La puerta

La puerta

Hay una puerta. Entreabierta. Agarro el pomo. Una delgada línea de luz que parpadea me permite intuir el interior de la estancia contigua. Estoy tentado de empujarla unos centímetros más. Lo hago. Un resplandor al fondo se enciende y se apaga. La dejo como estaba. Sigo agarrado al pomo. Echo un vistazo al pasillo. Cuerpos apoyados en alguna pared o silla de plástico, esperan. A veces me miran. Giro la cabeza. Aprieto el pomo. Vuelvo a empujar la puerta. Se desplaza unos centímetros. Unos pasos, alguien viene.

La enfermera cierra la puerta brúscamente. Fulmina mi posición privilegiada. Mi cara queda a un centímetro de la lisa superficie. Podría percibir el olor del barniz si no fuera una puerta aséptica.

Me quedo allí, sujeto del pomo de una puerta cerrada, que no puedo abrir. Tic, tac, tic, tac.

Mi mujer me llama, me dice: ven, siéntate. Me siento. Echo una ojeada, hay otras puertas. No son mi puerta.

Saco de mi bolsillo un destornillador. Todos los demás me observan con sorpresa, sus ojos tristes, abiertos, hasta entonces cerrados, llorosos, me miran, pensando, y no se equivocan, que estoy loco. Me apresuro a quitar uno a uno los tornillos de las bisagras. Pretendo llevarme esa puerta conmigo, llevármela bien lejos. Depositarla en lo alto de una montaña de basura y, por qué no, prenderle fuego allí arriba. Una ofrenda.

Mi mujer me acaricia una mano. Me rasco el bolsillo del pantalón. Toco con mis dedos por enésima vez el teléfono móvil silenciado. Alargo el brazo y rodeo el cuello de mi mujer. Tiene apoyada la cara sobre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas. Sus mejillas están hinchadas y sonrojadas. Mi mano desciende por su espalda y descansa a mitad camino.

Se abre la puerta. En pie, todos. Se oye un nombre. Nos sentamos. Pasan ante nosotros un hombre y una mujer. Me levanto. Tras ellos espero que la enfermera vuelva a dejar la puerta entreabierta. La cierra. Quiero recuperar mi posición. Quiero recuperar mi proximidad. Acaricio el pomo. Calculo la fuerza que debería hacer para abrir la puerta. Visualizo el movimiento. Click, clack, tiene una holgura. El pomo tiene una holgura. Miro a mi mujer. Con mi mirada le hago entender que el pomo tiene una holgura. Quiero que comprenda que aquella es otra conquista. Estamos más cerca. Click, clack, click, clack. Es un sonido mínimo, apenas perceptible si no estás cerca de la puerta.

Mi mujer agacha la cabeza. Esconde su cara entre sus manos. Vuelvo a su lado.

 

La puerta se abre, corazón erguido, piernas de mantequilla. Manos de aceite. Nuestros apellidos. La enfermera pronuncia nuestros apellidos. Cogidos de la mano nos levantamos.

Un día más, allá vamos.

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