La lluvia

Miro hacia el cielo. Va a llover. Me da igual. Entro en casa. Me pongo la ropa de deporte. Saco la bicicleta. Llueve. Pedaleo. Calle abajo. Llevo un chubasquero que me cubre el torso. Llevo pantalones cortos. Las gotas golpean mis piernas y mi cara. El agua es fría. La echaba de menos. Después de un verano de calor insoportable. Veranos cada vez más largos de calor insoportable.

El calor insoportable me hace pasar gran parte del verano soñando con gotas de agua fría que golpean mis piernas y mi cara. Si hay algo que odio con todas mis fuerzas es sentir como el sudor recorre mi espalda cuando a las ocho de la mañana saco el coche del garage en pleno agosto para ir al trabajo. No creo que haya nada que me produzca mayor sensación de desagrado e incomodidad. Es algo que ni tan siquiera puedo solucionar poniendo el aire acondicionado. Es algo intrínseco a mis veranos laborables.

Aquel verano fue especialmente intenso en sudores, y muchas veces tuve que pensar: Mierda, no debería haberme puesto esta camisa. Debería haberme puesto una camiseta.

Aquel era otro de los días que por alguna razón, en vez de ponerme una camiseta, me había puesto una camisa. Cómo llegas a hacer inconscientemente cosas que sabes que te van a producir insatisfacción es algo a lo que no le encuentras respuesta de la noche a la mañana. Me dije mientras arrancaba el coche.

Mi mujer y mi hijo se habían quedado en la cama durmiendo y yo iba dirección a la ciudad. La gota de sudor se había detenido a mitad trayecto. En el momento que apoyé la espalda en el respaldo del asiento.

Pienso en la lluvia como en una solución contra el sudor, pero, automáticamente se me enciende una señal de alarma. Un recuerdo fugaz de una situación que he pretendido no afrontar y que me ha alejado de la lluvia. Meto la quinta y enfilo la autopista. Intento recordar lo que me pasó. Hace más años de los que pensaba.

Creo que era el mes de noviembre, finales del mes de noviembre, aunque puede que fuese octubre, finales de octubre. En mi ciudad, a veces es difícil distinguir los meses de octubre y de noviembre. Son meses que suelen intercambiarse el protagonismo del mes en el que diluvia.

Hasta aquel mes de octubre o de noviembre, yo había sido un enamorado de la lluvia. Por la cuestión de la gota de sudor que he explicado anteriormente, para mí la llegada de la lluvia siempre había sido como una especie de bendición. Era como el acontecimiento más importante del año. El momento en el que por fin el verano llegaba a su fin. Sí, en mi ciudad, a veces el verano acaba en Noviembre y sin darnos cuenta ya está apuntando maneras en febrero. Esto explica por qué para mí la amenaza de la gota de sudor es una constante durante más meses de lo que sería habitual, de ser los inviernos en mi ciudad, algo más prolongados, o los veranos mucho más cortos. Pero, este no es el tema.

El tema es que aquel día de aquel mes tocaba que la semana de diluvio alcanzase su extasis.

En mi ciudad no llueve como suele llover en las ciudades del norte. Aquí llueve de golpe e intensamente. Desde siempre. Pero, algunos de nosotros, pretendemos que esa lluvia sea como la lluvia de las ciudades del norte, más constante pero menos contundente.

Es posible que yo sea el único que piense lo que estoy diciendo. Seguramente la mayoría de los habitantes de mi ciudad se quedaron en casa aquel día en el que el diluvio llegó a su punto culminante. Pero, yo, por la cuestión de la gota de sudor, ya lo había hecho en alguna otra ocasión, salí de casa, seguí con mi vida como si tal cosa. En el fondo deseaba mojarme. Darme un chapuzón bajo la lluvia. No es verdad que lo buscase, es decir que saliese de casa persiguiendo la lluvia, pensaba más bien en un encontronazo algo casual.

Quedé a cenar con alguien. Ya estaba lloviendo cuando salí de casa, pero la lluvia no había llegado a caer en cantidades preocupantes.

A mitad cena, desde dentro del restaurante, oímos a algunos clientes decir: menudo chaparrón está cayendo. Bien, pensé.

Acabé de cenar y me fui a buscar el coche. Ahí me enfrenté con el primer problema. El torrente que había que atravesar para cruzar la calle no era ninguna tontería. Tomé carrerilla, e intenté saltarlo. Casi lo consigo, pero, metí la zapatilla dentro del agua. Me mojé uno de los pies. El agua estaba helada.

Ahora recuerdo un dato más. Llevaba una muleta. Es decir, no podía andar con normalidad. Es más creo que dando el salto que he mencionado, me fastidié un poco más la cadera.

Seguí andando hasta mi coche. Delante de la puerta del conductor y del copiloto había un charco que llegaba casi hasta la rodilla.

Aquí es donde el tema se me fue de las manos. Cualquier persona sin un odio superdesarrollado hacia las gotas de sudor, estoy seguro que se hubiese retirado. Estoy seguro de que cualquier persona en mi situación se hubiese rendido, hubiese vuelto al restaurante y hubiese o bien intentado llamar a un taxi, o bien, esperado bebiendo cualquier tipo de licor hasta que la lluvia amainase.

Pero, yo decidí seguir. Decidí seguir a pesar de que me dolía la cadera y de que sabía que para entrar en el coche no sólo iba a tener que hacer un sobre esfuerzo sino que además me iba a mojar la pierna hasta la rodilla.

Es verdad que hay situaciones en las que uno pierde la mesura. Esto suele pasar cuando tras muchos años de control nos damos cuenta de que en realidad no hay más condena que la que uno se crea para sí mismo. Quiero decir, el agua moja, pero, nada más. Después te pegas una ducha y ya está. Sí, supongo que ese era otro de los motores de pensamiento que me guiaba hacia una especie de reto.

En realidad detrás de esta actitud no se escondía únicamente esta sensación. Había algo más. Ahora, con perspectiva, puedo buscar una explicación algo más consistente. Estaba buscando la redención. Expiar mis males. Sanar. Sanar a través de la expiación de mis pecados, mediante la purificación del agua de lluvia. Del agua helada de la lluvia.

Así que en vez de llamar un taxi o beber hasta caer redondo en el restaurante, entré en mi coche mojado hasta la rodilla. Arranqué. Durante todo el viaje estuve pendiente de que la lluvia se calmase. El salto del torrente y meter mi pierna hasta la rodilla en un charco parar poder entrar en mi coche, había sido como una especie de descarga eléctrica que estaba reclamándome algo de atención.

Quizás, a esto se referían nuestros progenitores cuando de pequeños nos advertían de la lluvia y de mojarnos como una amenaza excepcional.

La lluvia en mi ciudad es sin duda una amenaza excepcional. Debería haber pensado con más intensidad en aquella idea. De hecho lo estaba haciendo cuando noté que llovía menos. Entonces decidí que iba a aparacar donde lo hacía de costumbre.

Aparcaba y andaba unos veinte minutos hasta mi casa porque en mi barrio era imposible encontrar aparcamiento.

Solía hacer este paseo con bastante normalidad todas las semanas, así que pensé que seguiría haciéndolo ahora que llovía menos.

Aparqué el coche, cogí mi muleta y mi diminuto paraguas. Llevaba un paraguas que había comprado en algún chino.

 

Cuando estás completamente empadado es cuando te das cuenta de que ir vestido es sinónimo de ir desnudo. A los pocos minutos de aparcar el coche la lluvia arreció. Yo ya estaba en un punto sin retorno. Me dolía la cadera. El paraguas era pequeño, la muleta me impedía andar con mayor rapidez, el agua empezó a calar mi ropa.

Las ráfagas de aire impedían cualquier tipo de protección. El agua estaba dominando todos los frentes. El agua helada estaba calándome hasta el tuétano. Asumí mi posición de desventaja. Pensé que tenía que cargar con aquella expiación. Que debía asumir fuera lo que fuera, lo que aquello significara.

La imagen era la siguiente: un semáforo, justo después de pasar el puente de madera. Nadie más en la calle, apenas coches que circulan. Yo estoy a apoyado en mi muleta. Llevo un paraguas medio roto, pequeño, negro. Me aferro a él como quien se aferra a su visado cuando viaja, huyendo de su país, a un territorio extranjero. Es como si dijésemos, mi salvaconducto para estar en aquel momento, con aquella cantidad de agua cayendo, en medio de la calle, esperando a que un semáforo se pusiese en verde y apoyado en una muleta.

Cuando el semáforo se puso en verde, si hubiese podido correr, lo hubiese hecho. Vaya que sí. Hubiese tirado el paraguas y la muleta y me hubiese puesto a correr sin parar hasta mi casa. Pero el dolor de la cadera se había vuelto más intenso. Tanto que en lugar de acelerar el paso, cada vez tenía avanzar con más cautela para no incidir en la postura que me provocaba la inflamación.

Las gotas de lluvia golpeaban mi cuerpo. Expuse mi cuerpo inherte a los designios del tiempo. Me sometí, dejé de oponer resistencia. Dejé de mostrarme estoico para pasar a mostrarme desbordado por la situación. Aquello ya no era una expiación, era una penitencia. Una penitencia que rayaba el castigo físico.

Cuando andas por la calle como si te estuviesen tirando por encima cubos de agua fría por la cabeza, dejas de tener una visión normal de aquello que te rodea.

Un hombre avanza por la Plaza de la Virgen. Va vestido, pero podría ir desnudo ya que su ropa no le protege de las adversidades del clima. Para qué sirve la ropa si no es para protegernos del frío o del calor.

El hombre da pequeños pasos y avanza lentamente mientras el diluvio universal le cae sobre la cabeza.

El agua de lluvia es fría. Su casa está ahí a lado, pero el dolor de la cadera le impide avanzar con rapidez. El hombre es presa de una situación de la que él mismo no ha querido escapar.

El hombre avanza como quien se deja llevar, como quien se deja ir, como quien sabe que hace rato que ha atravesado la frontera que divide el placer del dolor.

 

Cuando llego a la ciudad aparco en mi garaje. Al despegar la camisa del respaldo del asiento la gota de sudor vuelve a tomar consistencia. Justo al entrar en mi despacho, la gota de sudor ha alcanzado mi rabadilla.

En mi despacho ordeno los papeles y preparo el planning del día.

Otra gota de sudor. Noto otra gota de sudor en mi cogote. Maldita sea. Pienso, no debería haberme puesto una camisa.

 

Cojo la bici. Llueve. Llueve bastante. Llevo un chubasquero que me cubre el torso. Las gotas golpean mis piernas desnudas. No me importa. Es más, lo agradezco. Voy vestido para la ocasión. Sé que voy a disfrutar del paseo. Sé a lo que atenerme. Sé que vuelvo a considerar la lluvia como lo que es: la línea que separa el verano del invierno. Un festejo que me encanta celebrar para enterrar la gota de sudor en la espalda.

Pedaleo bajo la lluvia. No me siento desnudo. Estoy vestido para la ocación. Estoy disfrutando de la tierra mojada, de los árboles, del asfalto humedo. No pretendo ya expiar mis pecados. Espero simplemente no volver a cometerlos para poder seguir disfrutando de la lluvia por lo que es: agua que cae del cielo para regenerar las estaciones, para erradicar las gotas de sudor; y no por lo que, en ocasiones de total desorientación personal, deseamos que sea: agua que cae del cielo pretendiendo la redención de las personas.

 

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Una respuesta to “La lluvia”

  1. Efrén Says:

    Bueno y … fresco.

    Me han entrado ganas de que se pusiera a llover, coger la bici y expiar unos cuantos pecados sin llegar a la penitencia.

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