¿Dictadura de los estudiantes en las bibliotecas públicas?

Supongamos que usted abre un concesionario de coches y que para promocionar sus coches deja que los potenciales compradores se sienten en los coches que hay en la sala de exposición.

Supongamos que esperando vender algún coche deja que día tras día los potenciales compradores se acostumbren a pasar allí, sentados sobre los cómodos asientos de los coches en exposición, dos o tres horas al día. Supongamos. Que esos usuarios, al estar en un lugar confortable y relativamente tranquilo, sin prestar atención a lo que hay a su alrededor, un vendedor intentando vender coches, deciden traer sus libros para estudiar. Imaginemos que esos estudiantes que han conquistado todos los coches que hay en la sala de exposición se acostumbran a esos sillones cómodos, a que haya un relativo silencio y que, cuando un entra un cliente para preguntar por los coches que hay en exposición lo primero que oye el cliente es: SHHHHHT, silencio.

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Evidentemente este es un ejemplo llevado al extremo, en el sector privado, donde el vendedor tiene que vender un coche para cobrar a fin de mes jamás se le permitiría a un estudiante acomodarse en un coche para estudiar sin cumplir con el fin último para el que se abrió el concesionario: venderles un coche a los potenciales clientes.

 

Esto que parece una perogrullada es el pan nuestro de cada día en la mayoría de las bibliotecas públicas que conozco: clientes que transforman el uso para el que se abrió una biblioteca (difundir la cultura) en una sala de estudio.

 

Voy con mi hijo a la sala de estudio en la biblioteca pública que hay al lado del colegio. Me meto en la sala para estudiar con él, le explico un tema en voz alta y lo primero que oigo es: SHhhhht, aquí no se puede hablar en voz alta….

 

Perdón, ¿cómo?

 

Soy bibliotecario, así que lo primero que pienso es: ¿dónde está escrita la ley de que en una biblioteca  no se pueda hablar? Segundo, y más importante, ¿cuándo y por qué las bibliotecas se convirtieron en contenedores de estudiantes pidiendo silencio?

 

Me surgen más preguntas, ¿para qué sirve un bibliotecario en un contenedor donde los que dictan las normas y los contenidos de un biblioteca son los estudiantes que quieren silencio y que vienen a estudiar los libros que traen de fuera de la biblioteca y no los que hay en ésta?

 

¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Es un mal endémico de Valencia? ¿De esta ciudad?

¿Por qué las bibliotecas públicas han de someterse a la dictadura de los estudiantes? ¿Por qué los estudiantes que sólo están pendientes del examen que están estudiando tienen que condicionar el tipo de usuario que ha de utilizar una biblioteca? ¿Puede estar la política bibliotecaria de una ciudad condicionada por las necesidades de salas de estudio para los estudiantes?

 

Podrías decir: si son estudiantes irán a estudiar los libros de la biblioteca. Y yo os diría: no. Ni tan siquiera miran las estanterías, ni se fijan en los carteles donde se anuncian actividades, ni se preocupan por saber si en la biblioteca hay música, películas, revistas etc.

 

¿Cómo podemos calificar este tipo de usuarios? Usuarios que utilizan el continente sin prestar atención al contenido. ¿Para qué necesitan estos usuarios las bibliotecas? ¿De qué sirve abrir bibliotecas si nuestro perfil de usuario mayoritario es este? Ya os lo digo yo: para nada.

 

Podríamos perfectamente acumular 100 containers en la plaza del ayuntamiento, también podríamos repartir diez containers por barrio, eso sí, debidamente equipados con WIFI  calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, con waters, muchos waters, y dejarlos en esos contenedores con sillas y mesas, y serían felices, ninguno de ellos echaría a faltar las estanterías llenas de libros.

Ninguno de ellos protestará porque en esos containers no habrán visitas escolares, cuentacuentos, conciertos, cine, música, teatro y danza en directo o tertulias para aprender idiomas.. La cultura pública y popular habrá desaparecido de esos containers porque los estudiantes no los necesitan.

 

Demósle a los estudiantes lo que necesitan: cientos de contenedores esparcidos por la ciudad para que puedan estudiar tranquilos y a sus anchas.; y pongamos a la biblioteca pública del siglo XXI en el lugar que le corresponde: un lugar de encuentro social y cultural, un lugar ruidoso y vivo, un lugar de intercambio y de aprendizaje.

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