A lo largo de 21 días, tres músicos y un hombre-cámara venidos de la península ibérica, recorren las ciudades de Buenos Aires y de Montevideo en busca de los miembros de una banda cuya existencia real desconocen. La banda se llama Los Suicidas. Lo único que testimonia su existencia es una cinta pirata que una amiga se dejó en casa de uno de ellos después de una noche de fiesta. En la cinta lo único que se lee es el nombre de la banda escrito en rotulador.
La intriga surgida en los músicos por conocer más de esa misteriosa banda se convierte rápidamente en una idea para un documental a sugerencia de Dani (el hombre-cámara).
Las indagaciones empiezan en Valencia. Desde allí Landete, Nèstor, Dani y Àlex se ponen en marcha para sentar las bases de la investigación. Poco a poco lo que van descubriendo les va empujando irremisiblemente a tener que tomar un avión que les llevará de la otra parte del charco.
Durante este periplo, estos cuatro personajes, van desentrañando la fauna musical del underground rioplatense. La investigación les lleva inevitablemente a tener que conocer a músicos, locales de conciertos, discográficas, managers, centros culturales, críticos, locutores de radio etc. Ante ellos desfilan un sinfín de seres del inframundo que les dan, gota a gota, pistas que seguirán para encontrar los rastros del mito de Los Suicidas y de sus cuatro componentes.
Los hallazgos, a veces contradictorios, les hacen viajar de Buenos Aires a Montevideo y de Montevideo a Buenos Aires. Su objetivo: lograr una visión real de lo que Los Suicidas, si existieron, significaron para las personas que o bien los conocieron o conocieron sus canciones. Con los testimonios que van recopilando van tejiendo una madeja. Confeccionan un mapa vital sobre el que ponen alfileres. Su objetivo desentrañar la verdadera historia de Los Suicidas.
Todo esto sucede en el mes de agosto de 2007. 21 días vividos al límite. A toda velocidad. Como si el mundo acabase el 30 de agosto y antes de morir fuese imprescindible saber quiénes eran y qué fue de Los Suicidas.
Llegados a cierto punto, la investigación da un vuelco inesperado. Los cuatro documentalistas han de reaccionar ágilmente. Tomar una decisión en fracciones de segundo que les llevará al fin del mundo. Será allí donde acabará la historia para ellos. Donde perderán el rastro de Los Suicidas. Donde a pesar de su insistencia deberán renunciar a encontrar el testimonio definitivo que les hubiese abierto las puertas de la verdad.
En el fin del mundo había llegado el momento de hacer marcha atrás. De volver con lo puesto. De creer lo contado por las segundas voces que hablaron de Los Suicidas en tercera persona del plural y de volver a casa. A la península ibérica.
Capítulo 1. Valencia. Una ciudad no tan tranquila.
Una de las cosas más interesantes que se esconde tras una investigación es que siempre encuentras resultados con los que no contabas.
Cuando, allá por el mes de mayo de 2007, encontré en mi casa, olvidada por una amiga, una cinta de los Suicidas, no podía imaginar dónde me iba a llevar aquel hallazgo.
Como músico que soy, el impacto que sufrí al oír las canciones de la cinta me llevó a marcar casi inconscientemente el teléfono de Àlex y a decirle: escucha esto tío, es la bomba. Después hice lo mismo con Landete. Ambos son también músicos. Impresionados me dijeron que teníamos que hacer algo para conocer más sobre aquella banda. Lo primero que me preguntaron fue que de dónde eran. Les dije que no lo sabía, que una amiga uruguaya se había dejado en mi casa la cinta el domingo por la mañana. Quedamos en reunirnos en casa de Dani. Sede de la productora Barret Films, la que nos hace los videos musicales, y punto de encuentro y confluencia del colectivo al que pertenecemos.
Dani no pudo evitar oír la historia. Estábamos en su casa. Nos dijo: me interesa lo que estáis contando, creo que ahí hay un documental.
Perfecto. Ya lo teníamos. Haríamos de la búsqueda de los Suicidas un documental en tiempo real. Para llegar a la esencia de nuestra búsqueda tendríamos que cruzar el charco, sin duda.
Nuestros conocimientos sobre la escena musical rioplatense actual eran casi nulos. Mi amiga había desaparecido y no había forma de encontrarla. La cinta era una copia pirata. El nombre de la banda escrito con rotulador. Lo primero que pensamos fue ponernos en contacto con los críticos musicales de la ciudad de Valencia: Eduardo Guillot y Rafa Cervera. También conocíamos a una banda compuesta por, entre otros, tres argentinos, Mégaphone ou la Mort. Y por último, yo sabía que Hall of Fame, la discográfica de Luis González (Caballero Reynaldo), importaba discos publicados en Argentina. Quizás alguno de ellos supiese algo. Cámara al hombro, empezamos entrevistando a Guillot.
Guillot, para nuestra sorpresa, tenía un lazo muy especial con Montevideo. Guillot además de crítico musical, tiene el otro pie anclado en el mundo del cine. Ha realizado un par de cortos y algunos trabajos para televisión. Le hicimos escuchar la cinta de Los Suicidas. A él no le sonaban. Sí que nos pudo decir que creía que debían ser argentinos o uruguayos, pero, no los había oído nunca antes. Sin embargo, la tertulia con él fue muy interesante.
Gracias a su relación con los directores de cine Uruguayo de 25 Watts y Whisky, y con el director argentino Ezequiel Acuña, todos ellos realizadores muy vinculados con sus respectivas escenas musicales independientes, Guillot estaba muy enterado de lo que por allí sucedía.
Ezequiel Acuña había contado para una de sus películas con la banda Mi Pequeña Muerte de Buenos Aires. Guillot nos dijo que sin duda él nos podría ayudar a contactar con la banda una vez en argentina. También nos dijo que les preguntásemos a ellos sobre Los Suicidas.
Por otra parte, Pablo Stoll, uno de los directores de 25 WATTS, había sido el realizador de un video musical de los Astroboy. Apuntamos el nombre del grupo en nuestra agenda.
Un par de días después de la entrevista, Guillot me mandó un mail con los contactos de todos ellos.
Fue Guillot quien nos habló por primera vez de La Ronda. Centro neurálgico de la música independiente montevideana. Regentada por el enigmático Felipe Reyes (más tarde nos enteramos de que, entre otras cosas, para animar el cotarro, monta, anualmente, conciertos en el único tren que funciona en Uruguay y que no va a ninguna parte. El recorrido es una fiesta constante salpicada de actuaciones en vivo). Guillot sentenció: si vais a Montevideo en busca de Los Suicidas tenéis que pasar por La Ronda. Si hay alguien que los conozca seguro que está allí.
Estábamos a punto de dar por terminada la entrevista cuando Guillot cayó en la cuenta de algo que también fue muy importante para el desarrollo del documental: Esteban Hirschfeld, miembro de los míticos Mockers uruguayos, vivía en Valencia desde principios de los 80s. Ya teníamos alguien más a quien entrevistar. Quizás nos pudiese dar alguna pista para seguir nuestra investigación.
El siguiente paso fue contactar con Rafa Cervera. Quedamos con él una tarde en el Trina, cafetería conocida por servir comidas hasta altas horas de la madrugada.
Había escuchado la cinta pero tampoco conocía al grupo. Nos remitió a Esteban Leivas, otro uruguayo que huyendo de la dictadura de su país en los años setenta, se instaló en España. En los 80s recaló en Valencia y fue partícipe del nacimiento y lanzamiento de Glamour. Una banda valenciana que abrió vías de comunicación con Madrid para toda la nueva hornada de grupos independientes valencianos de lo 80s.
Esteban Leivas nos estuvo hablando de la historia del Rock uruguayo. Nos habló de dos libros editados que hablaban del tema(—). Para nuestra sorpresa en ninguno de ellos comentaban la existencia de los Suicidas. Empezamos a dudar de que aquel grupo hubiese llegado a existir.
Leivas, antes de irnos, nos dio los contactos de los críticos y amigos que habían escrito los libros (Macunaima, Gabriel Peveroni y Fernando Peláez) por si una vez en Montevideo queríamos hablar con ellos de viva voz sobre el tema.
Salimos algo desanimados del encuentro ya que, un agitador de la escena Montevideana como Leivas, programador de radio y televisión a finales de los 60s, no había podido decirnos nada sobre el grupo al que le seguíamos la pista.
Al día siguiente teníamos programadas dos entrevistas. Una era con Esteban Hirschfeld de los legendarios Mockers uruguayos. Un grupo que ha visto resurgir su leyenda gracias al homenaje que los directores de 25 Watts les rindieron en su film.
Esteban en los estudios de grabación LA SALA, de Valencia, donde tiene montado su propio estudio de grabación, nos estuvo mostrando el dossier de prensa donde iba guardando todos los recortes que certificaban este resurgir.
Se puede decir que, a partir de 25 Watts, los Mockers han vuelto a nacer. Gracias a ello Esteban decidió montar un proyecto en el que junto a los nuevos temas de la banda (todos los miembros de la formación original están vivos menos el batería), una serie de bandas argentinas, montevideanas y españolas grabarán versiones de los Mockers en sus respectivos estilos para completar el disco.
Estuvimos escuchando en el estudio de Esteban el tema 25 WATTS, con el cual ha pretendido, como muestra de agradecimiento, rendir homenaje a la película del mismo nombre
Le hablamos de Los Suicidas de pasada y, paradójicamente, Esteban tampoco los conocía. Más tarde entenderíamos por qué.
Al estar metido en el proyecto del nuevo disco de los Mockers nos habló de grupos con los que sería interesante que contactásemos: Valle de muñecas de Buenos Aires y Silverados y Astroboy de Montevideo, entre otros. Astroboy irrumpió hacia el 2003 en la escena Montevideana del nuevo siglo con la etiqueta de la nueva esperanza del Rock uruguayo. Como los herederos de los Mockers. Pero, esta herencia directa, como vimos cuando llegamos a Montevideo, no son los únicos que se la asignan. Grupos como Silverados, Motosierra o La Hermana Menor, se reconocen también legítimos herederos de aquella mítica banda.
La otra entrevista que realizamos aquel día de julio del 2007, fue a Luis González. Dueño de la discográfica Hall of Fame Records y líder de la banda Caballero Reynaldo.
A Luis González, su trabajo con su discográfica, le ha llevado a embarcarse en multitud de proyectos arriesgados. Su visión de la música le hace ser un bicho raro y su catálogo se caracteriza por una predilección por el pop bizarro.
Fruto de esta filosofía de vida, y a través de su discográfica, además de importar en España discos de bandas argentinas como Pescado Rabioso, es conocido por publicar tributos a Zappa.
Esta obsesiva afición por el creador norteamericano le llevó hace años a formar parte de una lista de distribución Zappiana.
Luis no conocía a Los Suicidas. Tampoco él había oído hablar de ellos. Pero gracias a la lista de distribución nos dio el contacto de un par de personas, una uruguaya y otra argentina, que quizás nos pudiesen decir algo sobre ellos.
El uruguayo es Andrés Mastrangelo. Un músico que hace música electroacústica y que mezcla la canción popular uruguaya, en especial el candombe, con las nuevas tendencias. Vive en Minas.
El argentino es Fabián Spampinatto. Locutor de radio que vive en Mar de Plata. Conocido por llevar a cabo proyectos colectivos. El último, un triple disco homenaje a Spinetta. En él participaron músicos argentinos, uruguayos y españoles.
Como decía, Luis no conocía a Los Suicidas, pero sí que nos facilitó otro de los contactos determinantes a la hora de movernos por Montevideo y proseguir nuestra investigación: Nico Molina. De él hablaremos más adelante.
Que hoy en día internet facilita las cosas es algo que ya nadie se cuestiona. En este proyecto la utilidad de esta nueva herramienta fue crucial. Hasta que nos fuimos al Rio de la Plata, estuvimos intercambiando mails con Esteban Hirschfeld. En ellos él iba mandándonos nuevas informaciones y contactos que una vez del otro lado del Atlántico nos fueron de gran utilidad. También manteníamos contacto con Guillot y con Luis González. Poco a poco íbamos contactando con todos los grupos que nos habían mencionado. Íbamos preparando el esquema mental sobre el cual nos moveríamos una vez estuviésemos allí. Siempre y cuando encontrásemos, antes de comprar los billetes, un testimonio que nos diese el empujón definitivo.
En cualquier caso, muy a pesar nuestro, no llevábamos un plan preconcebido. No podíamos, a priori no queríamos concretar nada. Sólo queríamos oler las pistas. Intuir cuales eran los caminos por los que podían haber transitado Los Suicidas. Nos guiamos por actitudes y propuestas musicales que les atribuimos como afines, dejando otras que sentíamos que les eran más distantes. No sabíamos si la banda existía, pero, su música ya nos decía mucho.
Todo esto sucedió a lo largo del mes de Julio de 2007.
Por aquellas fechas hice, con mi banda, Las Potencias del Este, un último concierto para cerrar la temporada. Como final de fiesta, nos habíamos juntado con otras dos bandas de la ciudad. Nuestro nexo era y es, que cantamos en francés. Decidimos montar una fiesta. La llamamos French Connection.
Resultó ser todo un éxito y se creó un buen clima entre las bandas.
Una de ellas era Kruchenko. La otra Mégaphone ou la Mort.
Al final de los conciertos caí en la cuenta de que tres de los componentes de los Mégaphone eran argentinos. Con el trompetista hablé esa misma noche. Le conté a grandes trazos la historia de Los Suicidas y me dijo que no los conocía. También me dijo que él a mitad de los noventa había tocado con un músico llamado Pablo Dacal. Me dijo que me enviaría un mail con su contacto y que concretase una cita con él para hablar sobre el tema si al final nos decidíamos a ir para Argentina.
Esa misma noche me acerqué a Sergio y a Diego, el baterista y uno de los guitarristas de los Mégaphone. Les conté la misma historia. Ellos sí que conocían a la banda. Di un salto de alegría. Les dije, no me contéis más. Quedamos un día de la semana que viene y os hacemos una entrevista para el documental, les dije.
Los Mégaphone ou la Mort son una banda con una plantilla multinacional. Como he comentado tres de sus miembros son argentinos y el cantante, John, es medio inglés, medio francés. Los demás miembros son valencianos.
Compramos unas cervezas y quedamos en una plazoleta del barrio del Carmen. Les preguntamos sobre Los Suicidas.
Eran una banda del under bonaerense de principios de los setenta. No estaba claro si todos sus componentes o alguno de ellos eran argentinos. Pensaban que eran argentinos o uruguayos aunque también apuntaron que era posible que alguno de ellos fuese mexicano.
Se caracterizaban por tener un sonido crudo y sucio que se adelantó a su tiempo. Oírlos era como ser testigos del nacimiento de protopunk. Muy poca gente los conoció, pero, tenían una legión de fans incondicionales que les seguían a todos partes y que compraban todos sus discos. Para aquella época vender 1000 discos era un logro importante y ellos lo conseguían. Pero en realidad eran una banda de directo. Era sobre el escenario donde la bestia tomaba forma y se engrandecía hasta volver loco al público. Decían que mientras los guitarristas el baterista aguataban el tipo, el bajista y cantante arengaba a los fans hasta que éstos presos de una total demencia subían al escenario y lo sepultaban literalmente. Sorprendentemente, en estas circunstancias, el bajo seguía sonando. Y siempre había alguien que le acercaba el micro al bajista-cantante sepultado. Su voz sonaba. La gente se volvía loca.
Cuando acabaron de contarnos lo que sabían, Diego y Sergio, nos dieron también algunos contactos en Buenos Aires. Músicos que como ellos habían mamado de la influencia subterránea de Los Suicidas. Especialmente nos recomendaron que hablásemos con Chris Brush. A los pocos días recibí un mail de Sergio con el contacto de Chris.
Por fin teníamos algo. Por fin sabíamos que Los Suicidas habían existido y que no eran una alucinación nuestra. Era la historia que necesitábamos saber para decidirnos definitivamente a comprarnos los billetes y empezar a preparar el viaje. Cuando los Mégaphone se fueron nos miramos los cuatro. Estábamos radiantes. Teníamos el dato definitivo. Hubo un momento de silencio. Entonces Dani abrió la boca y dijo: pero, cómo estamos seguros de que lo que nos han dicho Diego y Sergio es cierto. ¿Cómo podemos estar seguros?
No podíamos. No había forma de estar seguros. Teníamos que creerlos. O sí, o sí. Teníamos que ir hacia delante. Si era necesario nos estrellaríamos al otro lado del Atlántico. Nos miramos. Estaba decidido. Nos iríamos el 10 de agosto. Empezaríamos nuestra investigación por Buenos Aires.
Esto fue así porque cuando empezamos a poner en orden toda la información que habíamos acumulado, al intentar planificarnos, la primera persona con la que pude contactar fue Pablo Dacal.
Esteban, el trompetista de Mégaphone ou la Mort, me había mandado por mail la dirección de Pablo Dacal. Lo contacté y me contestó que si llegábamos el día 10 de agosto estaría bien que fuésemos a verlo tocar. Esa misma noche tenía montado un concierto en un local llamado Plasma.
Capítulo 2. Buenos Aires. La Megalópolis trepidante.
Llegamos a Buenos Aires el 10 de agosto a las 18h30 de la tarde.
Agarramos un taxi a las 20h00. El concierto de Pablo era a las 22h. Llegamos al hostal casi a las 21h. Dejamos las maletas en la habitación y nos fuimos a la sala de conciertos. Ésta resultó no estar demasiado lejos de nuestro albergue, en la calle Piedras 1856. Nosotros estábamos en el 846. Era un local de pequeño aforo. Tenía dos plantas, la de abajo también estaba acondicionada para dar conciertos acústicos.
Pablo y los otros dos músicos con lo que tocaba aquella noche, nos esperaban arriba. En un pequeño cuarto acondicionado como camerino, al lado del escenario. Nos presentó a Pablo De Caro (del grupo Mataplantas) y a Nacho Rodríguez (del grupo Doris). Sacamos la cámara y estuvimos charlando sobre la escena musical bonaerense. Sobre el porqué de aquella reunión de músicos de diferentes bandas en un concierto conjunto. Sobre cómo en el underground se estaba produciendo un intercambio de experiencias. Una voluntad de querer conocer qué era lo que esta haciendo el otro. La curiosidad te hace llamar a tantas puertas como podás, decían. Lo que te encuentras detrás siempre suele estar bueno. Nos comentaron que todos ellos eran músicos que, a pesar de no llegar a los treinta, llevaban tiempo en este musiqueando. Varios discos a sus espaldas, infinidad de conciertos. Nos comentaron que, cada cual, con sus respectivas bandas, autoeditaban sus discos a través sus propios sellos. Cuando acabamos con la charla. Les comentamos la razón por la que habíamos viajado a Buenos Aires. Ni Pablo Dacal, ni los otros músicos habían oído hablar de Los Suicidas. Nacho Rodríguez, se quedó pensativo. Al final nos dijo, mañana yo toco en una galería de arte, tengo otra banda que se llama Onda Vaga. La galería de arte lleva años siendo un punto de encuentro de artistas. Venid mañana. Os presentaré a los dueños. Les preguntaremos sobre Los Suicidas.
Nos quedamos a ver el concierto. Los tres músicos convergían en un estilo muy personal. Las letras eran el pilar sobre el que se asentaban sus composiciones. Aquello era como un ejercicio, tres cantantes cantando canciones propias a tres voces. Jugando con las melodías, las segundas voces, los arreglos de las guitarras españolas y acústicas. En la sala no habría más de treinta personas sentadas en sus respectivas mesas. Los camareros servían bebidas y empanadas. Cuando empezaba una nueva canción, no se oía ni el más mínimo murmullo. En estas condiciones, la amplificación era casi innecesaria.
Nos gustó tanto la propuesta que decidimos grabar algunos temas.
No habíamos cenado. Nuestra primera cena en Buenos Aires fueron unas empanadas de carne con cerveza.
Al acabar el concierto felicitamos a los músicos.
Había sido un gran concierto. Nos comentaron que no llevaban mucho tiempo ensayando juntos. Nos contestó Nacho de Caro. Le preguntamos si tenía pensado hacer algún concierto con su otro grupo, Mataplantas. Nos dijo que precisamente el lunes por la noche tocaba en Montevideo. Teníamos pensado viajar a Montevideo el martes, pero al saber esto decidimos adelantar el viaje al lunes. Era un intercambio entre bandas argentinas y bandas uruguayas en la Sala Zitarrosa. A pesar de que no teníamos el contacto de esa otra banda, se llamaba Boomerang, nos interesaba conocerla y entrevistarla. No podíamos dejar pasar la oportunidad de encontrar algún rastro de Los Suicidas. Lo que no sabíamos en ese momento era que, por motivos de causa mayor, nos iba a ser imposible asistir a ese concierto.
El sábado 11 de agosto, tal y como habíamos quedado con Nacho Rodríguez, fuimos a la Galería de Arte Tosto, a verlo actuar.
La galería de arte era más bien un espacio multidisciplinar donde confluían unos talleres de pintura y cerámica, una librería y una disquería. Es un espacio donde se montan exposiciones, conciertos, e incluso se dan cursos de expresión corporal y análisis político.
El concierto de Onda Vaga fue muy instructivo. La formación estaba compuesta por cinco miembros. Todos ellos cantaban consiguiendo un efecto coral envolvente. Tocaban un par de guitarras españolas, un cajón, un trombón y un ukele.
Cuando el concierto empezó, la gente se sentó alrededor de ellos. Una a una, los músicos fueron desgranando las canciones de su repertorio. Su estilo, acústico, se acercaba, a través de ritmos tribales y sincopados, al folk argentino en su vertiente más pop. Con unas letras que rozaban el realismo mágico. Acabaron haciendo una versión de Calamaro.
Hablamos con Nacho Rodríguez. Ahondamos en la cuestión de que nos explicase de dónde surgía esa necesidad de mezclarse entre grupos, propuestas y proyectos. Nos habló de supervivencia y de aprendizaje. De experimentar y de crecer. Le volvimos a preguntar sobre Los Suicidas. Volvió a decirnos que no había oído hablar de la banda. Algo que no nos extrañó ya que su estilo se distanciaba mucho del protopunk. Nos presentó a los dueños de la Galería Tosto. Nos explicaron cómo había nacido la galería y cómo, poco a poco, su propuesta había ido captando adeptos que acudían a los eventos que montaban. Ya fuesen actuaciones, exposiciones, o talleres. Todo realizado desde una perspectiva alejada de los cauces normales del mercado. Manteniendo la independencia y la coherencia creativa. Buscando la calidad por encima de la cuestión puramente mercantil. Enmarcándose dentro de una filosofía vital arriesgada, emprendedora y aventurera. Nos gustó. Pensamos que aquella debía ser la filosofía de vida de Los Suicidas. Pero nos decepcionamos cuando nos dijeron que no sabían nada de ellos. Y que además la galería se había abierto en los 90s y, según les habíamos contado, Los Suicidas, existieron como banda a principios de los setenta. Había un desfase temporal importante. Habíamos exprimido una pista que nos había llevado a ningún sitio. Al día siguiente teníamos concretada una entrevista con Ezequiel Acuña. Guardábamos la esperanza de que él pudiese decirnos algo.
El domingo por la tarde Ezequiel Acuña vino a buscarnos al hostal. En la calle Piedras. En pleno barrio de San Telmo. Quería llevarnos a un local de conciertos llamado El Nacional. Cuando llegamos aún era pronto y decidimos buscar un bar donde poder comer algo. La noche anterior nos habían recomendado que nos pasásemos por la calle Niceto si queríamos conocer la noche bonaerense en pleno apogeo. Como era de esperar cuando llegamos al albergue estaba amaneciendo. Más adelante volveríamos a perdernos en los locales de la calle Niceto acompañados por Chris Brush. A las 18h estábamos comenzando a comer en el Bar Mi Tío. En la calle Pendiente. Empanadas, pizzas, cervezas, algo de carne empanada y una ensaladita.
Landete, gran conocedor del mundo del cine, conocía ya a Ezequiel. Había visto todas sus películas y había coincidido con él en el Festival de Cine de Xixon. Durante la comida nos estuvo contando como habían funcionado sus películas Como un avión estrellado y Nadar solo.
Mientras comíamos oímos en la calle un follón de tambores. Resultó ser un pasacalle. Los domingos la calle Pendientes se corta y se convierte en peatonal. A cierta hora un grupo de percusionistas y bailarines pasean por la calle contagiando su ritmo a los transeúntes. Muchos de ellos acaban por sumarse al desfile y recorren así el barrio de San Telmo. En un momento dado Dani me dijo, mira el cuadro de la pared. El cuadro era precisamente una representación del desfile que estábamos viendo en tiempo real por la ventana que daba a la calle.
Cuando acabamos de comer, aún nos quedaba algo de tiempo hasta que abriesen El Nacional. Decidimos pasear por el Barrio.
La calle, además de bullir de gente, estaba repleta de músicos callejeros. Cada veinte o treinta metros había uno. Cada uno con un estilo diferente. Yendo de lo clásico a lo popular. Pasando por el tango y llegando al folk. Definitivamente, había un estilo que resultaba familiar. Un estilo, marca de la casa, que combinaba los cantos corales con los ritmos sincopados y las letras elaboradas. Contaban historias cotidianas, a veces desde una perspectiva surrealista y en muchos casos cargadas de ironía y de sarcasmo. En Montevideo también nos topamos con este estilo que reconocía sus raíces en la música tradicional de candombe y carnavalesca.
A las 20h abrieron El Nacional. Cuando llegamos nos enteramos de que aquella tarde actuaba Aldo Benítez. Un músico que nos recordó a Astrud en su puesta en escena. Musicalmente combinaba la electrónica con arreglos de guitarra oscuros más cercanos de los Joy Division que de la alegría irónica de los españoles.
Antes de que empezase el concierto entrevistamos a Ezequiel. El local era acogedor. Estaba en un primer piso. Las luces rojas lo bañaban todo y le daban un aire íntimo y cálido. Pedimos unas botellas de vino y comenzamos con la charla.
A Ezequiel, Los Suicidas le sonaban. Es más los había oído. Había llegado a escuchar un par de canciones, en casa de un colega, del único disco que sacaron. Esto fue un punto que nos aclaró. Los Suicidas, que él supiese, sólo habían llegado a sacar un disco. Y además, si no recordaba mal lo habían tenido que grabar en Montevideo. No recordaba el estudio, pero nos dijo que nos bastaría con buscar, si había logrado sobrevivir a la crisis, un estudio que estuviese en funcionamiento desde, como mínimo, los años sesenta.
También nos comentó que debíamos hablar con Mi Pequeña Muerte, grupo que había participado en su película Como un avión estrellado. Y con Santiago Tabernero. Santiago Tabernero ha coprotagonizado las dos películas de Ezequiel Acuña.
Con la mano nos hizo seña de que nos acercásemos. Buscaba algo más de intimidad en la conversación. Lo que tenía que decirnos era importante. Normalmente, nos dijo, no suelo contar lo que os voy a contar. De hecho os lo cuento aún a riesgo de que Santiago se enfade. Pero creo que debéis saberlo. Yo mediaré por vosotros con Santiago para que se abra y os cuente todo lo que sabe sobre uno de los miembros de Los Suicidas. Pero debéis entrarle con cuidado. De todas formas, yo allanaré el camino. Os lo serviré en bandeja. Si lo pilláis con buen pie él os podrá resolver uno de los cuatro puntos del enigma.
Estábamos con los orejas bien abiertas, dispuestos a grabar, a escuchar y a tomar nota de lo que nos iba a decir. Se quedó callado. Nosotros lo mirábamos expectantes. Finalmente, cuando abrió la boca dijo: mejor hablo primero con Santiago. No quiero meter la pata. Cuando me de el visto bueno os concierto una entrevista con él y que os cuente todo lo que sabe. Mientras tanto prefiero callarme.
Lo miramos sorprendidos, pero supimos enseguida que si queríamos sacar algo, mejor debíamos hacerlo a su manera. Seguimos charlando de lo mucho que le impactaron las canciones de Los Suicidas cuando las oyó por primera vez y de su nueva película.
El concierto de Aldo estaba a punto de empezar. Se apagaron las luces y la música invadió la sala.
Una vez acabado el concierto subió una mujer al escenario. Vendía empanadas y pastelillos. Era más de media noche y volvíamos a tener hambre. Ezequiel nos dijo que se iba. Le dijimos que se acordase de concretar la entrevista. Nos dijo que no nos preocupásemos, que seguro, que no habría problema, pero que tenía que hacerse bien. Quedamos en que nos mandaría un mail con la confirmación y el número de teléfono de Santiago. Acabamos de comer hacia la una. Aún estuvimos un rato tomando copas y comentando algunas cuestiones que debíamos dejar claras para el día siguiente. Teníamos que levantarnos pronto para tomar el ferry que nos llevaría a Montevideo.
Una vez llegamos al hostal, nos pusimos a pasar los audios al disco duro, a cargar las baterías de las cámaras y a organizar las cintas. Esto se convirtió en el ritual nocturno. Llegáramos a la hora que llegáramos teníamos que dejarlo todo preparado para que estuviese listo para la mañana siguiente. Y a la mañana siguiente nos esperaba una buena sorpresa.
No, no pudimos llegar al concierto de Mataplantas del lunes por la noche en Montevideo. Tampoco pudimos conocer a la banda Boomerang. Ni conocer a Mansa, cantante y líder de la banda Valle de muñecas, que aquella noche hacía de sonidista.
Nos despertamos y preparamos las mochilas que nos íbamos a llevar a Montevideo. Íbamos a dejar parte de nuestro equipaje en el hostal para ir más ligeros.
Para llegar al puerto no tuvimos más remedio que agarrar un taxi. Habíamos calculado mal la distancia y a mitad camino, andando por una gran avenida, saturada de tráfico y especialmente contaminada, decidimos que, si queríamos llegar a tiempo, sería mejor que nos llevase un taxi.
Llegamos al puerto y nos dirigimos a comprar los billetes. El Ferry salía a las 14h y aunque habíamos llegado con una hora y media de antelación daba la impresión de que de allí no salían barcos. Tras esperar un buen rato haciendo cola, pudimos saber la razón. Una neblina cubría el río de la Plata. Se había instalado sobre el estuario con el nacimiento del día. La prefectura había prohibido la circulación fluvial hasta nueva orden.
En ese momento empezó un pequeño infierno para nosotros.
Nuestro viaje estaba limitado en el tiempo. Necesitamos de todas las horas y minutos disponibles hasta el día de nuestra vuelta, el día 30 de agosto, para intentar recopilar el máximo de información sobre Los Suicidas. No podíamos permitirnos el lujo de quedarnos un día sin hacer nada esperando a que la neblina y lluvia lateral desapareciesen. Teníamos que llegar hasta Montevideo y que Nacho De Caro nos presentase al grupo con el que habían negociado el intercambio musical en Montevideo, los Boomerang. Era lo siguiente que teníamos planificado hacer y debíamos conseguirlo.
Lo primero que pensamos para llegar hasta la otra costa del río de la Plata fue ir a la estación de autobuses.
Inocentemente pretendíamos poder llegar a Montevideo en 5 ó seis horas, ya que la ciudad no está a más de 300 km de Buenos Aires. Cuando preguntamos nos dijeron que los autobuses no salían hasta las 21h30, eran las 14h, y que el viaje duraba aproximadamente 10h. La razón: la crisis de la Industria papelera entre Uruguay y Argentina. Uruguay quiere montar en las costas del Río de la Plata una papelera. Argentina tiene en funcionamiento unas cuantas. Los activistas ecologistas argentinos, en su oposición a este proyecto, han cortado uno de los puentes que unen ambos países. El que hace que el trayecto sea más corto. Esta es la explicación de que el viaje sea tan largo. Para llegar hasta Uruguay por carretera se tiene que cruzar un puente que está mucho más allá y que convierte un viaje de cuatro horas en una odisea.
Tras fracasar en nuestra tentativa de viaje terrestre, decidimos que debíamos intentar cruzar el río de la Plata por aire. Fuimos al aeropuerto. De nuevo en taxi.
El trayecto hasta el aeropuerto nos impactó. El taxista nos llevó por una zona muy deprimida. Una zona medio industrial. Decadente. Detrás de una estación de ferrocarriles. La gente vivía en chabolas o en casas de construcción de adobe, detrás de las vías del tren. Asaban carne. La vendían a los habitantes de las chabolas. Dentro del taxi todos estábamos alerta, luego lo reconocimos, en ese momento sólo lo pensábamos, que los cuatro estábamos dispuestos a asaltar al taxista en caso de que hubiese hecho una maniobra sospechosa.
Una vez sobrepasada la barriada, la cual a pesar de la suciedad y la pobreza era amplia, la gente no vivía hacinada, si no que vivía simplemente en condiciones infrahumanas, llegamos a una carretera que bordeaba el río y que nos llevaba hacia el aeropuerto. El río seguía cubierto de una neblina espesa que impedía ver más allá de un metro. A ello se le había sumado una lluvia lateral que complicaba la situación climatológica. El estado de las cosas no presentaba visos de mejorar. Nuestra esperanza de poder volar hasta Montevideo antes de que llegara la noche perdía consistencia. Aún así, cuando entramos en el aeropuerto pusimos la maquinaria del grupo en marcha para conocer la situación y aclarar si existían aún posibilidades de tomar un vuelo.
En un principio las noticias no eran halagüeñas. Nos dijeron que todos los vuelos estaban cancelados. Pero, a fuerza de insistir al final nos hicimos con un billete de Aerolíneas Argentinas para volar a las 18h. No nos lo podíamos creer, al final podríamos volar. Subimos a la cafetería hasta la hora de facturación y comimos algo. Pero, a la media hora oímos por los altavoces el anuncio de la cancelación de nuestro vuelo. Bajamos corriendo a protestar y a ver si nos daban alojamiento para la noche y nos garantizaban un vuelo al día siguiente. Finalmente nos dijeron que aún existía la posibilidad de volar a las 21h30 con una compañía de bajo coste. Para ello teníamos que convalidar nuestro vuelo con dicha compañía. Al final conseguimos hacer la operación y volvimos a la cafetería. Un poco antes de la hora de embarque facturamos los equipajes. Después pasamos a la cafetería de las salas de embarque y decidimos tomarnos unos cuantos tragos para celebrar que finalmente sí que podríamos viajar aquella noche a Montevideo. Habíamos empezado las celebraciones demasiado pronto.
A las 21h15, anunciaron la cancelación del vuelo que debíamos tomar.
A partir de es momento el lograr que aquella noche la compañía nos pagase un hotel y que nos garantizase un vuelo al día siguiente se convirtió en una auténtica odisea. Por un lado a las 22h las ventanillas de Aerolíneas Argentinas cerraban de cara al público. Por otro lado debíamos conseguir que nos canjeasen los billetes de la compañía de bajo coste por los billetes que originalmente eran de Aerolíneas, si no, no nos daban alojamiento. A las 21h55 aún estábamos en una cola para conseguir el canje. Por suerte nos dividimos y mientras unos conseguían que la ventanilla de atención al público de Aerolíneas aguantara hasta que llegasen los viajeros de nuestro vuelo, los otros conseguían que la compañía de bajo coste nos canjease los billetes justo a las 22h.
A las 22h30 estábamos los cuatro subidos en un microbús junto a unos cuantos pasajeros más. Nos llevaron a un hotel que la empresa tenía concertado en la población de Quilmes. Nos gustó el nombre del pueblo ya que era el nombre de la cerveza que bebíamos en Buenos Aires.
En el hotel nos dieron dos habitaciones y antes de ir a cenar ya habíamos asaltado la mitad del minibar. Necesitábamos calmar los nervios del día.
En la cena logramos relajarnos completamente. Charlar de lo que nos había pasado e intentar replantear la marcha de los siguientes días en Montevideo.
Cuando volvimos al hotel seguimos dando cuenta de las existencias del minibar y nos dedicamos a intercambiar la decoración de las habitaciones con la del pasillo. Todo esto porque nos dimos cuenta de que los cuadros del pasillo quedaban mucho mejor en las habitaciones y viceversa
Nos dormíamos a las 3h. A las 8h teníamos que levantarnos.
Nos despertaron para desayunar. Y el desayuno fue opíparo.
Fue entonces cuando algunos de nosotros descubrimos el mate.
Habíamos avisado la noche anterior para que un taxi pasase para llevarnos hasta el aeropuerto. Supuestamente una vez en el aeropuerto la compañía nos reembolsaría el coste. Supusimos mal. Antes de subirnos al taxi, nos llamaron de recepción. Teníamos que pagar las consumiciones del minibar. La neblina nos estaba costando un ojo de la cara. La climatología se había puesto en nuestra contra. Cuando salimos a la calle miramos al cielo. Parecía despejado. Ni la más mínima señal de la existencia de neblina o lluvia lateral alguna. Se había conjurado la providencia para impedirnos llegar a Montevideo. No. Aquella misma mañana tomamos un avión. En media hora aterrizamos en la capital uruguaya. Cuando llegamos, a pesar de que nos habían dicho estar viviendo uno de los inviernos más crudos de los últimos tiempos, la temperatura rozaba los treinta grados.
Agarramos un colectivo que nos dejó a cinco minutos de la plaza de la Independencia. Nuestro hostal estaba allí. Por fin estábamos en Uruguay. Nicolás Molina nos esperaba. A las 15h habíamos quedado con él.

