Templo Divino

El Templo Divino
Recorríamos en coche los campos, un par de parejas, más la mía. Se me hace difícil recordar aquel momento de mi vida, por eso los recuerdos me vienen amontonados, los días mezclados, sin apenas poder distinguir el tiempo que transcurrió, o poder separar los unos de los otros, los días.
Una caída, una gran cena, unas cuantas visitas a una casa rural vecina, perdida en medio de un bosque. Un clima mucho más caluroso del esperado para estar en medio del monte. Algunos paseos, otra casa más adentrada en la frondosa barrera, perteneciente a una secta neocristiana, todo demasiado cerca de una autopista, omnipresente, visible, audible, llamándonos constantemente a la fuga.
Algunas noches me despertaba cubierto de sudor, esto si que lo recuerdo, con una intensa sensación de estar encarcelado, desintegrándome en vida en una prisión, de cuya existencia no era consciente, era una mera intuición. Llegaba a mí a través de mis sueños inquietos, no, no eran pesadillas, eran sueños inquietos, sueños donde llevaba vidas oscuras, esclavizadas, donde mi trabajo se convertía en una verdadera tortura, y donde mis jefes, déspotas, sádicos y malintencionados, se dedicaban a ejercer su poder sin ningún tipo de clemencia.
Trabajarás aquí, o no trabajarás, decían, pero, contestaba yo, cómo voy a trabajar en una cadena de montaje floral, cómo voy a poder montar esas estructuras florales, yo no he estudiado para esto, les decía, yo nunca, nunca estuve dotado para las manualidades. Se percibía en el ambiente que todos estábamos allí por obligación, todos sabíamos que aquello era una mera estratagema para mantenernos en el ostracismo, para no dejarnos evolucionar, para ser aniquilados, nosotros, la posible competencia del futuro. Habían dado el poder a dos personas llenas de rencor, llenas de frustración, las personas justas para ejercer esa presión psicológica necesaria que permitía ensalzar la injusticia. Dos esbirros, a las órdenes de siluetas difuminadas que ejercían su poder sin remisión. Tergiversaban los conceptos, lo bueno era malo y lo malo era bueno. Necesitaban de todo aquel entramado para justificar su existencia como personas, para existir psicológicamente, todo aquello era como intentar insertar un enchufe en una pared sin agujeros, lo único que producía era dolor. Yo me rebelé, les dije que se metieran su trabajo por el culo, que ya había hecho bastante el jilipollas y que no seguiría haciéndolo, que esta vez me iría, aunque me tuviese que ir a la mierda, no iba a entrar en la cadena de producción; y me fui. Creo que a casa de mis abuelos, muertos ya por aquella época, ambos, la casa, estaba en medio de la huerta, la luz era tan intensa que tuve la sensación de estar, yo también, muerto. Pero, no, no estaba muerto, ni a salvo, no sabía si había tomado la buena decisión abandonando mi trabajo, no sabía hasta que punto aún conservaba un margen de actuación, o si no lo tenía, y había echado a perder todo el sacrificio de los años precedentes. Así de inquieto estaba cuando desperté aquella noche. En medio de la nada, porque en aquel momento, aquella casa se había convertido en la nada. Vacío y encarcelado en una prisión de la cual no tenía ni la más remota idea de cómo salir. Ni tan siquiera atisbaba el resplandor de una huida, no era consciente de que quería huir.

Mi comportamiento era de lo más normal durante el día. Nada podía dejar entrever mi sufrimiento nocturno, mi desasosiego. Aunque quizás esto no sea del todo cierto, algunos signos de mi exaltación nocturna se revelaban durante el día, sobre todo cuando bebía, enseguida, en cuanto tenía una mínima oportunidad, una simple conversación se convertía en una discusión exacerbada, en una batalla a vida o muerte, en algún momento, durante una de estas discusiones, tuve, una vez más, la posibilidad de mostrar mi bajeza espiritual, mi alma convulsa, insatisfecha, perdida, ansiosa. Quería llamar la atención de alguien, pero, no lo conseguí, algunos años más tarde seguí intentando conseguir su atención, y esta vez, el fracaso fue mucho mayor, el estrépito resonó en lo más profundo de mi autoestima, el silencio que obtuve como respuesta, me mostró, una vez más, que es imposible obtener por la fuerza y a destiempo aquello que nos está negado.

Quizá fue la premonición de aquello lo que desencadenó el desenlace, la toma de conciencia de que, una vez más, por mi personalidad atropellada estaba ahuyentando a alguien de mi vida. Hubo algunos síntomas que me estaban dando prueba de ello, de que ella, aquella persona, estaba huyendo, algunas pistas que, como todo hombre pretencioso, obvié, pero que, como todo hombre astuto y vengativo, apunté, inconscientemente en mi memoria. Pruebas que días más tarde, cuando ya eran inservibles, rescaté, en medio de la noche, empapado en sudor, mi insignificancia de nuevo patente, ante la inmensidad de la naturaleza civilizada, yo era menos que nada, saberlo era mi condena. Y apreté con fuerza las sábanas, un deseo de mostrar mi desacuerdo con el veredicto que me había declarado culpable, y me levanté para tomar un vaso de agua, aunque lo que hubiese preferido hubiese sido beber un vaso de güisqui, o mejor aún, haberme vestido y haber desaparecido, sigilosamente, de allí para siempre.
Pero sabía que de lo único que quería y no podía escapar, era de mí, y esta era la única certeza de la que no me podía esconder, y sabía que allí donde fuere, aquel sentimiento me acompañaría. Y decidí volverme a acostar, e intenté escuchar los sonidos de la noche. Antes, abrí la ventana, en busca de una brizna de aire fresco que no llegaba, de algún aroma del bosque que me relajase, que me transportase a otro lugar. La noche iba a ser larga.

Llegamos al Templo Divino por casualidad, nuestras excursiones de aquellos días fueron siempre una sucesión de casualidades, por lo menos fue lo que me pareció a mí, nunca sabía ni dónde estaba, ni cómo había llegado hasta los lugares que visitábamos. El templo estaba abierto, abandonado. Era un reclamo turístico. A mí me pareció el lugar perfecto para clamar al cielo lo que era mío, para echarle en cara a un Dios, que consideraba inexistente, tanto su inexistencia, como mi mediocre forma de vida. Y lo reté, reté a Dios a que apareciera ante mí. Ante el asombro de mis amigos, seguí retándolo, insultándolo, burlándome, hasta que me di cuenta de que, como un chiquillo, estaba haciendo el ridículo. Tampoco él tenía la culpa de mi estado, aunque hubiese sido sencillo, declararlo culpable.

Salimos del Templo. Nos acercamos a un cementerio cercano. Me alejé del grupo hasta que lo perdí de vista. Di la vuelta a un recodo del camino. En una tumba leí la fecha de mi nacimiento. ¿O fue la de mi muerte?

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Una respuesta to “Templo Divino”

  1. Yolanda Says:

    Cardona??

    Brutal!

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