Perfecto despertar

En una cama amplia yace mi cuerpo atravesado. Noto las ondulaciones cuarteadas del colchón, tensas y confortables al tiempo, los pliegues que las costuras de la tela resistente necesitan para darle existencia al soporte de mis sueños.
La sábana, en el confín inferior del cuadrilátero, cubre cuanto apenas mis pies, protegiéndolos de una temperatura refrescada por el amanecer. Soy un cruz estampada contra un fondo azul. Si agudizo mi oído, puedo oír a alguien en la cocina, en la planta baja.
Hace un rato que estoy despierto. En realidad han habido varios despertares. Hemos estado huyendo todo el verano de la sensación de no poder romper con el hastío laboral. Mi chica y yo. Debe ser ella la que ronda por la planta baja.
Aspiro la brisa de aire fresco que entra por la ventana. Fue una buena decisión dejar las contraventanas abiertas del tal forma que pudiesen entrar las suaves y frescas corrientes matutinas. También entra la luz, pero, el tiempo ha cambiado ligeramente, y en mi posición, sobre la cama, veo como ésta se entrelaza con las sombras dando vida alternativamente al gris y al amarillo.
Vuelve a entrar una brisa de aire fresco. Me llega el olor de los pinos que fortifican un lateral de la casa. Mis pulmones se ensanchan. Se oye el canto de un gallo. Hace callar a los pájaros de la gran jaula que hay bajo los árboles. Como un director de orquesta es capaz de imponerles silencio. Es el punto final al concierto que han dado desde que despuntó el alba.
La causa de mi primer despertar fue precisamente esa: una muralla de sonidos emitidos por los habitantes de la gran jaula y por todos aquellos pájaros que se sumaron, desde la libertad, a celebrar, con su infinita gama de cantos y chillidos, la llegada de un nuevo día. Una muralla sónica, un aluvión de notas estridentes y excitadas, que me arrancó, pedazo a pedazo, la profunda inconsciencia que había atesorado a lo largo de la noche. Una tras otra, fueron extraídas y sustituidas las partes de sueño por los sonidos de los pájaros. Un crescendo moderado con desenlace final estruendoso. Abrí los ojos.
Apenas se percibía el reflejo del amanecer. La oscuridad había dejado de ser absoluta pero aún reinaba sobre el resto de los matices de luz. Desconcertado levanté la cabeza para identificar el origen de aquel cántico coral discordante. Estiré el brazo y sólo cuando toqué la barriga ocupada de mi chica comprendí dónde estaba. Con un pie alcancé la sábana, flotaba por un lateral de la cama. Tapé mi cuerpo y el de ella. Así me volví a dormir.

Yazco en este lecho prestado. Llevamos días, semanas, como nómadas. Cargamos con lo imprescindible. En mi caso es más de lo que debería ser. No puedo evitar moverme con lo posible. No puedo dejar de acarrear conmigo, además de lo que es, la posibilidad de lo que pueda ser. Artilugios e instrumentos que quedan relegados por el tiempo o las prioridades, han de acompañarme allí donde vaya. Pero, ahora, no quiero pensar en esto. Estoy tumbado boca abajo sobre esta cama prestada. Aunque oigo a mi chica deambular por la cocina, sé que ahora no voy a desayunar.
Algunos pájaros siguen piando a pesar del toque de queda impuesto por el gallo. Ese hilo de sonido que se extingue me lleva hasta ese pensamiento que rescato del olvido. Uno que tuve justo antes de dormirme. Lo pienso y me doy cuenta de que si rescato este pensamiento del olvido es porque era mucho más poderoso de lo que yo podía creer.
No voy a desayunar porque pienso en el agua. Pienso en mí sumergido en el agua. Pronto, por la mañana. Antes de que los rayos de sol acaben con cualquier posibilidad de cielo nebuloso y blindado. Antes de que se imponga la temperatura que hará callar definitivamente a los pájaros enjaulados y a los que vuelan libres de un lado a otro del jardín. Antes de que la temperatura los empuje hacia el sopor.
No, no estamos en el campo. Estamos mucho más cerca de la civilización y de nuestras responsabilidades de lo que hubiésemos deseado. Aquí estamos, aquí estoy, convirtiendo un segundo en un milenio y un trozo de tierra en el paraíso. Aquí estoy, ahora, sumergido en el agua de esta piscina, adyacente a la gran jaula y al enjambre de pinos. Me da la posibilidad de pensar que estoy nadando en alta mar. Contra olas y corrientes adversas. Siento la fatiga, el cansancio. Llevo puesto mi equipo de natación: el gorro, las gafas, los tapones, el slip. Cuando hago algo, sea lo que sea, me lo tomo en serio. He de acompasar mi respiración y mis movimientos. Si quiero llegar hasta el final. Hasta el desayuno. Apuro mis existencias de energía racionándolas con maestría, mi estómago vacío ha quedado noqueado ante esta estrategia imprevista, no puedo contar con él. Tengo que echar mano de mis reservas, extraer fuerzas de allí donde no creía que las hubiese. Buscando el equilibrio de mis fluidos internos. Buscando un nuevo punto óptimo en mi fortaleza que creía inexistente. En realidad, me estoy retando. Me estoy retando a iniciar una nueva vida. Me estoy retando a redefinir el contenido de las palabras: despertar, tiempo, alba, espacio. Estoy retándome a ganarme a mí mismo. Quiero hacer un picado perfecto en el agua. Que no salpique ni una sola gota el borde.
Subo las escaleras de la piscina. Me agacho para recoger la toalla. Mis pies mojados se ensucian de barro. Dejo mi equipo de natación sobre una barandilla y me pongo unos pantalones cortos. Entro en la casa, en la cocina.
Mi chica me espera. El desayuno humea sobre la barra baja de la cocina. Aún no son las diez de la mañana. Es un sábado cualquiera de un mes de agosto cualquiera y este ha sido un perfecto despertar. Aquí podría acabar el día.

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Una respuesta to “Perfecto despertar”

  1. Efrenca Says:

    Uauu. Redondo.
    Lo dejo por hoy.

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