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Vengo a hablar de mi libro

diciembre 18, 2015

vengo a habar de mi libro

 

Ayer tuve el placer de participar en esta iniciativa para la visualización de l@s narrador@s valencian@s.

Ahí va el texto que leí para la ocasión antes de ser pulido para que durase dos minutos y medio.

Premisa: leer como con sensación de realización personal total, con sentimiento triunfalista, como si todo hubiese salida de puta madre.

 

Voy a hablar de mi libro:

 

Hola soy Néstor Mir y vengo a hablaros de mi libro: La conquista del Oeste.

 

Pero antes de hablaros de La conquista del Oeste quisiera contaros mi experiencia como futbolista.

 

A los 9 años después de dejar el judo y el solfeo me volví loco con el fútbol.

Seguramente esta locura tenga que ver con el Mundial 82. En aquel año vivía en Villajoyosa. A lado de Alicante, y al equipo de Argentina que jugaba en el campo del Hércules le tocó concentrarse en un hotel cercano a Villajoyosa, el Montíboli.

La suerte quiso que mi padre conociera al dueño del hotel y que este nos invitara a pasar a saludar a la selección. Tengo fotos con Maradona, con Kempes, con Menotti, con Pasarela, con Tarantini. A partir de ese día me volví loco. Yo quería ser Maradona, tener el movimiento de cintura de Maradona.

maradona_nestor

Así empezó mi carrera en el fútbol.

Me obsesioné, jugaba en el cole, después del cole, mientras mis padres hacían la siesta, con niños, con las paredes, todo el tiempo.

Donde mejor me lo pasaba era en el patio del cole, muy pocos me podían quitar el balón.

 

Cuando volvimos a Valencia, mi padre, al ver mi afición consiguió que me hicieran unas pruebas en el Valencia. Me cogieron para jugar en el equipo de alevines.

Tenía unos 11 años, aquel fue una año maravilloso, quizás por ser un poco más grande, que no más alto, que los demás me hinché a meter goles. El fútbol tanto en el cole como en el Valencia estaba ligado a la diversión y me lo estaba pasando pipa y cuando me divertía era el mejor.

 

Al año siguiente las cosas se pusieron más serias. Empezamos a competir. El entrenador quería que ganásemos, quería enseñarnos a jugar a fútbol, a que hiciésemos tal y tal cosa en el campo.

Ahí empezó el declive de mi carrera.

Ahí empezó mi vida en el banquillo.

 

A los 13 años me echaron del Valencia. Me cedieron a un equipo filial: El Rumbo.

En un partido de pretemporada hice el mejor partido de mi vida. En El Rumbo pensaron que al Valencia se le había escapado una estrella… Era verano, estaba contento, tenía trece años, ese día quería pasármelo bien, y cuando me lo pasaba bien era el mejor.

Después empezó la liga y al segundo partido ya estaba en el banquillo.

 

Al cumplir los 18 años tuvimos que dejar El Rumbo. Mi padre me volvió a conseguir una prueba en el Alboraya, en 3ª división. Dos semanas de entrenamiento intensivo, 4 días a la semana, dos de ellos en gimnasio y partido el fin de semana. Me dijeron que no contaban conmigo.

Estaban por allí unos ojeadores del Rafelbunyol y se nos llevaron a unos cuantos. En el Rafelbunyol estuve dos o tres años. No recuerdo haber jugado ningún partido de titular. De preferente pasamos a primera regional, y de primera regional a segunda regional. La última categoría. Al final de ese año me fui de Erasmus a Francia.

 

En Francia intenté meterme en el equipo universitario pero no me cogieron. Ese mismo año me fui con unos amigos franceses a esquiar a los Pirineos, en un salto, al caer me rompí el ala de una vértebra. Mis amigos me llevaron a un hospital, en Lourdes. Sí, en un hospital de  Lourdes me hicieron unas radiografías y me dijeron que tenía que estar dos semanas tumbado.

 

Mal que bien me recuperé y cuando volví a Valencia, a pesar de que me dolía la espalda, me inscribí en el típico campeonato de futbito de la Eliana.

 

Fui a correr detrás del balón pero  mis piernas ya no me respondían, había perdido mi movimiento de cintura. Había dejado de ser Maradona. El fútbol se había acabado para mí, después de 12 años de obsesión, el fútbol se había acabado para mí.

 

 

Últimamente voy a hacer bicicleta por el río, paso por delante de las nuevas y modernas instalaciones de El Rumbo. A las 16h suelen jugar partidos los veteranos, una vez a las semana, los jueves. Me paro y me apoyo en la reja para verlos. Los envidio, y mira que juegan mal. ¡Dios! Cómo los envidio… Cómo los envidio. Los envidio muchísimo, muchísimo, con toda mi alma. Como los envidio. Los envidio. [Aquí es cuando suena el pitido del final de los dos minutos y medio y vuelves a tu butaca diciendo: los envidio, Dios, cómo los envidio.]

 

Los minutos infernales

julio 12, 2014

Más de una vez he comentado que como espectador de fútbol soy más de mundiales que de liga.

Hay varias razones. Una de ellas tiene que ver con la fotografía que podéis ver a continuación:

maradona_nestor

 

Esta foto pone el contador a cero en lo que significó mi devoción por el fútbol y, por supuesto, por Maradona. Yo soy el segundo por la derecha. También está mi padre y Kempes, aunque el fotógrafo le cortó media cabeza. A Maradona se le ve tan feliz como a mí.

Hasta ese año, acababa de cumplir 10 años, no recuerdo haber jugado a fútbol. Recuerdo haber intentado ir a clases de solfeo (duré un mes) para aprender a tocar el piano, y recuerdo haber ido dos años a judo.

Después de aquel verano del 82 y hasta que cumplí 14 años fui un loco enamorado del fútbol (A los 13 años había empezado a tocar la guitarra). Un enamorado de jugar al fútbol. De jugar, sí, he dicho de jugar, no de mirar. Del mundial 82; creo que fui a un partido con mi abuelo,  creo que fui a ver el partido del Honduras, pero a duras penas recuerdo nada de ese encuentro, solo la sensación de decepción que después tantas veces me acompañó al ver jugar al combinado nacional; recuerdo como un amigo me gritaba desde el balcón de su casa los goles de Brasil contra Argentina: ¡Gol de Zico! Yo estaba en el campo de futbito chuta que te chuta al balón. En realidad, en los mundiales, además de selecciones habían héroes: Zico, Socrates, Rummenigge, Kempes, Maradona, Paolo Rossi, Blokhin…

Jugar, sobre todo me gustaba jugar, ver los partidos de la liga era aburrido, muy aburrido, pero jugar, jugar era maravilloso: conseguir driblar al máximo de jugadores, como Maradona, hacer un gol de chilena, como Pelé, o hacer pasar el balón de talón por encima del contrincante, como hacía Ardiles en Evasión o Victoria (he tenido que buscar el nombre técnico en internet: Reverse Flick Over)

Tengo un recuerdo feliz de esos años, justo antes de empezar a jugar en un equipo de «verdad», antes de que jugar a fútbol dejase de ser una diversión para que pasase a ser una obligación, y lo realmente importante es que yo entré en esos años de fútbol felices por la puerta de los mundiales. Argentina, Brasil, Alemania, Italia, España etc. Sólo en competiciones como el Mundial se pueden dar los minutos infernales.

¿Por qué? Porque los equipos se la juegan a vida o muerte a un solo partido. Los mundiales no son como la liga donde puedes perder un partido, donde puedes recuperar. En los mundiales no se pueden cometer errores. Y además, errores que solo puedes intentar rectificar después de cuatro años, es decir, cuando muy posiblemente ya no estés en la selección. Máxima presión.

En menor medida sucede lo mismo en la Champions. Digo en menor medida por tres razones: se juega anualmente, siempre hay un par de equipos por país que juegan todos los años, pero, sobre todo, los equipos no representan un entramado nacional.

Aún así, fue precisamente en la Champions donde presencié por primera vez lo que he acabado por calificar como Los Minutos Infernales.

Hacía tiempo que había perdido la afición al fútbol. Habían pasado más de 6 años desde que había dejado de jugar al fútbol por culpa de una lesión de espalda. Sí, seguía viendo las Eurocopas y los Mundiales, pero con el rabillo del ojo.

Aquel año empecé a trabajar en Alicante, era el 2000, estaba solo, y el Valencia se había clasificado para la Champions.  Sí, antes de la segunda época dorada del Barça, el Valencia tuvo una serie de años gloriosos en Europa.

Empecé a ver los partidos de la Champions con un italiano con el que compartía piso. Nos íbamos a un bar Irlandés y bebíamos cerveza.  Como os digo estaba desconectado del fútbol. Era la época de Cúper, creo, hablo de memoria, El Piojo, Pellegrino y sobre todo: Mendieta. El Valencia, igual que la selección española, ha tenido una tradición catastrófica, fuente de todas mis decepciones futbolísticas infantiles, y cuando aquella tarde, en aquel Irlandés vi a un Valencia que jugaba como si fuese una cobra, presionando en todo el campo, como si la vida les fueses en cada pase, como gracias a Los Minutos Infernales le ganó, primero a la Lazio por 5-0 y, después, al Barcelona por 4-1 , comprendí que hay un minutos en un partido de fútbol donde un equipo se rompe y que cuando esto ocurre el adversario se convierte en una apisonadora letal.

Los Minutos Infernales, amigos.

Me acordé de ellos el otro día, al ver el partido de Brasil contra Alemania. Cuando Brasil se convirtió en un colador, me vino a la mente el recuerdo de los minutos infernales que el Valencia le infringió a la Lazio y al Barça en la Champions de 1999-2000. Unos minutos en los que un equipo se ensambla de tal manera, se vertebra de tal manera, que consigue darle un sentido completo a lo que es jugar en equipo. Y no solo esto, sino que además, y esto es lo más importante, pone en evidencia las flaquezas del adversario, esas que ha intentado esconder bajo la alfombra, esas debilidades que podrían no haber aparecido, pero que evidentemente se han multiplicado por mil en Los Minutos Infernales.

Como pasó con Brasil, en los minutos infernales. Ves como el encajador está contra las cuerdas, cae a la lona y no puede más que esperar a que acabe el partido. Algo se ha quebrado en lo más privado del juego colectivo, en lo más sagrado del orgullo colectivo. Ha pasado algo que nunca debería pasado, ese es el punto de partida, cuando 11 jugadores de repente ven que está pasando algo que nunca debería haber pasado, y eso se culmina en un gol de factura aparentemente sencilla, es el inicio de Los Minutos Infernales.

Le pasó a Brasil contra Alemania y le pasó a España contra Holanda. Si esto hubiese pasado durante la liga, hubiese sido el posible inicio de una crisis grave, pero nunca hubiese sido una catástrofe. En los mundiales, padecer Los Minutos Infernales, es una catástrofe, es en estos momentos cuando el fútbol toma su verdadera dimensión social y política, que por otro lado siempre se pretende dejar en segundo plano bajo el manto de lo deportivo. Es en ese momento cuando aparecen términos como los de humillación y vergüenza.

Humillación, vergüenza y derrota nacional por jugar con una pelota. Ese es el marco incomparable de los mundiales de fútbol, un residuo de la guerra de las naciones de principios del siglo XX.

Los Minutos Infernales, en un Mundial cobran su más amplio sentido, su sentido más profundo, es ahí donde el Show se convierte en sangre. Donde el juego se convierte en una pesadilla, donde la competición se convierte en una desgracia, una mancha imborrable que te perseguirá a lo largo de tu vida.

Cuando me hicieron aquella foto junto a Maradona, allá por el año 82, no sabía de la existencia de Los Minutos Infernales, para mí el fútbol era maravilloso. No sé si Maradona los experimentó alguna vez a lo largo de su carrera, al menos en el combinado Albiceleste me consta que no, pero, es posible que alguna vez los experimentase y posiblemente en esos momentos infernales le pasase por la mente aquello que me pasó a mí por la mente el día que el juego se convirtió en obligación: con lo bien que me lo pasaba jugando a la pelota como es posible que esto se haya convertido en una infierno.