Un Inmenso e infinito continente #02

montréal #02

#uninmensoeinfinitocontinente

Me despierto a las 5h (en Valencia son las 11h). Aprovecho para hablar con la familia. Ayer no pude hacer la compra, así que no tengo para desayunar más que las cuatro salchichas que compré en la charcutería del barrio judío.

Me como una y todo va más o menos bien pero cuando empiezo con la segunda pienso que mejor dejar el estómago tranquilo y esperar a hacer la compra para comer algo más saludable de buena mañana.

A las 9h salgo de casa en busca de un supermercado, el Google maps me indica que hay uno a cinco kilómetros pero mi casera me dijo que había un centro comercial no muy lejos de aquí, así que me dejo guiar por mi instinto y camino hacia el centro comercial. Poco después de salir de casa veo a una mujer mayor con un carrito de la compra, la sigo, como un investigador secreto, y llego a un supermercado que no está a más de diez minutos de mi casa.

En el supermercado; conocer un supermercado es como conocer a una persona, a veces te das cuenta demasiado tarde de que vas a tener que hacer un gran esfuerzo para decodificar cada uno de sus detalles y funcionamiento para finalmente pensar que no te conviene; hago el esfuerzo de adentrarme en él, de familiarizarme con su distribución y oferta, antes de salir ya sé que es muy poco probable que visite otro supermercado, está cerca de casa, tiene productos frescos y ostras a 1,29 dólares americanos la unidad. Cuando paso por delante de las cervezas cojo solo dos latas de Budweiser, aquí vuelve a ser exótico beber Budweiser, sabiendo que si cojo alguna más será imposible que meta toda la compra en las tres bolsas de tela con las que he salido de casa. También he tenido que renunciar a un paquete de cruasanes y todo el rato he tenido que repetirme: estás haciendo una compra para el findesemana, no hace falta que compres de todo.

Y, efectivamente, todo lo que he comprado ha cabido en las tres bolsas que llevaba. Si hay algo que se me da bien en la vida es saber cuánta comida cabe en las bolsas que llevo o cuántas bolsas voy a necesitar para meter la compra: dame tres bolsas grandes y una pequeña. La mayoría de las veces acierto.

Pretendo atravesar el jardín botánico pero la puerta por la que debía entrar está cerrada. Tengo que bordearlo, me siento enérgico, tengo por delante una buena caminata pero no hay problema, a buen ritmo, llegaré a tiempo. Me fijo en las hojas caídas en el suelo, algunas ya secas, otras aún conservan el color rojo vino, púrpura, tomo algunas fotos, también de los campos de béisbol que bordean el parque.

A las 15h he quedado. Mi segunda reunión. Un reencuentro muy especial con la persona que en el 2018 me abrió las puertas de esta aventura canadiense. Cuando nos veamos me recibirá efusivamente, dándome un abrazo, como si el tiempo no hubiese pasado entre nosotros, como si hubiésemos siempre sido amigos y mantenido la amistad. Pero de momento salgo de casa, tengo por delante 1h30 de trayecto andando. A pesar de la distancia, ir andando es lo mejor que puedo haber hecho, hasta que me saque la tarjeta de la bici pública, ya que de nuevo, había un gran embotellamiento en la dirección en la que iba. En bus no hubiera llegado a tiempo.

También me fijo en las casas que flanquean el otro lado de la calle, los primeros pisos están casi a ras de suelo, aquí se aprovechan los subsuelos como vivienda o como espacios donde montar negocios. No hay ni una verja para protegerse de las posibles agresiones externas.

Todo va bien hasta que sufro un Paco Inclán en la biblioteca de la calle hospital. Esto no estaba previsto. Había pasado por el cuarto de baño antes de salir de casa. No pensaba que mi interior tuviera algo más que decir. Quizás haya sido la manzana que me comido mientras comenzaba a caminar, la primera manzana en tres días, pero lo cierto es que mis tripas han empezado a darme señales de evacuación inminente, por delante de mí una cita ineludible y 1h20 de camino, imposible volver atrás.

No he podido más que pensar que a mi edad la aventura puede ser tan sencilla como esta: apretar el esfínter para conseguir que todo lo planificado no se vaya a la mierda. Nunca mejor dicho. Por mi cabeza ha pasado la idea de: bibliotecario español detenido por hacer sus necesidades bajo un gran árbol del jardín botánico. Declaraciones: era un árbol muy grande, sus ramas me protegían, la zona estaba desierta, no pensé molestar a nadie, ni que nadie me vería. Los retortijones de estómago son buenos para no olvidar que estamos siempre cerca del abismo. Pasar de ser un héroe a un patán es solo cuestión de esfínter.

Bien, una vez “solucionado” el problema llego a mi cita con una carga interior que va a ser inevitable que me acompañe toda la tarde, como un runrunrun que te hace pensar: cuánto tiempo tardaré en llegar a casa o en su defecto, encontraré el momento para desaparecer en un baño un momento (para mí largo).

Como he comentado, mi cita me recibió con efusividad y como el bar dónde habíamos quedado estaba lleno me dijo: vamos caminando a otro a bar que está un poco más allá. Luego he quedado con mi pareja para tomar algo a las 18h (eran las 15h). Vale, esfínter, de acuerdo, tenemos que hacer un trato, voy a ser sincero contigo, NO SÉ CUÁNDO te voy a poder dar lo que quieres, haz sitio por ahí dentro, hazme el favor.

Y, como el ser humano, a veces es prodigioso, pues una de nuestras pulsaciones primigenias me dio una tregua y esa necesidad acuciante dejó de preocuparme y pude centrarme en lo demás, lo realmente importante, de lo que de verdad quiero hablar en esta entrada, porque la verdad, fue una tarde de lo más instructiva y reveladora.

Tal y como he dicho la cafetería donde habíamos quedado estaba llena así que empezamos a andar. La zona por la nos movíamos no debía estar muy lejos de la Avenue Zotique (la que que ayer recorrí de arriba a abajo: 1:30 para arriba, 1:30 para abajo). Pero, a diferencia de ayer, en vez de caminar por la calles y avenidas principales, empezamos a andar por la callejuelas traseras. Bien, para nosotros es peculiar entender esto. Nuestras casas no tienen “callejuelas traseras” tienen patios de luna, normalmente inaccesibles para los habitantes de las fincas que los circundan, y la mayoría de las veces techados y utilizados con fines comerciales. También hay que especificar que aquí las construcciones son extensivas, dos o tres pisos, cuatro como máximo, y en Valencia, la edificación es intensiva. Mucha gente vivimos en muy poco espacio.

El recorrido por las callejuelas traseras, dio lugar a la conversación de la acción vecinal. El tejido vecinal había tomado (ya era suyo) ese espacio público/privado y en vez de utilizarlo únicamente como parking había empezado a poner en marcha proyectos de diferente tipo. Uno de ellos era el de crear de manera “improvisada” espacios para estar y para jugar. Banquetas, sillas, mesas o canastas puestas de manera informal que invitan a lo vecinos a compartir espacios públicos y gratuitos. Al mismo tiempo se habían puesta en marcha iniciativas llamadas Calles verdes. Esta iniciativa podía surgir de los vecinos pero también del ayuntamiento, y supone reconvertir parte de las callejuelas asfaltadas en espacios verdes. Calles ajardinadas con un aspecto algo salvaje, campestre, en la ciudad. Y ahora viene la noticia bomba: los vecinos orgullosos de esta intervención espacial que habían realizado en su entorno habían creado un proyecto (solo por esta idea ya vale la pena el viaje…jejeje): un mochila llena de información para visitar su barrio, con detalles, recomendaciones, indicaciones e historias que solo pueden ser contadas por los vecinos y que, atención: su elaboración se realizaba con el apoyo de la biblioteca de barrio. La mochila, evidentemente se presta en la biblioteca. Es decir, vas a la biblioteca y te prestan una mochila con la que vas a vivir una aventura y conocer las historias y los lugares secretos de las callejuelas traseras del barrio en cuestión. Un vez vivida la experiencia, devuelves la mochila en la biblioteca para que otra persona o grupo de personas pueda vivir la experiencia.

Bien, os estaréis diciendo que todo esto de la biblioteca del siglo XXI es muy interesante pero que qué pasó con lo OTRO. Hacer Hatha Yoga estos últimos años me ha ayudado mucho a reforzar mi suelo pélvico y después de visitar las callejuelas traseras acudimos a la cita con la pareja de mi amiga. Eran las seis de la tarde. Entramos en un bar a tomarnos una cerveza pero en un momento dado me di cuenta de que íbamos a cenar. Les pregunté: ¿Estamos cenando?, me dijeron, sí, sí, es la hora de cenar. Vale, de acuerdo, cenemos. Pedí algo que en la carta tenía un nombre exótico y que resultaron ser una especie de pimientos de padrón. No está mal hacer 6000 km para cenar unos pimientos de padrón con un salsa de yogur. A la segunda cerveza, que esta vez acompañé con una patatas fritas y mayonesa, sentí una llamada, algo en mi interior estaba reclamando mi atención, ¡eo!, estoy aquí, tenemos un trato, ¿qué haces bebiendo cerveza y comiendo pimientos y patatas fritas? Me levanté, y dije: me disculpáis un momento, tengo que ir al baño. Ahora vuelvo.

Una respuesta to “Un Inmenso e infinito continente #02”

  1. Ana Linares Says:

    Que bien !! No dejes de ir escribiendo lo haces genial. Así sigues cerca y a la vez nos trasladas allí con las narraciones. Todo chulísimo. Besos!!

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