Torment@ de verano

[Padres modernos tomando cerveza en la terraza por Mitxel Cotarelo]

Siempre me ha faltado algo: unos centímetros para llegar al 1,85, un poquito más de mano izquierda para perpetuar mis amistades, algo más de inteligencia para ser considerado como interlocutor válido por según qué pensadores, una pizca más de saber estar para ser interpelado por el politburó político valenciano, una actitud, estética y pose algo más cercana y personal para conquistar los corazones de la escena musical valenciana, un patrimonio familiar que me proveyera cada fin de semana de varios billetes de cien euros, un hígado que aguantara con mayor fortaleza las embestidas del alcohol destilado, más paciencia y saber estar con mis hijos.

Para más inri; este mes de julio hemos emprendido ese maravilloso camino de las reformas, una reforma de nada, solo una parte de la casa, lo justo para prepararnos a recibir la adolescencia de nuestros hijos; mientras desmontaba muebles y empaquetaba ropa, juguetes y libros, con TVE2 todo el tiempo de ruido de fondo en el IPAD, escuché en un programa de ciencia que la voluntad se almacena en un «recipiente», en nuestro cerebro, y que la voluntad no es inagotable, todo lo contrario, es limitada y se acaba. Se acaba y hay que esperar para que se vuelva llenar. La fuerza de voluntad que era algo que nunca me había faltado, se acaba.

No sé qué mosca nos ha picado a los padres de mi generación con querer estar tanto tiempo con nuestros hijos. Buscamos compartir con ellos tiempo de calidad…

No sé quién se inventó eso del tiempo de calidad. Por mucho que intento buscarlo, no logro encontrarlo. He intentado que toquen el piano, que pinten, escriban, lean, hagan deporte pero la verdad es que lo que ellos quieren es jugar, y a ser posible, al Fortnite, todo el tiempo.

Estamos, estoy muy preocupado con crear vínculos afectivos con ellos. Vínculos que nos permitan tener un hilo de comunicación durante su adolescencia.

[Niños jugando al Fortnite por la calle]

Almorzaba el otro día con Paco Inclán y comentábamos de pasada la peculiar relación que habíamos tenido ambos con nuestros respectivos padres, esa relación de hacer lo opuesto a lo que se esperaba de nosotros y acabar cerrando el círculo al lado de ellos, comprendiendo por fin lo que querían y no les podíamos dar. ¿Tan difícil era cumplir las expectativas que nuestros padres habían depositado en nosotros?, le decía yo a Paco, ¿tan difícil era? ¿Tan difícil era obedecer, bajar las cabeza, cortarse el pelo, quitarse los pendientes, ponerse un traje y dedicarse a, por ejemplo, vender seguros? No es que fuera difícil, es que era imposible.

Tiempo de calidad con nuestros hijos, y tiempo de calidad con nuestros padres. A ver si vamos a acabar por ser la generación que ni lograron conectar con sus padres ni lograrán conectar con sus hijos. No es del todo cierto lo que digo. Yo, este peculiar mes de julio, he construido con mi padre una caseta en su jardín.

[Caseta = Tiempo calidad padre & hijo]

Ha sido un mes de julio particular, imprevisible, como decía, la pandemia nos ha llevado a tele trabajar para poder supervisar a nuestros hijos. En mi caso, los jueves no solo me quedaba con los míos, algunos hijos de algunos amigos se venían también a casa. No estaba solo, siempre se quedaba conmigo uno o dos padres más. Padres modernos, como yo, que tuvieron dificultades para comunicarse con sus padres, que tienen dificultades para comunicarse con sus hijos pero que, sin embargo, siempre están ahí, acompañándolos a pasear para que no esté todo el día encerrados en casa y de cara a la tablet, vigilándolos para que no se ahoguen en el río, haciéndoles la comida y el almuerzo y dando esos últimos e imprescindibles consejos que esperan que sus hijos recuerden cuando se sumerjan en la adolescencia y empiecen a vivir de espaldas a ellos, fuera de su campo de visión.

[Padre moderno comprobando la corriente del río para que no se ahoguen los niños que están a su cargo]

[Niños comiendo rancho de verano y supervisados por padres modernos]

Ahora llega el momento de explicar el equívoco al que puede inducir el título de esta entrada, ese juego con la letra a/o que puede dar lugar a una mala interpretación de lo que intento explicar. Tormenta de verano o tormento de verano. Este verano, este mes de julio, he tenido que desmontar una casa para poder reformarla en septiembre, montar una caseta en el jardín de mis padres y dedicar un tiempo mucho más amplio del habitual a cuidar de mis hijos. Y cuidar niños, igual que ser amo de casa, es un trabajo, un trabajo duro, agotador y, muchas veces poco agradecido, ya que no se trata de que los niños hagan todo el rato lo que les venga en gana, muchas veces se trata de que, aunque ellos no sean conscientes de ello, entre gansada y gansada hagan algo productivo, algo para lo cual, muchos de nosotros, no estamos preparados.

[Hijo de padre moderno retando a su padre con manguera en mano por Mitxel Colatero]

Podría acabar el post aquí pero como decía antes no haría honor al origen real del título, la segunda interpretación queda más abierta ya que para describir este mes de julio, más que la palabra tormento, podría haber utilizado, el adjetivo peculiar o imprevisto. Pero en realidad el origen de este post nace realmente de la idea de tormenta de verano.

Desde que nacieron mis hijos, lo meses de julio los pasamos en una urbanización a las afueras de Valencia. Desde bien pequeños siempre me ha gustado salir a pasear con ellos, a veces por la mañana, a veces hacia el final de la tarde y otras después de cenar. Estos paseos siempre han sido algo emocionante. Tanto para ellos como para mí. Hacemos una especie de vuelta circular que sale de la urbanización, nos lleva por un camino que bordea campos de naranjos y que finalmente nos vuelve meter dentro de la urbanización. La recompensa suele ser un baño en la piscina de casa para refrescarnos y masajear nuestros músculos.

A mitad camino había una pequeña balsa de riego donde siempre nos parábamos a ver como renacuajos y ranas convertían esporádicamente aquel momento de bonanza climática en su hábitat. Ya el año pasado, al estar abandonado el campo colindante, la balsa quedó seca, y cuando llegamos intuimos que una pequeña luz se había apagado.

Este mes de julio, llevábamos ya más de quince días en la casa y aún no habíamos tenido oportunidad de recorrer el circuito. Los niños lo habían pedido un par de veces pero demasiado tarde así que, como mucho habíamos salido a dar una vuelta a la manzana.

Buscar tiempo de calidad con nuestros hijos. Qué difícil es a veces conseguirlo. Qué difícil es evitar que se hagan mayores y se vayan alejando de ti y de tus directrices. Qué difícil es aceptar que vas a ser una imagen de autoridad a la cual se van a enfrentar, de la cual se van a esconder, a la cual van a retar para definirse en oposición a ella. Imponerse a ellos para que hagan cosas que crees que deben hacer a pesar de que no les guste. Encontrar lugares comunes donde hacer cosas que a padres e hijos les guste hacer juntos (esto mi padre no se lo planteó en la vida). Encontrar la manera de que estas a cosas perduren en el tiempo y no se escurran irremediablemente entre nuestras manos. Dar una vuelta por el camino de las ranas aunque el cielo esté encapotado y parece que vaya a llover.

Era un poco antes de la hora de cenar, quizás ya fuese la hora de cenar, habían caído unas gotas de lluvia, cuatro goterones bien grandes, pero no había «estado» con mis hijos en todo el día y les dije: ¿Nos ponemos los chubasqueros y vamos a dar una vuelta por el camino de las ranas? Me hacía más ilusión a mí que a ellos pero finalmente accedieron.

Cuando salimos de casa el cielo estaba realmente gris. Pero aún así empezamos a caminar. Una de las cosas positivas que tiene insistir en algo con los niños es que una vez lo has conseguido, en la mayoría de los casos, pasa menos conforme se van haciendo mayores, se olvidan de porqué no les apetecía tanto venir, se olvidan y se centran en el ahora. Normalmente cuando esto pasa, mis hijos se ponen hablar, compiten por hablar, intento orientar la conversación hacia temas que no solo sean las skins del Fornite.

Iba escuchando a mis hijos mientras andábamos, antes de emprender la subida que va a los campos de naranjos tuvimos que decirle a una señora que atase a su mastín, nos daba miedo. La señora respondió que aunque era grande, enorme para nosotros, era un bebé. Sí, un bebé señora, pero ate al mastín.

Ya en la subida pasaron dos cosas que quizás deberíamos haber interpretado como señales para dar media vuelta y dejar la intentona para un día más apacible: a nuestra derecha el cielo estaba negro, a lo lejos unos nubarrones grises oscuro avanzaban hacia nosotros; solo nos cruzábamos a gente en dirección contraria a la nuestra.

Les pregunté a mis hijo: ¿seguimos? Mis hijos dubitativos dijeron: vale.

Al llegar al camino de los campos de naranjos empezó a llover, no mucho, solo un poco, les dije sigamos, para eso hemos traído los chubasqueros. El camino este año está en obras, así que tuvimos que atravesar una valla que cortaba el paso.

Estábamos a menos de un kilómetro de la balsa de las ranas cuando empezó a llover con más fuerza y no solo eso, no muy lejos de nosotros empezaron a tronar los truenos y los rayos a dibujar zigzags ante nuestros ojos asustados.

Si seguíamos un poco más, si seguíamos hasta la balsa de las ranas ya no íbamos a poder volver, íbamos a tener que ir hacia la tormenta.

Un trueno, un rayo y los goterones fríos que empezaron a caer nos hicieron tomar la única decisión posible: ¡Corred! Les dije.

Nos pusimos a correr con la tormenta pisándonos los talones, rayos y truenos incluidos. Pasamos la valla, subimos la pendiente y cuando nos dispusimos a bajarla ya íbamos completamente calados. A la altura del sitio donde habíamos visto el mastín mi hija no podía más y la tuve que subir a caballito. Más rayos, más truenos, más lluvia torrencial. Cariño, no puedo más, ahora ya estamos cerca de casa, puedes andar sola. Tengo las zapatillas llenas de agua. No pasa nada, lo bueno es que ya no tienes que esquivar los charcos, estamos calados, no hay nada en nosotros secos, solo tenemos que preocuparnos por llegar a casa.

Y volvimos a hacer un último esfuerzo. Ahora era mi hijo el que no podía más, ya está demasiado mayor como para llevarlo a caballito así que redujimos la marcha y llegamos a casa andando bajo la lluvia, bastante tranquilos, los rayos y los truenos alejados de nosotros, cuando llegamos, mi pareja apostada al porche de la casa: os ha pillado la tormenta. Y tanto, le dije, y hemos aprovechado para entrenar para la maratón. Seguía lloviendo. Nos quitamos la ropa y nos metimos en la piscina. Solo un momentito, antes de que un rayo cayera no muy lejos de donde estábamos y saliéramos escopetados de la piscina para ponernos a cubierto dentro de casa.

[Niños de padre moderno a punto de entrar en la adolescencia]

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