Lunes

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Vuelvo a abrir mi correo con la esperanza de recibir el único mensaje que me importa. Uno por uno voy seleccionando aquellos cuyos remitentes no me interesan; los elimino.

Mi bandeja de entrada de mails se queda vacía.

En un buscador intento dar con nombres que rebotan en mi memoria: José Lezama Lima, Martin Amis, The Wire, Los Soprano, El tren de las 3:10, Locus Solus, Mishima…

Intento construir una constelación de ideas.

Un pitido me indica que acabo de recibir un mail.

No es el mail que estoy esperando, pero, no lo borro, le doy una oportunidad. Es una mensaje críptico, escrito por uno de esos amigos que pretenden ser el estandarte de una juventud victoriosa. ¿Quién podría reprocharle nada? Sus palabras resuenan distantes: debería habértelo dicho antes, lo sé, no siempre es fácil contar aquello que nos es más íntimo, pero, ahora es mejor que lo sepas: deja de buscar, ya me encargo yo de él.

Mi amigo victorioso no sabe de qué habla, al menos es lo que pienso, yo no sé de qué habla. No puedo relacionarlo con mi búsqueda, a pesar de que sea posible que tenga razón. No, no puede tener razón, ¿cómo sería posible? ¿Quizás a través de los sueños? Puede, no lo descarto, que se haya comunicado con mi amigo desaparecido a través de los sueños, o más bien haya sido a la inversa.

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