Un inmenso y infinito continente #03

Montréal #03

Un hombre de 49 años va en bicicleta de arriba a abajo por las calles de la ciudad de Montréal, esta no es una entrada profesional, aunque hablo de la profesión del bibliotecario de a pie. Del bibliotecario que vive a pie de calle. En este caso, la experiencia de un bibliotecario en bicicleta.

¿Qué hace una persona de 49 años en una ciudad que no es la suya, buscando respuestas a cuestiones que quizás habría de haber resuelto hace ya tiempo?

Así podría empezar una novela, un relato corto, pongamos que ese bibliotecario se llama Eric Castells, Denis Castells, un habitante de la ciudad de Montréal con ascendencia valenciana, así podría empezar la novela, o así podría empezar una nueva vida, porque conozco mucha gente que sería feliz en Montréal, conozco otros tantos que no.

Yo soy de los que sí que podría vivir aquí.

Os contaré por qué. (Esta entrada va a ser larga, bastante larga, comprendo que no tengas tiempo, ni ganas de leerla, no sé si va a ser tan graciosa como otras veces, seguramente tendrá algún toque de humor, ácido, alguna visión cáustica que me cueste algún disgutillo en la vida real, exponerse siempre da información a nuestros coetáneos y, nosotros nunca sabemos qué van a hacer éstos con ella).

Una persona que, dadas las circunstancias, es bibliotecario, pongamos que se llama Eric Castells o Denis Castells, o César Castells, por su ascendencia valenciana, qué nombres más bonitos, qué adecuados nombres para un potencial exiliado voluntario. César Castells es un tipo que entiende la biblioteca como algo cercano a la comunidad, podría esperar a que alguna institución le pagara el viaje, el alojamiento, tener gastos para las dietas, dormir en algún hotel, como en los congresos, como las grandes estrellas del rock bibliotecario, pero, no, él prefiere hacer las cosas a su manera, a su ritmo, con sus tempos, aunque le cueste dinero de su bolsillo, tiempo de sus vacaciones, pedirse un permiso sin sueldo, él es un héroe del siglo XXI.

No pasa nada, hay un hombre en bicicleta de arriba a abajo por las calles de Montréal, de biblioteca en biblioteca, buscando la biblioteca del siglo XXI, buscando herramientas, instrumentos, procedimientos para mejorar. Personas que hablen su idioma, personas que no tengan miedo a hablar de la pregunta fundamental, ¿qué es ser bibliotecaria?, ¿qué es ser bibliotecaria en el siglo XXI? ¿Tan extraño es que un ser humano quiera mejorar? ¿Tan inmóviles nos hemos quedado que toda construcción ajena a nosotros nos supone en lugar de un aprendizaje, una amenaza?

En esta ciudad hay 45 bibliotecas municipales, para 19 arrondissement, lo que aquí llamaríamos barrio, cada arrondissement tiene al menos dos bibliotecas, cada arrondissement tiene una jefa de división, bibliotecaria, (son sobre todo mujeres las que realizan estos trabajos), por debajo de cada jefa de división, hay una jefa de sección, normalmente es una bibliotecaria que trabaja en las dos bibliotecas que hay en su arrondissement, otra bibliotecaria le da soporte, debajo de ellas está el resto del equipo. ¿Queremos una nueva ley de bibliotecas en la Comunidad Valenciana?, venga, por favor, tomemos el modelo de la ciudad de Montreal y copiémoslo de cabo a rabo. No tiene nada que ver con el modelo anglosajón, es un modelo administrativo europeo (aunque también pretende aprender del modelo de participación comunitaria anglosajón, sin complejos, o sí, pero sin tantos miedos, y sin poner en la balanza la pérdida del poder de la defensa del patrimonio, todo lo contrario, caminos paralelos que se refuerzan, o al menos eso parece).

Lo sé, lo siento, está siendo una entrada aburrida para los que no entienden de biblioteconomía.

Venga, volvamos a César Castells, en cuanto llegue a Valencia me cambio el nombre. César Castells, desde que está en Montréal ha hecho ya 100 km en bicicleta y unos 60 andando. Llegó el viernes pasado, viernes 7 de octubre, podríais pensar que se está preparando para una triatlón pero no, sigue teniendo algo de pancha cervecera, problemas con la próstata y algún que otra contratiempo con otro de sus esfínteres.

César Castells es un antihéroe del siglo XXI, alguien que debería saber permanecer callado pero que no puede, simplemente no puede callar porque sabe que si calla la realidad deja de ser realidad y pasa a ser un mundo de fantasía, un cuento de hadas al que él nunca ha querido aspirar.

En 12 de los 19 arrondissements hay 19 proyectos de fab labs en las bibliotecas, fab labs entendidos en la acepción extendida es decir, no solo son espacios maker en el sentido tecnológico, son espacios de creación también analógico, por eso ellos les han puesto el nombre de FABRICATECAS… ¿cómo te quedas, Javier Molinero?, aquí han inventado el nombre de fabricatecas en las bibliotecas, sin complejos, Javier, sin complejos y simplificando los procesos administrativos. Qué culpa tenemos nosotros de que antes de que llegáramos nosotros, nuestros antecesores confundieran el hecho de trabajar para los contribuyentes con el de ROBAR, qué maldita culpa tenemos nosotros. Me pregunto yo.

Otra de los procedimientos que ha simplificado la adminitración pública del la ciudad de Montreal ha sido la contratación del personal bibliotecario, supongo que funcionará así en otros departamentos, pero estamos en lo que estamos, de verdad, CAMBIAD los procesos de acceso a la administración pública, por lo menos los que son de la administración específica, necesitamos un personal activo, preparado, valiente, curioso y atrevido, que salgan a demostrar por las calles a la sociedad civil que las bibliotecas y los bibliotecarios son fundamentales para el funcionamiento de nuestra sociedad.

Va César Castells andando por las calles de Montréal, va hasta la biblioteca de Benny, que está una hora y media en bicicleta, toma unas fotos, habla con Thomas Poulin, que es el encargado del médialab. Son parte de las fotos que acompañan este blog.

César Castells además de visitar bibliotecas también aprovecha para conocer la iniciativa ciudadana de la ciudad, una asociación sin ánimo de lucro, Solon, va a rehabilitar un edificio (antes era una escuela profesional regentada por monjas, a su muerte pusieron como condición que el edificio fuera cedido a asociaciones con fines sociales y benéficos, ¿existe algo así en Valencia?). Una de sus amigas bibliotecarias en la ciudad forma parte de este proyecto y tiene pensado montar una biblioteca tercer lugar en este espacio.

Son las 15h, César Castells sale de la Universidad de Montréal, ha tenido un reunión muy productiva con su codirectora de tesis. Antes ha asistido a una conferencia dada por un representante de los primeros pueblos de este inmenso e infinito continente. Ha tomado nota de una poeta: Natasha Kanapé Fontaine y ha aprendido que llamar a los habitantes originarios de esta tierra indígenas es incorrecto y tiene un connotación despectiva y de falta de respeto.

Mientras César Castells camina por la calle Lauriers intenta poner en orden sus ideas, sus ideas son confusas ya que son muchas y en algunos aspectos contradictorias, es difícil compaginar la realidad con lo que esperamos que sea la realidad, hay una peligrosidad de ampararse en lo políticamente correcto para entender una sociedad que en el fondo es tan políticamente incorrecta. Hay un peligro de no estar entendiendo la amplitud del problema.

César Castells también piensa en el libro Un verdor terrible del gran, grandísimo, grandisísimo, Benjamin Labatut. Piensa en ese matemático loco que a los 45 años lo deja todo para convertirse en una especie de vagabundo perdido en un pueblito de pronvincias, en Francia. Piensa en él y sabe por qué acabó así, lo comprende perfectamente, desde hace tiempo. Esa la razón por la que César Castells es capaz de subirse, con casi cincuenta años, a una bicicleta y hacer casi 30 kilómetros en un día. Tantos kilómetros como si se estuviese preparando para un triatlón.

Después de andar más o menos 45 minutos, en la rue Sant Denis, César Castells decide coger una bici, aún le queda una hora por delante para su cita en la casa de la transición, el edificio que acoge la anteriormente mencionada asociación sin ánimo de lucro Solon.

En cuanto sube a la bici empieza a llover. El cielo ha aguantado más de lo que pensaba César Castells que iba a aguantar cuando salió de casa por la mañana, pero al final, la lluvia ha acabo por caer.

Evidentemente César Castells no va preparado para este contratiempo y muy a su pesar tiene que buscar una estación para dejar la bici y llegar antes de lo previsto al lugar donde había quedado para encontrarse con su amiga para refugiarse. La mala suerte, o un despiste o el cansancio hace que César Castells se equivoque de dirección y que tenga ahora, en medio de la lluvia y ya bastante empapado, que volver atrás unos dos mil números, del portal 9300 al 6450 de la calle Christophe Colomb que ahora está empezando a ser más conocido como el genocida que como el descubridor.

Cuando llega al número 6450 su amiga aún no ha llegado porque falta media hora para la cita y en vez de meterse en el local de la asociación, entra en una cadena comercial que hay por toda la ciudad, Jean Coutu, ahí se vende de todo, y desesperado compra un chubasquero, un paraguas, muy bonito, 23 dólares, unos guantes, una bufanda y unas zapatillas de ir por casa para hacer frente al frío que está por venir pero que parece aún no acabar de llegar.

Cuando César Castells sale de la cadena comercial Jean Coutu, ve a su amiga que sale de la panadería artesanal que hay enfrente del Local de la Transición, le dice que se espere, que cruza, que tiene hambre. Y así es como sentado en la puerta de la tienda de pan artesanal César Castells se come un bocadillo frío, muy frío, incluso, de jamón York con mantequilla mientras escucha a su amiga hablar de su increíblemente interesante proyecto de biblioteca tercer lugar en ese espacio comunitario y autónomo que tienen justo enfrente.

Cuando acaban de comer César Castells se está meando y aunque su amiga hubiese preferido dar una vuelta por el barrio han de entrar en el local de la Transición para que César mee.

Una vez visitado el baño, César Castells sigue a su amiga y a Mathilde Sénécal para visitar el antiguo edificio. Mathilde es la poeta que va dar el taller de poesía para crear un desplegable (muchas hojas impresas y bien dobladas) con las poesías que crearán y que se distribuirán por el barrio, esta asociación pretende poner en marcha el tejido asociativo del barrio,

Estos son los libros que nos trajo Mathilde para encontrar inspiración.

Su participación poética es la siguiente:

Un poema bastante grandilocuente (lo siento):

La poésie / écrire un poème / être un poète / c’est pour moi / quelque chose de sacré / c’est comme être ici / maintenant / Dans le lieu et le moment précis / c’est comme engendrer un enfant / par ce qu’un poème / a le pouvoir de transformer / les flammes de l’enfer / en énergie nucléaire / pour l’éclairage vital / de citoyens et citoyennes / qui partagent un quartier / une ville dans un ville / une vie dans une vie / Une danse qui transforme / les choses normales / en exceptionnelles.

Traducción: La poesía, / Escribir un poema, / Ser un poeta, / Es para mí, / Algo sagrado /Como estar aquí, / Ahora, / En el momento y el instante justo, / Es como engendrar un niño. /Un poema, / Tiene el poder / De transformar las llamas del infierno / En energía nuclear / Para el alumbramiento vital / De los ciudadanos y ciudadanas / Que comparten un barrio, / Una ciudad dentro de una ciudad, / Una vida dentro de una vida, / Una danza que transforma / las cosas normales / En excepcionales.

El otro poema que escribió César Castells le quedó más próximo al HAÏKU y creo que gustó más:

Les balles roulent / et on s’assied sur le mobilier informel / dans les ruelles protectrices / tapient de feuilles bordeaux / et de végétation sauvage.

Traducción: Las pelotas ruedan / y nos sentamos sobre el mobiliario casual / en las callejuelas protectoras / cubiertas de hojas burdeos / y de vegetación salvaje.

César Castells no tiene fuerzas para quedarse a presenciar el proceso de impresión de los desplegables (aparecen en las fotos, igual que las recomendaciones lectoras que dio Mathilde, muy interesantes todas, así como los proyectos poéticos en los que participa en la ciudad, uno de ellos llamado Poésie Par Tout (poesía por todos lados).

César Castells llega todos los días más o menos a las 19h a casa, se pega un baño relajante, cena, normalmente una ensalada de cangrejo con salsa César, ve unos cuantos capítulos de Seinfield (ha empezado a ver El método Kominski por culpa del comentario de alguien en facebook o en Instagram pero solo puede ver uno cada noche intercalándolo con dos de Seingfield porque cada vez que ve uno se pone a llorar como una magdalena, y tan lejos de casa no es muy bueno llorar tanto, o quizás sí, aún no lo tiene claro) y se va a la cama, A las dos de la mañana se despierta debido al jet lag y se pasa una hora leyendo o corrigiendo/ampliando hasta el infinito la novela que ya lleva más de un año escribiendo. Se vuelve a dormir a las 3h y se levanta sobre las 6h de la mañana, suele mear entre dos y tres veces por la noche.

Pero para César Castells, no todo ha sido trabajo de investigación, también ha tenido tiempo para visitar el jardín botánico, que no pudo visitar junto a sus hijos cuando vinieron todos juntos en el 2018, ya que estaba trabajando, buscando información bibliotecaria en Répentigny, junto a su amigo Ismaël Bellil, cuando pasa por la zona de talleres infantiles se acuerda mucho de ellos y se da cuenta que aún sin ellos sigue haciendo cosas cosas eminentemente familiares.

Pero este año sí que ha podido ir a visitar el jardín botánico y ha hecho un reportaje fotográfico que presentará a continuación mientras reflexiona sobre su pasado. Porque sí, a César Castells, esta visita a Montreal durante el mes de otoño le ha traído recuerdos olvidados de su infancia en Suiza.

El olor de las hojas caídas y húmedas, de los castaños y las castañas en el suelo. Esos colores y aromas le han transportado a Lausanne, al año 1976, perdido por los parques embarrados mientras aprendía a ir en bicicleta.

César Castells rememoraba estas sensaciones ante un grupo de señoras con las que ha compartido una visita guiada y exterior al Musée des Beaux Arts de Montreal.

Esta visita ha sido hoy. Hoy César Castells se ha levantado cansado, seguramente debido a las 3 latas de cerveza que se hincó ayer antes de ir a dormir, a veces te encuentras con problemas inesperados y no siempre puedes gestionarlos sobriamente, eso es al menos lo que piensa César Castells. Pero aunque cansado César Castells ha salido de casa, y ha salido porque tenía una bici a la que subirse, eso sí, ha descubierto las bicis eléctricas públicas y ahora todo parece un poco más sencillo, las pedaleadas, aunque igual de fuertes, le llevan más lejos con la ayuda de la energía eléctrica (como queréis que César Castells se oponga al progreso, limpio, eso sí).

La visita guiada a la que ha asistido César Castells ha sido gracias a la invitación que le ha hecho otro amigo bibliotecario, uno que está especializado en trabajo social y que ha tenido problemas con su equipo porque él no llamaba a la policía cuando entraba alguien a dormir en la biblioteca, o alguien que había bebido de más, o alguien que tenía problemas mentales y gritaba, él es un bibliotecario que cree que la biblioteca ha de atender a las personas más allá del mero préstamo de libros. También le ha hablado a César Castells de una iniciativa que sin duda hará las delicias de Javier Molinero, pero esta actividad, César Castells la quiere contar conociéndola en persona y lo hará después de visitar la biblioteca de su amigo.

Mientras tanto César Castells colgará en este post las fotos de la biblioteca Webster de la Universidad La Concordia cuyo proyecto de renovación y totalmente basado en la creación de un tercer lugar, ha llevado a cabo la directora Guylaine Beaudry, quien en su día optó a la dirección del BANq y cuyo puesto le arrebató una conocida tertuliana de TV especialista en ciencias de la comunicación.

Bien, a César Castells no le ha dado tiempo para mucho más, a ver si mañana puede descansar, o quizás no, quizás se suba a un bicicleta pública y recorra 20 o 30 kilómetros, cuando uno se acostumbra al mambo, es difícil dejarlo.

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