El balcón

El Balcón

En 1997 murió mi abuela. Su final fue duro para toda la familia. El Alzheimer, que en aquel entonces aún no estaba bien diagnosticado, nos pilló a todos con el paso cambiado y fuimos acompañando su degeneración mental todo lo bien que pudimos, acabamos agotados.

Ese acompañamiento fue muy estresante para mi familia y no sé a quién se le ocurrió que para compensar, para buscar cierto reposo, debíamos hacer un largo viaje, algo que no hubiéramos hecho en familia antes. Yo por aquel entonces evaluaba la posibilidad de irme con una ONGD a Latinoamérica y creo que mi madre pensó que antes de irme por mi cuenta sería bueno que conociésemos juntos el continente. Así fue como aquel verano nos fuimos una semana en Cartagena de Indias.

En aquella época fumaba, y aún se podía fumar en los aviones. Recuerdo traerme un paquete de cigarrillos sin filtro con un indio dibujado en la cajetilla blanda.

También recuerdo una jovencita portuguesa que viajaba con nosotros y que vino a nadar conmigo. Mi madre acudió pocos minutos después, tenía novia, tienes novia, me dijo. También se acercó un poeta colombiano que se puso recitarle a mi madre y a la chica portuguesa, sobre todo a ella. Decía que era músico. El agua estaba sucia y templada y me salí ante la imposibilidad de sucumbir al deseo.

En la playa, el vigilante trapicheaba bajo la escalera de la torreta vigía. Le enseñó una pistola a uno de sus clientes, como si quisiera vendérsela. Teníamos barra libre en el hotel, así que fui dentro, a una pequeña piscina privada donde podías beber y fumar sentado en el agua. Los cigarrillos, también los regalaban. Te servías tu mismo, los cogías de un bote, te lo encendías, pegabas una calada y echabas un trago a lo que fuera que bebiera por aquel entonces, seguramente alguna bebida autóctona. No me preguntes cuál, en aquel tiempo aún no tenía criterio sobre el alcohol que consumía. Bebía para embriagarme, no por placer.

Desde que empecé a fumar, siempre quise dejar de fumar. Dejar de fumar era como un pensamiento constante, como una idea que siempre llegaba al final de una secuencia de momentos de placer. Nunca quise fumar pero fumé durante mucho tiempo.

No sé si en Cartagena de Indias quería dejar de fumar, no recuerdo haber hecho la promesa, como otras veces, anteriores y posteriores, de hacerlo. Sí que recuerdo que el paquete de tabaco colombiano con la cara del indio lo conservé durante mucho tiempo como una especie de símbolo, no sé si de la joven portuguesa o del viaje que de alguna manera hicimos para despedirnos de mi abuela.

Al año siguiente, volvimos a viajar en familia. Esta vez encontramos un anuncio que te ofrecía pasar una semana en una cabaña en Finlandia. Una cabaña en medio de una zona de lagos, con sauna y un bosque alrededor donde, a pesar de ser agosto, crecían ya las setas.

La sauna estaba a diez metros del lago y cuando tu cuerpo estaba en plena ebullición salías corriendo para meterte en el agua, que estaba helada.

Cerca de la casa encontramos unas setas que decidimos recoger y que consideramos comestibles. Mi madre y yo, no sé porqué, no comimos mucho, sin embargo mi padre y mi hermana, que sí comieron bastante, tuvieron esa noche una especie de viaje alucinógeno. Al día siguiente cuando le contamos al propietario que habíamos hecho unas tortillas con las setas que rodeaban la casa, nos miró asustado. Un miedo que disimuló con rapidez al ver que estábamos bien, a la vez que decía que no volviéramos a hacerlo, que si queríamos setas que primero lo llamásemos a él.

Llegué a Finlandia fumando, fumaba tabaco de liar, así que seguramente estaba en uno de esos momentos en los que estaba dejando de fumar. Eso suponía que iba a fumar más hachís para compensar. Por que sí, dejar de fumar significaba dejar de fumar tabaco. Dejar de fumar hachís fue algo que no me planteé hasta la entrada del siguiente siglo, cuando tuve que ponerme a estudiar en serio para sacarme la oposición.

Seguramente porque estaba dejando de fumar, no recuerdo hacerlo durante el viaje en avión, lo que sí recuerdo es que nos dieron un bote de Bloody Mary para calmar los nervios, el Vodka ya iba mezclado con el tomate, solo tenías que añadirle sal y pimienta, al gusto. Creo que fue entonces cuando me aficioné a esta bebida.

Otra de las razones por las que pienso que estaba dejando de fumar es porque recuerdo postergar el hecho de encender el primer cigarrillo del día. Recuerdo convertir el acto de prender el tabaco liado en una ceremonia matinal. El lugar daba para el ritual.

Levantarme, salir de la cama sin lavarme. Salir de la cabaña, sentarme unos pasos más allá, cerca del lago, esperar a que el día se despertara, aunque ya fueran las diez de la mañana, somos valencianos, las diez de la mañana para nosotros es madrugar, y allí sentado, dejar la mente en blanco. Dejarme invadir por la calma, por la quietud, el silencio, la naturaleza, el movimiento del agua en la orilla del lago. Parar, frenar, postergar el hecho de empezar el día, preparar tu cuerpo para enfrentarte a la batalla, al primer cigarrillo. Convertir ese primer cigarrillo en un símbolo. En un ritual de iniciación del día. Un pistoletazo de salida que ordenase bien, después del reseteo nocturno, las ideas en nuestra cabeza y así poder enfrentarnos al día por venir, a nuestra vida.

Estamos en abril de 2020, han pasado casi veintidós años desde que hicimos aquel viaje a Finlandia. En el 2004 dejé de fumar. Desde hace más de diez años vivo en un piso que da a una avenida. Una avenida ruidosa, muy transitada. Tanto es así que la parte de la casa que da a la avenida tiene las ventanas insonorizadas con crimalit. En esa parte de la casa hay un balcón que rara vez hemos utilizado a lo largo de estos años. Un espacio de unos dos metros cuadrados, olvidados a causa del ruido ensordecedor del tráfico diario. De la contaminación.

Desde que vine a vivir a esta casa nunca he dejado de pensar que era una lástima vivir de espaldas a la avenida, obviar la existencia de ese balcón donde, perfectamente, podríamos montar una mesita y salir a desayunar, o a comer, o cenar, incluso tender. Las únicas personas que recuerdo que la han utilizado en este tiempo han sido las que han venido de visita. Amigos o familiares que antes o después de comer o cenar han querido echar un pitillo.

No recuerdo haber experimentado de nuevo la comunión mística con el espacio y el tiempo que alcancé durante los días que estuvimos en aquella cabaña en Finlandia, mientras postergaba el momento de fumarme el primer cigarrillo del día. También es verdad que, como he comentado anteriormente, en el 2004 dejé de fumar.

Sí que he experimentado situaciones sucedáneas en el trabajo, salir de mi despacho, sentarme en medio de la sala y pensar, o no pensar en nada para acabar pensando en algo, porque pensar también es trabajar. Porque vaciar la mente sirve para descongestionarla, para permitirle hacer hueco a las nuevas ideas. A veces es necesario parar para dar con nuevas ideas. Pero ninguna de esas experiencias llegó a la altura de la finlandesa, seguramente porque no es lo mismo luchar contra una adicción que intentar reorganizar un espacio.

Las primeras semanas de la cuarentena fueron de mucha expectación. Empezamos el milenio con el atentado de las Torres Gemelas, poco más tarde llegó el de Atocha, y así, con cuentagotas, la sociedad occidental ha ido encajando, golpe tras golpe, atropellos y matanzas esporádicas a golpe de Kalashnikov, sin que estas acciones consiguieran poner en riesgo, como lo ha conseguido en pocos meses un virus, la maquinaria sobre la que se asienta la economía de mercado. Hasta llegar a este encierro, como un hormiguero bien organizado, una vez pasado el momento de crisis, los humanos, continuábamos con nuestras vidas a pesar de que días antes, por las Ramblas de Catalunya, se hubiese producido un atropello masivo.

Parar la maquinaria, dejar de ir al puesto de trabajo, trabajar desde casa. Salir al balcón. Salir al balcón y postergar el entrar en casa de nuevo.

No sé en qué momento empecé a salir al balcón. Siempre he sido muy crítico con las desigualdades sociales que provoca el funcionamiento de mercado, desde muy joven he reflexionado sobre cuál podría ser la manera de frenar esa maquinaria, o de, al menos, controlarla, para compensar los desequilibrios sociales y medioambientales que provoca, así que supongo que uno de los primeros días de encierro bajé a la calle por la noche a tirar la basura y quedé impactado por la quietud, el silencio, la falta de tráfico, de gente en las aceras. Quizás fuese el domingo que se declaró el estado de alarma.

Bajé a la calle a tirar la basura y saqué el móvil para fotografiar la avenida vacía. Poder cruzar de un lado a otro sin mirar, pararme en el carril central para tener un mejor encuadre.

De camino a casa llamé a mis padres para ver cómo estaban. Tenía la sensación de que mi conversación podía oírse en la distancia, de que, de hecho, personas enclaustradas se asomaban a la ventana para ver quién estaba hablando en la calle. Me cayó una rama de árbol, me asusté, creí que alguien me había lanzado algo para que volviera a mi confinamiento. Apresuré el paso y la conversación. Me despedí de mis padres y subí a casa.

Al día siguiente me levanté pronto. Tenía la intención de sentarme y ponerme a trabajar. Cuando me levanto pronto, sí, los valencianos también podemos levantarnos a las siete de la mañana para trabajar, y trabajo en casa suelo pasar directamente de la cama a la mesa donde tengo el ordenador, sin tomar nada, sin lavarme la cara. Pero cuando salí del cuarto de baño de hacer pipí, en vez de irme al comedor donde estaba mi mesa, fui al cuarto donde está el balcón.

Abrí la puerta y salí. Era un día nublado, como lo están siendo la mayoría de días desde que estamos encerrados, hacía frío. Me había puesto el batín para salir, así que, estaba bien. Me apoyé en la barandilla y contemplé la quietud de la avenida. La falta de tránsito. Un autobús en la lejanía, poco más.

La maquinaria estaba parada. Ni en el más optimista de mis pensamientos pude soñar jamás que algo pudiera llegar a parar la maquinaria. El mundo silencioso, escuchando su propio latir. Las personas quietas dejando de provocar temblores en la tierra a causa de su movimiento. Aviones parados dejando circular a las nubes y a los pájaros, dejándoles recuperar sus trayectos ancestrales.

Apoyado en la barandilla podría haber visto como los animales salvajes volvían a recuperar espacios que perdieron en batallas libradas hace cientos de años.

El autobús rompió esa armonía momentáneamente, aunque su irrupción no fue lo suficientemente brusca o continua como para estropear mi percepción del momento. Su paso, lejos de ser molesto, sonaba más a ronroneo, a murmullo de caudal de río fluyendo con fuerza. El propio autobús, desprovisto de alianzas, convertido en único símbolo de un pasado ruidoso, no podía, por sí solo, convertirse en algo más que una anécdota pasajera, sin capacidad para desbaratar el momento idílico. Su paso, más bien, puso de relieve, en cuanto desapareció, la calma del momento.

Recuerdo que pensé, ahora me gustaría tener un pitillo guardado en el bolsillo de mi batín. Y busqué en el bolsillo pero no encontré nada. Tuve la tentación de dar media vuelta y entrar en casa pero lo que hice fue apoyarme en la barandilla y postergar la entrada. Cada vez que pensaba en entrar me decía: no, quédate, respira, observa, vacía tu mente, espera, disfruta del momento. Simbiotízate con el entorno, conviértete en parte del escenario, intégrate con esta avenida, con los edificios de enfrente, con la gente que vive en esos edificios. La naturaleza, los pájaros, los árboles, las nubes, están agradeciendo este parón. Nuestra sociedad avanzando desbocada hacia el abismo ha de entender que ahora mismo esta pagando el precio de la imprudencia, de cabalgar sobre una máquina del infierno desbocada, la naturaleza ha puesto una barra entre las ruedas para frenarla en seco, por desgracia a costa de nuestros mayores. Es sólo un primer aviso.

Más tarde, cuando entré en casa, con la mente despejada, amueblada mi cabeza con nuevas ideas, escribí en mi libreta: un buen ejercicio sería el de describir, a partir de ahora, esas salidas al balcón. Convertir esa mera acción en un hecho trascendental que explique no solo la situación histórico-político-social crucial que estamos viviendo sino también un viaje al interior de la persona que sale al balcón, a su espiritualidad y a sus convicciones filosóficas. Al mismo tiempo se podría trabajar sobre la materialidad del espacio, su estética y composición material tanto de la que le rodea a corta, media y larga distancia, como de la que va más allá de los edificios que lo encarcelan y el suelo y el cielo que lo contienen.

Salir al balcón para encontrar la paz frente a una avenida en calma. No solo la sociedad debe aprender a frenar, no solo la sociedad deberá acostumbrarse a los parones energéticos si quiere preservar la especie humana, yo mismo tendré que recuperar, aún sin fumar ya, esos momentos en los que postergar toda actividad, todo movimiento, para dedicarme a la mera contemplación. Aunque la verdad, tengo unas ganas horribles de echar un pitillo

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