La reina Germánica

El resplandor me había dejado desfondado, ¿había sido el resplandor? Bajé a la calle en busca de una sombra móvil, hice un gesto con el brazo, quería pararla, de mi boca surgían símbolos que se deshacían como volutas de humo, había perdido la capacidad de algo, aún no podía identificar, cuál era esa capacidad que había perdido, no tardaría en darme cuenta, eso pensé cuando el suelo se puso a temblar. Me agarré a una farola, la luz vacilante justo antes de que fuese absorbida por el día.

Fue como un fogonazo, como un resplandor, como un despertador que suena a su hora, él lo sabe, nosotros, no, yo no lo sabía, pero el despertador sonó, y, era el momento, fue el momento, por primera vez en mi vida intuí el resplandor de la verdad, fue una revelación, encima de la cama, tapado hasta las orejas, mi cuerpo lacerado de heridas, aquel día pasaron de la profundidad a la superficie, quizás por un mal movimiento, un mal gesto, una mala digestión.

La sombra se acercó y me subí en ella. Debía tener alguna meta, misión o idea, ya que la sombra me predijo que no llegaría a tiempo allí donde tenía pensado llegar. Entonces, bájeme, pare, frene, no puedo perder un instante, me esperan los animales del zoo, tengo que liberarlos, darles la oportunidad de escapar de su cautiverio. Pero, ahí me di cuenta de lo que me estaba pasando, sólo pude escuchar como chirriaban los neumáticos, veloces, una carrera hacia el circo, con payasos, trapecistas, funambulitas, eremitas, jesuitas, sectas múltiples agropecuarias, cualquier cosa que pudiese imaginar, lo hacía, y todo estaba corriendo; hacia la catarata. Como yo, dentro de aquella sombra que me había predicho que no llegaría a ningún lado, pero, que no me dejaba utilizar el abrelatas. Abrir el techo, agarrarme de un hilo, y subir, escapar, escapar de aquella cápsula, nave o artilugio, invento de un siglo perdido, que me quería raptar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué? Un ser liviano, sin porte, sin peso, transparente, prescindible, nada, quién podía estar interesado por la nada. Algún investigador loco, biólogo, científico, químico o ingeniero físico nuclear: probemos con el bombardeo de protones, con el consumo de mercurio y flúor infinitesimal. Sí, probemos.

Me escupió el diablo y tropecé con un cuerpo que yacía; no, eran cientos, cientos de esqueletos superpuestos, vísceras, cerebelos, piernas, en llamas algunas, otras quemadas, manos ensangrentadas y dedos, muchos dedos, sin manos, plantados en hilera, marcando los márgenes del camino. Esquivé el gran cuerpo y entré por la gran boca. Qué mullida estaba la lengua, me deslicé por ella hasta llegar a la zona ácida. No debí haber cenado aquel pollo, la fecha de caducidad, la miré, pero hice caso omiso, tanto tiempo comiendo basura no podía llevarme a nada bueno.

Me lo volvieron a decir: no llegarás a ninguno de los sitios a los que te has planteado llegar, por mucho que cojas el siguiente tren, por mucho que te subas y creas que vas a dar con la mujer de tu vida, nada cambiará, nada cambiará. Y todo esto último no me lo dijo nadie, lo deduje cuando todo acabó, en el momento era imposible saberlo: los sonidos, no emitía sonidos; los gestos, no era capaz de realizar gesto alguno. ¿Era, entonces, ya en ese momento, lo que sé que soy ahora? De ser así, no era consciente.

Me tomé mi tiempo para subir al siguiente tren, por supuesto, el que había perdido, perdido estaba, en él se escapaba otra vida, otro yo, una cantidad de cosas, que era imposible pararse a pensar en ello sin ponerse a llorar. Allí se había disuelto mi verdadero camino, ahora, no me quedaba más que recorrer este camino secundario, allí donde nunca iba a poder rescatar, ni entender, por qué perdí, esa sonrisa que me era tan fiel en la infancia.

Quizás tuviera que ver con el resplandor, la revelación, con el haberme desfondado ante tanta claridad, clarividencia, certeza. No, no debí haber despertado bajo el signo de la lucidez, debería haber mantenido los fusibles fundidos. Que manía con la reparación, con la reconstrucción, con la rehabilitación, con el mantenimiento, no sé porqué este empeño, no sé porqué no dejamos que todo se hunda, nuestro cuerpo y todo lo demás, qué necesidad hay de perdurar. Qué necesidad.

En el tren, porque era un tren lo que había perdido, porque era un tren a lo que me había subido, el tren de mi vida, me senté y me dormí. Y me desperté, habían pasado un par de minutos. Y como antes he dicho, en aquel tren en el que no me tocaba estar, en aquel preciso tren, estaba la Reina Germánica. Con sus tacones de punta y su mirada severa, con ese olor a perfume soviético, fuerte, penetrante y embriagador. Me arremangué las mangas de la camisa para que se diese cuenta de que a mi me gustaba, me gustaba mucho que alguien me torturase. Fue lo primero que le quise mostrar. Mis marcas, mis heridas, esas que habían aflorado por la mañana, por favor, si me quieres bien, hazme daño, destruye el último gramito de autoestima que me queda. Ah, sí mi Reina Germánica, cuéntame como te comes los falos de los pasajeros en el water, cuéntame como miccionas sobre mi corazón, cuéntame y descríbeme cada uno de los caminos por los que me vas a llevar y por los que voy a sentir que estoy vivo, porque estaré muriendo.

Mi maldita Reina Germánica, besaré tus pies en cuanto te descalces para estar cómoda, ese maldito tren vacío está lleno de pies descalzos sin lavar, los tuyos también.

Me agacho en busca de esos pies, cubiertos por unas finas medias negras, percibo su textura, su tacto, saco la lengua, la acerco, te lamo. Sí, te estoy lamiendo, y tú mi Reina Germánica eriges tu cetro y bendices mi acción. Poco después descargas tus fuerzas sobre mis labios y me dejas casi inerte en el suelo. Cuando vuelvo en mí, has desaparecido. Hemos llegado a Madrid. Me toco el labio superior partido, mi cabeza reposa sobre el suelo. Un pequeño charco de sangre. Mi sangre.

La cápsula, siempre hay una cápsula, una sombra, que viene a recordarme que aún habiendo perdido mi tren existen unos carriles bien definidos. Para ir por ellos no hace falta nada. Nada. Decido desprenderme de aquello último que me queda, ahí volvió a aparecer la idea de la revelación matutina, el fogonazo, el resplandor, no todo había sido baldío, había alguna razón, ahí estaba, frente a mí: nada volverá a ser igual, has sabido, has visto, has encontrado, y ahora nada volverá a ser igual.

Yo intenté, durante un cierto tiempo, evitar la evidencia. No, no podía ser todo tan elemental, tan sencillo.

En el hostal pensé en diferentes caminos para lograr la resurrección, pero, me sentía agotado, me visitaban tantas formas difusas que me resultaba difícil atenderlas a todas. Rellenad el formulario y esperad, les decía. Tenían que esperar, no podía atenderlas a todas a la vez. Ellas creían que eran culpables, todas culpables, y esperaban mi veredicto pacientemente, como si no tuvieran nada más que hacer. Por supuesto, a ninguna de ellas les hablé de la resurrección. No estaba en disposición de hacerlo.

Y recordé, recordé que al despertar, en el tren, había encontrado algo. Lo tenía entre mis manos, pero, hasta este momento no había notado el peso de su presencia. Ese era el objeto, era la llave de la puerta que me llevaría hacia la resurrección, era la señal, la pista que me iba a dar la clave del resplandor, del fogonazo, de la lucidez, de la revelación, del fin de la marcha atrás, era el umbral, un objeto convertido en un umbral, al pasarlo entraría en otra dimensión, la puerta me llevaría al lugar definitivo, aquel que no era el que yo pensaba que debía ser, me lo habían repetido tantas veces en un solo día, aquel que era el que debía ser, el que había nacido cuando por la mañana cogí el segundo tren, tras perder el primero.

Resucité en aquel lado, y ahora, con perspectiva comprendo que fue lo mejor que me pudo pasar, porque resucité siendo lo que desde siempre debía haber sido. El objeto, un libro, no me produjo, en un principio, sensación alguna. Fue más tarde, quizás justo antes de salir y de entrar en un simulacro de rutina prolongada, cuando me di cuenta de que no estaba haciendo lo que debía hacer. Estaba haciendo otras cosas. No sé muy bien qué. El libro me guiaba y caí en picado, pero no fue aquel día cuando tomé conciencia de ello, cuando empecé a buscar por el Madrid infinito a una Reina Germánica a la que devolverle un libro; comprendí que debía haber caído mucho antes, que si no lo había hecho era por pura pose, por miedo, por terror; fueron la acumulación de los días lo que dio fe de mi caída, lo que determinó que estaba cayendo, o deslizándome por una pendiente que me llevaría hasta un lugar pequeño y cerrado dentro de mi mente, allí, ahora lo sé, fue donde fui consciente de mi error, de mí como error, de mi yo errado.

Ahora comprendo que todo aquello, mi forma de llevarlo, fue poco práctica, pero como he explicado, tenía problemas, problemas que en aquel momento no podía o no sabía identificar. Los símbolos que salían de mi boca, los gestos, nada de todo aquello me servía, yo debía deslizarme, dejarme llevar por el son de las letras, de las notas, no entendía el jeroglífico pero intuía su significado. En el fondo sabía que no tenía nada que hacer.

La Reina Germánica no apareció, en ningún momento, por la estación de Atocha. Ninguna de las dos noches que dormí en el banco de madera, dentro del parque invernadero, protegido del cielo raso y helado. Mi maleta en la taquilla. Pasos y más pasos. Un alma en pena mendigando algo de información, algún síntoma de movimiento, algún rasgo conocido que me acercase a esa imagen que deseaba presenciar. Tenía algo para ella.

Tuve que regresar y me quedé con el objeto, con la idea, con la forma. Ahora que sé que la respuesta era tan sencilla, me golpeo el pecho por lo cándido que fui. Pero, no había otro camino, iba a ser así o no iba a ser. Y seguí cayendo.

Aferrado al libro seguí cayendo. Olvidé tomar algunas precauciones y estuve a punto de perderlo, o de olvidarlo, pero volví corriendo y allí estaba, nadie había percibido su presencia, entre tanta gente nadie había reparado en aquel libro que había extraviado.

La sucesión de trenes que me llevaron a Madrid no cambiaron en un ápice la sucesión de los hechos. Iba a tener que esperar más. Hubiera tenido que haber dado simplemente un paso hacia delante, o a la izquierda, o a la derecha, para que los hechos se desencadenasen, pero, no me moví, me quedé quieto, dentro de los raíles marcados. Una y otra vez una voz me repetía: no llegarás nunca allí donde crees que has de llegar. Y por esto no hice nada. Únicamente le prestaba atención al libro.

Ante mi impotencia, ante mi fracaso, ante mi aparente desahucio, surgió la posibilidad de una tentación: destruir mi propia resurrección, pensar en el resplandor como una invención, una ficción, dejar de pensar en el determinismo de mis actos, dejar de pensar en que algo había cambiado desde aquel día, punto 0, origen de todo. Empezar a creer que era mentira que todo se hubiese ido al carajo tras aquel fogonazo, tras aquel resplandor; lo visualicé tras la ventana, entre las rendijas, recortes rectangulares, de la persiana bajada, que liberaban la luz. Tapado hasta lo ojos por la manta, predije lo que iba a pasar, también la reconstrucción de lo que creí que iba a pasar, también la reinvención desde el futuro, el presente, para mí, narrador, y fue entonces cuando empecé a tirar lastre.

Sí, había llegado al final, dejé de ver el libro, dejé de ver la señal, el indicio de que algo había cambiado, aunque en realidad fuese cierto que todo había cambiado. Los símbolos que salían por mi boca y mis actos, alcanzaron, de nuevo, un sentido, obtenía respuesta cuando me movía, cuando emitía sonidos. Las respuestas eran congruentes, los mensajes entendibles, la paz divina, por fin la comunicación. Dejé de ver a la Reina Germánica allí donde iba. Dejé de buscarla.

Había atravesado un desierto, mi obsesión ya no tenía sentido, había llegado al final de todo. El destino, el rail, el camino, se había disuelto en una sola visión global e intercambiable. Daba igual. Todo daba igual. Todo era prescindible, todo tenía un peso relativo, era verdad, nunca llegaría donde tenía pensado llegar porque no se puede llegar a donde uno piensa. Por muchos trenes que cogiese, por muchos que perdiese, nada cambiaría, todo quedaría en su sitio, quedará en un sitio, liviano, para siempre, en nuestra imaginación.

Entonces comprendí que la podría haber encontrado antes, ahora lo comprendo. Era tan sencillo como perder un tren, como querer realmente encontrarla. La mayoría de las cosas son tan sencillas de entender… Somos nosotros los que nos velamos, encerramos dentro de nuestra mente estrecha, necesitamos tenerla amarrada, por miedo a que se vuele, a que desaparezca, a que nos señalen con el dedo. Seríamos más felices, sí, pero seríamos libres, y eso no lo podríamos aguantar por mucho tiempo. Volveríamos, volvería, enseguida al redil, pidiendo prisiones, raíles, vidas rectas, claras, sin sobresaltos, que me llevaran directamente a la tumba. Ahora sé que fue por eso por lo que no tuve el valor, o la voluntad real, de buscar con todas mis fuerzas a la Reina Germánica. Preferí quedarme con el símbolo. Algo mucho más cómodo que intentar darlo todo por alguien de verdad. La revelación, el fogonazo, el resplandor: aquella mañana intuí, supe, entendí, que siempre sería un cobarde.

Ahora que lo sé todo, ahora que sé que mi vida ni ha ido, ni va, ni irá a ninguna parte, bajo de mi casa. Llamo a un taxi. En mi mano llevo un libro. Llego a la estación a la misma hora que la primera vez, que aquella primera vez, cuando perdí mi tren. Espero sentado hasta que se hacen las 10h30. Veo a la Reina Germánica llegar, se pone en la cola para coger el tren que le llevará a Madrid, como todas las semanas, a la misma hora. Ella siempre ha estado ahí. Me acerco, su perfume soviético abre mis fosas nasales, le doy un golpecito en el hombre y le tiendo el libro: hace tiempo viajamos juntos, te dejaste olvidado esto.

Anuncios

Etiquetas:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: