Stone Junction por Jim Dodge

Llevo un tiempo sin poder dejar de pensar en una conversación que tuve con un amigo tras leer una reseña que hizo sobre los Perros de Riga. El género policíaco le parecía, él lo decía de una manera más elegante, una mierda, infantil, predecible etc. Haber leído este libro le llevó a plantearse para qué servía la lectura, y denunciaba, de manera realmente lúcida, que por qué la lectura de la literatura policíaca debía ser mucho más beneficiosa para el ser humano que desayunar gin tónics todos los días.

Quedamos un día, últimamente para mí es difícil entablar una conversación de más de cinco minutos con alguien, siempre hay algún pañal que cambiar o algunos mocos que sonar, así que la mayoría de las veces, tengo que intentar sacar el máximo rendimiento en los lapsos de tiempo que me quedan “libres”, saqué el tema, le dije: he leído tu reseña, me ha parecido muy divertida, había leído esa y otras más, le dije, pero insistí en que había leído esa. Cuando escribes en internet, en el facebook o en tu blog, a veces, cuando alguien se te pone a hablar de ese mundo virtual tienes que situarte, darte cuenta de que también tienes que dar vida a esa identidad virtual en la realidad, a veces esto es cansado, y eso es lo que pareció pasarle a mi amigo cuando le hablé de sus reseñas. Tuvo que hacer un esfuerzo para saber de qué estaba hablando: Los Perros de Riga, el género policíaco, la lectura.

Le comenté que, de una cierta manera, yo había llegado a un cuestionamiento similar sobre el significado de la lectura leyendo a Bernhard. Bernhard es considerado literatura de alto nivel intelectual, por no decir, que Bernhard, puede ser considerado uno de los paradigmas de lo que debería ser buena literatura. Pues bien leyendo a Bernhard, lo escribí en mi blog, leyéndolo en voz alta a Bernhard, llegué a la conclusión de que la lectura podía ser como un rezo. Que la lectura podía llegar a ser como rezar. Que igual que estaba leyendo a Bernhard, podía estar leyendo el Corán, la Biblia o un único y gran libro sagrada, cualquiera que sea ese libro, una y mil veces, ya que, y aquí es donde mi amigo y yo reemprendimos la charla, la lectura, del tipo que sea, puede tener connotaciones alienantes, en todos sus géneros. Qué es la buena literatura, qué es la mala literatura, pues, mire usted, no lo sé, por qué es bueno leer y para qué leer, pues podría justificar mi respuesta, pero, en el fondo, y aquí es donde apareció la gran duda elemental, un país de lectores, de mentes refugiadas en la lectura, de mentes leyendo libros como rezos, de personas escondiéndose detrás de hojas, ¿no son como un ejército que aplaca la acción con el run, run, con el arrullo, de la melodiosa palabra leída mentalmente? La lectura, ¿no es finalmente como desayunar gin tónics, como consumir heroína, como ser una adicto a paraísos artificiales, a utopías, a vidas y sueños ajenos? ¿Acaso la literatura a fin de cuentas no es como un Dolce Far Niente? Porque, ¿qué es la lectura sin acción?

No quiero dejar de pensar que estoy escribiendo una reseña sobre un libro, todo esto ha empezado, como dice el encabezamiento para hablar de Stone Junction, pues bien, últimamente duermo poco, o a trozos, me despierto a media noche, o a las 6h de la mañana, o a las 5h, o a la 1h, o a las 3h, es aleatorio, esta mañana eran las 6h30 y ya no me podía dormir. Así que me he ido al baño, me he sentado en la taza del inodoro y he atacado las últimas diez páginas de Stone Junction. Cuando lo he acabado aún faltaba un poco para que sonase el despertador. Había amanecido, pero, la luz era muy tenue, entraba un poco de aire fresco, el rocío de la noche se podía apreciar sobre la hierba. He dejado el libro al lado del lavabo. ¿Y ahora qué?, he pensado. ¿Ya ahora qué?(*)

(*) Stone Junction es un libro adictivo. Desde la primera frase quedas atrapado en una historia que como un cohete va cogiendo más y más velocidad. Las primeras doscientas páginas te las lees sin darte cuenta y cuando llegas al ecuador del libro y crees que el autor puede haber tenido la tentación de caer en picado, la historia sigue subiendo. Y esto no es fácil. No es fácil por el tema que trata el libro, como dice el subtítulo: una epopeya alquímica. Sí, hacia el ecuador del libro, la historia entra en otra dimensión, una dimensión que el autor ha ido gestando para que el lector pueda entrar con la completa convicción de que cree en lo que está leyendo. Sin duda, este es el reto más difícil que plantea el libro, convertir en verosímil, hacer creíble, lo imposible. Como digo este intento de podría haber desembocado en un fracaso estrepitoso, pero, al igual, que Paul Auster con Mr. Vértigo, o Murakami en cualquiera de sus obras más lisérgicas, o incluso, apurando las similitudes, si pensamos en El Vagabundo de las estrellas de Jack London, podemos certificar que el Jim Dodge sale sobradamente airoso de su intento.

Stone Junction juega con algunas bazas complementarias, el escenario: Los EEUU; un posicionamiento político: el anarquismo (entendido desde una perspectiva muy EEUU); el ingrediente alquímico y químico; en ciertos momentos es una interesante novela iniciática, en otros roza el thriller, para finalmente descubrirnos que la mecánica que se esconde tras la trama no es otra que un Mc Guffin que queda resuelto brillantemente en las páginas finales.

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