final de esta entrada se pueda encontrar alguna explicación.

Como digo, supongo que la mayoría de las personas llegan a un punto en el que se dan cuenta de que han tocado fondo. Que si siguen entrarán en la dimensión del no-retorno, y que antes de entrar en esa dimensión, quizás deberían replantearse todo lo que han hecho hasta la fecha, sino como un absoluto fracaso, sí como una mano mal jugada. Hay algunas películas que se contruyen sobre la idea de que podemos reconstruir la historia a partir de los errores, como si en una partida de ajedrez nos permitiesen volver a empezar sabiendo, cada vez mejor, de antemano, cuáles van a ser los movimientos que va a hacer nuestro adversario.

Ah, sí la vida fuese tan sencilla como eso, sí cada uno de nuestros pasos, si cada una de mis decisiones no quedasen selladas para siempre dentro de un contenedor inmutable…
Pero, no, la grandeza de la vida es precisamente la irreversibilidad de nuestros actos, de nuestros caminos, de nuestras decisiones. No quiero ser consciente de ello pero, cada día, estoy enfrentándome al infinito, a lo absoluto, a lo definitivo.

Vale, llegas a ese estadio límite, es más fácil escribir sobre uno mismo en segunda persona, sabes que ese camino es un camino que no te lleva a ninguna parte, no vas a ninguna parte Néstor. Para, Néstor, no vas a ninguna parte. Para.

Y paras. O bueno, no paras exactamente, te encierras, te encierras en casa de tus padres, te encierras una semana, o dos, y te pones a grabar un disco. Te pones a intentar definitivamente ser lo que debes ser, a pesar de que sabes que no vas a poder ser lo que quieres ser. Lo haces, entonces, llevas tus decisiones hasta la última consecuencia. Lo haces…

No, no, no, aún no sé lo suficiente, sigo sin saber, sin conocer el elemento necesario que me permitirá acercarme al entendimiento del funcionamiento de las cosas.

El mundo utópico. El mundo utópico se rompe a base de darle cabezazos de realidad. Al mundo utópico sólo se llega desde la santidad, y dime, quién de todos nosotros puede levantar la mano diciendo que es una santo, ¿quién? Yo, no.

Aquella fue mi primera conclusión: Néstor, no eres un santo, deja de intentar ser un santo, no eres un santo, tus acciones no concuerdan con tus pensamientos.

Era normal, nadie puede haber nacido de las cenizas del rock y convertirse en un santo, qué sentido tiene. Ninguno.

Vale, aquella fue una de las primeras grandes revelaciones: deja de pensar que tu misión es salvar el mundo. Deja de escuchar las voces de José María Vidal Villa, de Serge Latouche, deja de oir la voz de Dolores Juliano. No, no es que fuese el único que escuchase aquellas voces, no, había gente, poca, que también las escuchaba, eramos seres marginales, raros que pensaban, dentro de un mundo en auge económico, que el mundo era una grandísima mierda. Pocos, comparado a hoy, 2012, éramos bastantes pocos, de lo que menos había por allí eran roqueros, normal.

Aquí llega el tema de la peli de Lars Von Trier, Melancholia:

Farla, jolgorio, diversión, en un mundo feliz que se creía el capitalismo como motor de la nueva resurección del ser humano (nadie me hacía caso cuando yo repetía una y otra vez que lo que realmente estábamos experimentando era la resurección de Dios). Yo escribiendo canciones oscuras, tan oscuras y pueriles como las que alguien que cree que debe salvar el mundo puede escribir

Directo al callejón sin salida. Directo al dogmatismo. Si alguien te dice que sabe donde está el bien y el mal,  si alguien te dice que sabe la solución, huye, de verdad, solo quiere captarte para que consolides su dogma. Lo sé por experiencia.

Yo he sido un radical dogmático. Yo he sabido cuál era LA VERDAD. Lástima que fuésemos tan pocos, que la gente estuviese tan entusiasmada con meterse farla a 5000 pts el medio gramo. Joder la cantidad de farla que había en aquella época, y no sólo farla, pero bueno, ese es otro tema, o no, o es el mismo.

La cuestión es que era difícil concienciar a la gente con tanta farla de por medio. Podéis imaginar que era una misión imposible.

Oye que había pensado que podrías venir a manifestarte por la pobreza en el mundo, por las políticas del FMI en los países pobres. De risa, lo que te digo, de risa.

Pero, la vida, si tienes suerte se vive en el medio plazo, si tienes mucha en el largo, y muchas veces, y paradógicamente, lo que ayer valía 30 millones, hoy no vale nada (sí, es un símil con la especulación urbanística)

Para mí, la gran travesía duró desde 1990 hasta el año 2005.

La partida de ajedrez empezó en 1990, cuando entré en la Universidad y terminó aquel día que llegué lesionado a casa de mis padres. 15 años. 3 planes quinquenales. Todo un camino que iba a tener que volver a empezar.

 

Si vas por una camino y finalmente llegas ante un muro, si quieres seguir, has de ponerte a rascar. O bien el muro, o bien un agujero bajo tus pies.

En casa de mis padres me puse a rascar el muro. Conforme iba haciendo el agujero más y más grande, más y más rápido se iba desvaneciendo todo el andamiaje ideológico que me había construido en 15 años. Un andamiaje, por otra parte, sólido en la parte teórica, pero, increíblemente débil en el aspecto práctico.

Sí, como seres humanos tenemos muchas responsabilidades. Es cierto. Si queremos seguir considerándonos como seres especiales que tienden hacia el bien. Pero, la realidad, que es aplastante frente a las teorías, es que el ser humano es tan jodidamente complicado que sobrepasa cualquier tipo de teorización. Por eso los dogmas están para ser reventados.



Bien, ahí están las fotos de mi yo dogmático languideciendo. Entré en casa de mis padres lesionado, creo que me había hecho daño en los tobillos, o quizás fuesen las rodillas, no logro recordarlo. Tampoco recuerdo si había acabado de fumar o si estaba a punto de hacerlo. Es bastante probable que no fumase. No, no fumaba, por eso estaba lesionado. Había engordado 10 kilos y tras 10 años sin hacer deporte decidí que me tenía que deshacer del sobrepeso yendo en bicicleta a trabajar. A las dos semanas no podía ni andar. Los empeines se me habían fundido.

Quizás fuese el año 2005. Ya hacía un tiempo que había leído Voyage au bout de la Nuit, de hecho una de las canciones del álbum De l’amour à l’abîme, que empecé grabar por aquellas fechas, lleva ese título. Pero lo que realmente me llevó a aquel estadio, o más bien una de las cosas que me permitió empezar a comprender el mundo tal y como era y no tal y como yo quería que fuese, fue leer a Houellebecq.

Leer a Houllebecq fue como si mi mayor enemigo me estuviese explicando por qué éramos enemigos. Jesus die for somebody sins but not mine.

Nos podemos imaginar un gran coloso cayendo, desmoronándose, podemos imaginar un  rascacielos batido en nombre de la libertad destruido en nombre de la otra libertad.

Había otra libertad, habían muchas libertades, José María Vidal Villa, el marxismo es una gran herramienta para comprender el mundo, pero qué mundo, qué mundo…

El verdadero error fue caer en la prepotencia. En la prepotencia de creer que hay una solución y que la clave para solucionar, lo que fuese, la teníamos nosotros, yo.

No, aquel día todo se acabó. No más demagogía barata, no más cánticos simplistas y pueriles. Los laberintos de la mente del ser humano no pueden, no deben permitirse el lujo de ser juzgados tan superfluamente.

Como podéis ver en las fotos acondicioné el cuarto trastero de mis padres y lo convertí en un estudio de grabación. Con algunos ahorros compré una batería y algo de equipo. Aún así, ni tan siquiera tenía una buena guitarra, mi dogma siempre me había dictado que el mensaje de la música siempre estaría por encima del material técnico (guitarras incluidas). De las características técnicas del equipo.

Pasé unas semanas, no sé cuánto tiempo exactamente, conviviendo con mis padres, también los podéis ver en las fotos. A pesar de mi aspecto, nunca me dijeron nada, nunca me preguntaron: ¿te pasa algo? Yo se lo agradecí. En realidad ni tan siquiera yo sabía qué era lo que me estaba pasando. Me veían encerrarme en el estudio improvisado y escuchaban como grababa canciones, especialmente por la noche, cuando ellos estaban en la cama.

Estaba rascando la pared, tenía que llegar al otro lado. Hubiese sido un momento perfecto para cavar un hoyo, pero me dediqué a rascar la pared.

Hay que rascar mucho para desprenderse de todo aquello que nos puede permitir cambiar. Y cuando digo mucho, es mucho. No es sencillo enfrentarse cara a cara a todo aquello que ha fracasado. Todo aquello que ha fracasado porque no nos ha llevado allí donde creíamos que nos iba a llevar. No sé cómo nos podemos permitir construir vidas sobre ideas tan poco consistentes. No lo sé, y doy gracias por la posibilidad de la revelación.

La revelación no llegó de repente, pero digamos que nació aquellas semanas que viví en casa de mis padres, aquellas semanas que me encerré a grabar canciones, a componer el embrión del que sería mi disco De l’amour à l’abîme.

Cuando en vez de cavar un agujero encuentras la motivación para rascar el muro, siempre queda una esperanza. Esto es fácil decirlo a posteriori, en realidad, en aquel momento no sabía si estaba cavando un agujero o rascando una pared para derribarla. En cualquier caso, te das cuenta de que estás rascando una pared porque no estás totalmente desconectado del mundo. Aún existen las personas y el mundo exterior. Y mientras esto exista, existe la posibilidad de la resurección. De la reinvención.

Componía canciones, las grababa, quizás estuviese preparando algún concierto. Estaba en casa de mis padres y me acostaba siempre tarde con una idea nueva en la cabeza.

Después de Houllebecq llegarón muchas más cosas, muchas más películas, muchos más libros, muchos más cómics, mucho más teatro y mucho menos dogmatismo, cada vez menos, cada vez menos dogmatismo y cada vez más escepticismo.

No digo que no esté bien estudiar el mundo, su funcionamiento, su complejidad histórico-social. Creo que todo esto es necesario para la formación como ser humano, pero, más importante que esto es saber que lo que haces lo estás haciendo porque realmente lo llevas dentro, y no por un sentimiento de culpa que te impide ser lo crees que debes ser porque no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú, no.

Fue tan importante empezar a desprenderme de la culpa, fue tan importante para poder seguir viviendo sin cargar con el peso del sufrimiento del mundo sobre mis hombros. Fue tan importante darme cuenta de que no había nacido para ser un martir, para ser un mesías, para ser un santo, para ser un ejemplo a seguir… Fue tan importante deshacerme del remordimiento.

No mirad, mi relación con la música, vino de la mano del rock, y se produjo porque todo aquello me hacía sentir especial, diferente, y eso me molaba. Toda esta teorización dogmática vino después. Una cosa me llevó a la otra y pretendí explicar situaciones concretas con instrumentos equivocados.

Sin duda, ahora, visto en la distancia, lo mejor que me pudo pasar fue desligarme de todo aquello que me aplastaba, me ahogaba.

Y fue allí en casa de mis padres. Llevaba meses sin cortarme la barba, el pelo, ni te cuento. Viendo las fotos se puede entender mi nulo interés actual por dejarme algo de barba. No, amo el afeitado apurado. Fue allí en casa de mis padres, encerrado en aquel estudio casero, hasta las tres o las cuatro de la mañana, donde, de la misma manera que todo se desmoronó, algo nuevo empezó a nacer. Algo basado, de una manera inconsciente, en algo tan sencillo como ver la vida, enfrentarme a ella desde otro prisma teórico. Una perspectiva más ruda, más cruel, seguramente con menos huecos para la esperanza, pero al mismo tiempo con muchas más herramientas para comprender de verdad lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Y no solo en el ámbito social, sino también en el área de la psicología humana y cotidiana.

En aquel cuarto, rodeado de instrumentos sin marca tuve que destruir el dogma para enfrentarme a la otra verdad indivual y colectiva.

Después todo se aceleró y todo aquello que hacía me afianzaba en la nueva dirección. No había ya vuelta atrás. Me había desprendido del fardo, del abrigo, del peso.

No estaba en un sitio ni mejor ni peor, pero estaba en un sitio que se correspondía, de una manera más real, con lo que yo era como persona. Con lo que el mundo y la gente era. Podía cmprender un más amplio abanico de comportamientos tanto individuales como colectivos.

Ahora, digamos que el proceso de reconversión ha llegado a otro punto de consolidación. En estos momentos estoy viajando a velocidad de crucero. Estoy atravesando un gran océano que ya una vez acabe, si tengo posibilidad de vivir en el largo plazo, me llevará a la senitud.

En este nuevo estado hay sitaciones políticas que me vienen grandes, hay movimientos que me llegan a destiempo. Sinceramente, no creo que el mundo esté peor que hace 20 años, el único problema es que todo lo malo está más cerca de nosotros ahora. Pero, cuantitavamente, ya había mucha, mucha gente muriéndose de hambre hace 20 años. Por eso, en ese sentido me siento como en el mal momento y en el mal lugar, como si yo tuviera que explicarle a la gente que hace 20 años ya sufrí por esto, que desde 1990 hasta el 2005 sufrí por esto, y que me sentí muy solo sufriendo por esto, y que ahora, ahora que quizás haya más gente concienciada de lo escabrosa que es la situación socieconómica mundial, no puedo más que sentirme de cuerpo presente, pero de mente ausente.

Como decía Dylan: “El mundo no ha dejado nunca de girar”; y ahora que parece ser que la gente es más consciente del estado real de las cosas, de que la crisis siempre ha estado ahí, pero que ahora está llamando a las puertas de nuestras casas, yo me siento como más optimista ante el futuro de lo que lo he sido nunca (Melancholia). Ligero y sin barba.

Solomillo de pato

junio 1, 2011

Hubo un tiempo en el que fui muy aficionado al solomillo de pato. Es una plato muy fácil de preparar, aunque, no necesariamente barato. En realidad fue un tiempo en el que comía solomillo de pato, guacamole de salmón y sushi envasado al vacío, esencialmente. Pero el solomillo de pato fue el gran descubrimiento, era como el plato especial que siempre preparaba cuando venía a casa alguien a quien quería sorprender.

Cocinar un solomillo de pato se había convertido en una costumbre, así que localicé los supermercados donde sabía que lo podía comprar, y como quien compra pan tostado de semillas, yo compraba un par de solomillos de pato junto al resto de la compra de la semana: aguacates, tomate, salmón ahumado, apio etc.; el sushi envasado al vacío lo compraba el mismo día que me daba el ataque de comer sushi envasado al vacío; me gustaba tener al menos uno congelado por si se daba el caso de tener un par de momentos especiales a lo largo de la semana.

Que recuerde el solomillo de pato de una manera tan especial; siendo como soy una personada bastante obsesiva con ciertas cosas, es decir, una persona que le gusta por ejemplo desayunar café con leche con galletas hasta el momento en que ya no vuelve a desayunar café con leche con galletas nunca más, o al que le gusta comer madalenas en el desayuno de tal manera que, pasados unos días, no quiere volver a ver una madalena ni en pintura; no deja de ser algo que comienza a parecerse a una cicatriz en la pierna. A algo que por alguna razón ha quedado ahí y que, no importa el tiempo que pase, llega un momento en el que sabes que no va a desaparecer.

He comentado que cocinar el solomillo de pato es sencillo. No sé si esa era una de las razones por las que me especialicé en este plato. Me encantaba decirles a mis invitados que íbamos a cenar solomillo de pato. Unas finas lonchas de solomillo de pato con mostaza de Dijon y pan tostado de semillas. De verdad que me sentía como el gran anfitrión. Un par de botellas de vino, un buen solomillo de pato y ¿quién no iba a salir de mi casa pensando que era una gran persona o una persona interesante? ¿quién?

Coges el solomillo de pato, y lo pones sobre una sarten que esté bien caliente. Dejas que se fría en su propia grasa. La piel de pato es especialmente grasienta. Preparas un trozo de papel de plata con el que puedas envolver el solomillo de pato. Cuando el solomillo de pato está tostado, lo envuelves con el papel de plata. Lo dejas enfriar mientras te bebes un par de copas de vino y picas algunos pepinillos agridulces. Abres el papel de plata, sacas el solomillo y con el cuchillo bien afilado cortas finas lonchas sobre una tabla de madera. Si ves que está un poco crudo, no te preocupes, ese es el punto que ha de tener la carne.

A mí me gustaba servirlo a medida que los comensales iban comiendo, como quien va cortando una buena pata de jamón de Jabugo, conforme los invitados van pidiendo más comida. Me gustaba seguir en mi papel de anfitrión hasta el final.

Pero, claro, huelga decir que todo se acaba. Toda obsesión, por lo menos las mías, tal y como llegan, una vez me saturan, desaparecen. Siempre hay algo, o alguna situación que te hace pensar: se acabó.

El final de mi relación con el solomillo de pato fue así, como un vaso que se desborda y en el que ya no cabe ni una gota más. Ni una gota más. No me cabía ni una loncha más de solomillo de pato, pero, yo aún no lo sabía.

Estaba en mi casa. Seguramente debía estar haciendo la siesta, la tele encendida, visionando en voz baja El crepúsculo de los dioses. Podría haber sido cualquier otra película, pero esa la recuerdo con especial cariño. Es con la que di el pistoletazo de salida para intentar recuperar, como la liebre frente a la tortuga, el tiempo en esa carrera de la que llevaba demasiado tiempo negándome a tomar partido.

Estaba en el sofá y estaba viendo el Crepúsculo de los Dioses, o dormitando mientras con los ojos medio cerrados visionaba la película, cuando me incorporé de un salto. Corrí hasta la nevera. Abrí primero la parte de arriba, la del maldito No-Frost que todo lo seca. Después la del congelador. Nada. No tenía reservas de solomillo de pato.

No es que tuviese nada especial que hacer aquel jueves por la noche, pero, nunca se sabe, a mí no me gustaba acabar la semana sin tener al menos un solomillo de pato en la nevera. No me gustaba. Así que me vestí y me fui al supermercado.

Ella apareció a mitad camino. Yo iba pensando en el solomillo de pato y que de paso compraría tomates, aguacates, salmón ahumado, apio, mostaza de Dijon y Doritos.

Creo en que principio no reparé en ella. Es una mujer atractiva, pero, no lo es al primer golpe, lo descubres una vez te paras, una vez recorres su singularidad. De hecho su belleza se multiplica cuando te habla. No sólo por lo que dice, sino por cómo lo dice. No, su voz no es seductora, es simplemente atenta.

Fue ella la que cuando ya estaba pasando de largo dijo:

 – Ey.

Me pare me di la vuelta.

– Ostras, lo siento, ¿cómo estás? Me acabo de levantar de la siesta y estoy aún medio dormido.

Ella tenía una extraña mirada, una mirada que no acompañaba la sonrisa que me estaba dedicando, iba vestida con una chaqueta de traje y un pantalón de raya. Pensé que debía salir de alguna entrevista de trabajo ya que la recordaba siempre vestida de sport. Ella también parecía algo cortada. Le dije:

– ¿Qué tal? ¿cómo lo llevas?

– Bien, bien, creo que ya ha pasado lo peor

– Ya, siempre hay un momento en el que pasa lo peor.

– Sí, es lo que tienen las relaciones de pareja.

Y como queriendo cambiar de tema me dijo:

– ¿Y qué haces por aquí?

– Vivo justo detrás del mercado central. Voy al supermercado a comprar solomillo de pato.

– ¿Solomillo de pato?

– Bueno, sí, solomillo de pato. Me he quedado sin y…

Hice una pausa pensando en qué decir para no parecer un jilipollas, pero, decidí ser sincero:

– y me gusta tener siempre en casa un par de solomillos de pato.

Como era de esperar me miró con ojos como platos. Después se puso a reír. Cuando paró, el velo de sus ojos había desaparecido. Volvía a ser la chica alegre que yo recordaba.

– Te acompaño.- Me dijo.

Le estuve contando lo importante que era saber sacar el solomillo de pato de la sarten antes de que estuviese demasiado hecho. También le comenté que a mi me gustaba darle un pequeño toque picante con pimienta blanca molida. Ella me miraba y con ojos de incrédula reía.

Hicimos las compras. Le comenté mi amor por el guacamole de salmón y el sushi envasado al vacío y siguió riendo y cuando salimos del supermercado me miraba con unos ojos tan grandes que parecían que fuesen a salir de sus órbitas.

Nos callamos, nos quedamos mirándo.

Ella intentó decir algo. Yo también.

Cuando llegué a casa saqué la compra de las bolsas. Me quedé mirando los dos solomillos de pato que había comprado. Me quedé un buen rato mirándolos. Puse la sarten en el fuego. Saqué los solomillos de sus envases. Saqué la tabla de madera y el cuchillo, bien afilado, para cortar las finas lonchas. Corté dos trozos de papel de aluminio. Descorché una botella de vino tinto. Cuando los solomillos estuvieron en su punto los envolví con el papel de aluminio. Encendí la tele y puse El crepúsculo de los Dioses. Me tomé un par de copas de vino y piqué algunos pepinillos agridulces.

Los solomillos de pato estaban efectivamente en su punto. Cortaba un filete, me lo metía en la boca y masticaba, lentamente. Le daba un trago al vaso de vino. Mastiqué y bebí hasta que no quedó nada. Los solomillos de pato habían desaparecido. Me levanté del taburete y fui al sofá. Me senté. Subí la voz. Un poco más.