Instrucciones para elaborar una buena lasaña, o no.

Elvira Navarro dixit:

“Casi ningún autor me parece imprescindible. Handke sí. Handke nos recuerda en cada frase qué es la literatura, por lo menos como yo la entiendo. No puedo ser más fan, y no puedo estar más contenta. Qué Nobel tan bien dado.”

La imagen es la de estar parapetado tras el montículo de una trinchera, ves pasar los proyectiles, intentas entender la lógica de los disparos, de las bombas que están cayendo, sin orden aparente, con el único objetivo de sembrar el caos.

Esta entrada debió haber sido escrita hace ya unos meses, pero como un nadador, al borde de la piscina, que no se atreve a saltar, ya sea porque el agua está demasiado fría, ya sea porque intenta saltar desde un saliente demasiado alto, no había encontrado el impulso necesario, o el valor, hasta hoy, para dar el salto.

Después de algunos meses más, esta entrada debió ser escrita primero durante el verano, y más tarde a lo largo de octubre de 2019 y hoy, enero de 2020, voy a hacer un nuevo intento.

Si no me he puesto a escribir antes esta entrada es porque para escribir en mi blog he de sentirme iluminado por una idea. Eso, y tener tiempo. Una idea que se convierte en el foco y motor de lo que voy a contar. Es tan potente esa idea que cuando me pongo a escribir, en un par de horas la entrada está resuelta.

Pero esta vez, todo ha estado borroso desde el principio. Nadie se pone a hacer una lasaña sin comprobar que en la alacena, la despensa, haya harina. O sin tener claro cuál es el mejor recipiente para meter una lasaña en el horno.

De la misma manera que uno, yo, no tenía claras, cuando me dispuse a elaborar una lasaña de carne picada, tomate y bechamel, algunas reglas básicas, esta entrada sufría desde el inicio de carencias estructurales, de problemas de foco, de dispersión discursiva.

Ahora, en la distancia, a duras penas recuerdo los elementos disparadores. Elementos que fueron sepultados durante el verano por otras prioridades creativas: maquetar las canciones de mi nuevo disco, perfilar la arquitectura de mi nueva novela.

Cuando acabé las maquetas, antes de enviáserlas a Micalet, me subí al cuarto de arriba de la casa donde veraneamos, me acosté, me puse los cascos y me dispuse a oírlas. Nueve canciones que aún sin producir ya daban la sensación de ser inexpugnables. Me hice una foto (Si os fijáis bien se ven los cables de los auriculares):

Pero antes de llegar a este primer estado de satisfacción creativa, habían pasado algunas cosas bastante importantes en mi vida. Una de ellas fue que un sábado del mes de julio, poseído por algún deseo latente, decidí cocinar una lasaña. Bueno, en realidad quería hacer unos canelones pero en un momento dado mi propósito inicial derivó hacia la Lasaña.

Otra de las cosas importantes que habían sucedido y que aún estaban sucediendo en ese momento, y suceden aún ahora mismo, hoy, es que estaba estaba escribiendo mi segunda novela.

Estaba escribiendo mi segunda novela y me topé con el comentario de Elvira Navarro que abre este blog. Estaba elaborando una lasaña, al principio no lo sabía, al principio quería cocinar unos canelones, y el comentario de Elvira Navarro se cruzó por mi vida.

También fue ese el momento, o quizás no, da igual, llevo demasiados meses pensando en esta entrada y todas las ideas están ya metidas en un saco del cuál van a salir con una vertebración espacio temporal que jugará a favor de la narración y no de la verdad, cuando leí algunos comentarios en las redes sociales sobre la última película de Tarantino. No quise leer mucho porque me gusta llegar virgen a los estrenos, hice bien.

A pesar de lo que pueda parecer, el humor, para mí, es, sino el más, uno de los elementos más importantes de mi vida, por el humor soy capaz de cargarme una amistad, es así porque por hacer una broma soy capaz de utilizar lo más sagrado del que me rodea. La partida va en doble sentido.

La película de Tarantino, además de otras muchas cosas, tiene algunas escenas con las que me partí la caja como hacía tiempo que no lo hacía: la de la pelea entre Brat Pitt y Bruce Lee, o la escena final con Di Caprio en la piscina. Casi me meo. Pero además hay actuaciones sublimes, como la de Di Caprio delante del espejo. Sí, es verdad, tiene un pero, es una historia de “hombres” y me di cuenta hablando con María Cárdenas cuando me recalcó que el papel de la actriz que hacía de Sharon Tate era muy pobre. Quizás sea por ahí por donde se pueda desinflar la película.

Una vez vista la película ya pude leer los comentarios de la gente en la red y mi amigo Mr. Perfumme era uno de los que había salido decepcionado tras el visionado de la peli de Tarantino. No le contesté en público en su momento pero valga ésta como mi valoración al respecto. Ampliable en caso de que veamos necesario enriquecernos discutiendo sobre el tema.

Al mismo tiempo que hablaba de lo floja que le parecía Érase una vez… en Hollywood, Mr. Perfumme comentó lo entrañables que le parecían los personajes de KNOCKEMSTIFF, la novela de Donald Ray Pollock. Yo sabía que me había leído algo de él, pero no sabía si era esa o la otra, El diablo a todas horas, la del hombre tumbado al que le crece una rama de árbol de los genitales. En cualquier caso, recordaba que más que entrañabilidad, leyendo el libro, lo que había sentido era una tristeza infinita. Pero como tengo en alta estima a Mr. Perfumme y su criterio decidí volver a leer a Donald Ray Pollock. No recordaba el libro que me había leído y, no sé porqué, me sonaba haber tenido durante mucho tiempo el del El diablo a todas horas encima de mi escritorio, cogí KNOCKEMSTIFF.

Recordaba que habían dos historias que me habían impactado mucho: una de una pareja y su hijo, y otra de un padre y un hijo culturistas. Empecé a leer el libro y aunque no era capaz de saber si aquellas historias las había leído o no, volví a verme embargado por una infinita sensación de tristeza. Hasta que no llegué a la historia del padre que se caga en medio de la calle no me di cuenta de que, efectivamente, me estaba leyendo por segunda vez el mismo libro.

Elvira, ¿qué buscamos en un libro? ¿Qué buscamos en una película? ¿Qué buscamos cuando nos ponemos a hacer una lasaña que al principio eran unos canelones? Mr. Perfumme y yo no buscamos lo mismo y eso que somos amigos y tenemos un marco creativo bastante cercano.

Bien, estaba en la cocina, y bueno, hubieron varios problemas que fueron apareciendo en este orden: ¿dónde cojones está la harina? Había ido a comprar pasta para hacer canelones, nuez moscada, nata para hacer la bechamel, carne picada, tomate, cebolla pero había dado por hecho que en la casa donde solemos veranear había harina. Y era verdad, quedaba algo de harina pero dentro de la harina unos pequeños seres habían creado una comunidad.

Algunas reflexiones que estoy contando en esta entrada aparecen en el libro que estoy acabando de escribir, claro está aparecen mencionadas en otro contexto y con otros protagonistas, aquí, ahora lo veo claro he venido a hablar de cómo un ser humano cuando toma la decisión de hacer algo acaba por hacerlo a pesar de que cada vez tiene más cosas en su contra. En mi caso, la Lasaña.

Cuando decidí ponerme a escribir mi segunda novela llamé a mi amiga Bárbara Blasco, necesitaba que me ayudara a despegar. Había escrito un intento de obra de teatro, que junto a las canciones de mi nuevo disco, quería que fuesen el propulsor de la novela. Le mandé la obra de teatro y las canciones y tuvimos algunas reuniones que fueron determinantes para que el proceso de escritura empezara a tomar forma.

La calidad de los ingredientes son fundamentales para hacer unos buenos canelones. Bueno, es una teoría, en realidad no tenemos una idea clara de qué es lo que va hacer que les guste o no nuestra comida a nuestros comensales, seguramente lo más importante es que tengan un hambre feroz.

Esta semana, el martes pasado, quedé con Bárbara a comer. Quería hablar con ella de mi novela, del estado en el que estaba. Yo pedí una sopa de ajo, unas manitas de cerdo y vino de la casa. Después tuve que pasear durante dos horas para poder digerirlo. Hablamos también de la película The Jocker, de que yo la había visto dos veces y que era mil veces más terrorífica que Parásitos, que para mí era una especie de boutade coreana, como una fábula precocinada y predecible, por favor, ella deja las bragas en el coche y él las encuentra, ni comparación con la manera de sembrar los objetos en Érase una vez… en Hollywood, intenta meter un lanzallamas en una película y que sea creible, a partir de ahora, la máxima de chejov de la pistola va a pasar a ser la máxima de Tarantino del Lanzallamas, lo más interesante es que Corea del Sur los ricachones tienen refugios nucleares y que a partir de ahí, a partir de la idea, de la idea del refugio, no hay nada peor que construir una proceso narrativo a partir de una idea, tenemos que creernos una historia ligada por los pelos de semitrama en semitrama.

The Jocker, sí que da miedo, y sí que da mal rollo y el sentimiento de decadencia es tan potente y serio y creíble, esto sí que es una fábula, que no puedes más que seguir, hipnotizado, los movimientos de Joaquín Phoenix hasta llegar al caos.

A Bábara no le gustó The Jocker (esta es una licencia narrativa que me permito para crear tensión). Bárbara y yo, somos amigos y también nos enmarcamos dentro unos gustos creativos similares pero, al igual que me pasó con Mr. Perfumme, tenemos opiniones que divergen a la hora de concretar lo que creemos que debe ser un proceso de creación.

Elvira, ¿son los ingredientes lo más importante en una creación literaria? ¿La arquitectura? ¿El estilo? ¿El objetivo perseguido por le autor? ¿La dinámica? ¿La actualidad? ¿La actualidad vital del que escribe?

Cuando detecté que la harina había sido invadida por minúsculos seres que la habían sembrado de huevos microscópicos tuve que tomar una gran decisión. Una de esas decisiones en las que hay que salvar un posible colapso y que sea cual sea la solución, nunca va a ser la correcta.

Los canelones no eran solo los canelones, claro. Con los canelones quería hacer algo de comer que a mi pareja le gustase. Algo que a pesar del curro que supone hacerlo, si quieres hacer unos canelones ya sabes que vas a estar cocinando toda la mañana, fuese una especie de muestra de amor. Hagamos conscientemente algo con nuestras pocas virtudes para salvar nuestra relación de pareja que nuestros defectos ya se encargarán de estropearlo todo desde el inconsciente.

Decidí tirar para adelante. Los bichitos no son, al fin y al cabo, más que proteínas, eso sí, antes tamicé la harina para reducir al máximo la invasión.

Bien una vez salvado este problema hice la bechamel. Tenía dos sartenes, una con la carne y otra con la “salsa”. Mientras se cocían a fuego lento. Puse la placas de pasta en agua tibia para que se fuesen reblandeciendo. En ese momento aún pensaba hacer canelones. Habían unas cuarenta placas de pasta. Cuarenta canelones son más que suficientes, si has calculado bien las proporciones. Pero, no había calculado bien las proporciones.

Al mezclar la bechamel con la carne me di cuenta. Iba a ser muy complicado meter toda aquella mezcla dentro de los tubitos de pasta. Aún así hice un primer intento. No iba a poder ser. Segundo momento crítico, no quería tirar tanta mezcla, quería utilizar todo lo que había cocinado. Fue entonces cuando tuve esa gran revelación que ha dado título a este entrada: haré una lasaña.

Esta idea me pareció, en un principio, genial. ¿Quién se para a pensar que si en un restaurante te sirven la lasaña en una cazuela será por algo? No se me ocurrió, no se me ocurrió utilizar una cazuela y utilicé una de las bandejas del horno.

Me dispuse a construir los pisos de la lasaña sobre la bandeja, puse diez placas de pasta en la base, mezcla, un montón, planta baja, segunda capa de placas de pasta, primer piso, mezcla a saco, el edificio empezaba a hacer aguas, no habían paredes, la pasta empezaba a desparramarse por la bandeja, como pude intenté contener aquello creando la tercera capa de placas de pasta, segundo piso, iba directo al desastre, cerré la parte de arriba a toda prisa, y volqué sobre aquella masa deforme la bechamel que no había mezclado con la carne hasta recubrirla por entero. Le tiré un montón de parmegiano rayado por encima y corriendo y casi sin mirar metí la bandeja con la “lasaña” en el horno.

Mi disco ha salido ya, esa cara de satisfacción que se me puso cuando escuché por primera vez las maquetas y que aparece al principio de esta entrada no ha hecho más que amplificarse con el paso de los meses hasta convertirse en esta imagen de proyecto serio.

Al libro por su parte aún le faltan los últimos retoques, los necesarios para que reflejen exactamente el escritor que hoy en día soy, ni más ni menos. La portada será prácticamente la misma que la del disco ya que ambas creaciones nacen de un mismo universo, de un mismo impulso de supervivencia vital. De una necesidad de tirar hacia adelante a pesar de las adversidades y de las fronteras de conocimiento que como recipientes somos y queremos superar, que yo quiero superar, trascender. Elvira, no todos tenemos tan claro qué es lo que buscamos cuando escribimos, a veces es más importante la búsqueda del sentido de nuestras vidas que el sentido de la palabra o la frase. Los ingredientes sin comensales, no son nada. Y si no, que se lo digan a Juan Benet o mira lo que pasó al final con mi lasaña:

Mi pareja y mis hijos llegaron a casa justo cuando estaba a punto de sacar la “Lasaña” del horno. Cuando mi mujer la vio me dijo: ¿No ibas a hacer canelones? (Le gustan más lo canelones que la lasaña). He cambiado de idea a mitad camino y he preferido hacer una lasaña, poned la mesa y comemos. Nos sentamos en la mesa y nos comimos la Lasaña, nadie comentó nada al respecto de su forma. Está buena: dijeron. Mi pareja también me dijo: te has pasado otra vez con las cantidades, tenemos lasaña para una semana. Y así fue, congelamos lo que no nos acabamos ese día y el resto nos lo acabamos en los días sucesivos.

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