Mardi

eliot

Desde donde me encuentro ahora no cabe posibilidad alguna para continuar con mi búsqueda.

Las recaídas, frecuentes, a pesar de mantenerme apartado de cualquier tipo de ingenio electrónico, me han llevado a recalar en esta prisión, en medio de la naturaleza. Mis padres lo llaman balneario.

Sólo el hecho de pensar en el recuerdo de la misión que se me había encomendado en La Crisis de las Islas de Bienestar me pone en un estado de nervios que me obliga a aumentar la dosis de tranquilizantes.

Así paso mis días, con el terror metido en el cuerpo. El terror de que vuelva a sucederme lo que me sucedió el día que se fundieron los plomos. El día que dejé de tener de por medio un ingenio electrónico para recibir mensajes. Mi mente se había convertido en el servidor al que estaba conectada la red. BrónicSV2 me mandaba mensajes que alcanzaban directamente mi núcleo cerebral convirtiéndose en pensamientos.

Se lo confesé a mi terapeuta cuando los reclamos por parte de BrónicSV2 fueron aumentando en intensidad. Estuve a punto, a punto, de atravesar la ventana del comedor.  Sólo el alargado brazo de mi padre frustró este intento.

Pienso en Réflect, pero, automáticamente tomo una pastilla que me disuade de seguir esa senda de sentimientos.

Me han llegado un par de paquetes.

Uno es de una antología de Carlos Edmundo Ory; el otro es otra antología de T.S. Eliot. Leo Los hombres huecos.

Me acuerdo de Mariano José de Larra.

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