Vengo a hablar de mi libro

vengo a habar de mi libro

 

Ayer tuve el placer de participar en esta iniciativa para la visualización de l@s narrador@s valencian@s.

Ahí va el texto que leí para la ocasión antes de ser pulido para que durase dos minutos y medio.

Premisa: leer como con sensación de realización personal total, con sentimiento triunfalista, como si todo hubiese salida de puta madre.

 

Voy a hablar de mi libro:

 

Hola soy Néstor Mir y vengo a hablaros de mi libro: La conquista del Oeste.

 

Pero antes de hablaros de La conquista del Oeste quisiera contaros mi experiencia como futbolista.

 

A los 9 años después de dejar el judo y el solfeo me volví loco con el fútbol.

Seguramente esta locura tenga que ver con el Mundial 82. En aquel año vivía en Villajoyosa. A lado de Alicante, y al equipo de Argentina que jugaba en el campo del Hércules le tocó concentrarse en un hotel cercano a Villajoyosa, el Montíboli.

La suerte quiso que mi padre conociera al dueño del hotel y que este nos invitara a pasar a saludar a la selección. Tengo fotos con Maradona, con Kempes, con Menotti, con Pasarela, con Tarantini. A partir de ese día me volví loco. Yo quería ser Maradona, tener el movimiento de cintura de Maradona.

maradona_nestor

Así empezó mi carrera en el fútbol.

Me obsesioné, jugaba en el cole, después del cole, mientras mis padres hacían la siesta, con niños, con las paredes, todo el tiempo.

Donde mejor me lo pasaba era en el patio del cole, muy pocos me podían quitar el balón.

 

Cuando volvimos a Valencia, mi padre, al ver mi afición consiguió que me hicieran unas pruebas en el Valencia. Me cogieron para jugar en el equipo de alevines.

Tenía unos 11 años, aquel fue una año maravilloso, quizás por ser un poco más grande, que no más alto, que los demás me hinché a meter goles. El fútbol tanto en el cole como en el Valencia estaba ligado a la diversión y me lo estaba pasando pipa y cuando me divertía era el mejor.

 

Al año siguiente las cosas se pusieron más serias. Empezamos a competir. El entrenador quería que ganásemos, quería enseñarnos a jugar a fútbol, a que hiciésemos tal y tal cosa en el campo.

Ahí empezó el declive de mi carrera.

Ahí empezó mi vida en el banquillo.

 

A los 13 años me echaron del Valencia. Me cedieron a un equipo filial: El Rumbo.

En un partido de pretemporada hice el mejor partido de mi vida. En El Rumbo pensaron que al Valencia se le había escapado una estrella… Era verano, estaba contento, tenía trece años, ese día quería pasármelo bien, y cuando me lo pasaba bien era el mejor.

Después empezó la liga y al segundo partido ya estaba en el banquillo.

 

Al cumplir los 18 años tuvimos que dejar El Rumbo. Mi padre me volvió a conseguir una prueba en el Alboraya, en 3ª división. Dos semanas de entrenamiento intensivo, 4 días a la semana, dos de ellos en gimnasio y partido el fin de semana. Me dijeron que no contaban conmigo.

Estaban por allí unos ojeadores del Rafelbunyol y se nos llevaron a unos cuantos. En el Rafelbunyol estuve dos o tres años. No recuerdo haber jugado ningún partido de titular. De preferente pasamos a primera regional, y de primera regional a segunda regional. La última categoría. Al final de ese año me fui de Erasmus a Francia.

 

En Francia intenté meterme en el equipo universitario pero no me cogieron. Ese mismo año me fui con unos amigos franceses a esquiar a los Pirineos, en un salto, al caer me rompí el ala de una vértebra. Mis amigos me llevaron a un hospital, en Lourdes. Sí, en un hospital de  Lourdes me hicieron unas radiografías y me dijeron que tenía que estar dos semanas tumbado.

 

Mal que bien me recuperé y cuando volví a Valencia, a pesar de que me dolía la espalda, me inscribí en el típico campeonato de futbito de la Eliana.

 

Fui a correr detrás del balón pero  mis piernas ya no me respondían, había perdido mi movimiento de cintura. Había dejado de ser Maradona. El fútbol se había acabado para mí, después de 12 años de obsesión, el fútbol se había acabado para mí.

 

 

Últimamente voy a hacer bicicleta por el río, paso por delante de las nuevas y modernas instalaciones de El Rumbo. A las 16h suelen jugar partidos los veteranos, una vez a las semana, los jueves. Me paro y me apoyo en la reja para verlos. Los envidio, y mira que juegan mal. ¡Dios! Cómo los envidio… Cómo los envidio. Los envidio muchísimo, muchísimo, con toda mi alma. Como los envidio. Los envidio. [Aquí es cuando suena el pitido del final de los dos minutos y medio y vuelves a tu butaca diciendo: los envidio, Dios, cómo los envidio.]

 

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