Al filo de la navaja: una reflexión sobre por qué leer, para qué leer y cuando hay que parar.

El fin de semana pasado, tras cuatro años de excusas, fui a mi antigua casa para sacar de allí las pertenencias que aún quedaban. Fundamentalmente libros y revistas. También ropa. Aún tengo que volver. A por libros y revistas.

Salí de allí con ocho cajas.

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Vinieron mi mujer y mis hijos y cargamos el maletero. Hasta arriba. Lleno de cajas y ropa.

Llevaba dos días limpiando la casa y tratando de ver la manera de sacar de allí tanto papel.

La noche anterior, entré en mi estudio de mi domicilio actual y, por primera vez en cuatro años, me dispuse a poner un poco de orden en las estanterías. De repente se puso en marcha un engranaje que mi mujer llevaba tiempo pensando que se había quedado encasquillado, que no volvería a funcionar. Pero cada cosa tiene su tiempo, y su ritmo.

Me acosté sobre las 2h de la mañana organizando estanterías, materiales, libros, cómics, revistas, aparatos para hacer música etc.

Algo menos de una semana antes, antes de irnos a Alcoi a pasar la Pascua, cogí de la biblioteca la peli El filo de la navaja, la protagonizada por Bill Murray. No era la primera vez que se cruzaba ante mí. Esta vez la cogí.

Mientras organizaba las estanterías de las dos casas, El filo de la navaja seguía en el aparador del recibidor. Allí donde la dejé el primer día.

El sábado, después de cargar el coche, fuimos a casa de mis padres. Allí aún me queda algo de territorio. Una habitación para dormir llena de estanterías.

También allí tuve que hacer espacio, recolocar libros, carpetas, fotos, revistas y cassettes.

Saqué del coche las ocho cajas e hice dos montones. Uno se quedaría en mi habitación, en casa de mis padres. Otro iría a mi estudio.

Proceso de clasificación y ordenación. Me suena de algo.

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Vale, imaginad. Una mesa de 2,50×1. Llena de libros. Libros y más libros que han formado parte de mi búsqueda. Libros y más libros que han seguido un camino, una búsqueda, una razón de ser. Si tuviera que pensar en la senda que han seguido mis lecturas apostaría por la vía existencial. Por qué y para qué existimos. Buscar en los libros el sosiego de las experiencias vitales de los otros.

Vuelvo a mi casa, a mi actual domicilio con 4 cajas de libros. Los demás libros se han quedado en casa de mis padres. Los coloco en el espacio que les preparé la noche anterior.

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Al día siguiente. Cojo El Filo de la navaja. Enciendo el ordenador y me meto en la cama. La noche anterior dormí poco. Tengo bastante sueño.

Bill Murray empieza a hacer el ganso en una película con un planteamiento bastante serio.

Pienso que como se recreen mucho en esa primera parte introductoria me duermo. Pienso también que esa es solo la parte introductoria, que a Bill Murray le tienen que pasar muchas cosas y que no sé si voy a poder aguantar.

Pero Bill se va rápido a la I Guerra Mundial. Se va alegremente, como quien se va a un campamento de verano.

Se despierta en mí un interés pasado, una luz que ya se encendió hace tiempo cuando por primera vez me leí el libro de Somerset Maugham. Joder, pienso. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿20 años? Sí, más o menos 20 años. Han pasado tantos años como libros voy a empaquetar y trasladar de un sitio a otro.

Todo empezó hace 20, o 22 años, todo empezó con Julien Sorel, y El filo de la navaja desencadenó un efecto multiplicador. Por qué, para qué, más, más, por qué, para qué, más, más, más, más…

Bill Murray vuelve de la guerra y le dice a su prometida que no se quiere casar con ella. Que necesita tiempo para pensar. Pensar en qué, le dice ella, pensar en todo, en mí, en todo. Ella lo odia. Él se va a París. A encontrarse. Se lo lee todo. Trabaja en el mercado. Trabaja de minero. Un minero le dice que si no conoce Los Upanishads, no es tan listo como se cree. El minero le regala Los Upanishads.

Bill se va a la India. Bill sube al himalaya. Un monje le dice que tiene que irse con sus libros a una cabaña en lo más alto de la montaña.
Bill está en medio de la nieve. La cabaña apenas tiene un techo.

Bill lee sus libros. Pasa frío y hambre.

Pasa frío y hambre y Bill coge una cerilla y quema un libro. Luego otro. Luego otro. Cuando los ha quemado todos. Baja al monasterio. Vuelve a la ciudad y vuelve a París. A trabajar en el mercado. Como un ser humano normal y corriente. En paz consigo mismo.

Le doy al pause. Miro la imagen fija de Bill trabajando en un mercado de París. Miro a la pantalla fijamente y veo a un Bill que cada vez se parece más a mí. Soy yo de joven quien está trabajando en una pescadería en un mercado de París y soy feliz.

¿sabes por qué?

Porque una cosa es meterse en la literatura y en la creación para comprenderse a uno mismo y otra muy diferente es meterse en la literatura y la creación para epatar o aleccionar a los demás.


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