
Mi amigo me manda un mensaje y me pega un empujón sentenciando: las palabras que envuelven las ideas se pudren y hay que regeneralas; las ideas, no las palabras.
Recibo cientos de mensajes al día, muchos de ellos son de la misma persona. Muchos de ellos no puedo abrirlos y he de borrarlos intuyendo que lo que cuentan no es determinante para el devenir de los acontecimientos. Estoy seguro de que la mayoría de las veces me equivoco en la elección de los mensajes que elimino.


Me dispongo a preparame a oir canciones como la de Los Ángeles.