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Perfecto despertar

Septiembre 1, 2009

En una cama amplia yace mi cuerpo atravesado. Noto las ondulaciones cuarteadas del colchón, tensas y confortables al tiempo, los pliegues que las costuras de la tela resistente necesitan para darle existencia al soporte de mis sueños.
La sábana, en el confín inferior del cuadrilátero, cubre cuanto apenas mis pies, protegiéndolos de una temperatura refrescada por el amanecer. Soy un cruz estampada contra un fondo azul. Si agudizo mi oído, puedo oír a alguien en la cocina, en la planta baja.
Hace un rato que estoy despierto. En realidad han habido varios despertares. Hemos estado huyendo todo el verano de la sensación de no poder romper con el hastío laboral. Mi chica y yo. Debe ser ella la que ronda por la planta baja.
Aspiro la brisa de aire fresco que entra por la ventana. Fue una buena decisión dejar las contraventanas abiertas del tal forma que pudiesen entrar las suaves y frescas corrientes matutinas. También entra la luz, pero, el tiempo ha cambiado ligeramente, y en mi posición, sobre la cama, veo como ésta se entrelaza con las sombras dando vida alternativamente al gris y al amarillo.
Vuelve a entrar una brisa de aire fresco. Me llega el olor de los pinos que fortifican un lateral de la casa. Mis pulmones se ensanchan. Se oye el canto de un gallo. Hace callar a los pájaros de la gran jaula que hay bajo los árboles. Como un director de orquesta es capaz de imponerles silencio. Es el punto final al concierto que han dado desde que despuntó el alba.
La causa de mi primer despertar fue precisamente esa: una muralla de sonidos emitidos por los habitantes de la gran jaula y por todos aquellos pájaros que se sumaron, desde la libertad, a celebrar, con su infinita gama de cantos y chillidos, la llegada de un nuevo día. Una muralla sónica, un aluvión de notas estridentes y excitadas, que me arrancó, pedazo a pedazo, la profunda inconsciencia que había atesorado a lo largo de la noche. Una tras otra, fueron extraídas y sustituidas las partes de sueño por los sonidos de los pájaros. Un crescendo moderado con desenlace final estruendoso. Abrí los ojos.
Apenas se percibía el reflejo del amanecer. La oscuridad había dejado de ser absoluta pero aún reinaba sobre el resto de los matices de luz. Desconcertado levanté la cabeza para identificar el origen de aquel cántico coral discordante. Estiré el brazo y sólo cuando toqué la barriga ocupada de mi chica comprendí dónde estaba. Con un pie alcancé la sábana, flotaba por un lateral de la cama. Tapé mi cuerpo y el de ella. Así me volví a dormir.

Yazco en este lecho prestado. Llevamos días, semanas, como nómadas. Cargamos con lo imprescindible. En mi caso es más de lo que debería ser. No puedo evitar moverme con lo posible. No puedo dejar de acarrear conmigo, además de lo que es, la posibilidad de lo que pueda ser. Artilugios e instrumentos que quedan relegados por el tiempo o las prioridades, han de acompañarme allí donde vaya. Pero, ahora, no quiero pensar en esto. Estoy tumbado boca abajo sobre esta cama prestada. Aunque oigo a mi chica deambular por la cocina, sé que ahora no voy a desayunar.
Algunos pájaros siguen piando a pesar del toque de queda impuesto por el gallo. Ese hilo de sonido que se extingue me lleva hasta ese pensamiento que rescato del olvido. Uno que tuve justo antes de dormirme. Lo pienso y me doy cuenta de que si rescato este pensamiento del olvido es porque era mucho más poderoso de lo que yo podía creer.
No voy a desayunar porque pienso en el agua. Pienso en mí sumergido en el agua. Pronto, por la mañana. Antes de que los rayos de sol acaben con cualquier posibilidad de cielo nebuloso y blindado. Antes de que se imponga la temperatura que hará callar definitivamente a los pájaros enjaulados y a los que vuelan libres de un lado a otro del jardín. Antes de que la temperatura los empuje hacia el sopor.
No, no estamos en el campo. Estamos mucho más cerca de la civilización y de nuestras responsabilidades de lo que hubiésemos deseado. Aquí estamos, aquí estoy, convirtiendo un segundo en un milenio y un trozo de tierra en el paraíso. Aquí estoy, ahora, sumergido en el agua de esta piscina, adyacente a la gran jaula y al enjambre de pinos. Me da la posibilidad de pensar que estoy nadando en alta mar. Contra olas y corrientes adversas. Siento la fatiga, el cansancio. Llevo puesto mi equipo de natación: el gorro, las gafas, los tapones, el slip. Cuando hago algo, sea lo que sea, me lo tomo en serio. He de acompasar mi respiración y mis movimientos. Si quiero llegar hasta el final. Hasta el desayuno. Apuro mis existencias de energía racionándolas con maestría, mi estómago vacío ha quedado noqueado ante esta estrategia imprevista, no puedo contar con él. Tengo que echar mano de mis reservas, extraer fuerzas de allí donde no creía que las hubiese. Buscando el equilibrio de mis fluidos internos. Buscando un nuevo punto óptimo en mi fortaleza que creía inexistente. En realidad, me estoy retando. Me estoy retando a iniciar una nueva vida. Me estoy retando a redefinir el contenido de las palabras: despertar, tiempo, alba, espacio. Estoy retándome a ganarme a mí mismo. Quiero hacer un picado perfecto en el agua. Que no salpique ni una sola gota el borde.
Subo las escaleras de la piscina. Me agacho para recoger la toalla. Mis pies mojados se ensucian de barro. Dejo mi equipo de natación sobre una barandilla y me pongo unos pantalones cortos. Entro en la casa, en la cocina.
Mi chica me espera. El desayuno humea sobre la barra baja de la cocina. Aún no son las diez de la mañana. Es un sábado cualquiera de un mes de agosto cualquiera y este ha sido un perfecto despertar. Aquí podría acabar el día.

Templo Divino

Febrero 22, 2009

El Templo Divino
Recorríamos en coche los campos, un par de parejas, más la mía. Se me hace difícil recordar aquel momento de mi vida, por eso los recuerdos me vienen amontonados, los días mezclados, sin apenas poder distinguir el tiempo que transcurrió, o poder separar los unos de los otros, los días.
Una caída, una gran cena, unas cuantas visitas a una casa rural vecina, perdida en medio de un bosque. Un clima mucho más caluroso del esperado para estar en medio del monte. Algunos paseos, otra casa más adentrada en la frondosa barrera, perteneciente a una secta neocristiana, todo demasiado cerca de una autopista, omnipresente, visible, audible, llamándonos constantemente a la fuga.
Algunas noches me despertaba cubierto de sudor, esto si que lo recuerdo, con una intensa sensación de estar encarcelado, desintegrándome en vida en una prisión, de cuya existencia no era consciente, era una mera intuición. Llegaba a mí a través de mis sueños inquietos, no, no eran pesadillas, eran sueños inquietos, sueños donde llevaba vidas oscuras, esclavizadas, donde mi trabajo se convertía en una verdadera tortura, y donde mis jefes, déspotas, sádicos y malintencionados, se dedicaban a ejercer su poder sin ningún tipo de clemencia.
Trabajarás aquí, o no trabajarás, decían, pero, contestaba yo, cómo voy a trabajar en una cadena de montaje floral, cómo voy a poder montar esas estructuras florales, yo no he estudiado para esto, les decía, yo nunca, nunca estuve dotado para las manualidades. Se percibía en el ambiente que todos estábamos allí por obligación, todos sabíamos que aquello era una mera estratagema para mantenernos en el ostracismo, para no dejarnos evolucionar, para ser aniquilados, nosotros, la posible competencia del futuro. Habían dado el poder a dos personas llenas de rencor, llenas de frustración, las personas justas para ejercer esa presión psicológica necesaria que permitía ensalzar la injusticia. Dos esbirros, a las órdenes de siluetas difuminadas que ejercían su poder sin remisión. Tergiversaban los conceptos, lo bueno era malo y lo malo era bueno. Necesitaban de todo aquel entramado para justificar su existencia como personas, para existir psicológicamente, todo aquello era como intentar insertar un enchufe en una pared sin agujeros, lo único que producía era dolor. Yo me rebelé, les dije que se metieran su trabajo por el culo, que ya había hecho bastante el jilipollas y que no seguiría haciéndolo, que esta vez me iría, aunque me tuviese que ir a la mierda, no iba a entrar en la cadena de producción; y me fui. Creo que a casa de mis abuelos, muertos ya por aquella época, ambos, la casa, estaba en medio de la huerta, la luz era tan intensa que tuve la sensación de estar, yo también, muerto. Pero, no, no estaba muerto, ni a salvo, no sabía si había tomado la buena decisión abandonando mi trabajo, no sabía hasta que punto aún conservaba un margen de actuación, o si no lo tenía, y había echado a perder todo el sacrificio de los años precedentes. Así de inquieto estaba cuando desperté aquella noche. En medio de la nada, porque en aquel momento, aquella casa se había convertido en la nada. Vacío y encarcelado en una prisión de la cual no tenía ni la más remota idea de cómo salir. Ni tan siquiera atisbaba el resplandor de una huida, no era consciente de que quería huir.

Mi comportamiento era de lo más normal durante el día. Nada podía dejar entrever mi sufrimiento nocturno, mi desasosiego. Aunque quizás esto no sea del todo cierto, algunos signos de mi exaltación nocturna se revelaban durante el día, sobre todo cuando bebía, enseguida, en cuanto tenía una mínima oportunidad, una simple conversación se convertía en una discusión exacerbada, en una batalla a vida o muerte, en algún momento, durante una de estas discusiones, tuve, una vez más, la posibilidad de mostrar mi bajeza espiritual, mi alma convulsa, insatisfecha, perdida, ansiosa. Quería llamar la atención de alguien, pero, no lo conseguí, algunos años más tarde seguí intentando conseguir su atención, y esta vez, el fracaso fue mucho mayor, el estrépito resonó en lo más profundo de mi autoestima, el silencio que obtuve como respuesta, me mostró, una vez más, que es imposible obtener por la fuerza y a destiempo aquello que nos está negado.

Quizá fue la premonición de aquello lo que desencadenó el desenlace, la toma de conciencia de que, una vez más, por mi personalidad atropellada estaba ahuyentando a alguien de mi vida. Hubo algunos síntomas que me estaban dando prueba de ello, de que ella, aquella persona, estaba huyendo, algunas pistas que, como todo hombre pretencioso, obvié, pero que, como todo hombre astuto y vengativo, apunté, inconscientemente en mi memoria. Pruebas que días más tarde, cuando ya eran inservibles, rescaté, en medio de la noche, empapado en sudor, mi insignificancia de nuevo patente, ante la inmensidad de la naturaleza civilizada, yo era menos que nada, saberlo era mi condena. Y apreté con fuerza las sábanas, un deseo de mostrar mi desacuerdo con el veredicto que me había declarado culpable, y me levanté para tomar un vaso de agua, aunque lo que hubiese preferido hubiese sido beber un vaso de güisqui, o mejor aún, haberme vestido y haber desaparecido, sigilosamente, de allí para siempre.
Pero sabía que de lo único que quería y no podía escapar, era de mí, y esta era la única certeza de la que no me podía esconder, y sabía que allí donde fuere, aquel sentimiento me acompañaría. Y decidí volverme a acostar, e intenté escuchar los sonidos de la noche. Antes, abrí la ventana, en busca de una brizna de aire fresco que no llegaba, de algún aroma del bosque que me relajase, que me transportase a otro lugar. La noche iba a ser larga.

Llegamos al Templo Divino por casualidad, nuestras excursiones de aquellos días fueron siempre una sucesión de casualidades, por lo menos fue lo que me pareció a mí, nunca sabía ni dónde estaba, ni cómo había llegado hasta los lugares que visitábamos. El templo estaba abierto, abandonado. Era un reclamo turístico. A mí me pareció el lugar perfecto para clamar al cielo lo que era mío, para echarle en cara a un Dios, que consideraba inexistente, tanto su inexistencia, como mi mediocre forma de vida. Y lo reté, reté a Dios a que apareciera ante mí. Ante el asombro de mis amigos, seguí retándolo, insultándolo, burlándome, hasta que me di cuenta de que, como un chiquillo, estaba haciendo el ridículo. Tampoco él tenía la culpa de mi estado, aunque hubiese sido sencillo, declararlo culpable.

Salimos del Templo. Nos acercamos a un cementerio cercano. Me alejé del grupo hasta que lo perdí de vista. Di la vuelta a un recodo del camino. En una tumba leí la fecha de mi nacimiento. ¿O fue la de mi muerte?

La reina Germánica

Febrero 2, 2009

El resplandor me había dejado desfondado, ¿había sido el resplandor? Bajé a la calle en busca de una sombra móvil, hice un gesto con el brazo, quería pararla, de mi boca surgían símbolos que se deshacían como volutas de humo, había perdido la capacidad de algo, aún no podía identificar, cuál era esa capacidad que había perdido, no tardaría en darme cuenta, eso pensé cuando el suelo se puso a temblar. Me agarré a una farola, la luz vacilante justo antes de que fuese absorbida por el día.

Fue como un fogonazo, como un resplandor, como un despertador que suena a su hora, él lo sabe, nosotros, no, yo no lo sabía, pero el despertador sonó, y, era el momento, fue el momento, por primera vez en mi vida intuí el resplandor de la verdad, fue una revelación, encima de la cama, tapado hasta las orejas, mi cuerpo lacerado de heridas, aquel día pasaron de la profundidad a la superficie, quizás por un mal movimiento, un mal gesto, una mala digestión.

La sombra se acercó y me subí en ella. Debía tener alguna meta, misión o idea, ya que la sombra me predijo que no llegaría a tiempo allí donde tenía pensado llegar. Entonces, bájeme, pare, frene, no puedo perder un instante, me esperan los animales del zoo, tengo que liberarlos, darles la oportunidad de escapar de su cautiverio. Pero, ahí me di cuenta de lo que me estaba pasando, sólo pude escuchar como chirriaban los neumáticos, veloces, una carrera hacia el circo, con payasos, trapecistas, funambulitas, eremitas, jesuitas, sectas múltiples agropecuarias, cualquier cosa que pudiese imaginar, lo hacía, y todo estaba corriendo; hacia la catarata. Como yo, dentro de aquella sombra que me había predicho que no llegaría a ningún lado, pero, que no me dejaba utilizar el abrelatas. Abrir el techo, agarrarme de un hilo, y subir, escapar, escapar de aquella cápsula, nave o artilugio, invento de un siglo perdido, que me quería raptar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué? Un ser liviano, sin porte, sin peso, transparente, prescindible, nada, quién podía estar interesado por la nada. Algún investigador loco, biólogo, científico, químico o ingeniero físico nuclear: probemos con el bombardeo de protones, con el consumo de mercurio y flúor infinitesimal. Sí, probemos.

Me escupió el diablo y tropecé con un cuerpo que yacía; no, eran cientos, cientos de esqueletos superpuestos, vísceras, cerebelos, piernas, en llamas algunas, otras quemadas, manos ensangrentadas y dedos, muchos dedos, sin manos, plantados en hilera, marcando los márgenes del camino. Esquivé el gran cuerpo y entré por la gran boca. Qué mullida estaba la lengua, me deslicé por ella hasta llegar a la zona ácida. No debí haber cenado aquel pollo, la fecha de caducidad, la miré, pero hice caso omiso, tanto tiempo comiendo basura no podía llevarme a nada bueno.

Me lo volvieron a decir: no llegarás a ninguno de los sitios a los que te has planteado llegar, por mucho que cojas el siguiente tren, por mucho que te subas y creas que vas a dar con la mujer de tu vida, nada cambiará, nada cambiará. Y todo esto último no me lo dijo nadie, lo deduje cuando todo acabó, en el momento era imposible saberlo: los sonidos, no emitía sonidos; los gestos, no era capaz de realizar gesto alguno. ¿Era, entonces, ya en ese momento, lo que sé que soy ahora? De ser así, no era consciente.

Me tomé mi tiempo para subir al siguiente tren, por supuesto, el que había perdido, perdido estaba, en él se escapaba otra vida, otro yo, una cantidad de cosas, que era imposible pararse a pensar en ello sin ponerse a llorar. Allí se había disuelto mi verdadero camino, ahora, no me quedaba más que recorrer este camino secundario, allí donde nunca iba a poder rescatar, ni entender, por qué perdí, esa sonrisa que me era tan fiel en la infancia.

Quizás tuviera que ver con el resplandor, la revelación, con el haberme desfondado ante tanta claridad, clarividencia, certeza. No, no debí haber despertado bajo el signo de la lucidez, debería haber mantenido los fusibles fundidos. Que manía con la reparación, con la reconstrucción, con la rehabilitación, con el mantenimiento, no sé porqué este empeño, no sé porqué no dejamos que todo se hunda, nuestro cuerpo y todo lo demás, qué necesidad hay de perdurar. Qué necesidad.

En el tren, porque era un tren lo que había perdido, porque era un tren a lo que me había subido, el tren de mi vida, me senté y me dormí. Y me desperté, habían pasado un par de minutos. Y como antes he dicho, en aquel tren en el que no me tocaba estar, en aquel preciso tren, estaba la Reina Germánica. Con sus tacones de punta y su mirada severa, con ese olor a perfume soviético, fuerte, penetrante y embriagador. Me arremangué las mangas de la camisa para que se diese cuenta de que a mi me gustaba, me gustaba mucho que alguien me torturase. Fue lo primero que le quise mostrar. Mis marcas, mis heridas, esas que habían aflorado por la mañana, por favor, si me quieres bien, hazme daño, destruye el último gramito de autoestima que me queda. Ah, sí mi Reina Germánica, cuéntame como te comes los falos de los pasajeros en el water, cuéntame como miccionas sobre mi corazón, cuéntame y descríbeme cada uno de los caminos por los que me vas a llevar y por los que voy a sentir que estoy vivo, porque estaré muriendo.

Mi maldita Reina Germánica, besaré tus pies en cuanto te descalces para estar cómoda, ese maldito tren vacío está lleno de pies descalzos sin lavar, los tuyos también.

Me agacho en busca de esos pies, cubiertos por unas finas medias negras, percibo su textura, su tacto, saco la lengua, la acerco, te lamo. Sí, te estoy lamiendo, y tú mi Reina Germánica eriges tu cetro y bendices mi acción. Poco después descargas tus fuerzas sobre mis labios y me dejas casi inerte en el suelo. Cuando vuelvo en mí, has desaparecido. Hemos llegado a Madrid. Me toco el labio superior partido, mi cabeza reposa sobre el suelo. Un pequeño charco de sangre. Mi sangre.

La cápsula, siempre hay una cápsula, una sombra, que viene a recordarme que aún habiendo perdido mi tren existen unos carriles bien definidos. Para ir por ellos no hace falta nada. Nada. Decido desprenderme de aquello último que me queda, ahí volvió a aparecer la idea de la revelación matutina, el fogonazo, el resplandor, no todo había sido baldío, había alguna razón, ahí estaba, frente a mí: nada volverá a ser igual, has sabido, has visto, has encontrado, y ahora nada volverá a ser igual.

Yo intenté, durante un cierto tiempo, evitar la evidencia. No, no podía ser todo tan elemental, tan sencillo.

En el hostal pensé en diferentes caminos para lograr la resurrección, pero, me sentía agotado, me visitaban tantas formas difusas que me resultaba difícil atenderlas a todas. Rellenad el formulario y esperad, les decía. Tenían que esperar, no podía atenderlas a todas a la vez. Ellas creían que eran culpables, todas culpables, y esperaban mi veredicto pacientemente, como si no tuvieran nada más que hacer. Por supuesto, a ninguna de ellas les hablé de la resurrección. No estaba en disposición de hacerlo.

Y recordé, recordé que al despertar, en el tren, había encontrado algo. Lo tenía entre mis manos, pero, hasta este momento no había notado el peso de su presencia. Ese era el objeto, era la llave de la puerta que me llevaría hacia la resurrección, era la señal, la pista que me iba a dar la clave del resplandor, del fogonazo, de la lucidez, de la revelación, del fin de la marcha atrás, era el umbral, un objeto convertido en un umbral, al pasarlo entraría en otra dimensión, la puerta me llevaría al lugar definitivo, aquel que no era el que yo pensaba que debía ser, me lo habían repetido tantas veces en un solo día, aquel que era el que debía ser, el que había nacido cuando por la mañana cogí el segundo tren, tras perder el primero.

Resucité en aquel lado, y ahora, con perspectiva comprendo que fue lo mejor que me pudo pasar, porque resucité siendo lo que desde siempre debía haber sido. El objeto, un libro, no me produjo, en un principio, sensación alguna. Fue más tarde, quizás justo antes de salir y de entrar en un simulacro de rutina prolongada, cuando me di cuenta de que no estaba haciendo lo que debía hacer. Estaba haciendo otras cosas. No sé muy bien qué. El libro me guiaba y caí en picado, pero no fue aquel día cuando tomé conciencia de ello, cuando empecé a buscar por el Madrid infinito a una Reina Germánica a la que devolverle un libro; comprendí que debía haber caído mucho antes, que si no lo había hecho era por pura pose, por miedo, por terror; fueron la acumulación de los días lo que dio fe de mi caída, lo que determinó que estaba cayendo, o deslizándome por una pendiente que me llevaría hasta un lugar pequeño y cerrado dentro de mi mente, allí, ahora lo sé, fue donde fui consciente de mi error, de mí como error, de mi yo errado.

Ahora comprendo que todo aquello, mi forma de llevarlo, fue poco práctica, pero como he explicado, tenía problemas, problemas que en aquel momento no podía o no sabía identificar. Los símbolos que salían de mi boca, los gestos, nada de todo aquello me servía, yo debía deslizarme, dejarme llevar por el son de las letras, de las notas, no entendía el jeroglífico pero intuía su significado. En el fondo sabía que no tenía nada que hacer.

La Reina Germánica no apareció, en ningún momento, por la estación de Atocha. Ninguna de las dos noches que dormí en el banco de madera, dentro del parque invernadero, protegido del cielo raso y helado. Mi maleta en la taquilla. Pasos y más pasos. Un alma en pena mendigando algo de información, algún síntoma de movimiento, algún rasgo conocido que me acercase a esa imagen que deseaba presenciar. Tenía algo para ella.

Tuve que regresar y me quedé con el objeto, con la idea, con la forma. Ahora que sé que la respuesta era tan sencilla, me golpeo el pecho por lo cándido que fui. Pero, no había otro camino, iba a ser así o no iba a ser. Y seguí cayendo.

Aferrado al libro seguí cayendo. Olvidé tomar algunas precauciones y estuve a punto de perderlo, o de olvidarlo, pero volví corriendo y allí estaba, nadie había percibido su presencia, entre tanta gente nadie había reparado en aquel libro que había extraviado.

La sucesión de trenes que me llevaron a Madrid no cambiaron en un ápice la sucesión de los hechos. Iba a tener que esperar más. Hubiera tenido que haber dado simplemente un paso hacia delante, o a la izquierda, o a la derecha, para que los hechos se desencadenasen, pero, no me moví, me quedé quieto, dentro de los raíles marcados. Una y otra vez una voz me repetía: no llegarás nunca allí donde crees que has de llegar. Y por esto no hice nada. Únicamente le prestaba atención al libro.

Ante mi impotencia, ante mi fracaso, ante mi aparente desahucio, surgió la posibilidad de una tentación: destruir mi propia resurrección, pensar en el resplandor como una invención, una ficción, dejar de pensar en el determinismo de mis actos, dejar de pensar en que algo había cambiado desde aquel día, punto 0, origen de todo. Empezar a creer que era mentira que todo se hubiese ido al carajo tras aquel fogonazo, tras aquel resplandor; lo visualicé tras la ventana, entre las rendijas, recortes rectangulares, de la persiana bajada, que liberaban la luz. Tapado hasta lo ojos por la manta, predije lo que iba a pasar, también la reconstrucción de lo que creí que iba a pasar, también la reinvención desde el futuro, el presente, para mí, narrador, y fue entonces cuando empecé a tirar lastre.

Sí, había llegado al final, dejé de ver el libro, dejé de ver la señal, el indicio de que algo había cambiado, aunque en realidad fuese cierto que todo había cambiado. Los símbolos que salían por mi boca y mis actos, alcanzaron, de nuevo, un sentido, obtenía respuesta cuando me movía, cuando emitía sonidos. Las respuestas eran congruentes, los mensajes entendibles, la paz divina, por fin la comunicación. Dejé de ver a la Reina Germánica allí donde iba. Dejé de buscarla.

Había atravesado un desierto, mi obsesión ya no tenía sentido, había llegado al final de todo. El destino, el rail, el camino, se había disuelto en una sola visión global e intercambiable. Daba igual. Todo daba igual. Todo era prescindible, todo tenía un peso relativo, era verdad, nunca llegaría donde tenía pensado llegar porque no se puede llegar a donde uno piensa. Por muchos trenes que cogiese, por muchos que perdiese, nada cambiaría, todo quedaría en su sitio, quedará en un sitio, liviano, para siempre, en nuestra imaginación.

Entonces comprendí que la podría haber encontrado antes, ahora lo comprendo. Era tan sencillo como perder un tren, como querer realmente encontrarla. La mayoría de las cosas son tan sencillas de entender… Somos nosotros los que nos velamos, encerramos dentro de nuestra mente estrecha, necesitamos tenerla amarrada, por miedo a que se vuele, a que desaparezca, a que nos señalen con el dedo. Seríamos más felices, sí, pero seríamos libres, y eso no lo podríamos aguantar por mucho tiempo. Volveríamos, volvería, enseguida al redil, pidiendo prisiones, raíles, vidas rectas, claras, sin sobresaltos, que me llevaran directamente a la tumba. Ahora sé que fue por eso por lo que no tuve el valor, o la voluntad real, de buscar con todas mis fuerzas a la Reina Germánica. Preferí quedarme con el símbolo. Algo mucho más cómodo que intentar darlo todo por alguien de verdad. La revelación, el fogonazo, el resplandor: aquella mañana intuí, supe, entendí, que siempre sería un cobarde.

Ahora que lo sé todo, ahora que sé que mi vida ni ha ido, ni va, ni irá a ninguna parte, bajo de mi casa. Llamo a un taxi. En mi mano llevo un libro. Llego a la estación a la misma hora que la primera vez, que aquella primera vez, cuando perdí mi tren. Espero sentado hasta que se hacen las 10h30. Veo a la Reina Germánica llegar, se pone en la cola para coger el tren que le llevará a Madrid, como todas las semanas, a la misma hora. Ella siempre ha estado ahí. Me acerco, su perfume soviético abre mis fosas nasales, le doy un golpecito en el hombre y le tiendo el libro: hace tiempo viajamos juntos, te dejaste olvidado esto.